23 Jul 2021

HELLO! 1

Después de casi 11 años en el Seminario, lo sé, es mucho tiempo; puedo dar testimonio del proceso que la iglesia lleva con los que están por terminar su formación como alumnos en el Seminario de Monterrey.

Es un proceso interesante y lleno de emoción, en mi caso resuena el sueño y anhelo que tenía cuando ingresé a esta institución. En aquel tiempo solo me tocaba conocer a los futuros ordenados por la publicación que se hacía de ellos en los anuarios o en los murales de corcho en los salones y en cada casa. No los conocía personalmente, a algunos solo de vista. Conforme fue pasando el tiempo y yo avanzaba en este camino, las caras de quienes solicitaban ser admitidos al orden sagrado eran más conocidas, coincidía con ellos en misiones, visitas a colegios, colectas en parroquias incluso en apostolados. Aprendía de ellos y llegábamos a ser amigos.

La alegría que sentía iba creciendo cuanto más los conocía, aquél con quien me sentaba en el descanso de la escuela, los que se sentaban conmigo en el comedor, con quienes compartía una taza de café en la tarde estaban llegando a ese tiempo tan especial y que cada vez comprendía mejor.

Y,  ¿cómo es este proceso tan especial? El alumno del Seminario de Monterrey, una vez ingresado al instituto de Teología, se prepara para estos momentos. El primer paso es cuando cursamos el segundo año de Teología, se abre un tiempo para que el joven haga su solicitud para ser aceptado como candidato a las órdenes sagradas y a la administración de los ministerios laicales: lector y acólito. Termina este año escolar e inicia el siguiente.

A mitad del próximo año (tercero de Teología) se abre el tiempo de solicitud de órdenes sagradas (diaconado y presbiterado), así los que están en tercero y cuarto pueden hacer la solicitud del orden correspondiente. Ojo. No siempre es así. Es decir, no todos hacen la solicitud a su debido tiempo y no la hacen por algún motivo personal, por alguna decisión del equipo formador al mandarlos a algún servicio en especial, o simplemente por esperar algún tiempo más. Y esto no tiene nada de malo, los jóvenes nos hacemos muchas preguntas ante la gran responsabilidad y compromiso del sacerdocio de Cristo.

Luego de la solicitud viene un «tiempo de discernimiento», los formadores investigan y evalúan al alumno, sin embargo, esto no lo hacen solos, lo hacen con la comunidad. A algunos compañeros de quien solicitó se le dan unas evaluaciones para que las llene a la luz de la verdad con lo que sabe y conoce de quien solicitó; asimismo, se mandan estas evaluaciones al apostolado donde sirve el seminarista para que algunas personas que lo conozcan hagan también su evaluación, de igual manera se envían éstas a la comunidad parroquial de la que el joven seminarista pertenece. Una vez reunida toda esta información los padres del Seminario se reúnen a realizar los «escrutinios» para determinar si el joven que solicitó algún ministerio es idóneo o no para recibirlo. Posteriormente le corresponde al Arzobispo dar a los jóvenes la respuesta de las evaluaciones y admitir a los jóvenes al orden sagrado.

Ahora me toca estar de ese lado, y vaya que se siente muy distinto, aunque ya haya sido admitido como candidato a las órdenes y ya haya pasado por una etapa de escrutinios, esto es distinto, ya que uno se encuentra de cara a unos ministerios que dan una gracia que desborda la misma naturaleza humana y que conllevan una gran responsabilidad y compromiso. Sin embargo por otro lado se siente la emoción de decir “por fin, estoy llegando”. Entre todas las emociones que pueda sentir en estos momentos de una cosa estoy completamente seguro: Jesús, una vez que nos ha llamado nos invita a seguir caminando con él y nos pone a la Iglesia misma como receptora y al mismo tiempo intercesora para ser en un futuro los ministros que ella misma necesita y merece.

