29 Sep 2017

HELLO! 1

Yo era apenas un muchacho cuando me incorporé al grupo de los discípulos que seguían a Juan el Bautista. Él era un profeta hecho y derecho: lo movía la fuerza de la palabra de Dios, era coherente, hablaba con autoridad y no se arredraba ante nada ni nadie, todo el pueblo lo sabía, por eso lo tenían en alta estima. Además, hacía años que no había surgido un profeta en Israel. Yo, personalmente, lo admiraba y lo veía inalcanzable, de una altura espiritual difícil de imaginar a mi edad.

Había otro profeta en nuestro entorno que igualmente comenzaba a ganar simpatizantes. Aunque su presencia era bastante discreta, sus expectativas eran muy altas, se trataba de un tal Jesús de Nazaret, escuché que tiempo atrás había sido también parte de los discípulos de nuestro maestro. Eran tiempos de esperanza avivados por las antiguas promesas libertarias de nuestro Dios, por lo que no fue extraña la separación para conformar otro grupo. En cuanto a mi, el aprendizaje al lado del Bautista llenaba mis anhelos; lo único que llamaba mi atención, era que a diferencia de los que seguíamos a Juan, decían que Jesús escogía a sus discípulos.

Con el paso del tiempo, el grupo del bautista y el grupo de Jesús se fueron fortaleciendo, hasta el grado de experimentar una cierta rivalidad y orgullo de pertenecer a uno u a otro. A pesar de ello, se notaba un mutuo respeto. Inclusive me desconcertaban algunas afirmaciones esporádicas que Juan hacía acerca de Jesús, parecían ir más allá de una simple admiración. No era el único que lo percibía, también mis compañeros, sobre todo los más viejos, les parecía que el Bautista iba decreciendo en su protagonismo y apuntaba hacía alguien mucho más fuerte.

Nuestras incógnitas por fin se despejaron el día que los judíos enviaron desde Jerusalén a sacerdotes y levitas, entre ellos algunos fariseos, para preguntarle al Bautista quién era; el confesó sin negarlo: yo no soy el Mesías. Sólo soy la voz que clama en el desierto… detrás de mi viene uno al que no soy digno de desatarle las correas de sus sandalias… Los emisarios no esperaban que Juan contestara así, tampoco los que éramos sus discípulos. Aquella tarde, después de su inesperada respuesta, la noche fue silencio.

Al día siguiente, todavía desconcertados, Jesús caminaba cerca de nosotros, Juan nos dijo con la solemnidad de un profeta: Este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Sin pensarlo, atraídos por Jesús, lo seguimos inmediatamente (sólo Andrés y yo). Cuando el Maestro nos vio, lo primero que dijo fue: ¿qué buscan? Una pregunta que aún hoy sigue haciendo eco en mi interior. Lo que se nos ocurrió responder, y quizá lo mejor, por salir espontáneamente, fue: ¿Dónde vives? A lo que nos contestó: vengan y véanlo con sus propios ojos. Ese día la pasamos con él; tengo muy presente la hora exacta en que lo conocimos.

Después de ese primer día vinieron muchos otros, tan variados y distintos; ordinarios y extraordinarios, con el maestro y con el amigo. Seguimos a Jesús no sólo Andrés, también su hermano Pedro y los demás.

Los años al lado de Jesús pasaron muy rápido, muchas cosas no las entendimos en su momento y tantas otras que quizá parecían poco importantes, cobraron relevancia después de la resurrección. Para mi, que era apenas un joven reservado que dejaba la iniciativa a los más experimentados, después de las apariciones de Jesús, surgieron en mi convicciones y fortalezas que jamás hubiera pensado que yo tenía; como si siempre hubiera estado dormido y de pronto despertara para caminar.

Muchos años más tarde, en Asia, junto con una comunidad de hermanos, elaboramos un escrito al que llamaron el cuarto evangelio. Sí, los que habíamos sido testigo de aquella gloria, la que vimos con nuestros propios ojos, la que contemplamos, la que oímos y la que tocamos. La del Verbo que puso su morada entre nosotros, la de aquel que es la vida y la luz que alumbra a todo hombre que viene a este mundo.

