13 Sep 2019

HELLO! 1

Conforme «la palabra de Dios crecía, el número de discípulos se multiplicaba» (Hch 6, 7a) y la fe se esparcía por las naciones, el pueblo, habiendo escuchado el mensaje y testimonio de Cristo por parte de los Apóstoles y sus discípulos, se vio en la necesidad de contar con más hombres «llenos de Espíritu y de saber» (Hch 6, 3b), que fueran «partícipes de la misión y gracia de Cristo» (LG, 41) y asumieran diversas actividades para el bien de las nacientes comunidades cristianas. Por ello, los Doce decidieron instituir, mediante la oración y la imposición de las manos, a siete hombres capaces de entregar su vida al servicio de los demás. A esos hombres ahora los conocemos como diáconos.

Hoy en día, al igual que las primeras comunidades cristianas, el mundo necesita de personas que dediquen plenamente su vida en darle a conocer el rostro de Jesús misericordioso. El sábado 7 de septiembre, fuimos testigos de un acontecimiento sumamente significativo: cinco hermanos que dieron de nuevo el “sí” a Dios, fueron ordenados diáconos para el servicio de la Iglesia de Monterrey.

En la misa de ordenación, nuestro Arzobispo, Mons. Rogelio Cabrera, dio un emotivo y profundo mensaje sobre la significativa labor que realizan los diáconos en las comunidades en las que les compete participar. Ellos están llamados a ser imagen de Cristo en un mundo tan alejado de él, a ser «puente que une realidades que parecen distantes», a «conectar el evangelio con la vida, el templo con la calle, la mesa de la Eucaristía con la de los pobres», expresó.

Así mismo, exhortó a la comunidad a ser, junto con nuestros hermanos, servidores de los demás, a colaborar en la misión permanente que Cristo nos ha encomendado de llevar esperanza a los pobres, virtud que nos hace orientar nuestras acciones al amor, caminar junto con ellos y así dirigir nuestra mirada anhelando la eternidad que nos tiene preparada.

El Seminario de Monterrey se une a la alegría de nuestros hermanos diáconos, así como a la oración por el ministerio que se les ha encomendado. Pedimos a Nuestra Señora del Roble que interceda por ellos, los cubra con su manto y que Dios nuestro Señor llene de gracia sus corazones, los motive a seguir colaborando en la construcción de su Reino aquí en la tierra, recordando que de su mano «es posible amar, es posible esperar y es posible creer».

Luis Carlos Solís G.
2do. de Filosofía

30 Ago 2019

HELLO! 1

El Maestro Jesús llamó a sus apóstoles, primero para que estuvieran con Él y segundo para enviarlos a predicar (Mc 3,14), fue de este modo que el Maestro Jesús formó una comunidad. El ejemplo de Jesús y la misma vida en comunidad, con las distintas personalidades de cada uno de sus miembros, con la diversidad de carismas que cada uno ponía al servicio, la vida en común y el amor que ahí se vivía, eran elementos formativos que iban marcando la vida de los apóstoles en su configuración con Jesús.

Las comunidades parroquiales de origen de los seminaristas, aun teniendo en cuenta la separación que la opción vocacional lleva consigo, siguen ejerciendo un influjo en la formación del futuro sacerdote, al acogerlo entrañablemente en los tiempos de vacaciones, al respetar y favorecer la formación de su identidad presbiteral, y ofrecerle ocasiones oportunas y estímulos vigorosos para probar su vocación a la misión.

El sacerdote proviene de una comunidad cristiana y a ella regresa, para servirla y guiarla en calidad de pastor; es por eso que el seminarista, primero, y presbítero, después, tienen la necesidad de un vínculo vital con la comunidad. Ella se presenta como un hilo conductor que armoniza y une las dimensiones formativas.

Otra comunidad importante es la de apostolado, donde cada fin de semana el seminarista pone en práctica lo aprendido en su formación. El compartir es recíproco, porque dependiendo las necesidades de la comunidad, ésta va enseñando qué es lo que el seminarista tiene que ir trabajando y formando para su futuro ministerio.

