23 Oct 2023

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Es importante recordar en primera instancia el aspecto general de los sínodos, para enseguida tomar partida en el que está reflexionando nuestra Iglesia Católica. Los sínodos fueron creados por el Papá Pablo VI en el marco del Concilio Vaticano II con el motu proprio Apostólica Sollicitudo de 1965 para pedir la participación de los obispos de todo el mundo en asuntos de interés para la Iglesia universal y con la intención de mantener vivo el espíritu de colegialidad que nació tras el concilio. Estos sínodos son presididos por el Papa personalmente o por otros medios, en donde se toman decisiones sobre un determinado tema que haya seleccionado el mismo Papa de aquellos que fueron propuestos por la colegialidad de los obispos. En el caso concreto de este Sínodo que se está llevando actualmente el tema elegido es: “Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión”. Que corresponde a las características propias de universal, actual, de urgencia, con relevancia pastoral y sólida base doctrinal que lleve a la ejecutividad.

El Intrumentum Laboris o documento de trabajo de este sínodo, que no es un borrador de las conclusiones finales, sino un texto provisional para focalizar la discusión durante la asamblea, nos comparte en su número cuatro que hay ciertas particularidades que vive la Iglesia en diferentes regiones, tales como: las guerras, que exigen una construcción de una paz justa; el cambio climático, que tiene prioridad en el cuidado de la casa común; los sistemas económicos que producen desigualdad y explotación; la experiencia de sufrir persecución hasta el martirio; el creciente pluralismo cultural que lleva a un secularización mas intensa. Situaciones que no dejan de tener sed de la Buena Nueva del Evangelio, y que hace evidente la urgencia misionera. Siendo conscientes que lo que se encuentra en juego en nuestra época es la capacidad de anunciar el Evangelio caminando junto a los hombres y mujeres en el lugar en donde se encuentren.   

El Papa Francisco en su discurso de inicio del proceso sinodal, publicado en octubre del año pasado, nos recordó que un sínodo es un sondeo de las opiniones, un momento eclesial, en donde el protagonista es el Espíritu Santo, que ha llevado a reflexionar en aquello mencionado por el Evangelista san Juan, “que todos seamos uno” (Cfr. Jn 17, 21). Estamos llamados a la unidad, a la comunión, a la fraternidad que nace del sentirse abrazados por el amor de Dios; lo que no hace caminar juntos en un único Pueblo de Dios, haciendo experiencia de una Iglesia que recibe y vive la unidad, abriéndose a la voz del Espíritu Santo.

El Papa Francisco ha querido que en este sínodo se reflexione de modo especial en la comunión, la participación y la misión, siendo conscientes que el primer y tercer término nos recuerdan las expresiones teológicas que designan el misterio de la Iglesia. La comunión expresa la naturaleza de la Iglesia, que ya había precisado el Concilio Vaticano II, pero también nos recuerda que ha recibido la misión de anunciar el reino de Dios. De igual manera, ambos términos unidos buscan que se contemple y se busque imitar la vida de la Santísima Trinidad.

Con respecto a la participación, el Papa recuerda que en la Iglesia se debe expresar la sinodalidad de una manera concreta en el caminar y en el obrar, en donde se implique realmente a todos, pues la comunión y misión corren peligro de quedarse como términos abstractos sino es de tal forma. La participación es una exigencia de la fe recibida en el bautismo que hace a todos partícipes de la vida y misión de la Iglesia. Que, aunque se ha avanzado en este aspecto aun cuesta trabajo y obliga a voltear a ver a quienes aún continúan quedando al margen.

Este sínodo es una gran oportunidad para una conversión pastoral en clave misionera y ecuménica, pues se busca una Iglesia sinodal, es decir, un lugar abierto, donde todos se sientan en casa y puedan participar, además de ir acercándose al ideal de una Iglesia de la escucha hacia los hermanos y hermanas acerca de las esperanzas que poseen, las crisis de fe, las urgencias de renovación pastoral; pero también de escuchar el Espíritu en la adoración y la oración. Es la oportunidad de ser una Iglesia cercana con actitudes de compasión y ternura, que es propio de la Iglesia del Señor, aquella que se hace cargo de las fragilidades y las pobrezas del tiempo, curando heridas y sanando corazones.

