26 Ene 2018

Estimadas hermanas y hermanos, fieles laicos, hermanos diáconos, hermanos presbíteros. Estimados hermanos obispos, estimados jóvenes que hoy recibirán el ministerio. Estimado Rafa, que serás ordenado diácono, estimado David, que serás ordenado presbítero.

Gracias a todos ustedes que nos acompañan en esta celebración. Algunos vienen de más lejos, otros de más cerca; por ejemplo, la familia de Rafa que viene de Acacoyagua en la costa chiapaneca, y también vienen algunos hermanos de Cadereyta, de Zuazua y de muchos otros lugares. Agradezco por su presencia.

Quiero decirles una razón por la cual en mi cumpleaños doy las órdenes del diaconado y del presbiterado, no es para un halago personal, desde el año 1997, un veinticuatro de enero como hoy, ordené a dos sacerdotes en San Diego Curucupatzeo allá en Michoacán, lo he hecho en Tapachula, en Tuxtla y desde luego aquí en Monterrey. Me hace mucho bien, me ayuda a recordar cuál es la razón de mi vida, siempre teniendo presente aquel pensamiento del apóstol Pablo: “lo que recibí gratuitamente lo tengo que reponer gratuitamente”. Me hace mucho bien espiritual ordenar un diácono, un sacerdote, ése es el motivo. Gracias a todos por su afecto, por sus saludos, sobre todo por sus oraciones.

Quiero agradecerle al diácono que se equivocó de lectura del Evangelio, porque esto me ayuda a pensar un poco mejor qué decir. En la sacristía le dije tres veces: “no te vayas a equivocar”, pero que bueno que se equivocó. Esto me obliga a ponerme siempre en las manos de Dios. Quiero decir esta palabra sobre todo a Rafa y a David, pero a todos ustedes que hemos contemplado en la Palabra de Dios  algo muy bonito, muy fuerte.

Nosotros creemos en un Dios que camina, en un Dios peregrino. Cuando David quiere construirle una casa al Señor, le dice “no la quiero, no me hace falta, he caminado con ustedes mucho tiempo, acampando”. Esa enseñanza le ayudó mucho a David, a que entendiera que la estabilidad de su reino, de su trono, de su descendencia, no dependía de una estructura material; sino de la presencia amorosa y acompañante de Dios, que nunca se le olvidara, que Dios camina con el pueblo.

Nos hace mucho bien a todos, de modo especial a nosotros los sacerdotes, recordar que creemos en un Dios que camina, en un Dios peregrino; itinerante, que no se vale detenerse, que no tenemos aquí una morada permanente, que estamos siempre en esta disponibilidad de ir, por donde Dios marque el camino. Él va por delante, nosotros estamos llamados a seguirlo, tenemos esa seguridad que no caminamos solos, que el Dios de nuestro Señor Jesucristo es un Dios peregrino, itinerante.

Y en el Santo Evangelio que oímos, Jesús es navegante que se enfrenta a las turbulencias de la vida, que no tiene miedo, que sabe enfrentar la adversidad, que no se detiene por miedo a lo que viene después. Él sabe que al subirse a la barca cualquier cosa puede ocurrir, Él sabe que la naturaleza tiene su autonomía, que depende sólo de Dios; y sin embargo, Él navega y enseña a sus discípulos a navegar, a ir en la barca, por ello todos los intérpretes de este pasaje nos dicen que esta barca simboliza a la Iglesia, que no rema sola, que lleva siempre la seguridad de que está presente el Señor. Son dos rasgos de nuestro ministerio sacerdotal cuando decimos que queremos ser una iglesia en salida, una iglesia de puertas abiertas, una iglesia que camina con el pueblo, tenemos que hacer nuestro este mensaje del Señor. Como Él, como Dios, a su estilo, debemos caminar en salida, en éxodo, nunca deteniéndonos. Por eso todo ser humano, lo decía San Juan Pablo II, es un caminante, lo decía él en latín “ad hominem…” siempre caminante. Y con este espíritu de peregrinación sabemos que no podemos estacionarnos, que las maletas tienen que ser siempre ligeras, porque en cualquier momento el Señor nos pide dejar, como lo hizo con Abraham, como lo hizo con muchos otros, como lo hizo con la Virgen María, como lo hizo con los apóstoles, siempre caminante, siempre dejando el pasado atrás.

Pero también sé que nuestro camino tiene dificultades, recuerdan la frase famosa del Papa Francisco: “prefiero una Iglesia accidentada porque sale, a una Iglesia que se enferma por estar encerrada”, ése es el mensaje del Evangelio. No todo lo controlamos, no todo lo planeamos, no todo tiene éxito, están siempre las sorpresas y las turbulencias, pero si vamos con Jesús y le gritamos a Él que nos ayude, vamos a seguir adelante.

Estimado David, Rafa a esta iglesia se unen, a esta Iglesia de Monterrey, que ha decidido en la asamblea ser una iglesia de puertas abiertas y en salida, una iglesia que no quiere instalarse, que quiere ir a todo los rincones de nuestra Arquidiócesis. Esta Iglesia que sabe que también tiene que enfrentar problemas, pero contamos siempre con la gracia de Dios. ¡Qué bueno que celebramos esta Eucaristía y estas ordenaciones en esta Basílica de nuestra Señora del Roble! Ella ha demostrado a esta Iglesia de Monterrey durante siglos, que nos ama, que así como Jesús camina con su pueblo ella también camina con nosotros, ella sabe de problemas, ella sabe de turbulencias, ella sabe de agresiones, pero siempre con la mirada puesta en Dios, siempre reconociendo su pequeñez, pero también la grandeza de su propia vocación.

Vamos a caminar juntos: el pueblo, los diáconos, los sacerdotes, los obispos, un servidor, vamos a caminar con ustedes, pero la iglesia les pide disponibilidad, que hagan suyo el Fiat, que lo que hoy nos dice, sea siempre una convicción interior

Gracias a todo el pueblo porque siempre reza por nosotros, porque nos tiene paciencia, porque nos acompaña, porque nos quiere. Que Dios nos bendiga y gracias porque oran por mí para que pueda ser buen compañero de viaje en esta diócesis que peregrina en Monterrey.