30 Nov 2015

HELLO! 1

www.vocacion.com

Hay gente que imagina la llamada de Dios como un fenómeno paranormal en el que aparece una luz cegadora o un ser lleno de rayos y de ángeles. Y se pasan la vida esperando ese acontecimiento que nunca llegará. Otros están convencidos de que Dios va a llamarles a través de intensas experiencias místicas, haciendo resonar su voz en su cabeza, en una oración o en una convivencia. Está claro que si llega ese momento, tendrán vocación, y si no, pues a otra cosa. Pero esta no suele ser la manera de actuar de Dios (¡aunque podría serlo!).

La llamada de Dios consiste en escuchar su Palabra. Y la Palabra de Dios es más que la Biblia. En la Biblia encontramos palabras directas a nuestro corazón. Pero, además, también a nuestro alrededor el mundo está dispuesto a hablarnos de Dios. Todo lo que se presenta ante nosotros nos interpela, nos interroga: desde nuestra propia forma de ser hasta los grandes problemas que conocemos a nuestro alrededor.

Dios está en tu historia personal: 
Dios se manifiesta en la historia, en los acontecimientos que suceden en el tiempo. Y seguro que en tu propia vida hay mensajes de parte de Dios, en tu situación personal y en el camino que has recorrido hasta hoy. Dios también habla en lo que eres y en lo que deseas ser. Y así, con su invitación, te llama a escoger tu vida.

Dios te escoge para algo:
La llamada de Dios sucede en un encuentro personal fundante, es una manifestación de Dios. Dios describe, en primer lugar, una situación de necesidad a la que quiere responder, y aparece ante la persona llamada. Se revela y encomienda una misión a la persona, a la que capacita y ofrece un signo como garantía de su presencia. Finalmente, Dios envía a esa misión.

Dios tiene la iniciativa:
La llamada, la vocación, siempre es iniciativa de Dios. Esto se ve perfectamente en la Biblia. Dios elige, y habitualmente escoge a personas “normales”, con sus debilidades, para una gran misión. Dios elige a la persona para encomendarle una misión que supone un liderazgo, un compromiso a favor de otros. Por supuesto, Dios supera las expectativas de la persona, que no se cree capaz, y comienza a experimentar los temores de responder a esa llamada, al mismo tiempo que la atracción de una vida nueva y mejor. El mismo Dios que llama da la fuerza necesaria para seguirle.

 

Fuente: http://vocacionredentorista.redentoristas.org/

 

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29 Nov 2015

HELLO! 1

Por: Carlos Alberto de Jesús Reyes García, seminarista.

Nuestra vida es un peregrinar, un peregrinar a la casa del Padre quien nos espera con los brazos abiertos. Un Padre que nos ama inmensamente.

Las fiestas de nuestra Señora de Guadalupe, son las fiestas del corazón de México. Nos regocijamos ante los brazos de una madre que nos mira con profundo amor, un amor puro y desinteresado. Al peregrinar a la casa dedicada a la Madre de Dios, es caminar con la esperanza que ella intercederá por nosotros ante su hijo y que ella nos recibirá con una maternal bienvenida en la casa paterna.

El Seminario de Monterrey se honra en venerar a la Madre del Amor. Es por eso que con mucha devoción y alegría, caminamos en peregrinación año con año para dar gracias por su intercesión con este signo tan bello. Es una alabanza dirigida a Dios a través de la Madre del cielo, un gritar que ¡Dios está vivo! y que ha visitado a su pueblo con la presencia de Santa María de Guadalupe a tierras mexicanas. ¡Qué alegría puede experimentar nuestro corazón al venerarla como reina de nuestro país! ¡Qué privilegiados hijos somos al sabernos amados por una madre que nos cuida y protege como sus verdaderos hijos.

La música, los cantos, las danzas, los globos, las banderas, las flores son algunos de los presentes que le ofrecemos a Dios a través de nuestra Madre en esta fiesta del amor. En esta fiesta de la alegría que ensancha los corazones de sus hijos. Pero hay un presente que nunca falta, y es precisamente éste el que se engrandece de alegría al saberse amado por la Virgen de Guadalupe: el corazón. Es el presente principal que no tiene ningún costo ofrecer porque aunque en un principio nos costase entregar el corazón por lo que hubiera en él, ella, así como tengamos el corazón, lo toma en sus santas manos, lo entrega a su hijo, y la bella sorpresa que recibimos es justamente un bello corazón. Un corazón tocado por el que ha creado todos los corazones. Nuestra madre es la que también los cuida y protege. Ella nos lo ha dicho, y las palabras se han quedado muy grabadas especialmente en los corazones de los mexicanos: ¿no estoy yo aquí que soy tu Madre?