 

Erick Alfonso Rivera Ortíz | 1ero de Teología

Revista San Teófimo No.154

19 Feb 2021

HELLO! 1

“Vivir intensamente los años de preparación en el Seminario” (Benedicto XVI)

Sin duda alguna, esta frase simboliza lo que ha sido la vida formativa en mi persona y en la de muchos jóvenes que han respondido al llamado de Dios. A lo largo de mi formación he intentado vivir intensamente este tiempo de gracia y de amistad con Jesús; soy consciente de que al igual que a los apóstoles, Cristo nos llama para que estemos con Él (Mc 3,14). A partir de la vivencia diaria del amor de Dios y de nuestra experiencia cercana a Jesús es que podemos comprender la voluntad de Dios.

A lo largo de mi formación, Jesús ha tocado mi corazón con pequeños momentos. El estudio, sin duda, me ha permitido aprender más de Dios, intentar conocer desde mi sencillez sus grandes misterios. En muchas ocasiones no comprendía cómo es que Dios, el Ser perfecto, lograba entrar en el cuerpo imperfecto del ser humano; sin embargo, la profundización y la oración me ayudaron a comprender que dicho acto fue uno de amor pleno, y que era muy necesario, dirían los Padres Capadocios, que Dios se hiciera carne, ya que sólo Él es quien podía librarnos de la culpa del pecado para poder elevarnos al cielo y poder gozar así de nuestra antigua dignidad perdida por el pecado de nuestros primeros padres.

Junto al estudio, la oración, el apostolado y la relación interpersonal, junto a mis compañeros y hermanos de camino, he vivido hermosas experiencias que han marcado mi proceso vocacional; una de las más significativas se dio el 16 de febrero del 2016 en la visita del S.S. Francisco a nuestra querida nación, pues encontré respuestas que había estado buscando con insistencia, por ejemplo, el tema de la oración era algo que me preocupaba, yo anhelaba tener oraciones mentales y que fueran más profundas, y no mentiré, a pesar de que tenía poco tiempo de haber recibido mi sotana, me sentía desolado, me sentía vacío, y aunque pensaba que con el signo de la sotana se volvería a reavivar la llama en mi corazón, no fue así. Por este motivo es que aquel 16 de febrero marcó mi corazón.

Eran las 2:00 a.m. en Morelia, la hora de levantarse y prepararse para aquel gran momento. Salí a las 2:33 a.m. del lugar donde nos hospedábamos; ya era media hora tarde y en mi corazón sentía preocupación de no poder estar en un buen lugar de la gran fila para el ingreso al estadio donde nos encontraríamos con el Papa. Llegué a la fila unos minutos después y me encontré allí al grupo de diáconos y algunos seminaristas de teología de nuestro seminario que amablemente me permitieron ingresar a la fila y cortar camino (ya me confesé por haberme metido jejeje); la distancia hasta el estadio era bastante corta, pero por cuestiones protocolarias el trascurso fue de casi 8 horas. Ingresé al estadio a las 10:02 a.m. y ya había iniciado el evento.

El Papa Francisco llegó un poco después y al hacer el recorrido previo a la misa, me llevé una gran sorpresa: Francisco, el sucesor de san Pedro, pasó a unos cuantos metros de mi persona. Ver al Papa tan cerquita significó una llamarada intensa en mi ser, contemplar su figura y saber que en él recae una Iglesia que surge desde Jesucristo, son de las mejores cosas que he vivido. El momento culmen de esta experiencia sucedió con la Acción de gracias, con la Santa Misa. En ella, al escuchar al Papa con su grato acento argentino, hice consciencia de que estaba escuchando a Francisco fuera de Roma, y eso volvió a emocionar mi corazón.

Después, cuando llego el momento de la homilía, el Papa tocó el tema de la oración, sí, aquel tema que tanto me preocupaba. Habló de los seminaristas recién ingresados, y allí sentí que me estaba hablando a mí directamente (pues yo tenía entonces sólo unos meses de haber iniciado mi camino en el Seminario) y fue en esta bonita homilía que encontré la gran respuesta que hasta hoy me sigue acompañando: el Papa nos dijo: “sigue rezando como te enseñaron en tu casa y después, poco a poco tu oración irá creciendo como tu vida fue creciendo. A rezar se aprende como en la vida”. Estas sencillas palabras del Papa Francisco resonaron en mi corazón y allí comprendí que poco a poco iba a ir mejorando en mi diálogo con Jesús y que lo más importante era rezar como me habían enseñado en mi casa, de un modo sencillo y lleno de agradecimiento a Dios por todo lo que siempre nos da.