Una comunidad más, que forma parte de la formación sacerdotal, son las comunidades a las que asistimos de colecta del “Día del Seminario”, en ella el seminarista agradece al pueblo de Dios por su ayuda espiritual y su ayuda material. Es la oportunidad para rendir cuentas de su avance y trabajo, porque la comunidad responde al llamado en ayuda de las necesidades del Seminario, el seminarista está obligado a responder con buenos resultados.

La comunidad de fieles son el ejemplo por el cual los jóvenes se animan a llevar su estilo de vida a una forma más radical, entregando su vida a Dios en la vocación sacerdotal.
Es deber de toda la comunidad fomentar las vocaciones con una vida totalmente cristiana, con su oración incesante, su preocupación por las vocaciones sacerdotales, con su unidad, vida de fe y el ejercicio de la caridad. Es decir, cada comunidad tiene el sacerdote por el que pide y trabaja.

Juan Carlos López Martínez
Tercero de Filosofía

02 Ago 2019

HELLO! 1

Hablar acerca de la familia es traer a la memoria múltiples beneficios de nuestra historia personal, si bien es cierto que no todos hemos podido disfrutar de una familia perfecta, es un espacio donde nos sentimos acogidos, seguros, amados. La familia constituye toda una referencia, algo ineludible a la hora de entender un rostro, de descifrar una herida o por qué no, de agradecer una vocación.

Es la familia el lugar donde hemos compartido la vida, decir familia es decir amor, acogida, incondicionalidad, es decir, don de Dios. Atesoramos en el corazón muchísimos momentos donde, desde la sencillez y simpleza de la vida, encontrábamos refugio seguro, pero también referencias.

La familia hay que decirlo bien, es el espacio que Dios tenía destinado para nosotros como proyecto previo, a la acogida de un don tan alto como lo es la vocación sacerdotal. En mi caso, en mi familia encontré el modelo de una madre que, antes de dormir oraba a Dios y que me decía: “Hijo, junta tus manos, da gracias a Dios y descansa”. Fue con mi familia que yo emprendía esas aventuras llamadas “peregrinaciones” o fue en el contexto familiar, que yo aprendí valores que hoy me han hecho grande como persona: el trabajo, la responsabilidad, la libertad, pero sobre todo la generosidad y el amor, claves básicas a la hora de entender la llamada y la respuesta de una vocación.

La familia es madre porque acoge, porque corrige, porque ama. Es madre porque consuela, porque protege. Y sobre todo, es madre porque vela por nosotros, porque ahí en la familia, Dios quiso poner en el corazón de muchos jóvenes el don de la vocación. Es nuestra familia quien en las horas más bajas ha servido de aliento, quien en los momentos más grises ha sabido llenar de color la existencia. ¿Cómo no agradecer a Dios el habernos dado una familia?

Y ahora pienso en la familia de Jesús, el único sacerdote. María, con ese perfil que traza de ella el Evangelio, como la mujer amorosa, tierna, la mujer que supo cumplir con creces su misión de madre. Pienso en José, desde el silencio. ¡Qué ejemplo le dio José al niño, para que al momento de hablarnos de Dios, Jesús recurriera a la imagen del Abba! ¡En Nazaret se respiraba amor!

La familia ha sido pensada por Dios para llevar a cabo también nuestro proyecto de salvación. Es indispensable en el desarrollo histórico de una vocación echar un vistazo a esa experiencia de familia que hemos tenido. La familia que es consciente de su papel y misión en el mundo no tiene miedo de cultivar la vocación en sus hijos. El mundo les reclama. Dios les invita. Don de Dios, la familia y la vocación.