En una experiencia personal el miedo se ha hecho difuso al recordar esas tiernas palabras de nuestra Madre. ¡Qué bella es la mirada de la madre de la misericordia! que nos acompaña todos los días.

28 Nov 2015

HELLO! 1

“Al mundo le falta vida, al mundo le falta luz,
al mundo le falta el cielo, 
al mundo le faltas Tu.”
Fragmento del Canto de Adviento: “Ven, Señor, no tardes” de Cesáreo Gabaráin

Por: Seminarista David Jasso Ramírez

Vivimos a prisa. Corremos de un lado para otro sin saber a dónde vamos ni a qué hemos ido, sin llegar a valorar si necesitábamos ir de prisa o si podríamos haber hecho lo mismo a otro ritmo. Quien diariamente convive con la prisa, lo hace también con el estrés y la ansiedad, pues no disfruta del momento por estar anticipando el futuro. La prisa ha llegado a convertirse en un estilo de vida, de ahí que el médico español Gregorio Marañon haya dicho: “En este siglo acabaremos con las enfermedades, pero nos matarán las prisas”.

Hoy la información corre a toda velocidad, el mundo es inmediato y la información se transmite por muchos medios, prácticamente a la velocidad de la luz. Nos enteramos al instante y no podemos creer que haya lentitud en nuestra computadora, en internet o en nuestro teléfono móvil. Vivimos el síndrome de “la prisa para esperar y de la inmediatez” pues lo instantáneo de las cosas hace que el mundo deba ir más rápido, lo cual nos hace intolerantes ante la espera y superficiales en nuestro modo de ser, pensar y obrar. Está desapareciendo la espera; la gente cada vez está menos dispuesta a esperar. Se quiere todo “aquí y ahora” y no se entiende que la impaciencia no logra acelerar el ritmo de la vida: “no por mucho madrugar amanece más temprano”.

Hemos olvidado que la espera genera ilusión, que es un ingrediente esencial de la felicidad. La espera es un componente fundamental de la vida humana. Necesitamos tiempo suficiente para salir de la niñez y de la adolescencia, para aprender una profesión para descubrir y asimilar verdades. El agricultor cuenta con el tiempo de espera de la cosecha; la madre cuenta con el tiempo de espera del hijo que va a nacer.

Todo es mejor en su tiempo, pero para experimentarlo es necesario esperar, entendiendo que la espera no es pasividad, sino disponibilidad activa hacia lo que se aproxima. Y eso es precisamente Adviento, espera, pero espera gozosa de la venida de Jesús, un llamado a salir a su encuentro en el pesebre de Belén en medio de nuestros acelerados días, atentos en lo que verdaderamente importa porque “la atención espera sin prisa, evitando el deseo impaciente y más aún el horror del vacío que nos sugiere llenarnos prematuramente” (Maurice Blanchot, “El diálogo inconcluso”).

¿Cómo vamos a entrar de lleno en la alegría, asombro y amor que trae consigo el Adviento? ¿Cómo vamos a tomar un descanso en medio de la prisa de este tiempo agitado y recordarnos a nosotros mismos que Jesús es la razón de este tiempo, de esta época, de nuestras celebraciones decembrinas?

Queremos en Adviento celebrar una nueva venida de Jesucristo a nuestras vidas; él viene a nosotros y llama a la puerta de nuestro corazón: “Yo estoy junto a la puerta y llamo: si alguien oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos”. (Ap 3,20). En este tiempo lo experimentamos como Dios que en Jesús viene a cada instante. De ahí que el tema central de Adviento sea el gran amor de Dios, quien envió a su único Hijo para vivir con nosotros, amplia expresión de su Misericordia y que constituye el secreto a descubrir particularmente en este Adviento que viviremos en el inicio del Jubileo Extraordinario de la Misericordia.

Es el Adviento que aumenta, en primera instancia, el anhelo de la Misericordia de Dios que llena la tierra, se extiende a todos sus hijos, nos rodea, nos antecede, se multiplica para ayudarnos y que continuamente ha sido confirmada por Él mismo al ocuparse de nosotros como Padre amoroso.