Esta y muchas otras experiencias han marcado mi vida formativa. Sin duda alguna me faltarían líneas para poder compartirte tantas diversiones, emociones, momentos complicados y, sobre todo, mi experiencia de fe; pero estas dos son las que han marcado más mi vida formativa y proceso vocacional, y por ello he querido compartírtelas. Te pido que nunca dejes de rezar por los seminaristas, siendo consciente de que un día ellos serán el puente entre Dios y los hombres.

 

Jesús Humberto Vega Reyes
Seminarista | 1ero. De Teología

29 Jul 2020

HELLO! 1

Recuerdo los primeros días de mi ingreso al Seminario; todo era nuevo, el lugar donde vivía, las personas que estaban a mi alrededor y las actividades que realizaba. En mi mente ha quedado muy marcada la primera noche, en la que ya acostado en mi cama, en una gran habitación, junto a otros que me eran casi desconocidos, me pregunté: ¿Qué hago aquí?, ¿Quiénes son todos ellos? Y cuando parecía que el miedo se iba apoderar de mi corazón, se apoderó la voz de Dios que me decía: ¡Ten fe y confía en mí!

Ahora entiendo que aquella noche estaba allí porque el Señor me invitaba a formar parte de una gran comunidad de discípulos que día con día se esfuerzan en seguir sus pasos. Comprendí que Jesús me invitaba a subir con Él a la barca y que esa barca era el Seminario. No pasó mucho tiempo, cuando ya amaba aquel lugar, pues en él comencé a vivir momentos que para siempre quedarán guardados en mi corazón; orar, estudiar, trabajar, jugar y muchos otros. En pocas palabras consideré el Seminario no solo un espacio de formación, sino el lugar donde me sentía feliz encontrándome con Aquel que me había invitado a seguirle.

Así, el Seminario se convirtió para mí en un lugar de encuentro, principalmente con Jesús de quien día con día me enamoraba más y más. Aprendí a amar y aceptar a mis hermanos seminaristas a quienes Jesús, también había invitado a subir a la barca. De esta manera pude comprender que el camino vocacional no se recorre en la soledad. La vocación me ha regalado compañeros que se han convertido en mis amigos y hermanos. Ellos siempre serán signo de la presencia de Jesús en mi vida.

Debido a la pandemia que el mundo enfrenta, hace unos meses tuvimos que abandonar el Seminario. Aunque al principio fue muy duro tener que dejarlo todo, supe que el camino vocacional no nos pertenece, no nos atribuimos un llamado, es Cristo quien nos llama. Es Él quien toma la iniciativa de invitarnos a este camino, no para seguirnos a nosotros mismos, sino para seguirlo a Él. Por eso, a pesar de no estar en el Seminario, sabía que debía tener fe y confiar como el primer día, pues es Jesús quien conduce esta barca. Y aunque estaría lejos de mis hermanos seminaristas, en mi corazón residía la certeza de que, lo que nos une, no es el vivir en un mismo lugar, sino el haber sido llamados por Jesús.

Hogar es aquel lugar donde descubrimos que somos felices y donde sabemos que nos aman. Por tanto, el Seminario es para nosotros eso: ¡un hogar! Después de casi 5 meses de no estar en el Seminario, mi corazón se llena de inmensa alegría al saber que retorno a casa. Aunque no abandonamos la barca, sino que permanecimos de modo nuevo a bordo de ella, ahora sé que Jesús la vuelve conducir a puerto seguro en medio de esta tempestad que pronto pasará. Regresar al Seminario nos llena de gozo, porque continuamos con nuestro “Sí” a Dios, un “Sí” que se prolonga todos los días y a cada instante. Un “Sí” que transforma la propia vida. Un “Sí” que nos dona totalmente a Aquel que nos ha invitado a morar en su casa.