Carlos Alberto Ramírez Sánchez.
Tercero de Filosofía.
Revista San Teófimo No. 142

25 Jul 2019

HELLO! 1

¿Por qué es importante un sacerdote para el mundo? Esta pregunta surgió hace 10 años en una plática en un parque mientras estaba sentado con unos amigos, y les compartía que quería ingresar al Seminario a discernir si Dios me llamaba a la vocación sacerdotal; y dicha pregunta salía a precisamente, porque todos, al ya estar en las carreras universitarias veíamos lo productivo o benéfico que sería cada uno en su profesión.

Una amiga decía, yo que estoy estudiando Medicina ayudaré a que muchas personas recuperen su salud, por eso seré la doctora de este grupo; uno que estudiaba la carrera de Actuaría en la Facultad de Físico-Matemáticas decía, yo que estudiaré cálculos, puedo generar probabilidades y generar seguridad en las personas, y así cada uno iba expresándolo.

Cuando les comenté que quería ser sacerdote porque yo tenía la idea de que podría ayudar a muchas personas al compartirles a Jesús. Les compartiría la esperanza en un momento de tristeza, la alegría al bautizar a un nuevo hijo de Dios y miembro de la Iglesia, alegría al ver iniciar un proyecto de amor en el matrimonio, pero también la presencia de acompañamiento a quien sufre. Entonces sentía yo que un sacerdote no solo es la presencia necesaria de Cristo en el mundo; sino que también lo es para la comunidad, ya que el sacerdote se vuelve el amigo, compañero y guía de la comunidad. Es el pastor que ha de llevar a las ovejas a senderos nuevos y pastos seguros.

La presencia del sacerdote en la comunidad no solo se ha de ver como la presencia de una profesión, sino como la gracia sacramental del Orden. Es la que garantiza a los fieles la presencia real de Jesús en la Eucaristía. El sacerdote nos transmite la misericordia de Dios a través del sacramento de la Reconciliación, nos fortalece con la unción de los enfermos y nos entrega al Padre en el momento de la agonía. Es por ello que el sacerdote es una persona clave para la vida de la comunidad creyente, pues está presente desde el nacimiento hasta el fin de la vida de las personas.

También es indispensable el sacerdote para los no creyentes, pues ha de ser el encargado de iluminar la conciencia de las personas, para que puedan transformar las realidades terrenales con el Espíritu de Cristo, generando dignidad humana en las personas desde la concepción hasta su muerte natural, de garantizar la dignidad de las personas que se ven afectadas por las injusticias sociales, y velar de sobremanera porque se establezcan los valores del Reino en las personas de buena voluntad, para que así el testimonio de vida brille como antorcha ardiente para muchos que viven en oscuridad y penumbra.

Esa es la importancia del sacerdote en el mundo, esa es la importancia del sacerdote para la comunidad creyente y no creyente, ser motor, ser impulso, ser agente de cambio con la fuerza del Espíritu, para la gloria del Padre.

Edgar Alonso del Río Reyna
Tercero de Teología

12 Jul 2019

HELLO! 1

Antes de comenzar mi año de experiencia eclesial le pedí a Jesús que me enviará al lugar que fuera a ser inmensamente feliz, y así me lo concedió. El 17 de agosto del 2018, precisamente el día de mi cumpleaños, llegué la Parroquia y Santuario de Nuestra Señora de Agualeguas.

El territorio parroquial abarca todo el municipio de Agualeguas, y está compuesta por sus ocho comunidades, Los Nogales, Lagunillas, la Escondida, Ojo de Agua, Los Garza, Rancho Nuevo, Tres Hermanos y Cieneguitas; además del municipio de General Treviño y su comunidad “san Javier”.

Gracias a Dios, al apoyo y consejo del párroco el P. Ernesto Ríos y la alegre y acogedora comunidad de Agualeguas, me ayudaron a forjar mi persona en cada una de las áreas formativas (humana, cristiana y sacerdotal); ya que en el trabajo pastoral pude descubrir las virtudes que Dios me ha dado; pero, sobre todo, aquellas cosas de mi vida personal que necesito seguir mejorando para ser una gran persona e hijo de Dios que quiere ser sacerdote.