Esta Misericordia que experimentamos genera compasión hacia el que sufre, al que está en desgracia, al hermano alejado, marginado, necesitado, solo y olvidado. La Misericordia se humaniza y es el núcleo del Evangelio y el núcleo de nuestra identidad como cristianos. Jesús vino a manifestar la misericordia de Dios, y nos llama a seguirlo, practicando la misericordia para con los demás: “Sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso” (Lc. 6,36). Así debemos vivir los cristianos: como lo hizo Jesús, dando de comer al hambriento, dando de beber al sediento, vistiendo al desnudo, proporcionando un techo a los que no tienen hogar, visitando a los enfermos, a los presos y enterrando a los muertos.

Es en Adviento que nuestra Misericordia debe ser generosa y personal pues sólo así podremos crear una cultura de encuentro y comunión, resistiendo y rechazando todas las tendencias de nuestra sociedad de marginar, dividir y excluir.

¡Vivamos el Adviento!, que la prisa y la impaciencia de estas semanas no nos distraiga de recibir a Jesús. ¡Vivamos el Adviento!, que la Palabra de Dios nos descubra a Jesús “Dios-con-nosotros” Pero también ¡Vivamos la Misericordia!, que sea un tiempo especial para compartir con nuestros hermanos más necesitados, con los últimos, un gesto compasivo que abra el corazón a Jesús en ellos.

Que en Adviento, la Misericordia no sea un sentimentalismo, salgamos y encontrémonos con el sufrir del otro pues estamos llamados como Iglesia a “ser el lugar de la misericordia gratuita, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio” (EG 114) teniendo “los mismos sentimientos de Jesucristo” (Flp. 2,5).

25 Nov 2015

HELLO! 1

Por: Eugenio Barroso Barroso, seminarista de 2º de Filosofía

«¿Cuál es nuestra profesión?» –«¡Jesús, Jesús, Jesús!» fue el grito con el que inició nuestra Segunda Marcha Vocacional de los jóvenes de las parroquias de Ciudad Benito Juárez, Nuevo León.

El domingo 22 de noviembre, fiesta de Cristo Rey, nos reunimos poco más de cien jóvenes, seminaristas, religiosas y sacerdotes en punto de las cuatro de la tarde afuera de la parroquia Nuestra Señora Reina de los Ángeles en la Ex hacienda el Rosario, donde varios jóvenes de un ministerio de música y grupos parroquiales nos pusieron a cantar, gritar y bailar hasta que llegó el momento de iniciar la procesión con el Santísimo por las calles de Juárez.

Entre cantos, danzas, olas y gritos de “¡Viva Cristo Rey!”, marchamos en procesión con Jesús Eucaristía durante cerca de dos horas, ante un atardecer con el Cerro de la Silla de fondo, contagiando estos jóvenes su alegría con quienes nos encontrábamos en el camino.

Me llamó la atención que aunque ocupábamos uno de los carriles de la avenida Eloy Cavazos, no escuché quejas de los conductores, al contrario, algunos reducían su velocidad y se santiguaban al pasar junto al Señor, expuesto en una custodia gigante, montada en una camioneta, mientras otros se nos unían hasta gritando el lema cristero desde sus vehículos.

Llegamos a la Parroquia Cristo Rey para concluir nuestra marcha en la celebración eucarística de su fiesta patronal, presidida por nuestro padre rector, Juan Carlos Arcq Guzmán, que nos recordó en su homilía la importancia de la fidelidad a Cristo, por quien murieron tantos mártires en la guerra cristera al no negarlo; invitándonos a serle fieles a Jesús en nuestro día a día, con lo que eso implique en cuanto a sueldo, amigos, compañeros e incluso empleos.

Terminando la Santa Misa, algunos nos quedamos ahí a cenar y disfrutar lo que tenía el padre Rolando Rocha y su parroquia preparado para festejar a su santo patrono, desde un concierto hasta los imperdibles churros.

Aunque convivimos con los chavos los sábados, este momento propició a que platicáramos más de la formación sacerdotal y del seminario, cosa que normalmente no se da por las actividades tanto de nosotros seminaristas, como de los mismos jóvenes..

Muchos de estos muchachos descubrirán su vocación al matrimonio, otros a la vida consagrada y otros al sacerdocio. Es una gran alegría ver a tantos jóvenes dispuestos a dar el «sí» a Dios en sus vidas, aunque no todos tengan claro aún su llamado.

¿Tu has considerado la vocación al matrimonio, a la vida religiosa, a la vida consagrada o al sacerdocio? ¿En cuál o cuáles te sentirías más feliz?