Hermanos “que este Sínodo sea un tiempo habitado por el Espíritu”, Papa Francisco.

Marco Antonio Torres Zavala | 3ero de Teología

06 Oct 2023

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Debe entenderse el sínodo como una asamblea convocada y presidida por el Santo Padre que tiene como finalidad la consulta, revisión y el profundo análisis de algunos asuntos que conciernen a nuestra Iglesia en un tiempo determinado. No es un acontecimiento improvisado ni pensado solo para la elaboración de un documento que pueda publicarse tiempo después y ya, sino de

Sinodalidad significa «caminar juntos». Cuando somos pequeños necesitamos el apoyo de nuestros padres para aprender a caminar; su mano junto a la nuestra nos hacía sentir seguros y confiados en que los pasos que dábamos eran firmes y que por ningún motivo nos harían caer. No podemos decir que a la Iglesia apenas se le ha ocurrido aprender a caminar ni mucho menos, pero cuando se trata de cumplir poco a poco la invitación de Jesús de predicar -y vivir- el Evangelio se requiere salir de la propia zona de confort, del esfuerzo, el amor, la constante dedicación de todos sus miembros, de un arduo trabajo en equipo, pero sobre todo de la confianza en que Aquel que nos ha enviado nos acompaña y nos indica el camino a seguir.

¿Cuál fue, pues, la intención del Santo Padre de convocar este sínodo dos años atrás? Su deseo es que volteemos a ver a quien se encuentra a nuestro lado, escuchemos con amor lo que quiere y necesita decir, tejer con él una relación fraterna y fortalecerla, y caminar a su lado hacia el camino de la santidad.

El Instrumentum laboris, documento de estudio elaborado luego de la convocación hecha por el Papa que traza por primera vez el camino que se ha de recorrer durante el proceso sinodal, nos remite a las palabras del apóstol san Pablo dichas a la comunidad de Roma: «Que el Dios de la constancia y del consuelo les conceda tener, conforme a Cristo Jesús, los mismos sentimientos unos con otros, para que unánimes, a una voz, glorifiquen a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo» (Rm 15, 1-6). Estas palabras suceden a su invitación de acompañar en el camino de la fe a quien lo necesite, así como de buscar su bien y su edificación (Cfr. Rm 15, 1-2). Tener los mismos sentimientos que Cristo, implica hacer a un lado el satisfacer nuestros propios intereses y hacer todo lo que está en nuestras manos para que el otro crezca y se fortalezca, implica atender, vendar sus heridas y acompañarlo en su crecimiento humano y en su vida de fe.

El «Sínodo de la Sinodalidad» es, entonces, una serie de momentos oportunos para fortalecer la unión de los miembros de la Iglesia, propiciar su participación aceptando su capacidad de aconsejar, analizar y vivir la fe recibida por Cristo, y de comprometerse a ser testimonio en todas las realidades que conciernen su existencia.

El Espíritu Santo es quien guía la Iglesia y es con su auxilio que podemos dar pasos seguros con mucha paciencia en el camino de la configuración con Jesucristo Nuestro Señor.

Luis Carlos Solís Garza / 2do. de Teología

03 Feb 2023

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El mes de febrero es un tiempo muy especial para nosotros los seminaristas, es el «Mes del Seminario» y mes de celebrar y agradecer por nuestras vidas y nuestro llamado. Cabe recordar que esto no es nuevo, es una fiesta que ha estado en nuestra institución y en la Iglesia que peregrina en Monterrey desde hace años, y éste no es la excepción.

El Seminario de Monterrey acude al Pueblo de Dios, a las parroquias, a que le ayuden a celebrar este acontecimiento con acciones muy concretas: pidiendo que se unan en oración por el aumento de vocaciones y solicitando ayuda económica para sostener nuestras casas de formación.

Estos días de preparación del día del seminario, sirven para motivar a la gente a orar durante toda la semana por las vocaciones sacerdotales y estar preparados para celebrar este gran día, que en este año lo festejaremos en todo el mes de febrero y en cada fin de semana se harán visitas a diversas zonas de la Arquidiócesis. 