Erick Alfonso Rivera Ortiz
3ero de Filosofía

30 Ago 2019

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El Maestro Jesús llamó a sus apóstoles, primero para que estuvieran con Él y segundo para enviarlos a predicar (Mc 3,14), fue de este modo que el Maestro Jesús formó una comunidad. El ejemplo de Jesús y la misma vida en comunidad, con las distintas personalidades de cada uno de sus miembros, con la diversidad de carismas que cada uno ponía al servicio, la vida en común y el amor que ahí se vivía, eran elementos formativos que iban marcando la vida de los apóstoles en su configuración con Jesús.

Las comunidades parroquiales de origen de los seminaristas, aun teniendo en cuenta la separación que la opción vocacional lleva consigo, siguen ejerciendo un influjo en la formación del futuro sacerdote, al acogerlo entrañablemente en los tiempos de vacaciones, al respetar y favorecer la formación de su identidad presbiteral, y ofrecerle ocasiones oportunas y estímulos vigorosos para probar su vocación a la misión.

El sacerdote proviene de una comunidad cristiana y a ella regresa, para servirla y guiarla en calidad de pastor; es por eso que el seminarista, primero, y presbítero, después, tienen la necesidad de un vínculo vital con la comunidad. Ella se presenta como un hilo conductor que armoniza y une las dimensiones formativas.

Otra comunidad importante es la de apostolado, donde cada fin de semana el seminarista pone en práctica lo aprendido en su formación. El compartir es recíproco, porque dependiendo las necesidades de la comunidad, ésta va enseñando qué es lo que el seminarista tiene que ir trabajando y formando para su futuro ministerio.

Una comunidad más, que forma parte de la formación sacerdotal, son las comunidades a las que asistimos de colecta del “Día del Seminario”, en ella el seminarista agradece al pueblo de Dios por su ayuda espiritual y su ayuda material. Es la oportunidad para rendir cuentas de su avance y trabajo, porque la comunidad responde al llamado en ayuda de las necesidades del Seminario, el seminarista está obligado a responder con buenos resultados.

La comunidad de fieles son el ejemplo por el cual los jóvenes se animan a llevar su estilo de vida a una forma más radical, entregando su vida a Dios en la vocación sacerdotal.
Es deber de toda la comunidad fomentar las vocaciones con una vida totalmente cristiana, con su oración incesante, su preocupación por las vocaciones sacerdotales, con su unidad, vida de fe y el ejercicio de la caridad. Es decir, cada comunidad tiene el sacerdote por el que pide y trabaja.

Juan Carlos López Martínez
Tercero de Filosofía

05 Jun 2019

HELLO! 1

El 31 de mayo “fiesta de la Visitación de la Santísima Virgen María” el pueblo de Dios, junto a su pastor Mons. Rogelio Cabrera López, Arzobispo de Monterrey, se congregaron en la Basílica de Nuestra Señora del Roble, para celebrar el 55 aniversario de la Coronación Pontificia de Nuestra Señora del Roble Patrona de la Arquidiócesis de Monterrey.

El Sr. Arzobispo en su homilía recordó a los fieles la actitud de la Virgen María al visitar a su prima Isabel: “Esta visita debe ser modelo de las buenas relaciones humanas; pero más aún, debe ser modelo de la evangelización que todos estamos llamados a llevar acabo”; así mismo, exhortó a dar prioridad a nuestros hogares, pues es allí donde se vive la experiencia de la primera comunidad.

Antes de concluir su homilía, felicito a los seminaristas por la ya casi conclusión del ciclo escolar 2018-2019, recordándonos que la misión no sólo se ha de desempeñar en las comunidades parroquiales, sino en cada uno de los hogares de nuestras familias.

Un aspecto que hay que resaltar; es la profunda devoción de muchos fieles a la protección de la Virgen del Roble. Éstas expresiones populares, son realmente un lugar de encuentro y abandono de los fieles, que buscan el favor y la intercesión de la Santísima Virgen María en su advocación del Roble. En palabras del Papa Francisco en su exhortación apostólica “Evangelii Gaudium” (la alegría del evangelio) habla de la Piedad Popular afirmando que “es «una manera legítima de vivir la fe, un modo de sentirse parte de la Iglesia, y una forma de ser misioneros»; que conlleva la gracia de la misionariedad, del salir de sí y del peregrinar.