20 Nov 2015

HELLO! 1

  • La vocación es un llamado que Dios hace a todas las personas a aceptar las responsabilidades y a vivir de manera feliz, es decir, nos realizamos como personas y como cristianos.
  • El Papa Juan Pablo II decía: la vocación es un misterio que el hombre acoge y vive en lo más íntimo de su ser. Depende de su soberana libertad y escapa a nuestra comprensión. No tenemos que exigirle explicaciones, decirle: “¿por qué me haces esto?”, puesto que Quien llama es el Dador de todos los bienes.
  • La vocación es un acontecimiento único, indecible que solo se percibe por medio del Espíritu Santo y se hace más audible en la Sagrada Escritura, Persona, Acontecimiento.

 

El llamado comprende 3 niveles:

1. Ser personas: básicamente consiste en llegar a ser persona en plenitud, ser plenamente feliz.

2. Ser cristianos: es la vocación a la Fe, se trata de vivir y reproducir los rasgos de Cristo en nuestra vida.

3. Vocación específica:  el camino de la fe que se concreta en un modo de existir: laico, religioso, sacerdote.

 

  • Para descubrir el llamado o para ver claro el llamado se necesita de la oración, vida sacramental y la dirección espiritual.

Descubrir la vocación es caer en la cuenta de que Cristo tiene fijos los ojos en ti y que te invita con la mirada a la entrega total en el amor.

Si deseas saber más sobre la vocación escríbenos a centrovocacional@vocacion.com, o entra a nuestra página www.vocacion.com

 

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19 Nov 2015

HELLO! 1

(RV).- “Todo el mundo” hoy  “está en guerra”, por la cual “no hay justificación”. Y el rechazo del  “camino de la paz” hace que Dios mismo, que Jesús mismo, lloren. Lo afirmó el Papa Francisco en su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta.

“Jesús ha llorado”. Con estas palabras el Pontífice comenzó su homilía, en la que resonó el eco del Evangelio de Lucas leído poco antes, un pasaje tan breve cuanto conmovedor.

El mundo disfrazado de fiesta

Jesús se acerca a Jerusalén y – probablemente desde un punto más alto que le permite verla  – la observa y llora, dirigiendo estas palabras a la ciudad: “¡Si hubieras comprendido también tú, en este día, lo que conduce a la paz! Pero ahora ha sido escondido a tus ojos”. Francisco las repitió una a una y añadió:

Pero también hoy Jesús llora. Porque nosotros hemos preferido el camino de las guerras, el camino del odio, el camino de las enemistades. La Navidad está cerca: habrá luces, habrá fiestas, árboles iluminados, también pesebres… todo falsificado: el mundo sigue haciendo la guerra, sigue haciendo las guerras. El mundo no ha comprendido el camino de la paz.

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Guerra para los bolsillos de los traficantes

El Santo Padre recordó las recientes conmemoraciones de la Segunda Guerra Mundial, las bombas de Hiroshima y Nagasaki, su visita a Redipuglia, el año pasado con motivo del aniversario de la Gran Guerra. “Matanzas inútiles”, repitió con las palabras del Papa Benedicto. “Hoy hay guerra por doquier, hay odio”, constató. Y se preguntó: “¿Qué queda de una guerra, de ésta, que estamos viviendo ahora?”:

¿Qué queda? Ruinas, miles de niños sin educación, tantos muertos inocentes: ¡tantos!, y tanto dinero en los bolsillos de los traficantes de armas.

Una vez Jesús dijo: “No es posible servir a dos patrones: o a Dios, o las riquezas”. La guerra es precisamente la elección por las riquezas: “Construyamos armas, así la economía se equilibra un poco, y vamos adelante con nuestro interés”. Hay una palabra fea del Señor: “¡Malditos!”. Porque Él ha dicho: “¡Bienaventurados los constructores de paz!”. Estos que trabajan por la guerra, que hacen las guerras, son malditos, son delincuentes. Una guerra se puede justificar – entre comillas – con tantas, tantas razones. Pero cuando todo el mundo, como sucede hoy, está en guerra, ¡todo el mundo!: es una guerra mundial – a pedazos: aquí, allá, allá, por doquier… no hay justificación. Y Dios llora. Jesús llora.

Que el mundo llore por sus crímenes

“Y mientras los traficantes de armas hacen su trabajo  – prosiguió diciendo el Pontífice  – están los pobres agentes de paz que sólo para ayudar a una persona, a otra, a otra, y a otra, dan su vida”. Como hizo “un icono de nuestros tiempos, Teresa de Calcuta”. Contra la cual también – observó – “con el cinismo de los potentes, se podría decir: ‘¿Pero qué ha hecho aquella mujer? ¿Ha perdido su vida ayudando a la gente a morir?”. No se comprende el camino de la paz…”:

Nos hará bien también a nosotros pedir la gracia del llanto, por este mundo que no reconoce el camino de la paz. Que vive para hacer la guerra, con el cinismo de decir que no hay que hacerla. Pidamos la conversión del corazón. Precisamente en el umbral de este Jubileo de la Misericordia, que nuestro júbilo, nuestra alegría sea la gracia para que el mundo vuelva a encontrar la capacidad de llorar por sus crímenes, por lo que hace con las guerras.