Bien sabemos todos nosotros que nuestro pueblo atraviesa algunas situaciones difíciles que afectan a nuestra población y principalmente a nuestras familias.  También somos conscientes de la pérdida de valores morales y cristianos, consecuencia de una vida llevada por el egocentrismo y materialismo. Por otro lado, tenemos en nuestra Iglesia la escasez de sacerdotes, ¡No nos damos abasto! Ciertamente somos muchos los ciudadanos y muy pocos los que velan por el pueblo de Dios.

En mi experiencia esto se debe a la falta de escucha de nuestro pueblo, nuestra ciudad, cómo vamos a pedir que los jóvenes escuchen la voz de Dios si a su alrededor hay muchas otras voces que les dicen ¡ven! Y los distraen de lo verdaderamente importante ¡hacer la voluntad de Dios!

Es cierto que no todos son llamados al sacerdocio. Es aquí donde necesitamos su ayuda en la oración, dice Jesús: pidan obreros a su mies, ya que es mucha y los trabajadores pocos (Lc 10, 2) y en otra parte dice que el Señor va a dar lo que necesitan si no se cansan de pedir (cfr. Lc 11, 5-13), por esto pidamos al Señor arduamente por los jóvenes inquietos para que sepan escuchar, por nosotros los seminaristas para seguir perseverando y por los sacerdotes para que el Señor haga fecundo su apostolado.

¡Feliz día del seminario!

Alexis de Jesús Hernández Fuentes, diácono.

02 Sep 2022

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El reloj registra las 23:56 hrs. En algún lugar del mundo, el padre godínez ha dejado la oficina; el operario marca su hora de salida mientras distingue al que registra la entrada; la cansada madre de familia apagó la luz de la cocina; la madre soltera se dispone a engañar al maestro de su hijo haciendo su tarea, o reproducir con su pequeña princesa un mundo imaginario de compras, cocina y veterinaria; el estudiante experimenta la adrenalina de enviar su tarea con 3 minutos de anticipación al horario límite; el conductor siente en su rostro el aire fresco de la carretera, anhelando llegar a la meta; la pareja enamorada rehúsa concluir la conversación; el adolescente que llega a casa es reprendido sin posibilidad de disimular los efectos del alcohol; y el joven misionero rememora su día apostólico, profundizando su experiencia de encuentro con Dios. Pero en todos los casos, en todos los lugares del mundo, la conciencia se sienta a solas con Dios, escuchando su voz en el recinto más profundo de su corazón (GS 16). 

En su caso, el misionero escribe, registra la voz de Aquel que le llama durante el día. Rememora un día caliente, las puertas que toca y las personas que salen; las puertas que se quedan cerradas y los perros que ladran con rabia. Recuerda a quienes le hacen pasar a la sala, y quienes se niegan a atenderlo. Cuestiona a Dios aquellos casos de indiferencia, pero se regocija por las personas que consoló y reanimó a causa de sus palabras y testimonio. No puede olvidar la tierna figura de la abuelita que le sirvió un vaso de agua fresca con tanto cariño; pero aún le duele la ofensiva mentada de aquel anciano malhumorado. 

Le conmueve la mirada de la anciana postrada en la cama, que le advierte su partida al encuentro con sus padres y hermanos ya fallecidos. Le brota una lágrima al recordar la sonrisa de aquel niño desahuciado a causa de su leucemia en etapa terminal. Recordar a los padres del pequeño, tomados de la mano con una sonrisa falsa, tan falsa como la esperanza de sobrevivir, hace que el joven misionero quiebre en un amargo llanto a causa de tristeza e impotencia.

Pero en su corazón escucha la voz de Aquel que puede compadecerse de nuestras flaquezas, de quien ha sido probado en todo como nosotros, menos en la impureza (Hb 4,15). De esta manera, el misionero recurre a la fe para mirar los acontecimientos desde el punto de vista de Jesús, es decir, repasa su día desde los ojos de Jesús (LF 18). Así la fe se convierte en el punto de partida para discernir el llamado de Dios. 