La comunidad de aquel entonces me tuvo una especial consideración por ser alguien cercano a Jesús, pero no era difícil serlo, el Maestro se hacía próximo y se dejaba encontrar, era parte de su ser. También corrió una leyenda de que yo no moriría hasta que el Señor regresara por segunda vez, pero eso no fue lo que dijo exactamente, Pedro es quien mejor comprendió lo que quiso decir el Señor. Algo parecido difundieron los otros discípulos, porque en la cena antes de la Pascua, como si algo presintiera, me senté al lado del Señor y, a la luz de los hechos posteriores que lo llevaron a la cruz, el significado de las acciones y palabras de esa noche tomaron otro valor.

Otros tres sucesos más me asociaban próximo al Señor: primero, al pie de la cruz estaba María, la madre del Señor; ahí estuve también a su lado cuando él nos habló. Segundo, la mañana del domingo, cuando María Magdalena nos dijo aturdida que se habían llevado al Señor y no sabía dónde lo habían puesto, Pedro y yo corrimos hasta el sepulcro y al ver el sudario y los lienzos en un lugar aparte, me vino de golpe lo que el Señor nos había preanunciado. Entonces, vi y creí. Por último, la aparición del Señor en el lago de Tiberíades. Esa madrugada, Pedro dijo que salía a pescar, la mayoría quisimos acompañarlo. Después de bregar toda la noche no sacamos nada. Al lo lejos, oímos una voz que nos preguntó si teníamos algo para comer, respondimos que no; entonces nos gritó que echáramos la red a la derecha y para sorpresa nuestra atrapamos ciento cincuenta y tres peces enormes, aún así, la red no se rompió. No fue casualidad lo que pasó esa mañana, como un relámpago en mi memoria, reviví la escena de unos años atrás, donde nació el llamado de algunos de nosotros pescadores. Entonces grite muy fuerte: “Es el Señor”. Pedro, el primero, se arrojó al agua.

Me he preguntado muchas veces por que Jesús me escogió a mi si era apenas un muchacho. Encuentro una única razón en mi interior a la luz de la Escritura:

He querido dejar claro, en el libro que ustedes conocen, que fui sólo un testigo como otros, pues si contemplan el vocabulario del cuarto evangelio, las expresiones de cariño y amor que Jesús me tuvo son las mismas que le prodigó a los demás discípulos y, más allá de nuestro grupo, a otros como Martha, María y Lázaro.

En estos pasajes donde aparezco, he buscado, a propósito, que no se mencione mi nombre. ¿Por qué? Porque la voz insistente de la comunidad me ha hecho ver que así cómo Dios le cambió los nombres a ciertos personajes de la Escritura, para darles un nuevo rumbo a sus vidas. Jesús, como a tantos otros de sus seguidores, cambió el mío y lo he reconocido en la voz de mi Iglesia: “el discípulo amado”.

 

 

Escrito por:
Pbro. Hugo Chávez

26 Sep 2017

HELLO! 1

Del 24 al 26 de septiembre celebramos la Asamblea Eclesial Diocesana con el lema “Hacia una Pastoral Misericordiosa”, en ella, proponemos orientaciones para nuestra acción pastoral. La Asamblea Eclesial Diocesana es el momento idóneo de hacer oración y pedir que el Espíritu Santo nos ilumine para reflexionar nuestro caminar; de dialogar como familia que somos, como Iglesia; de seguir caminando y planear, en un mundo que va en continuo movimiento; de mostrarnos como aquellos primeros cristianos, que, a pesar de la adversidad, caminaban juntos y daban testimonio de alegría, llevando siempre en sus corazones ése amor plantado por nuestro Señor Jesucristo.

La Asamblea Eclesial es el espacio para saber por dónde vamos caminando como Arquidiócesis y hacia dónde queremos llegar como Iglesia. Tanto pastores como ovejas debemos de caminar a la Luz del Evangelio y de lo que nos pide el Santo Padre, en la voz de nuestro Pastor Mons. Rogelio Cabrera. Es la oportunidad de fortalecer esta relación de pastores y ovejas, con una intención común, ir juntos a donde el Señor nos invita a caminar, en búsqueda de Él, de manera privilegiada en los más necesitados, en los que sufren, en los marginados y alejados.

Es importante para nosotros, futuros pastores de esta Iglesia de Monterrey, entender y reflexionar el caminar de nuestra Iglesia Diocesana, para sumarnos al camino ya emprendido junto al Pueblo de Dios. Como diáconos, nos sentimos llamados a ser servidores de los pobres, servidores de la Iglesia y la Asamblea Eclesial Diocesana nos ayudará a saber ejercer nuestro futuro ministerio sacerdotal.