Fuente: María Fernanda Bernasconi – RV.

Con información e imágenes de Católicos con Acción

13 Nov 2015

HELLO! 1

Muchas veces creemos que la llamada de Dios es EXTRAORDINARIA, que Él se nos aparecerá de forma física y nos dirá hacia dónde es nuestro camino. Sin embargo el llamado de Dios suele ser muy ordinario se da en el común de nuestras vidas, lo vemos en miles de personas que han sido llamadas por Dios de una forma muy clara. Sin embargo ante este llamado de Dios, la vocación nos hace ver lo particular, lo sencillo con ojos de fe.

Así, lo que para algunos por el camino es común, para otros puede ser parte del llamado de el llamado de Dios se da en medio de lo cotidiano, se da ante la realidad que muchas veces puede llamarnos a servir a los demás. Es Dios quien llama, cuando quiere, a quien quiere y en el momento que quiere; por ello es una llamada divina y no humana. Cada uno va descubriendo si Dios lo llama a formar parte de los seguidores del Maestro Divino. La pregunta inmediata que nos haríamos sería: ¿tengo vocación?

La vocación es un acontecimiento en tu vida. Cuando tomas conciencia del llamado de Dios, tu vida adquiere un sentido nuevo. Cuando comienzas a vivir en la clave de la escucha y la respuesta, tu vida adquiere un sentido nuevo y así, pese a vivir circunstancias difíciles, te sientes feliz. Una persona que vive vocacionalmente está ya marcada con el sello de la alegría, porque su don para los demás le ayuda a unificar su existencia en armonía con el mundo, con los hombres y con Dios. La llamada de Dios te configura con el modelo humano perfecto, que es Jesucristo, que ha venido a servir y a dar la vida. Eres feliz porque eres plenamente hombre en un proyecto que te identifica con Cristo en el camino de tu vocación específica.

Sin embargo, la vocación no se vive sólo con gozo. Percibir un llamado ocasiona con frecuencia una gran turbación. Ante el proyecto grande de Dios pueden surgir en ti muchos temores. No será raro que te invadan las dudas, y éstas te hagan sufrir.

Podrás experimentar sensaciones contradictorias: alegría e inquietud; valentía y temor; deseo de entregarte y apego a una situación más cómoda.

Pese a todo, experimentas una seducción irresistible hacia el llamado de Dios. Deseas en lo más hondo hallar el camino adecuado. Necesitas vivir vocacionalmente. Porque la vida es una aventura, y por la llamada de Dios te asomas a la aventura de tu vida. Por eso vale la pena tu esfuerzo por reflexionar, comunicar y orar lo que estás viviendo hasta responder a la apremiante llamada que toda la realidad te hace en nombre de Dios. Dios no suele llamar por apariciones o visiones.

El camino ordinario de su llamada son los acontecimientos que ocurren en tu vida diaria: situaciones personales, comunitarias y sociales. La llamada surge unida a un momento específico de la sociedad y de la historia.

Para descubrir el llamado de Dios es necesario que percibas toda esa realidad como misterio. Un misterio no es algo incomprensible, sino una realidad en la que está presente Dios dándole sentido.

13 Nov 2015

HELLO! 1

Los Obispos de México reunidos en nuestra Centésima Asamblea Plenaria, saludamos a todo el pueblo de Dios, y a todos los mexicanos, deseándoles toda clase de bendiciones.

Con gran alegría hemos recibido la noticia de la próxima visita pastoral del Papa Francisco. Para los católicos el Sucesor de Pedro es el principio visible de la unidad de la Iglesia. Estamos contentos porque la visita pastoral del Santo Padre fortalecerá nuestra fe, alentará nuestra esperanza y nos impulsará a ser testigos del amor misericordioso. Nos da gusto saber que nuestra alegría es compartida por muchos mexicanos que reconocen el liderazgo moral y aprecian el testimonio del Papa Francisco.