En la comunidad de Agualeguas tuve la dicha de vivir diversas experiencias, momentos de gozo, alegría y dolor con las comunidades, desde celebrar la Palabra hasta acompañar a las familias en las capillas funerarias y en las celebraciones exequiales.

También participé en la organización de las fiestas patronales de la Virgen de Agualeguas, en la creación y asesoramiento de dos grupos parroquiales (concretamente: Adolescentes y Matlachines); en la atención a los diversos centros de catequesis; en el auxilio y acompañamiento al grupo de misioneros que estuvieron en las temporadas de Navidad y Semana Santa; visitando casa por casa y predicando el Evangelio, además de ayudar en las labores propias de la oficina parroquial.

Doy gracias a Dios, de manera especial a la comunidad de la Parroquia y Santuario de Nuestra Señora de Agualeguas y a todos ustedes que, durante este año y siempre, han ayudado al Seminario de Monterrey para seguir formando sacerdotes. No se olviden de rezar por mí y por cada uno de mis compañeros que esperamos algún día recibir de Dios el gran don del sacerdocio.

Seminarista José Ignacio Ávila Rangel

03 Jul 2019

HELLO! 1

A todos nos ha pasado alguna vez que, cuando tenemos una pareja estable, nos preguntan; – ¿Cuándo se casan?; y ya casados, ¿cuándo tienen un hijo?; cuando tienen un hijo, ¿cuándo se animan para el otro?. ¿Te ha pasado? o ¿has sido tú el que ha hecho la pregunta?

Seguramente la respuesta es sí, y es así como nuestra cultura y sociedad nos ha ido diciendo lo que “podemos” preguntar y que sea aceptable. Sin embargo, ¿no es éste, un cuestionario agobiante? ¿qué peso podemos llegar a sentir cuando estas preguntas se repiten constantemente?

Hagamos una reflexión sobre la dimensión tan amplia de la familia como desarrollo de habilidades cognoscitivas, intelectuales, psicológicas, afectivas, volitivas, corpóreas y de la sinergia y armonía entre ellas. Estos criterios básicos, pueden darnos luz sobre el papel de la “familia en la educación”, tema que actualmente ha comenzado a tener más peso en nuestras comunidades e instituciones educativas.

Por generaciones, se han heredado entre las familias la forma de organización, educación, y valores. Incluso tenemos una escala de los asuntos de mayor a menor importancia. Entonces ¿qué tanta importancia o interés se le ha dado a aprender a ser padres?

Viéndolo desde una perspectiva preventiva; es decir, antes de iniciar la procreación, sería importante aprender aspectos teóricos y prácticos que probablemente no nos han sido heredados en nuestro círculo familiar.

En la educación de los hijos, partimos de la base previa de que el ámbito familiar es el que más influye en la vida de las personas y por lo tanto en su educación. La familia tiene el deber moral de educar y puede ser ayudado por las instituciones, la iglesia, la escuela, etc.

¿Qué pasaría si cambiáramos nuestra forma de expresar la alegría de ver a nuestros amigos y familiares unirse en matrimonio? Si se modificara el mapa mental cultural que hemos creado. Imagina que el día de tu boda tu mejor amigo te regalara una inscripción, para tomar un curso llamado “Ser Padres.” Si cada vez que alguien te felicita, en lugar de preguntar ¿cuándo tienes a tu primer hijo? te pregunta ¿ya planearon algún curso para aprender a educar a sus hijos? O ¿ya leyeron algún libro sobre educación? Sería incómodo, probablemente fue lo que llego a tu mente.

Te invito a que la próxima vez que seas testigo de una unión matrimonial, promuevas más la educación que la procreación. Estemos más alerta y preocupados por lo que nos ha salido mal como sociedad, y que nuestros niños crezcan en un ambiente emocional sano y volitivo. Eduquemos la conciencia no la obediencia; gastemos tiempo y esfuerzo en educar conscientemente el carácter y no dejar la educación en las manos del destino, de la reacción del momento.