En oración por los frutos de esta Asamblea Eclesial Diocesana, juntos como miembros de esta Iglesia Diocesana, caminando, donde Dios nos pide que andemos.
Diácono Jonathan García Galaviz.
Alumno de cuarto de Teología del Seminario Arquidiocesano de Monterrey.

22 Sep 2017

HELLO! 1

«Si sufre un miembro, todos los demás sufren con él»
(1 Cor 12, 26)

El pasado martes 19 de septiembre, a 32 años del terrible terremoto de 1985, México revivió aquel escenario desolador, con un sismo de de 7.1 grados en la escala de Ritcher. Las imágenes transmitidas en las redes sociales parecían sacadas de una película de ciencia ficción, era la impactante realidad de la cual fuimos testigos en tiempo real: olas en el paseo de Xochimilco, carreteras y calles agrietadas, derrumbe de edificios, pánico, llanto y lo más lamentable, mexicanos atrapados entre los escombros.

¿Qué ser humano puede ser indiferente a esto? Precisamente por eso, porque el sufrimiento ajeno interpela al corazón, los mexicanos comenzamos a mostrarle al mundo su mejor rostro: «la compasión». Las calles se llenaron de héroes en búsqueda de herramientas para retirar escombros y salvar vidas, rápidamente se organizaron para enviar ayuda a las familias que recién habían perdido sus hogares, los jóvenes demostraron sus ganas de formar parte de la historia, y comenzó una oración nacional. Brotó de nuestro corazón mexicano las ganas de amar.

La comunidad del Seminario de Monterrey no fue la excepción. Nos unimos en oración ante el Santísimo Sacramento por las víctimas del sismo; y conmovidos ante la realidad que nos apela, buscamos servir alegremente junto a más jóvenes, adultos, religiosos y sacerdotes, en el Banco de Alimentos de Cáritas de Monterrey. ¡Que testimonio y generosidad el de las familias regiomontanas!

Nuestra patria nos hermana y el Evangelio nos anima a ser buenos samaritanos. ¡Qué esperanzador es contemplar el mejor rostro de México en medio de la tragedia! ¡Qué hermoso es contemplar en cada mexicano el rostro misericordioso del Padre! Los mexicanos lloramos por aquellos que nos fueron arrebatados bajos los escombros, pero también oramos, trabajamos y cooperamos para levantarnos ¡para reconstruir este hogar y templo de Dios! Nos queda claro que, si un miembro sufre, los demás sufrimos con él. Ésta es una gran enseñanza para los que aspiramos a imitar a Jesús. Hemos de aprender a sufrir con y por su pueblo y a darnos y darlo todo, como lo hizo Él.

Confiamos en que Santa María de Guadalupe acoge cada oración, cada buena obra, cada acto de generosidad, cada gesto de ayuda mutua entre sus hijos y que diligentemente se lo entrega a Jesús, el Buen Samaritano. Apenas estamos comenzando ¡No nos cansemos de ayudar!¡No nos cansemos de amar!

07 Sep 2017

HELLO! 1

Los diáconos participan de una manera especial en la misión y en la gracia de Cristo. El sacramento del Orden los marca con un sello («carácter») que nadie puede hacer desaparecer y que los configura con Cristo que se hizo «diácono», es decir, el servidor de todos.

Los diáconos son ministros ordenados para las tareas del servicio de la iglesia, aún no reciben el sacerdocio ministerial, pero la ordenación les otorga funciones importantes en el ministerio de la Palabra, del cultivo y del servicio de la caridad, y las tareas encomendadas por su obispo.

Los actos litúrgicos en este rito tienen como materia y forma: la imposición de manos y la oración consecratoria, a los diáconos sólo el obispo les impone las manos, pero «no en orden al sacerdocio, sino en orden al ministerio» o servicio.

Decía San Ignacio de Antioquía: «Los diáconos son los imitadores de Cristo porque ellos son los servidores del obispo, como Cristo es el servidor de Dios Padre», por eso agrega: «A los diáconos ha sido confiada la “diaconía” de Cristo».

El sábado 9 de Septiembre, recibirán el Orden del Diaconado once de nuestros seminaristas, a las 10:00 a.m. en la Basílica de Nuestra Señora del Roble.
Esperamos contar con su presencia.