Pero, ¿Por qué la misión se convierte para el joven en un espacio para escuchar lo que Dios quiere de su vida? Los que conocen de la vocación dirán que Dios ha puesto en el corazón de cada joven la necesidad de responder a la alegría del amor. Solo de este modo su existencia podrá dar frutos. Yo me pregunto si el padre godínez, el operario, la madre de familia, el estudiante, el conductor, la pareja de enamorados, el adolescente reprendido, entre otros tantos, tienen la necesidad de dar frutos para encontrar sentido a su existencia. Pero dejemos en libertad a cada uno de ellos para que emitan una respuesta propia.

Volviendo al diario del joven misionero, este enfrenta el reto de reconocer la forma concreta en que Dios le llama a vivir la alegría del amor. En este sentido, la reflexión de la experiencia misionera se convierte en un espacio de discernimiento vocacional. Esto consiste en un proceso de diálogo con el Señor para elegir su estado de vida. Se comprende como un caminar en el cual Dios da luces para la elección de una vocación totalmente personal: matrimonio, vida religiosa, orden sacerdotal, por mencionar tres estados elementales. 

¿Cuál es el proceso del joven que enfrenta la misión buscando descubrir el estado de vida al que Dios le invita? ¿Cuál es la experiencia en el corazón de quien ha descubierto la vocación que Dios le invita y vive la misión desde ese estado de vida? ¿Cuál es tu pensamiento y sentimiento al llevar a cabo una misión desde la realidad en que Dios te ha puesto? 

Porque la realidad supera la idea, toda misión exige un diálogo entre la idea y la realidad. Por lo tanto, la idea se elabora, pero la realidad es (EG 231). La realidad iluminada por el razonamiento (EG 232) es la ventana para buscar atender la voluntad de Dios en cualquier estado de vida; en cualquier oficio que se desempeña para llevar el pan a la mesa; o en cualquier misión apostólica. 

De este modo, solo una misión contenida en el amor y atención al prójimo; así como las tareas más cotidianas orientadas al cuidado de quienes amamos, se convierten en el medio para escuchar el llamado de Dios que conduce a la alegría del corazón humano. 

Angel Salvador Martínez Chávez

Seminarista | 1ero. de Teología

11 Abr 2022

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Iniciamos el momento que Jesús nos pone para acompañarlo, para estar y caminar juntos. ¿Cuántas veces hemos caminado a su paso?, ¿cuántas veces hemos actuado como Cireneo?, el mismo que le ayuda con la cruz, con miedo y sintiéndose indigno. El Señor nos invita a estar junto a Él, especialmente en estos días en que conmemoramos su pasión y muerte. Recordamos el camino doloroso que Cristo recorrió para llegar a la victoria santa a la que estamos llamados todos los cristianos.

En estos tiempos en que todo queremos vivir de inmediato, en que buscamos que el tiempo vaya más deprisa, no sabemos disfrutar de los momentos. Debemos aprender a detenernos, a descubrir este tiempo que Cristo nos brinda para vivirlo con Él, nos invita a vivir con intensidad y conciencia el momento cumbre de la Cruz, a permanecer de pie en el monte calvario y contemplar cómo Él está con los brazos abiertos para acogernos, para recibirnos y llenarnos de su amor.

Cuántas veces hemos sentido que nos caemos y no hay quién nos levante, sentimos que estamos por los suelos y no vemos el final de nuestros problemas, pero debemos tener la certeza de que es Jesús mismo quien nos ayuda a levantarnos, es Él quien se muestra como Cireneo para estar ahí a nuestro lado, para caminar junto a nosotros y así podamos seguir adelante.

La Cuaresma ha sido el tiempo propicio para poder enmendar nuestras faltas, procurar ser mejores personas y ayudar al prójimo, ahora iniciamos la Semana Santa, en estos días en que se nos invita a reconocernos necesitados de la misericordia de Dios, necesitados de la vida que solo Él nos puede dar. Solo participando de su salvación, dejando que el misterio de la Pasión del Señor transforme nuestras vidas, podremos manifestar esa ayuda y amor que provienen de Dios.