El Papa viene a confirmarnos en la fe que, como él mismo nos ha enseñado, «nace del encuentro con el Dios vivo, que nos llama y nos revela su amor, un amor que nos precede y en el que nos podemos apoyar para estar seguros y construir la vida» Por ello, la visita del Papa nos consuela y nos conforta. La fe tiene la capacidad de iluminar toda la existencia, es como una luz que orienta nuestro camino. Estamos seguros que en medio de las situaciones difíciles que vivimos en nuestra patria, el mensaje del Papa renovará en nosotros las ganas de luchar por un mundo y un México mejor.

El Papa viene a alentarnos en la esperanza que nos permite recorrer el camino de la vida con alegría. Hoy más que nunca, en medio de tanto sufrimiento de nuestro pueblo, no podemos permitir que nada ni nadie nos robe la esperanza, que es regalo de Dios, que nos da impulso y fuerza nueva para vivir cada día y que nos proyecta hacia un futuro cierto, de amor, de justicia y de paz. Esperamos al Papa Francisco como mensajero de la paz. Su ministerio pastoral nos abrirá nuevos horizontes al comunicarnos la alegría del evangelio de donde brota el entusiasmo y la generosidad para que todos los discípulos del Señor seamos constructores de comunidad y artesanos de la paz.

El Papa viene a impulsarnos en la caridad, pues «las manos de la fe se alzan al cielo, pero a la vez edifican, en la caridad, una ciudad construida sobre relaciones, que tienen como fundamento el amor de Dios.» Esperamos al Papa como misionero de la misericordia, pues viene a anunciar a Cristo, el rostro visible de la misericordia de Dios. ¡Qué necesitados estamos en México de renovarnos en el amor benevolente de Dios que abre para nosotros caminos de reconciliación y de paz que se recorren a través de la cercanía, el consuelo, la compasión y el perdón!

Este pueblo de México que visita el Papa vive situaciones de desconcierto y de esperanza. A los Obispos mexicanos nos duele profundamente todo lo que lesiona o amenaza la vida digna de las personas. Nos preocupa la posible legalización del uso lúdico o recreativo de la marihuana, el deterioro ecológico, la desigualdad social, la acentuación de la pobreza, el calvario de los migrantes y las diferentes violencias que atentan contra la dignidad de las personas.

Reconocemos los esfuerzos de distintos actores sociales comprometidos en la transformación de esta compleja realidad. La crisis que pesa sobre el país es también una oportunidad para estimular nuestra creatividad, para tejer redes de solidaridad, para construir condiciones de paz y para cuidar nuestra casa común. Ojalá cada día sean más quienes se sumen a estos esfuerzos.

Los Obispos de México queremos hacerlo desde nuestra misión pastoral y nos inspira el tiempo de gracia del Año de la Misericordia. Este año jubilar nos permite poner nuestra atención en aspectos esenciales de la vida cristiana. Jesús nos muestra el rostro misericordioso del Padre y nos pide ser misericordiosos como Él, al salir al encuentro del dolor y sufrimiento de los enfermos, ancianos, presos, migrantes, de las familias, de los jóvenes y de toda persona que pasa necesidad. La cultura del encuentro nos pide desarrollar nuestra capacidad de escucha, crecer en nuestra compasión para consolar y ofrecer acompañamiento a las víctimas de las violencias y fortalecer nuestras capacidades para seguir aportando en la construcción de la paz.

La visita del Papa Francisco a nuestra patria en el Año de la Misericordia nos fortalece en estos propósitos, pues viene a confirmarnos en la fe y ésta, por su conexión con el amor «se pone al servicio concreto de la justicia, del derecho y de la paz.»

Para recibir al Papa hemos de prepararnos adecuadamente. No sólo de manera logística y mediática sino principalmente espiritual, eclesial y pastoral; de modo que se abra nuestro corazón, nuestra mente y todo nuestro ser para reconocer en las palabras del Vicario de Cristo, la voz de Dios que nos invita a una conversión pastoral para continuar con  dinamismo misionero la transformación de nuestra Iglesia.

Confiamos que la alegría de la visita del Papa a México sea un acontecimiento significativo. Invitamos a todos los fieles católicos y personas de buena voluntad a estar atentos a su enseñanza, en la que sin duda encontraremos inspiración y aliento para contribuir al progreso de nuestra Patria por caminos de justicia y de paz.

Que las celebraciones guadalupanas nos dispongan a iniciar el Año de la Misericordia en cada una de las diócesis con la presencia y el testimonio de María, Madre  Misericordiosa, que vino a nuestro pueblo para acercarnos la ternura de Dios.

 José Francisco, Card. Robles Ortega, Arzobispo de Guadalajara, Presidente de la CEM.

