(Monterrey, México 2015) – Celebración Eucarística para la Apertura del Simposium Teológico

Lecturas Bíblicas: Col 3, 1-11; Sal 144; Jn 5,1-3.5-16

Hubo una fiesta.

El evangelista Juan, en el Evangelio que acabamos de proclamar, nos describe un escena que se desarrolla en Jerusalén. Él nos lleva a la parte norte de la ciudad, a la puerta de las ovejas donde había una piscina. El evangelista nos dice que Jesús subió a Jerusalén con motivo de una fiesta. Estamos, por tanto, en un contexto popular de alegría y de salvación. La fiesta para los hebreos y para nosotros los cristianos es siempre recordar las grandes obras que Dios ha hecho en favor de su pueblo. La fiesta es siempre una memoria, un recordatorio de lo que Dios ha realizado en el pasado, pero también a cuanto Él continúa haciendo en el presente por nosotros, es una invitación a renovar la fe en el Dios que nos salva.

El hombre es un enfermo

La mirada del Evangelista se detiene especialmente bajo el pórtico de la piscina donde yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos.

La masa de la humanidad que yace en la tierra está compuesta de “en-fermos”, estos es, la negación de estar sujeto, sostenido, es decir, de aquellos que no tienen pies, y no tienen acceso al templo (cf. 2Sam. 5,8). Perdieron su estar de pie directamente delante de Dios como sus interlocutores, están tendidos en la tierra, de la cual provienen y a la cual deben regresar.

La escena es típicamente evangélica. Si nosotros nos preguntamos: ¿Quién es el hombre según el Evangelio? La respuesta que el mismo Evangelio nos da es fundamentalmente una: el hombre es un ser enfermo. Tengamos presente que el Evangelio no habla del hombre en sentido filosófico, más bien en sentido existencial.

Para el Evangelio, el hombre es aquel que yace a un lado de la calle, es aquel que se encuentra ahí acostado al bajar de Jerusalén a Jericó. Todos los hombres que Jesús se ha encontrado estaban enfermos físicamente o espiritualmente. Y cuando alguno cree estar espiritualmente íntegro, como el joven rico (Mt. 19, 16-22) en su encuentro con Jesús descubre su enfermedad escondida. He ahí porque una de las imágenes características de Jesús es la del médico. “Jesús en realidad –como dice Pedro en casa de Cornelio- pasó haciendo el bien y curando a todos los que estaban oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.” (Hch. 10, 38).

De acuerdo al Evangelio, la enfermedad no solo es algo físico, sino algo más profundo. La enfermedad constituye una disminución de la esperanza de vida, de aquella plenitud a la cual el hombre se siente llamado dese siempre. Estar enfermo, para el Evangelio, significa por lo tanto, estar en crisis con nosotros mismo, a tal punto de no poder comprender exactamente quiénes somos, ni poder comprender nuestras relaciones con los demás, ni con el mundo que nos rodea. La enfermedad pone en juego el sentido de la vida de una persona.

Había allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo.

Había allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo. El Evangelio no nos habla de un hombre enfermo, más bien de un hombre que llevaba treinta y ocho años viviendo con su enfermedad. A nosotros no nos interesa saber cuál era la enfermedad que tenía aquel hombre. Nos interesa que hacía muchos años que vivía con su enfermedad. Y este hecho nos concierne a todos. ¿Quién de nosotros no tiene una serie de límites o de enfermedades con las cuales ha convivido a lo largo de los años? Es cierto, estamos convencidos que debemos dar un paso adelante, que debemos tener en nuestra vida más disponibilidad y más espíritu de servicio. Sin embargo hace tanto tiempo que vivimos con nuestros defectos que es difícil cambiar. Sabemos que el Evangelio nos muestra el camino de la alegría, de la santidad, del verdadero significado de nuestras vidas, sin embargo, cuando nos encontramos ante una renuncia, cuando hay un precio a pagar, una acción que nos cuesta, no siempre tenemos el valor de decidir, de desapegarnos.