«El caminar juntos hacia los santuarios y el participar en otras manifestaciones de la piedad popular, también llevando a los hijos o invitando a otros, es en sí mismo un gesto evangelizador». ¡No coartemos ni pretendamos controlar esa fuerza misionera! (E.G. #124).

Así pues damos gracias a Dios, que nos ha permitido confiar nuestra vocación a la poderosa intercesión de la Santísima Virgen del Roble.

Héctor Elías Morales Montes
Primero de Teología

17 May 2019

HELLO! 1

Los días 18 y 19 de mayo, los alumnos del Seminario de Monterrey presentaremos la obra de teatro “Dos arcas, una salvación” durante nuestra kermés anual, en dos funciones, 5:00 y 8:00 pm.

La obra de teatro es una tradición en el Seminario de Monterrey. la música es compuesta por los seminaristas; así como las letras de las canciones. Antes se presentaban dos obras por año, una en noviembre y la otra en mayo, ahora se ha unificado en una sola fiesta (mayo) para hacerla más grande.

La organización de la kermés, varía dependiendo de la creatividad de los seminaristas encargados, buscando siempre que nuestros invitados disfruten de un ambiente sano. Éste año en la kermés hemos incluido espacio para el baile, con música de sonora (sábado) y grupera (domingo).

No nos hemos olvidado de lo importante que es dar gracias a Dios por estos momentos de convivencia, y el domingo 19 de Mayo a las 4:00 p.m. tendremos la Celebración Eucarística presidida por Mons. Rogelio Cabrera, Arzobispo de Monterrey.

Si me preguntaran por qué hacemos este evento, les contestaría una sola cosa: para agradecer a tantos fieles que apoyan con su generosidad y cariño en la formación de los futuros pastores del pueblo de Dios.

Por último quisiera mencionar, que esta gran celebración se hace en torno a la fiesta de san José Obrero, que conmemoramos el pasado primero de mayo. De esta manera le ofrecemos nuestro trabajo a Dios por manos de san José, quien es uno de nuestros patronos, y le pedimos por el aumento de vocaciones a la vida sacerdotal.

Ojalá que quien asista a esta kermés pueda disfrutar de un buen rato en compañía de su familia y pueda integrarse a la gran familia del Seminario de Monterrey, ofreciendo a Dios junto con los seminaristas su oración por el aumento de vocaciones.

Ya lo saben ¡Están todos invitados!
¡Los esperamos!

Alexis de Jesús Hernández
Segundo de Teología

22 Abr 2019

HELLO! 1

Cada año celebramos en nuestra Iglesia la fiesta de la Pascua de la Resurrección del Señor, una celebración de profundo gozo que nos recuerda el gran amor que Jesús nos tiene y que motiva nuestro peregrinar en la vida fortaleciendo nuestra vida de fe. Pero pensemos, ¿qué nos dice este acontecimiento a cada uno de nosotros en lo más profundo de nuestros corazones?; ¿qué significa que el Señor haya resucitado después de su sacrificio para darnos vida? Cada uno de nosotros podremos responder a estos cuestionamientos partiendo de las experiencias muy particulares en la vida.

Para mí, como seminarista, celebrar la Pascua me emociona el corazón, siento cómo una vez más Jesús me abraza con fuerza y me anima a seguir con alegría el camino que me propone; me recuerda que cada día tengo la oportunidad de amar sin medida, de entregarme a los demás en el servicio, de abrazar el dolor de quienes lo padecen, de ser santo. Ese sacrificio dado una vez y para la salvación de los hombres de todos los tiempos no ha sido en vano, sino que me llena de vida para yo poder dar vida a los demás.

La Pascua del Señor me recuerda el compromiso que tengo de compartir con mi testimonio el mensaje salvífico de la Cruz, que siendo para todos, me compromete a llevarlo a los corazones en donde aun no ha sido escuchado, siendo yo así un medio a través del que pueda brillar la luz de Cristo que vive y que quiere llegar a todos los rincones del mundo para dar esa Vida que sólo mediante Él podemos experimentar.