Dios nunca nos pedirá algo que no podamos cumplir, Él siempre nos dará las herramientas para poder ayudar como Él lo desea, en nosotros queda estar abiertos a todos y amar cada vez más al modo de Jesús. Nuestra fortaleza la encontramos en la cruz de Jesús, dejemos que Él transforme nuestro corazón para que sepamos ser más humanos unos con otros y mostremos al mundo el amor con el que Dios nos ha amado.

Ángel Alberto Bernal Hernández | 2º de teología

18 Feb 2022

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El papel del sacerdote ha sido muy importante a lo largo de la Historia de la Salvación. Él era quien ayudaba al pueblo judío a expiar sus pecados mediante sacrificios ofrecidos a Dios. Con su venida, pasión, muerte y resurrección, mediante la entrega de su propia vida como ofrenda para el perdón de nuestros pecados, Cristo dio un nuevo sentido a esta labor. Su deseo de permanecer entre nosotros era tal que, en la última cena, en el momento de la Institución de la Eucaristía, quiso quedarse en Cuerpo y Sangre, en el pan y el vino.

Por mandato de Cristo, el sacerdote tiene la tarea de seguir celebrando este misterio y así, de ser un puente entre Dios y los hombres. “Todo sumo sacerdote está tomado de entre los hombres y constituido en favor de la gente en lo que se refiere a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados. Es capaz de comprender a ignorantes y extraviados, porque también él se halla envuelto en flaqueza; y, a causa de la misma, debe ofrecer por sus propios pecados lo mismo que por los del pueblo” (Hb 5, 1-3).

Por esto, el sacerdote es también un signo de esperanza en nuestra vida, pues así como en la antigua alianza se hacía a Dios una ofrenda, ahora se ofrece un único sacrificio; el de Cristo. Por eso, mediante la conversión del pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor, los fieles pueden lograr una íntima comunión con Dios. Si antes el sacerdote fungía como intermediario entre Dios y el hombre ayudando a la expiación de los pecados, ahora se vuelve instrumento de reconciliación, fortaleciendo con la gracia dicha comunión.

“La Iglesia expresa al decir que el sacerdote, en virtud del sacramento del Orden, actúa in persona Christi Capitis (CEC 1548).

Tener a Cristo en la persona del sacerdote, ayudará a que siempre se mantenga la esperanza de un encuentro pleno con Dios. Es gracias al sacerdocio que los fieles pueden obtener las abundantes gracias de los sacramentos, un acompañamiento que oriente su vida espiritual, una ayuda en los momentos de tristeza y desamparo, la oportunidad de disfrutar una vida alegre con Cristo en la comunidad parroquial. El sacerdocio en nuestras vidas es un regalo de Dios que nos demuestra que él nos sigue acompañando en nuestro diario vivir, y nos dice «no pierdan la esperanza», pues «yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20).

Juan De Dios Silva Loredo | 2º de Teología

26 Nov 2021

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Hoy en día nos enfrentamos a una infinidad de problemáticas que cada vez nos agobian más. Una sociedad de consumo nos mueve a buscar siempre “lo nuevo” y a desechar todo aquello que no nos brinda algún beneficio o satisfacción, no solo con las cosas sino también con las personas; una sociedad individualista nos hace creer que podemos prescindir del otro, que no necesitamos de nadie para vivir ni salir adelante; una sociedad relativista, que la verdad está sujeta a lo que cada quién dice o decide; así podríamos seguir y nunca terminar.

Si analizáramos tan solo un poco de todo lo que este mundo nos presenta como “el camino que debemos seguir para alcanzar la felicidad”, encontraremos un común denominador: se prescinde de Dios, así como de todo aquello que se relacione con Él. Esto quiere decir que poco importan la fe, la esperanza y el amor; que poco ha valido la obra redentora de Cristo, que lo que el mundo nos ofrece es mucho mejor. ¡Qué equivocado está!

Ahora bien, ¿en cuántas ocasiones hemos sentido en nuestra vida que no somos dignos ni merecedores de su amor? ¡Muchísimas! ¿Cuántas veces hemos sido conscientes de que el mismo Dios se entregó por nosotros? ¡Muy pocas! Vemos al crucificado e inmediatamente sentimos que no hay mérito alguno por la gracia tan grande que hemos recibido, pero no debemos olvidar lo que escribió san Pablo a los Gálatas, “El Hijo de Dios me amó y se entregó por mí”(Gal 2, 20), Jesús, el mismísimo Hijo Único de Dios nos devolvió la dignidad que a causa del pecado habíamos perdido, ¡qué afortunados somos!

