Antes de comenzar mi año de experiencia eclesial le pedí a Jesús que me enviará al lugar que fuera a ser inmensamente feliz, y así me lo concedió. El 17 de agosto del 2018, precisamente el día de mi cumpleaños, llegué la Parroquia y Santuario de Nuestra Señora de Agualeguas.

El territorio parroquial abarca todo el municipio de Agualeguas, y está compuesta por sus ocho comunidades, Los Nogales, Lagunillas, la Escondida, Ojo de Agua, Los Garza, Rancho Nuevo, Tres Hermanos y Cieneguitas; además del municipio de General Treviño y su comunidad “san Javier”.

Gracias a Dios, al apoyo y consejo del párroco el P. Ernesto Ríos y la alegre y acogedora comunidad de Agualeguas, me ayudaron a forjar mi persona en cada una de las áreas formativas (humana, cristiana y sacerdotal); ya que en el trabajo pastoral pude descubrir las virtudes que Dios me ha dado; pero, sobre todo, aquellas cosas de mi vida personal que necesito seguir mejorando para ser una gran persona e hijo de Dios que quiere ser sacerdote.

En la comunidad de Agualeguas tuve la dicha de vivir diversas experiencias, momentos de gozo, alegría y dolor con las comunidades, desde celebrar la Palabra hasta acompañar a las familias en las capillas funerarias y en las celebraciones exequiales.

También participé en la organización de las fiestas patronales de la Virgen de Agualeguas, en la creación y asesoramiento de dos grupos parroquiales (concretamente: Adolescentes y Matlachines); en la atención a los diversos centros de catequesis; en el auxilio y acompañamiento al grupo de misioneros que estuvieron en las temporadas de Navidad y Semana Santa; visitando casa por casa y predicando el Evangelio, además de ayudar en las labores propias de la oficina parroquial.

Doy gracias a Dios, de manera especial a la comunidad de la Parroquia y Santuario de Nuestra Señora de Agualeguas y a todos ustedes que, durante este año y siempre, han ayudado al Seminario de Monterrey para seguir formando sacerdotes. No se olviden de rezar por mí y por cada uno de mis compañeros que esperamos algún día recibir de Dios el gran don del sacerdocio.

Seminarista José Ignacio Ávila Rangel