Es indispensable reflexionar a fondo sobre la trascendencia que conlleva formar una familia de manera responsable y comprometida, porque “la decisión de casarse y formar una familia debe ser el fruto de un discernimiento vocacional” (Amoris Laetitia, 72).

Marcela Tinoco
Lic. en Ciencias de la Familia
Revista San Teófimo No. 142

21 Jun 2019

HELLO! 1

La familia no es un simple fenómeno sociológico, tampoco un recurso biológico para proteger la especie humana, mucho menos un tipo de propiedad privada o de seguridad de vida.

La familia fundamentalmente es un misterio de la vida humana; del amor entre sus miembros, porque es signo de la trascendencia y siempre será el primer punto de referencia un padre y una madre, como signo, símbolo y sacramento del amor y de la providencia de Aquel que es Padre-Madre de todos los hombres. (Cfr. Familiaris Consortio No. 14)

Y aunque se ha producido una amplia teología del matrimonio como sacramento, no se ha correspondido con una profunda reflexión teológica que abrace toda la familia en sus diversos aspectos, sobre todo, en cuanto Iglesia doméstica.

San Juan Pablo II, en una de sus catequesis de los miércoles afirmó: “Podemos decir que el primer sacramento constituido por Dios Creador es la familia y después la misma familia se convierte en un verdadero y propio sacramento de la nueva alianza…” (L’Osservatore romano, Junio 6, 1993).

Pero, ¿dónde ubicar el origen de la expresión: “La familia iglesia doméstica”? Tenemos que responder que hay dos posibles respuestas, el encuentro de occidente con oriente; y el segundo, que es sobre el cual profundizaremos, “el despertar del laicado en la iglesia”, de su papel, de su actividad, de su competencia en el mundo. Será precisamente el Vaticano II quien re-coloca la categoría de “Pueblo de Dios” como un eje de una nueva eclesiología y con una categoría de “pueblo” recupera la del “laico”. Fue entonces, en este contexto de reflexión sobre el laicado donde re-aparece la inquietud de llamar a la familia “pequeña Iglesia”, donde los padres adquieren la grandísima responsabilidad de ser los primeros maestros de la fe (Lumen Gentium 11; Apostolicam Actuositatem 11).

En la Sagrada Escritura tenemos ejemplos de “Iglesia doméstica”, en las cuales se manifiesta que el paso de la sinagoga judía a la comunidad cristiana (mientras aparecieron los templos públicos), se dio en las “casas”. Pablo da testimonio de cómo consiguió en cada localidad la conversión de una familia, la cual le brindó una casa adecuada como plataforma misionera y localización de la comunidad cristiana. (Rom 16,4-5; 1Cor 16,19; Fil 2; Hch 11,14; Tit 1,11; II Tim 1,16; 4,19).

El mismo San Juan Crisóstomo recomendaba: “Haz de tu casa una Iglesia” y con ello expresaba el calificativo de “Iglesia doméstica” dado a la familia cristiana, el papel del padre de familia dentro de la “Iglesia doméstica” y la oración en familia. Esta expresión, haz de tu casa una Iglesia (Iglesia doméstica) no se trata, por tanto, de un lugar donde vivan un grupo de cristianos, más bien, de un dinamismo de transformación, de construir la comunidad cristiana.

Así, la “Iglesia doméstica” manifiesta el valor cristiano fundamental: la existencia, como estructura base de la Iglesia, de comunidad humana en la cual sean posibles las relaciones interpersonales, la comunión de la fe y la participación efectiva de sus miembros. (Cfr. Familiaris Consortio No. 21, 38, 48, 49).