10 Ago 2017

HELLO! 1

“Único mediador entre Dios y los hombre”
                                                                    ( 1Tm. 2, 5)

El orden del presbiterado establece la misión confiada por Cristo a sus apóstoles, que sigue siendo ejercida en la iglesia hasta el fin de los tiempos. Como en todo sacramento somos conscientes que se tienen signos y ritos que nos demuestran las esencias del amor de Dios, en este en especial se da la consagración de una persona por su plena libertad a darse en su totalidad a Cristo y a la iglesia.

El rito esencial del sacramento está constituido por “la imposición de manos” del obispo sobre la cabeza del ordenado, así como una “oración consecratoria específica” en la cual toda la asamblea pide a Dios la efusión del “Espíritu Santo” y de sus dones apropiados para el candidato que es ordenado.

Otro aspecto importante en el rito, es el momento en el cual el obispo unge al candidato con el Santo Crisma, como signo de la unción especial del Espíritu Santo que se hace fecundo en su ministerio. Como parte de la celebración, se hace entrega de la patena, el cáliz y de los Sagrados Evangelios.

En el ministro ordenado, es Cristo mismo quien está presente en su iglesia como Cabeza de su cuerpo, Pastor de su rebaño, Sumo Sacerdote del Sacrificio Redentor y Maestro de la verdad. Es lo que la iglesia expresa, al decir que el sacerdote, en virtud del Sacramento del Orden, actúa “IN PERSONA CHRISTI”.

Como Iglesia de Monterrey estamos invitados a participar de ésta celebración, el martes 15 de Agosto a las 5:00 p.m. en la Basílica de Nuestra Señora de
Guadalupe. ¡Unidos como iglesia, celebremos el don del sacerdocio!

02 Ago 2017

HELLO! 1

Entré al seminario a los 17 años, estudiaba Ingeniería Mecánica Eléctrica en la UANL, practicaba ciclismo incluso estuve en las fuerzas básicas de Monterrey, tenía una vida ordinaria y tranquila, soy el menor de tres hijos.

Cuando estaba en la parroquia, el vicario Miguel Pasillas me dijo: “Tú vas a ser sacerdote”, no estaba en mi pensamiento, no estaba en mis planes, ni en mi vida, sin embargo este fue un llamado de Dios muy interesante al hacerlo por medio del sacerdote. En aquel entonces mi proceso vocacional fue de dos retiros.

El fin de semana que asistí al retiro sacerdotal, al ver la vida Juan Pablo II me llamó mucho la atención como Dios puede transformar los proyectos personales en proyecto de Dios. En ese entonces entró la espinita en mi corazón y sentí que debía intentar a responder al llamado de la vocación sacerdotal, lo hice con gusto y también con miedo, fue en ese fin de semana donde Dios me llamó. A las dos semanas fue el retiro de la opción y es cuando pongo por escrito mi intención de entrar al seminario para ser sacerdote.

Siempre he dicho que vengo de una familia cristiana gracias a Dios. Como tuve muy poco tiempo de proceso vocacional en realidad no les había dicho nada, sólo sabían que iba a un retiro, así que cuando les digo a mis papás mi decisión de ingresar al seminario se sorprendieron mucho, pero a la vez se alegraron y sus palabras fueron de confianza y apoyo: “Te vamos a apoyar en toda decisión que tomes”. En realidad se pusieron muy contentos.

Llegar a ser sacerdote es responder al llamado que Dios me hace en mi indignidad, en mi limitación, en mi propio pecado… es un gran reto y es una gran alegría al ser un proyecto de Dios para nosotros en el cual uno intenta ser dócil, implica poner tu alma, tu corazón, tu vida y tu persona en la manos de Dios.

Consejo vocacional:
Vale la pena vivir la aventura de la vocación, es una gran alegría, una gran aventura la que vivimos cuando sentimos el llamado de Dios y nos arriesgamos a responderle, es algo que es indescriptible, inimaginable. Siempre Dios va a sorprendernos, déjate sorprender por Dios, por sus proyectos, por su llamada, por su presencia y anímate a vivir la vocación a la cual Dios te llama. Si sientes que te llama a ser sacerdote: Ánimo, adelante, fuerza y alegría.

