02 Ago 2017

Entré al seminario a los 15 años recién cumplidos, un 6 de agosto de 2005 a las 5:00 PM. Al terminar la secundaria, fue en la parroquia Cristo Buen Pastor en Apodaca donde descubrí mi vocación participando en los grupos parroquiales, de monaguillo, fui Tarsicio en la adoración nocturna, después de hacer un año de proceso vocacional solicité ingresar al seminario.

Desde muy pequeño fui cercano a la Iglesia gracias a los valores que mi mamá me inculcó, siempre participé en grupos parroquiales y desde antes mi familia, concretamente mi mamá, me acercó a Dios, me inculcó los valores cristianos y durante ese tiempo de mi infancia, de mi adolescencia me sentía muy bien en la iglesia, en ese ambiente de parroquia, de apostolado, siendo monaguillo, en los grupos de jóvenes y formando parte de la adoración nocturna mexicana yo me sentía como en mi casa, la iglesia era el lugar donde más tiempo pasaba.

Fue un amigo de la familia que era seminarista quien me invitó a vivir el proceso vocacional, él siempre bromeaba conmigo diciéndome que yo debía ser padrecito, cuando lo escuchaba yo no me lo creía, me sentía indigno, lo sentía muy lejano, yo pensaba que como iba a ser posible ya que yo era muy inquieto y muy alegre.

Un día lo acompañé a un retiro en Aguascalientes y descubro que los seminaristas son personas normales, bromean, ríen, lloran, juegan, son como todos con la diferencia que quieren consagrar su vida a Dios, me identifiqué con ellos. Al regresar de este retiro inicié mi proceso en el Centro Vocacional y durante un año asistiendo a los retiros, a los acompañamientos, a los momentos de oración y reflexión voy descubriendo que Dios me llama. Lo interesante es que las tres personas que sembraron la inquietud vocacional ya no continuaron su formación sacerdotal, sin embargo Dios se valió de ellos para llamarme a este camino y aquí estoy, doce años después estoy culminando muy agradecido con Dios.

Mi mamá es madre soltera y desde muy pequeño me enseñó a amar a la familia y a orar por mi papá aunque no estuviera con nosotros, y a cuidar a mis hermanos -soy el mayor de cuatro-. Cuando le digo mi inquietud recuerdo que ella empezó a llorar de alegría me abrazó y me dijo que me apoyaba: “Si decides entrar al seminario te apoyo, y si no también”; ella fue quien me llevó al retiro, yo no sabía andar solo en camión así que las primeras veces ella me llevaba y pasaba por mí. Para mi eso significaba mucho ya que veía su apoyo y entrega, me sentía apapachado y amado por ella y por mis hermanos, que aunque eran muy pequeños también me apoyaban.

Cuando decido entrar al seminario, mi mamá me cuenta que al momento de mi nacimiento casi da a luz en el taxi en el que iba al hospital… gracias a Dios si alcanzamos a llegar, pero las cosas se complicaron un poco y estuvo un tiempo en el hospital y como buena madre cristiana me consagró al Señor, nunca me lo contó hasta el momento que en que ingresé, para mi es un reafirmar este llamado que sentía y que Dios me estaba haciendo a consagrar mi vida al sacerdocio.

Llegar a ser sacerdote significa que Dios me ha mirado con misericordia y que voy a experimentar algo que no puedo entender, no puedo describir, que no soy digno, pero que acepto con agrado, consciente de la gran responsabilidad que eso significa.

Consejo vocacional:
No tengan miedo a hacer su proceso vocacional, hombre y mujeres, independientemente de sus edades, atrévanse a preguntarle al Señor ¿qué quiere de ustedes? Yo les aseguro que no se van a arrepentir, Dios habla clarito y el proceso vocacional es una gran herramienta para descubrir la voluntad de Dios. Siempre estamos preguntando ¿Señor que quieres de mí? y quisiéramos que se abrieran los cielos o que abriendo la Biblia apareciera una frase reveladora… Te aseguro que si haces el proceso vocacional, te acercas a la oración y te dejas acompañar, Dios te dirá claramente que es lo que quiere de ti y siguiendo su voluntad encontrarás la paz y la felicidad.

¿Te gustaría saber si Dios te llama a ser sacerdote?
¡Haz proceso vocacional!
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