Aunque el Papa Francisco no trata de manera exclusiva “Iglesia doméstica” en Amoris Laetitia; si hacemos una revisión profunda de su contenido, es muy fácil palpar que todo lo expresado por Vaticano II, está presente en dicha Exhortación Apostólica Postsinodal. Y en su viaje a Ecuador (julio 2015), hizo alusión a la importancia actual de la “Iglesia doméstica” para bien la fe: “La Iglesia doméstica se forja en el hogar, cuando la fe se mezcla con la leche materna, entonces experimentado el amor de los padres, se siente más cercano el amor de Dios.” Así, la familia “Iglesia doméstica” se convierte en el hospital más cercano, en la primera escuela de formación humana y de catecismo para los niños, el grupo de referencia imprescindible para los jóvenes, en el mejor asilo para los ancianos y el lugar donde se descubre el llamado de Dios. La familia constituye la gran riqueza social que otras instituciones no pueden sustituir.

Para nuestra época de secularización, de desinstitucionalización, valorizar la familia cristiana en sus elementos humanos y mistéricos es una intuición que ya conoce y ha vivido la Iglesia primitiva. Podemos concluir diciendo, que también la Iglesia debe experimentar la kenosis, con el fin de propiciar la salvación de las células de la “grande Iglesia”, que son las “Iglesias domésticas”.

Mons. Oscar E. Tamez Villarreal
Obispo Auxiliar de Monterrey
Revista San Teófimo No. 142

13 Jun 2019

HELLO! 1

Me gusta imaginar cómo María y José, con dudas, preocupaciones y siendo conscientes de que el camino de Jesús, además de gracias y bendiciones, tendría también dificultades; depositaron totalmente su confianza en el Padre, quien los incluyó en el plan de salvación, aceptando con mucho amor y entrega su voluntad, sabiendo que la obra de aquel niño, que luego crecería hasta convertirse en un hombre de bien, daría al mundo frutos abundantes.

Cuando a los 19 años escuché el llamado de Dios a la vocación sacerdotal, una de mis más grandes preocupaciones era lo que pensarían mis padres y mis hermanos. Junto con ellos había platicado anteriormente sobre los planes que tenía de estudiar una carrera, trabajar, formar una familia, entre tantas cosas; además se trataba de algo que jamás había pasado por mi mente, mucho menos por la de ellos. En un principio imaginé que no estarían de acuerdo con mi inquietud y la decisión que tomaría en un futuro; sin embargo, con el paso del tiempo y la ayuda de Dios, fueron descubriendo que Él también los había llamado a formar parte de esta historia de servicio y amor.

El hecho de que ya no pasáramos tanto tiempo juntos, tal y como lo hacíamos con bastante frecuencia, representó para toda mi familia una dificultad que poco a poco supimos sobrellevar. Esta fue transformándose gradualmente en una motivación para salir adelante, teniendo como meta principal la permanencia de Jesús en nuestra vida.

Hoy puedo decir que el papel que ha jugado mi familia en esta historia vocacional ha sido fundamental, en Dios y en ellos he encontrado la fortaleza para perseverar en las dificultades que en ocasiones se presentan en mi vida. Quién mejor que ellos, quienes dedicaron su vida entera a mi cuidado y me entregaron su amor incondicionalmente, para actuar como soporte y acompañarme en aquello que me hace feliz, servir a Dios.

Familia, no tengamos miedo de dar juntos el “Sí” a Dios, y sepamos que Él, junto con María Santísima, nos guiará por esta bella historia de amor que ha ido construyendo en nuestra vida.

Luis Carlos Solís Garza
1o. de Filosofía
Revista San Teófimo No.142

07 Jun 2019

HELLO! 1

Si te preguntaran qué es lo primero que te viene a la mente cuando escuchas la palabra familia ¿qué contestarías?

En lo personal cuando yo escucho la palabra familia pienso en mis padres, hermanos, cuñadas, sobrinos, como un todo. Como ese regalo que Dios me ha dado, pues es ahí en donde he crecido en lo humano y en lo espiritual. Y ahora desde hace siete años que comencé la formación sacerdotal, tengo una nueva familia espiritual: mis hermanos seminaristas y padres formadores con los cuales comparto el día a día de nuestra vocación.
Nosotros como cristianos tenemos un modelo de familia de la cual podemos aprender de sus valores e imitar en sus virtudes, me refiero a la Sagrada Familia integrada por Jesús, José y María.