¿Te gustaría saber si Dios te llama a ser sacerdote?
¡Haz proceso vocacional!
Llámanos al 1158-2838 o visita nuestra página: centrovocacional.org

02 Ago 2017

HELLO! 1

Entré al seminario a los 15 años recién cumplidos, un 6 de agosto de 2005 a las 5:00 PM. Al terminar la secundaria, fue en la parroquia Cristo Buen Pastor en Apodaca donde descubrí mi vocación participando en los grupos parroquiales, de monaguillo, fui Tarsicio en la adoración nocturna, después de hacer un año de proceso vocacional solicité ingresar al seminario.

Desde muy pequeño fui cercano a la Iglesia gracias a los valores que mi mamá me inculcó, siempre participé en grupos parroquiales y desde antes mi familia, concretamente mi mamá, me acercó a Dios, me inculcó los valores cristianos y durante ese tiempo de mi infancia, de mi adolescencia me sentía muy bien en la iglesia, en ese ambiente de parroquia, de apostolado, siendo monaguillo, en los grupos de jóvenes y formando parte de la adoración nocturna mexicana yo me sentía como en mi casa, la iglesia era el lugar donde más tiempo pasaba.

Fue un amigo de la familia que era seminarista quien me invitó a vivir el proceso vocacional, él siempre bromeaba conmigo diciéndome que yo debía ser padrecito, cuando lo escuchaba yo no me lo creía, me sentía indigno, lo sentía muy lejano, yo pensaba que como iba a ser posible ya que yo era muy inquieto y muy alegre.

Un día lo acompañé a un retiro en Aguascalientes y descubro que los seminaristas son personas normales, bromean, ríen, lloran, juegan, son como todos con la diferencia que quieren consagrar su vida a Dios, me identifiqué con ellos. Al regresar de este retiro inicié mi proceso en el Centro Vocacional y durante un año asistiendo a los retiros, a los acompañamientos, a los momentos de oración y reflexión voy descubriendo que Dios me llama. Lo interesante es que las tres personas que sembraron la inquietud vocacional ya no continuaron su formación sacerdotal, sin embargo Dios se valió de ellos para llamarme a este camino y aquí estoy, doce años después estoy culminando muy agradecido con Dios.

Mi mamá es madre soltera y desde muy pequeño me enseñó a amar a la familia y a orar por mi papá aunque no estuviera con nosotros, y a cuidar a mis hermanos -soy el mayor de cuatro-. Cuando le digo mi inquietud recuerdo que ella empezó a llorar de alegría me abrazó y me dijo que me apoyaba: “Si decides entrar al seminario te apoyo, y si no también”; ella fue quien me llevó al retiro, yo no sabía andar solo en camión así que las primeras veces ella me llevaba y pasaba por mí. Para mi eso significaba mucho ya que veía su apoyo y entrega, me sentía apapachado y amado por ella y por mis hermanos, que aunque eran muy pequeños también me apoyaban.

Cuando decido entrar al seminario, mi mamá me cuenta que al momento de mi nacimiento casi da a luz en el taxi en el que iba al hospital… gracias a Dios si alcanzamos a llegar, pero las cosas se complicaron un poco y estuvo un tiempo en el hospital y como buena madre cristiana me consagró al Señor, nunca me lo contó hasta el momento que en que ingresé, para mi es un reafirmar este llamado que sentía y que Dios me estaba haciendo a consagrar mi vida al sacerdocio.

Llegar a ser sacerdote significa que Dios me ha mirado con misericordia y que voy a experimentar algo que no puedo entender, no puedo describir, que no soy digno, pero que acepto con agrado, consciente de la gran responsabilidad que eso significa.

Consejo vocacional:
No tengan miedo a hacer su proceso vocacional, hombre y mujeres, independientemente de sus edades, atrévanse a preguntarle al Señor ¿qué quiere de ustedes? Yo les aseguro que no se van a arrepentir, Dios habla clarito y el proceso vocacional es una gran herramienta para descubrir la voluntad de Dios. Siempre estamos preguntando ¿Señor que quieres de mí? y quisiéramos que se abrieran los cielos o que abriendo la Biblia apareciera una frase reveladora… Te aseguro que si haces el proceso vocacional, te acercas a la oración y te dejas acompañar, Dios te dirá claramente que es lo que quiere de ti y siguiendo su voluntad encontrarás la paz y la felicidad.