Por eso es necesario gritar y reconocer ante el mundo de hoy ¡cuánto necesitamos de Cristo! Se nos ha olvidado que Jesús vino a salvarnos de la muerte, a librarnos del pecado. Él mismo nos ha dado la oportunidad de levantarnos cuando hemos caído y de dar a nuestra vida el giro necesario para retomar el camino y seguir andando. Tengamos siempre presente lo que significa la Redención. No fue algo que sucedió así porque sí. El deseo de Dios es y siempre será que volvamos a Él.

Esta bella obra de la redención debe recordarnos en todo momento que el amor de Dios por cada uno de nosotros supera los límites de la razón, y que nos llama día con día a responder generosamente con nuestra vida a su voluntad, a “ser santos como su Padre celestial es santo” (Mt 5, 48).

Si nuestro entorno insiste incansablemente en alejar a Dios de nuestras vidas, hagámosle saber lo que santa Teresa de Ávila decía fervorosamente: “¡solo Dios basta!”. Su entrega en la cruz será suficiente para nosotros para enfrentar todo aquello que nos haga sentir poca cosa, y recordar que somos profundamente amados por aquel que dio su vida por nosotros.

Luis Carlos Solís Garza
Seminarista en Experiencia Eclesial

18 Jun 2021

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Los profetas, a semejanza de los líderes que buscan un bien común, son los hombres de la Palabra, aquellos que escuchan con atención el mensaje del Señor y lo transmiten con claridad; están seguros de lo que comunican, pues lo recibe de inspiración de Dios y busca el bien del pueblo, y no los intereses propios.

Vemos la misma acción de parte de Dios, que impulsa en la realidad actual a su pueblo. Durante este tiempo, hemos podido ver a tantos hermanos nuestros, científicos, políticos, o líderes económicos que han buscado soluciones a la situación de contingencia que actualmente vivimos y ya todos conocemos. Han sacrificado tiempo, esfuerzo, trabajo, salud e inclusive lo más sagrado y preciado, la propia familia, para atender a millones de enfermos, algunos desde casa, otros en los hospitales y centros de asistencia social, etc.  También se ha trabajado en conjunto para buscar una cura o tratamiento contra este virus que amenaza la salud y el bienestar del ser humano. Por otra parte, hemos podido darnos cuenta de la creatividad de muchas personas, algunas muy optimistas con la capacidad de alentar y animar a la ciudadanía en los momentos difíciles, de crisis, soledad; podemos decir que se ha despertado el espíritu de solidaridad, esperanza y corresponsabilidad. Hemos sentido la sabiduría del Espíritu Santo, que ha conducido a muchos líderes en busca del bien común.

Es una pena que también durante este tiempo hemos descubierto, cómo las fuerzas del mal actúan en personas abusivas, en líderes que no toman conciencia y se aprovechan de la situación actual para manipular, para obtener logros personales y dañar a los más necesitados. Ante esto, es importante que tengamos los ojos bien abiertos y orar, para que el Señor suscite la conversión de estos hermanos y el mundo cambie de dirección. Es importante que de este tiempo de pandemia obtengamos una enseñanza desde una mirada de fe y escuchemos la voz de Dios que nos habla e invita a contemplar a Jesús como el profeta que sana, salva y todo lo hace bien. Recordemos que Jesús, nuestro gran Maestro se acerca al enfermo, y sin miedo le restituye a la sociedad, le devuelve la dignidad perdida y le pide que construya un mundo mejor.

El Papa Francisco nos ha recalcado que ya nos acostumbramos a vivir en una sociedad enferma y es tiempo de construir una realidad más limpia, no tan contaminada, es tiempo de contagiar el amor. Ojalá que este tiempo en el que seguimos en casa y estamos retomando poco a poco nuestra vida ordinaria nos ayude a volvernos más humanos. Dejemos de pensar en nosotros mismos y comencemos a colaborar unos con otros en los diferentes ambientes, para lograr un cambio positivo en nuestra sociedad.