Jesús toma la iniciativa.

Hoy, frente a nuestra enfermedad el Señor Jesús, como una vez en Jerusalén, toma la iniciativa y nos dice: “Levántate y anda”. Donde resuena la palabra de Dios, ahí renace la creación. El mandato de Jesús no es más que la continuación de la acción creadora de Dios. Jesús es el único que hace nuevamente bella la creación, que nos purifica. Es Él que sana a todos aquellos que están bajo el poder del demonio, porque Dios está con él (cf. Hch. 10, 38). De hecho, la curación que Jesús hace es siempre una curación integral. Aquel que es curado, en realidad, no está enfermo solo físicamente, sino también espiritualmente: “no peques más para que no te suceda algo peor”.

El hombre curado va con los judíos a decir que era Jesús el que lo había curado. ¿Fue a hacerle de espía? ¿Fue a justificarse? La culpa no es mía es de aquel que me dijo: “Levántate, toma tu camilla y anda”. El Evangelio no nos lo dice.

Nos gusta más pensar que el hombre fue con los judíos a dar un testimonio verdadero, que él en realidad, ha sido un auténtico testimonio de la salvación del Señor, que él fue con los judíos para decir: que aquello nuevo y positivo que le ha sucedido en su vida es obra del Señor Jesús.

Vivir la liturgia que celebramos.

La descripción del Evangelio de Juan ocurrió en el contexto de una fiesta. Hoy las palabras de Jesús: “Levántate y anda”, resuenan de nuevo en el contexto de una fiesta, estamos en el inicio del Simposium del VI Congreso Eucarístico Nacional de México.

Como el hombre del Evangelio, también nosotros solemos tener el hábito de vivir con nuestras enfermedades espirituales. Hoy el Señor nos invita a asumir nuestras responsabilidades como hijos de Dios. Sí, con su ayuda también nosotros podemos levantarnos y retomar el camino del testimonio.

En esta celebración, mientras se acerca a nosotros el médico divino, nos damos cuenta que la Eucaristía, aunque la debemos recibir purificados de nuestros pecados, no es el sacramento de los justos, sino la ayuda para nosotros pecadores. Al momento de la comunión, después de haber dicho: “Señor yo no digno”, alzamos nuestra mano hacia el pan sagrado y nos dejamos tomar de la mano del Señor Resucitado. Quien nos repite: “Levántate y anda”.

Él viene para ayudarnos a salir delante de las dificultades en que nos encontramos, para continuar con un entusiasmo renovado el camino de nuestra vida de fe. Nosotros, en realidad, estamos seguros que “el gran río de la santidad de la Iglesia siempre encuentra su origen aquí, siempre de nuevo, del corazón de Cristo, de la Eucaristía, de su Espíritu Santo.” (Papara Francisco, OR, 28.V.2014 p.8)

El Congreso Eucarístico es una ocasión que nos brinda a nosotros los fieles y sobre todo a los sacerdotes, la oportunidad de profundizar en la comprensión de las oraciones y de las acciones que realizamos, para aprender bien el arte de celebrar. Debemos reconocer todavía que todo esto no es suficiente. La Iglesia, nuestra madre, nos enseña que la Eucaristía espera ser vivida en el camino de la vida cotidiana. Vivir de la liturgia que se celebra significa vivir de aquello que la liturgia hace vivir: el perdón invocado y donado, la palabra de Dios escuchada, la acción de la gracia puesta en relieve, la Eucaristía recibida como comunión.

De la celebración de la Eucaristía debemos aprender que el futuro de nuestra vida sacerdotal, lo digo por mí, por los sacerdotes ordenados, y también por todos los laicos aquí presentes, el futuro de nuestra vida sacerdotal no depende solo de cómo celebramos la liturgia, sino más bien de la forma en que sabemos vivir de la liturgia que celebramos.