 Eugenio Andrés Lira Rugarcía, Obispo Auxiliar de Puebla, Secretario General de la CEM

Con información e imágenes de:
Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM)

03 Nov 2015

HELLO! 1

EL MARTIRIO COMO LENGUAJE DE MISERICORDIA

Si quisiéramos relacionar inmediatamente, «martirio» con «misericordia», tal vez, no lo lograríamos, porque se trata de dos palabras cuyo significado parece, de suyo, completamente ajeno, o por lo menos, distante. De hecho, así lo constatamos, cuando por ejemplo, pensamos en la «misericordia» como ese atributo divino por el cual somos perdonados. Ahora bien, habiendo pensado, primeramente, en la «misericordia de Dios», no se ve cómo podamos hablar, luego, del «martirio de Dios».

Sin embargo, el Diccionario de la Real Academia de lengua española, nos recuerda que la «misericordia» no es algo referido solamente a Dios. La «misericordia» es también el nombre dado a esa discreta pieza saliente, en los asientos de los coros de las Iglesias antiguas, para permitir que uno se siente disimuladamente, cuando hay que estar de pie por largo tiempo. En otras palabras, la «misericordia» significa aquí, esa pieza de madera que libera del «martirio» de estar mucho tiempo de pie. El mismo Diccionario agrega en sus definiciones que «misericordia» era también el nombre dado, en la edad Media, al pequeño cuchillo que portaban los caballeros para dar el golpe de gracia al enemigo. Es decir que aquella arma blanca con la que se remataba al adversario era llamada «misericordia» porque con ella se ponía fin al «martirio» de una lenta y dolorosa agonía.

Como se ve, tanto en el caso del pequeño asiento del coro, como en el caso del objeto punzocortante, parece claro que ambas cosas son llamadas «misericordia» porque evitan el sufrimiento que implica un determinado «martirio». Según esta conclusión, se podría decir que cuando alguien es objeto de torturas y «martirio» no le queda otra más que suplicar «misericordia». Pero pensemos, si fue éste el caso del primer mártir, san Esteban quien, a semejanza de Cristo, no suplicó la misericordia de sus verdugos sino que, más bien, imploró misericordia para ellos, diciendo como Cristo: «Señor, no les tengas en cuenta este pecado» (Hech. 7, 60; cf. Lc. 23,34).

El mártir no es simplemente el que, como víctima, «padece» una muerte cruenta, sino más bien, quien la «asume» valerosamente por Cristo; y como Cristo, rehúsa, con inocencia, la violencia de la venganza o incluso, no pone ni la resistencia de la legítima defensa. En realidad, a un mártir no lo asesinan su verdugos, sino que él se deja sacrificar, no por mera debilidad o porque no pueda escapar, sino porque ha renunciado a padecer la violencia que enferma a sus victimarios. La verdad es que un mártir no resiste a sus asesinos, sino a la tentación de convertirse en asesino. En esta resistencia radica la valentía y el coraje del mártir que no se deja vencer por la fuerza de la furia. En otras palabras, un mártir no se deja desfigurar por la rabia o el resentimiento, sino que se deja configurar por las palabras de quien dijo: «a mí nadie me quita la vida, yo la doy porque quiero» (cf. Jn. 10, 18). Digamos, una vez más, que un mártir no implora misericordia de sus verdugos, sino que manifiesta la misericordia a sus agresores.

Misericordia más que un sustantivo es un verbo. No se trata tanto de «tener» misericordia, sino de «ser» misericordioso. Ser misericordioso quiere decir amar, aun cuando lo amado no sea amable; amar aunque aquel a quien se ama no merezca ser amado. Por eso, un mártir es misericordioso porque aún cuando no merece morir, no clama venganza, ni siquiera reclama justicia, sino que pide perdón para los culpables. Perdonar es la cumbre del amor misericordioso, pues como sugiere la etimología de la palabra latina «per-donare», perdonar consiste en el acto insistente e ilimitado (per) de regalar (donare). El regalo es, en efecto, algo que no se merece, sino algo que se recibe gratuitamente.