Que en esta Pascua podamos descubrir frente a Jesús aquello que quiere decirnos con su resurrección, participando del inmenso gozo que este gran acontecimiento trae a nuestras vidas.

Patricio Rico Villarreal.
2do. de Filosofía.
Revista San Teófimo No. 2019

12 Abr 2019

HELLO! 1

Seguramente conoces a algún seminarista, y sabes que va de apostolado, tiene exámenes, tareas, clases de lunes a viernes, momentos de convivencia, retiros, Adoración Eucarística, Misa todos los días y que le gusta el café. Pero, ¿qué hará en su tiempo libre? ¿tiene tiempo libre?

En lo personal, me hacía esa pregunta desde que estaba en el Proceso Vocacional, y de pronto escuchaba rumores, pero nunca pude conocerlo tan cerca como hoy.
En el Seminario tenemos un horario que nos va marcando las actividades de nuestro día: levanto, baño, Laúdes, espiritualidad matutina, Misa, desayuno, aseos, clases, descanso, deporte, estudio, espiritualidad vespertina, Vísperas, cena y Completas; el cual varía dependiendo de la etapa de la formación.

Pero, pareciera muy mecanicista leer esto ¿no?, de hecho, siempre está la tentación de hacerlo una rutina, que tratamos de evitar descubriendo que Dios se manifiesta de diferente manera cada día. De hecho, “el tiempo libre” nos ayuda a no caer en una rutina. Este tiempo es favorable porque podemos dedicarlo a nosotros mismos, a Dios y al prójimo.

Hay muchas actividades que solemos hacer los seminaristas en este tiempo. Por ejemplo, a algunos compañeros les gusta ensayar algún instrumento como piano, guitarra o acordeón; a otros les gusta ir al gimnasio o correr alrededor del Seminario. Hay quienes, prefieren leer o tomar un café con los amigos, estudiar, hacer tareas pendientes, dibujar o diseñar en la computadora. A unos, simplemente les gusta descansar y otros mas hiperactivos buscan su pasatiempo, jugar “la reta” de básquetbol, fútbol y voleibol, o buscar momentos de espiritualidad para leer la Biblia, orar o visitar a Jesús Sacramentado.

Pero lo más importante e interesante de todo esto, no es hacer tal o cual actividad; sino que todo lo que hacemos es formativo, y nos ayuda a crecer como seres humanos y cristianos; claro, y también a despejar nuestra mente para retomar fuerzas para el resto del día.

Por cierto, te comparto un consejo, que solemos hacer nosotros: has de tu jornada una oración. Todo lo que hagas ofrécelo a Jesús por tu santidad y perseverancia en cualquier camino por el cual estés cruzando. Orar no sólo con palabras, también con trabajo.

Edgar Omar Lara Zavala
1o. de Filosofía

16 Nov 2018

HELLO! 1

Justo después de la solemnidad de Cristo Rey estaremos viviendo la última semana del tiempo ordinario y con ello el fin del año litúrgico.

El tiempo ordinario se divide en dos partes, el primer periodo ordinario se da entre Navidad y Cuaresma, y el segundo entre Pascua y Adviento. En total suelen ser treinta tres o treinta y cuatro semanas en las cuales no se celebra ningún aspecto particular del misterio de Cristo como lo hacemos en los demás tiempos litúrgicos. Se dice que, precisamente por no celebrarse ningún misterio concreto de Cristo en el tiempo ordinario, se celebra en él, todo el misterio cristiano. Al comenzar inmediatamente después del Bautismo del Señor, permite iniciar el ministerio de la vida pública desde el comienzo, siguiendo la narración evangélica mostrando la vida de Jesús en todo su dinamismo y la presentación de su persona y de su imagen con los mismos métodos catequéticos que usó la primitiva comunidad.

El tiempo ordinario, es el periodo más largo dentro del año litúrgico, también se puede definir como “el tiempo en que Cristo se hace presente y guía a su Iglesia por los caminos del mundo”, tiempo en el cual la Iglesia es llamada a profundizar en el misterio pascual y a disponerse a vivirlo en el transcurrir de la vida diaria, podríamos decir que es un tiempo de preparación para encontrar a Dios en los acontecimientos diarios.