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02 Ago 2017

HELLO! 1

Antes de entrar al seminario, estuve sirviendo en misiones rurales de Nuevo León, estaba por terminar mi carrera en Derecho, sabía que Dios me llamaba a algo, pero no sabía a donde, así que decido abandonarme al llamado de Dios, fui a un retiro para aclarar mis inquietudes, un retiro muy especial llamado Emaús de cinco días caminando en el pueblo de Mina y las comunidades.

Un 20 de mayo de 2007 hago mi carta de la opción para entrar al seminario y fue el 4 de agosto del mismo año cuando ingreso al Seminario de Monterrey, tenía 24 años. Ya son 10 años de estar respondiendo a Dios y feliz de que Él siga manifestando su llamado a la vida sacerdotal, aunque al inicio yo me negaba a este llamado. Siempre me abandone a la voluntad de Dios y hoy estoy feliz en este camino.

Llegar a ser sacerdote significan muchas cosas: Con humildad digo que me siento indigno, soy igual que todos, hay personas más buenas que yo, pero Dios se ha fijado en mí, es una gran responsabilidad, un gran reto, una gran misión, y un compromiso con Dios, con el pueblo de Dios y conmigo mismo. Encuentro en la iglesia retos personales, quiero dar todo de mí, dar una entrega total. En el pueblo de Dios hay mucha fe, pero en ocasiones la gente no quiere acercarse. Uno de mis retos cuando sea sacerdote es compartir a Dios con alegría, con gozo, con esperanza y con mucha fe.

A lo largo de los años tuve una crisis vocacional de la cual aprendí algo muy hermoso, fue cuando estuve en el Curso Introductorio, lo hablé con mi familia, con los padres formadores, y ya con maletas hechas un sacerdote, antes de llevarme a mi casa como le había pedido, me aconsejo ir al Santísimo a lo que le pregunté a Dios: “Aquí estoy para hacer tu voluntad, ¿qué es lo que quieres de mi vida?”. La respuesta fue clara.

Siempre me ha gustado darle sorpresas a mi familia, cuando les doy la noticia mi papá se sorprendió mucho, ya que él estaba muy esperanzado por mi estudio, me hacia graduado y trabajando con algo de mi carrera, no sabían que estaba haciendo el proceso vocacional, le cuento a mis hermanos y a mi papá… mi mamá en aquel entonces ya había fallecido.

“No estoy de acuerdo, pero no me opongo, si esa es tu felicidad te apoyo” fueron las palabras de mi papá quien a lo largo de los años, sobretodo después de un retiro que hacen aquí para papás y seminaristas, ha cambiado la idea que tenía y hasta la fecha es el más contento y quien más me apoya, siempre esta conmigo y siempre al pendiente de lo que necesite.

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02 Ago 2017

HELLO! 1

Entre al seminario a los 47 años, yo estaba trabajando, estudié una carrera, tenía un trabajo profesional bueno que me gustaba, había perseverado por crecer, me pagaban muy bien, sin embargo en una hora santa sentí algo muy grande que me decía: VEN. El vicario de la parroquia me invitó a un retiro en el Seminario Menor y en el Centro Vocacional me entrevistaron y así fue como inicié mi caminar con Cristo, fue una experiencia muy bonita vivir el proceso vocacional.

Sentí mucha alegría al sentir el llamado, era sorprendente el hecho que me hubiera llamado a esta edad, claro que había incertidumbre al dejar todo lo que había hecho hasta el momento. Pero un día la salir del Centro Vocacional algo en mi corazón me decía: “Yo te amo, te amo mucho, ven y sígueme”. Me fui directo al trabajo y renuncié para seguir a Jesús, me decían que estaba loco. Me sentía muy lleno, muy feliz. “Si Tú me estás hablando, yo voy a seguir contigo en este caminar”. Yo sabía que Él me estaba llamando, yo sé que Él siempre me ha estado cuidando y protegiéndome.

Cuando fue avanzando el proceso, le compartí a mi familia el deseo de entrar en el seminario. Mi madre me dijo: “si tu eres feliz con Él nosotros estamos contigo”, y hasta ahora aún con sus limitaciones siguen de pie conmigo; es muy padre ver que ella se sienta fuerte también en este acompañamiento vocacional, por que para ella también es un proceso el discernir como Cristo se ha manifestado en el seno familiar.

Los momentos más agradables de mi vida en el seminario son muchos, antes me sentía muy pleno con mi trabajo, ganar bien… con los premios, con todos mis logros y de repente dejarlo todo… fue algo muy hermoso: Dios renovó mi vida. Me doy cuenta que Dios todo el día esta buscando trabajadores, el amor de Dios es enorme, el llamado es para todos.

