02 Ago 2017

Mi proceso vocacional lo inicié a los 16 años estando en los grupos parroquiales, era el encargado de la espiritualidad y fue como tuve más contacto con seminaristas y sacerdotes, al mismo tiempo estaba viendo opciones de carrera, en febrero de 2006 fue cuando surge mi inquietud por la vida sacerdotal. Asistí a retiros vocacionales para poder madurar la decisión y conocer un poco más y poder tomar una decisión más madura. Al seminario entré a los 18 años.

Al principio estuve confundido, ciertamente optar por Dios en este mundo actual es de locos, mucha gente al platicarles mi inquietud le sorprendía mucho ya que mi perfil en la preparatoria no era el de un sacerdote, muchos esperaban diferentes opciones de vida para mí, pero al final Dios pudo más y fue como decidí ingresar.

Hubo miedo a lo que no conocemos, al como me iba a ir, pero también junto con ello había mucha esperanza, alegría de conocer un poco más como iba a ser la vida de sacerdote, de ir haciendo vida de fraternidad en el seminario, hubo sentimientos muy intensos y al final es una gran paz saber que la decisión que tomé hace diez años Dios la va confirmando con su voluntad y se va haciendo presente en mi vida.

Mis papás fueron los últimos en enterarse ya que quería estar seguro de mi decisión, el primer año viví mis retiros vocacionales sin que ellos supieran que me estaba preparando para el seminario, cuando mi inquietud y mi decisión fueron madurando y me animo a ingresar al seminario fue cuando les conté que tenía ya trece meses discerniendo lo que Dios tenía para mí. Desde el primer momento me apoyaron, ciertamente fue inesperado, ya que mi perfil indicaba otras líneas, hasta hoy están muy contentos con los pasos que voy dando, han hecho mucha amistad con mi compañeros y sus familias, nuestras familias se han hecho muy cercanas, este ambiente eclesial en el nos vamos desenvolviendo como familias, les ha causado mucha alegría.

Desde el proceso vocacional cuando hablaban del sacerdocio, hablaban de este don inmerecido, creo yo que estos diez años si algo he madurado es en la conciencia de que este don que recibo por parte de Dios no es por méritos míos sino que por su gracia ha decidido llamarme, es un don enorme que aunque no lo merezco, Dios ha puesto su mirada sobre mí y ha querido llamarme a servirlo de esta manera, soy consiente de mis fallas, de mis límites, pero también lo soy de la gracia de Dios que actúa y le pido que pueda ser siempre dócil para que su gracia y su amor pueda pasar a través de mí a su pueblo.

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