29 Oct 2015

HELLO! 1

… la misericordia está en el Cielo y a ella se llega ejerciendo

misericordia en la tierra (Sermón sobre la misericordia, Cesáreo de Arlés)

Decía este santo nacido en suelo de la actual Francia allá alrededor del año 500: Bienaventurados los misericordiosos porque alcanzarán misericordia (Mt 5, 7). Dulce es el nombre de la misericordia, hermanos; y si lo es el nombre, ¡cuánto más lo será la realidad! Aunque todos los hombres quieren tenerla, por desgracia no todos obran de manera que merezcan recibirla: todos quieren recibir misericordia, pero pocos son los que quieren darla.

(…) Dios tiene frío y hambre en todos los pobres de este mundo, como Él mismo afirma: cuantas veces lo hicisteis con el más pequeño de mis hermanos, conmigo lo hicisteis (/Mt/25/40). Dios, que se digna dar desde el Cielo, quiere recibir en la tierra. 

A lo largo de la historia, hombres y mujeres han visto en Jesucristo no solamente a un intercesor divino, una especie de mago sacando ‘milagros’ de su sombrero, sino a un ejemplo a seguir, un hermano mayor. Las primeras iglesias veían en el amor fraterno, en la caridad en su sentido más profundo, el reflejo de haber aceptado al Dios de Jesús como nuestro Señor: en su sentido del único jefe político (social) que vale la pena.

Hoy, como una nueva Marta, muchos viven la misericordia trasformada en acción. Desde Cipriano o Jerónimo hasta las órdenes religiosas nacidas en los 1600s en Francia, la convicción es que la misericordia nos ha sido dada, pero debe ser entregada, compartida. Algo así como la fe volviéndose obras.

La diferencia esencial con la primera vía está en que nos sabemos amados antes de cualquier merecimiento nuestro, por el Dios revelado en Jesús de Nazaret y, por ello, comprometidos a ser misericordiosos. En la Pascua _así con mayúscula_, vivida en Egipto, no fue la justicia, sino la iniciativa de un Dios que está por su pueblo el que se hace presente. No tuvieron que ‘ganarse’ el favor de un dios, Él ya está con nosotros.

La misericordia ha sido iniciativa de un Dios que, desde el día de la creación, no deja de ser ofrecida a la humanidad. El Santo de Israel no tuvo miedo a acercarse, aún en los momentos de mi más grave pecado. Es lo que cantamos en el Miserere. Junto a aquel leproso que temiendo por su triste vida se humilla (Mc 1, 40ss), rogamos al Señor ser curados. En justicia, nos esperaba una lapidación; en Jesús, el enfermo encontró un toque de humanidad, lo dignificó, no le tuvo miedo a su enfermedad. Desde esta óptica, la misericordia parece no negar, pero ciertamente supera los acuerdos sociales

REFLEXIONA:

1. Al pensar en misericordia, ¿evalúo mis acciones con mis compañeros, amigos, familia…, o sigo limitando el término a lo que yo espero de parte de Dios?

2. ¿Mis compromisos caritativos son una extensión del amor que siento, son una respuesta a la invitación de ser “cuerpo de Cristo” o andamos pretendiendo abonar méritos para la vida eterna?

3. ¿La misericordia que vivo es inteligente, inserta en la Vida, o soy paternalista?, ¿derramo miel y azúcar frente a los pecadores, pero no me doy cuenta si ellos están haciendo su parte para crecer y superarse? (¿no he entendido que la misericordia atraviesa la justicia que ayuda a madurar a la persona y no se trata de sacarle la vuelta?)

28 Oct 2015

HELLO! 1

… salimos vencedores gracias a Aquel que nos amó (Rom. 8, 37)

De la búsqueda de garantías, a la gratuidad misericordiosa

Imposible encontrar una secuencia histórica que nos permita ver cómo se ha reflexionado o vivido el concepto de misericordia durante los casi dos mil años de cristianismo. Tal vez, más prudente, sea detectar actitudes humanas diversas frente a la Palabra de un Dios, rico en misericordia, como lo señalaba ya la carta a los efesios.

Encontrarás referencias a citas bíblicas y a algunos eventos históricos, pero las crónicas se pueden multiplicar indefinidamente. Después de cada sección, aparecen algunas preguntas que pueden ser de utilidad para revisar tu propia visión, no de la misericordia, sino del mismo Dios.

Hazme justicia, oh Dios, defiende mi causa… (sal 43, 1)

Hoy, como hace dos mil años, vivimos la tentación de trasformar al Señor en una fuerza negociadora: como en la religión de los romanos del mundo clásico se trataba de un do ut des (algo así como te doy, para que me des). Especialistas en Biblia dicen que los rastros más antiguos de la ofrenda pascual apuntan hacia una costumbre de nómadas de ofrecer un sacrificio para ganar la buena voluntad y la protección divina contra desgracias. Algunos, como el salmista, pensamos Yo camino en mi entereza (integridad); rescátame, ten piedad de mí… (sal 26 (25), 11). Es decir, yo soy bueno, ahora cúmpleme…

Herederos de culturas legalistas, continuamos viendo a Dios como el signatario de un contrato: por ende, debe tener misericordia conmigo porque yo he cumplido la parte de la alianza. No es extraño toparnos con familiares o amigos que sienten que su cariño debe ser saldado, es decir, pagado de alguna forma: ¿cómo le pasó esto, siendo tan buena?, ¡esta persona no merece tal desgracia! Ciertamente, no es difícil encontrar a quien piensa que habiendo repetido un ritual, alguna muy pía devoción o incluso una vida de templo y de caridad, Dios está obligado a estar por nosotros. Más de uno, hoy, sigue practicando ‘obras de misericordia’ para granjearse la gracia de un Señor, más bien justiciero.

En esta primera visión, la misericordia de Dios es reducida a un pago. No deja de ser interesante, después de todo, durante casi mil años _el llamado Medioevo_, los cristianos volvían los ojos a Dios para obtener, antes que otra cosa, justicia. Algunos hablan de una ‘germanización’ (los famosos bárbaros desde la óptica imperial romana) de nuestra fe: lo que hace factible pensar en indulgencias, pagar para misas de ánimas…, y mil de las muy criticadas prácticas ya desde ese mismo periodo (en especial, la devotio moderna)

Reflexiona:

1. ¿Existe en mí una tentación de “comprar” a mi Dios (seguridad, salud, éxito)?

2. ¿Percibes en ciertas prácticas _parroquiales, en el mismo seminario_, señales de esta visión un tanto infantil _pero cómoda_, de que necesitamos hacer algo para que Dios nos quiera?, ¿crees que sea posible hacer algo para sanear esa visión?