De las primeras imágenes que tengo en mi memoria de la Sagrada Familia, es cuando de niño, mis papás me llevaban junto con mis hermanos a rezarle al niño Dios en la Navidad, y me llamaba la atención las figuras de cerámica de José y María por su tamaño, considerablemente grande y que contrastaba con la pequeñez del niño Dios (Jesús). A mi parecer esos padres de cerámica, por su tamaño grande e imponente, eran capaces de cuidar y proteger a ese recién nacido. Esos pensamientos infantiles no estaban muy distantes de la realidad, pues en los evangelios se narra cómo José protege a Jesús, huyendo a Egipto junto con María para librar al niño de la muerte a manos de Herodes (cfr. Mt 2, 3-15).

En la actualidad es preocupante la baja el número de cristianos que optan por unir sus vidas a través del sacramento del matrimonio. Tal vez exista un temor al compromiso a largo tiempo o es probable que hayamos sido testigos del fracaso de algunos matrimonios. Como Iglesia, necesitamos alentar a los jóvenes a que unan sus vidas mediante el sacramento del matrimonio, que su unión forme familias santas y sagradas como la familia de Nazaret.

Todos necesitamos de una familia, de su cobijo, de su amor, pidamos a Dios por intercesión de la Sagrada Familia, que libre a las nuestras del descalabro moral y humano. Y que como Iglesia, podamos ofrecer espacios de acompañamiento y asesoramiento sobre cuestiones relacionadas con el crecimiento del amor y la superación de los conflictos. (cfr. Amoris Laetitia cap. 2)

Miguel Ángel Colchado
2do. de Teología
Revista San Teófimo No. 142

05 Jun 2019

HELLO! 1

El 31 de mayo “fiesta de la Visitación de la Santísima Virgen María” el pueblo de Dios, junto a su pastor Mons. Rogelio Cabrera López, Arzobispo de Monterrey, se congregaron en la Basílica de Nuestra Señora del Roble, para celebrar el 55 aniversario de la Coronación Pontificia de Nuestra Señora del Roble Patrona de la Arquidiócesis de Monterrey.

El Sr. Arzobispo en su homilía recordó a los fieles la actitud de la Virgen María al visitar a su prima Isabel: “Esta visita debe ser modelo de las buenas relaciones humanas; pero más aún, debe ser modelo de la evangelización que todos estamos llamados a llevar acabo”; así mismo, exhortó a dar prioridad a nuestros hogares, pues es allí donde se vive la experiencia de la primera comunidad.

Antes de concluir su homilía, felicito a los seminaristas por la ya casi conclusión del ciclo escolar 2018-2019, recordándonos que la misión no sólo se ha de desempeñar en las comunidades parroquiales, sino en cada uno de los hogares de nuestras familias.

Un aspecto que hay que resaltar; es la profunda devoción de muchos fieles a la protección de la Virgen del Roble. Éstas expresiones populares, son realmente un lugar de encuentro y abandono de los fieles, que buscan el favor y la intercesión de la Santísima Virgen María en su advocación del Roble. En palabras del Papa Francisco en su exhortación apostólica “Evangelii Gaudium” (la alegría del evangelio) habla de la Piedad Popular afirmando que “es «una manera legítima de vivir la fe, un modo de sentirse parte de la Iglesia, y una forma de ser misioneros»; que conlleva la gracia de la misionariedad, del salir de sí y del peregrinar.

«El caminar juntos hacia los santuarios y el participar en otras manifestaciones de la piedad popular, también llevando a los hijos o invitando a otros, es en sí mismo un gesto evangelizador». ¡No coartemos ni pretendamos controlar esa fuerza misionera! (E.G. #124).

Así pues damos gracias a Dios, que nos ha permitido confiar nuestra vocación a la poderosa intercesión de la Santísima Virgen del Roble.

Héctor Elías Morales Montes
Primero de Teología