Ser sacerdote es desgastar la vida por el pueblo de Dios, por los pobres, por los desamparados, por los que más lo necesitan, es ser Cristo, un Cristo que se acerca con el pueblo y entrega amor. Vivimos en una burbuja, allá afuera es una gran burbuja con problemas y muchas necesidades: Tenemos que salir al mundo. Me impacta mucho el sufrimiento de la gente, al servir en las pastorales he vivido de cerca el dolor de los padres cuando ven a sus hijos en el tutelar, de la esposa que tiene a su esposo en el penal, el de la madre sordomuda al tratar sacar adelante a su pequeños, ahí me doy cuenta de la necesidad que hay en este mundo de todos… quiero entregar mi vida para ayudar a todos, acompañarlos, escucharlos.

Consejo vocacional:
Guardo muy presente las palabras de San Juan Pablo II para los jóvenes, hombre y mujeres: No se queden en la orilla, si sientes el llamado, métanse al fondo. Anímense, es una experiencia bien bonita estar con tus hermanos que te necesitan. No se queden afuera como si nada pasara. La gente tiene mucha necesidad de sacerdotes, de religiosos, de laicos, de consagrados, de gente que quiera servir y ayudar. No se vale quedarnos sin hacer nada cuando vemos todas las cosas que están sucediendo. Cristo está llamando, hay que hacer un espacio en nuestras vidas, darle un tiempo para platicar con Él y poder discernir que es lo que quiere de nosotros. Dejen a un lado todo lo que les abruma, y pregunten bien: ¿Qué es lo que quieres de mí? Por que Él llama muy fuerte, sólo hay que saber escucharlo.

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02 Ago 2017

HELLO! 1

Mi proceso vocacional lo inicié a los 16 años estando en los grupos parroquiales, era el encargado de la espiritualidad y fue como tuve más contacto con seminaristas y sacerdotes, al mismo tiempo estaba viendo opciones de carrera, en febrero de 2006 fue cuando surge mi inquietud por la vida sacerdotal. Asistí a retiros vocacionales para poder madurar la decisión y conocer un poco más y poder tomar una decisión más madura. Al seminario entré a los 18 años.

Al principio estuve confundido, ciertamente optar por Dios en este mundo actual es de locos, mucha gente al platicarles mi inquietud le sorprendía mucho ya que mi perfil en la preparatoria no era el de un sacerdote, muchos esperaban diferentes opciones de vida para mí, pero al final Dios pudo más y fue como decidí ingresar.

Hubo miedo a lo que no conocemos, al como me iba a ir, pero también junto con ello había mucha esperanza, alegría de conocer un poco más como iba a ser la vida de sacerdote, de ir haciendo vida de fraternidad en el seminario, hubo sentimientos muy intensos y al final es una gran paz saber que la decisión que tomé hace diez años Dios la va confirmando con su voluntad y se va haciendo presente en mi vida.

Mis papás fueron los últimos en enterarse ya que quería estar seguro de mi decisión, el primer año viví mis retiros vocacionales sin que ellos supieran que me estaba preparando para el seminario, cuando mi inquietud y mi decisión fueron madurando y me animo a ingresar al seminario fue cuando les conté que tenía ya trece meses discerniendo lo que Dios tenía para mí. Desde el primer momento me apoyaron, ciertamente fue inesperado, ya que mi perfil indicaba otras líneas, hasta hoy están muy contentos con los pasos que voy dando, han hecho mucha amistad con mi compañeros y sus familias, nuestras familias se han hecho muy cercanas, este ambiente eclesial en el nos vamos desenvolviendo como familias, les ha causado mucha alegría.

Desde el proceso vocacional cuando hablaban del sacerdocio, hablaban de este don inmerecido, creo yo que estos diez años si algo he madurado es en la conciencia de que este don que recibo por parte de Dios no es por méritos míos sino que por su gracia ha decidido llamarme, es un don enorme que aunque no lo merezco, Dios ha puesto su mirada sobre mí y ha querido llamarme a servirlo de esta manera, soy consiente de mis fallas, de mis límites, pero también lo soy de la gracia de Dios que actúa y le pido que pueda ser siempre dócil para que su gracia y su amor pueda pasar a través de mí a su pueblo.

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