Ser misericordioso es la exigencia intrínseca del martirio; es decir, que el misericordioso no puede no sacrificar o a hacer morir, en él mismo, esa lógica matemática, justiciera y mercantil que no lleva a calcular y a exigir que «si no me das, no te doy» y «si me la haces, me la pagas». Ser mártir exige siempre ser misericordioso, esto es, ofrecer sin deber, dar sin tener que o sin tener por qué. A la luz de esta exigencia martirial, las obras de misericordia trastocan la lógica de la equidad: ¿Por qué quedarme hambriento tan sólo por dar de mi comida? ¿Por qué que quedarme sediento por dar de mi bebida?; ¿por qué perder lo que tengo para que otro tenga? ¿Tengo yo la culpa de que al otro le falte? El mártir, a pesar de ser inocente, aún cuando no tiene culpa, ofrece a su verdugo la paz que a éste le falta. Mientras al mártir le dan muerte, el entrega la vida; mientras a él lo castigan, él regala el perdón.

Quien en una comunidad no es misericordioso, empobrece porque no regala, ni ofrece, sino que acapara. El que no es misericordioso ambiciona, reclama, codicia. El que no es misericordioso no está dispuesto al martirio y, entonces, no cede, arrebata, persigue, castiga, violenta, se convierte en verdugo de su prójimo y asesina la vida fraterna. Recordemos, finalmente a este respecto, la exhortación que nos hace el Papa Francisco, en la Evangelii Gaudium:

«A los cristianos de todas las comunidades del mundo, quiero pediros especialmente un testimonio de comunión fraterna que se vuelva atractivo y resplandeciente. Que todos puedan admirar cómo os cuidáis unos a otros, cómo os dais aliento mutuamente y cómo os acompañáis. Por ello me duele tanto comprobar cómo en algunas comunidades cristianas, y aun entre personas consagradas, consentimos diversas formas de odio, divisiones, calumnias, difamaciones, venganzas, celos, deseos de imponer las propias ideas a costa de cualquier cosa, y hasta persecuciones que parecen una implacable caza de brujas. ¿A quién vamos a evangelizar con esos comportamientos? Todos tenemos simpatías y antipatías, y quizás ahora mismo estamos enojados con alguno. Al menos, recemos por aquel con el que estamos irritados es un hermoso paso en el amor, y es un acto evangelizador. ¡Hagámoslo hoy! ¡No nos dejemos robar el ideal del amor fraterno!» (EG, nn. 99 -101)

 

Por: Mons. Juan Armando Pérez Talamantes

02 Nov 2015

HELLO! 1

Con Faustina Kowalska, ciertamente creo que la misericordia del Dios de Vida se debe traducir en confianza de nuestra parte. Temo, porque así soy yo, cuando veo los rayos celestes y fucsias salir del pecho de un Jesús edulcorado; no me gusta pensar en la misericordia como algo ‘por venir’ en el día de necesidad. Tal vez demasiado pelagiano, me resulta un pobre sustituto de la convicción de que Jesucristo ya me mostró que habrán lágrimas, pérdidas y agonías…, pero nunca estará lejos el amor del Padre.

Esa sonrisa casi complaciente en las estampas del señor de la misericordia, me hacen pensar que Dios sabe que soy bastante inútil para alcanzar la promesa y casi con sorna está esperando que me tire de rodillas a pedirle compasión, fuerza…, ni modo, son vías que me ponen de mal humor. No temo pedir, me molesta creer tan poco en lo humano y en mi humanidad y, después, decir que Jesús fue plenamente humano: ¿si el confió en nosotros como su iglesia, por qué motivo tenemos que auto-flagelarnos?, ¿si el entregó su obra a nuestro cuidado, por qué razón tememos aceptar el compromiso con la frente en alto?

Creo que el amor del Dios que vemos revelado en Jesús fue el del profeta: me exige, me obliga a luchar por ser mejor cada día…, cierto, no compro nada con mis acciones…, ni lo hago para comprar algo más; lo hago convencido de que ser fiel a este Maestro me conduce a un camino de amor en el del servicio a la humanidad, el de la opción por los más pobres, el de quien no tuvo miedo a sentarse a la mesa de fariseos ni de invitar a  mujeres, ni de entrar a casa de Zaqueo, ni de confiar en titubeantes galileos…, en una palabra, creo que la misericordia que hemos recibido en Jesús más que un cariñoso extra, es una exigencia brutal para cambiar los ‘valores’ que pueden estar guiando mi vida: su amor me mostró que nada humano nos debe resultar ajeno.

Sí, creo que la misericordia se traduce en la confianza de que el evangelio que nos ha sido dado, es el camino, EL ÚNICO CAMINO que me convence, para trascender los valores de negociación, ganancia, utilidad. Y, tú, ¿cuál es tu visión de misericordia?, ¿te impulsa a vivir con más plenitud tu humanidad’, ¿te ha retado a madurar?

 

Por: Dr. Luis Eugenio Espinosa.