Una particularidad del tiempo ordinario es el color verde, el cual significa la esperanza, cuando todo florece, reverdece y se renueva, por eso es común que el sacerdote use la casulla de color verde en la Misa sobre todo los domingos, a excepción de los días festivos o en los que celebramos la memoria de los mártires.

En el tiempo ordinario nos encontramos con un Cristo ya preparado para la misión que le encomendó Dios Padre, le vemos crecer en edad, sabiduría y gracia delante de Dios y de los hombres (cfr. Lc. 2, 52.) de modo que también nosotros busquemos crecer y madurar en nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra caridad en medio de la comunidad en la que vivimos y servimos.

El tiempo ordinario desarrolla el misterio pascual con una gran claridad. La temática tan concreta propia de los tiempos especiales, es más abierta que en el tiempo ordinario, esto permite a nuestros pastores ahondar en la presentación y ampliación del misterio de Jesucristo, y a los fieles profundizar en su fe, especialmente en aquellos aspectos que más afectan a su vida concreta.

Francisco Gerardo González Rivera
Segundo de Filosofía

11 Sep 2018

HELLO! 1

El pasado sábado 8 de septiembre en la fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen María, el Pueblo de Dios de la Arquidiócesis de Monterrey bajo la guía de su padre y pastor Mons. Rogelio Cabrera López, se reunieron en la Basílica de Nuestra Señora del Roble, para orar y ser testigos de la consagración diaconal de 6 hermanos nuestros.

El ministerio diaconal es el primer grado del sacramento del orden, su misión está explícita en su misma palabra de origen griego “διάκονος” que significa servidor o sirviente; es pues el ministerio diaconal una expresión del aquel que debe servir a los demás, especialmente a los más pobres y desamparados, así mismo, su ministerio está íntimamente unido a la colaboración con el orden episcopal, el cual ejercen los obispos de la Iglesia, los diáconos ayudan a sus obispos, no solo en el ámbito litúrgico-celebrativo, sino también en las tareas pastorales para la extensión del Reino de Dios.

En la emotiva celebración Mons. Cabrera López, en su homilía recalco el cuidado de los pobres, los invito a no limitar su servicio en el templo, sino salir fuera de él. “Así como sirven a la mesa del altar, tendrán que servir a la mesa de los pobres. Así como darán el alimento de la Palabra y de la Eucaristía, tendrán que preocuparse para que nadie pase hambre. Es deber de toda la Iglesia, es deber de todos nosotros, pero de modo especial la Iglesia quiere qué tomen conciencia de ello. Son sacramentos de Cristo pobre, para amar a los más pobres”. Estas fueron algunas de las palabras del Sr. Arzobispo dirigías a los nuevos diáconos.
En la misma celebración eucarística; algunos hermanos nuestros del Seminario Arquidiocesano de Monterrey, recibieron los ministerios laicales del lectorado y el acolitado, una gran alegría y esperanza, puesto que son hermanos que siguen perseverando en el camino vocacional, poniendo su deseo en configurar su corazón con el Corazón de Jesús Buen Pastor.

Ambos acontecimientos llenan de alegría a la comunidad del Seminario, puesto que son motivo de esperanza para aquellos que seguimos en el arduo proceso de formación sacerdotal, y que en ellos vemos de forma latente la Misericordia y la Gracia de Dios. Compartimos con ellos el mismo deseo de ser sacerdotes de Cristo para el servicio de su Iglesia. Así mismo como hermanos mayores, reconocemos su perseverancia y su esfuerzo en llegar a este momento tan deseado por los hermanos menores, su ejemplo nos llena de motivación, esperanza y alegría.
La comunidad del Seminario de Monterrey, expresa fraternalmente su felicitación y nos alegramos todos, por este acontecimiento que es sin duda, un regalo para esta Iglesia local y para toda la Iglesia Universal. Los seguimos encomendado en nuestras oraciones y pedimos a Dios que siga realizando su obra en todos y cada uno de ellos, que Nuestra Madre la Santísima Virgen siga siendo modelo e imagen en su peregrinar.

Héctor Elías Morales Montes
Seminarista de Primero de Teología.