Pidámosle al Señor que, por intercesión de la Santísima Virgen María, Reina de los Profetas, aquella que sigue ejerciendo esa misión para con los hijos que le fueron confiados al pie de la Cruz, podamos crear un mundo mejor y más humano.

 

Jesús Emmanuel Garza Torres | 2do. de Filosofía

Revista San Teófimo No. 154

26 Mar 2021

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Los santos son personas como tú y como yo, que durante su estancia aquí en la tierra tuvieron un encuentro que marcó sus vidas, vivieron un acontecimiento que los inclinó a dar una respuesta a Dios y que, al morir, llegaron a conseguir la felicidad eterna; en otras palabras, llegaron al cielo.

Muchos de nosotros hemos pensado en más de una ocasión que los santos son los que están representados en imágenes en los altares de nuestras parroquias y conmemoramos sus fiestas durante el año, pero no es así. Los santos son aquellos que en su vida lucharon por alcanzar el máximo regalo, el mejor de los destinos. Como nos decía el Papa San Juan Pablo II, son todos aquellos que dieron un “sí” a Dios.

Hubo algunos santos que desde muy pequeños fueron forjando una amistad con Jesús, era para ellos el centro de su vida; tal es el caso de Santa Teresa de Lisieux, Santo Domingo Savio, los pastorcitos de Fátima, entre otros; pero también otros que ya tenían un largo camino recorrido cuando el Señor salió a su encuentro, pero la invitación es la misma, el Señor sabe el momento perfecto de nuestra vida para tocar nuestro corazón y sembrar la semilla de la vocación a la santidad.

Al leer algunas vidas de santos, podremos percatarnos que muchos de ellos pasaron algunas carencias, dificultades, dudas, tribulaciones durante su caminar. Podríamos llegar a pensar que la santidad tiene que doler… ¡Pero no es necesario! Lo que realmente importa es que ellos llevaron su dificultad con alegría, entendiendo que ese era parte del plan de Dios y confiaron plenamente en Él, y por eso son para nosotros ejemplos de vida y modelos de seguimiento del Señor.

Dios sigue llamando a la aventura de la santidad, a contemplarlo eternamente en el cielo y gozar de su compañía, no le importa nuestra condición, nuestros defectos, nuestras limitaciones; sólo una cosa nos pide, un corazón sencillo y dispuesto a amar y una pasión por Él.

Señor, tú que nos llamas a seguirte en medio de pruebas, dificultades y miedos, guíanos por tus sendas, y condúcenos hasta ti, que eres fuente de toda santidad. Con tu gracia lo podemos lograr.

 

Jesús Emmanuel Garza Torres.

Seminarista | 2do de Filosofía

29 Ene 2021

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La Iglesia ha sido constituida por Cristo; para apacentar y santificar a su Pueblo, ella tiene la misión de ir y anunciar a todos los pueblos y naciones; que Jesús es el Señor, para que así todos los hombres y mujeres de buena voluntad; crean, se salven y tengan vida en abundancia. En palabras de San Pablo VI, en su encíclica Evangelii Nuntiandi (el anuncio del Evangelio), nos recuerda que la esencia de la Iglesia es la evangelización, esto es; predicar a toda criatura el Evangelio que es el mismo Cristo.

La tarea de la evangelización, compete a todos los bautizados; a todos los que formamos parte de la Iglesia, esta es una tarea fundamental para la plena vivencia de nuestra dignidad bautismal. Así mismo, la Iglesia tiene la misión de santificar a sus hijos, para que sea sacramento de salvación y signo de la presencia de Cristo en medio del mundo, por esta razón: la Iglesia tiene el poder de salvar a los hombres, no en virtud propia, sino en virtud de Aquel que nos ha salvado a todos.

Por eso, la Iglesia tiene su mirada en el cielo, pero su acción está en la tierra y fue instaurada por el Señor, para que todos nos salvemos y lleguemos a conocer la Verdad. Por este motivo, la Iglesia que es Madre y Maestra, conduce a sus hijos hacia el cielo, ilumina nuestro camino, no con luz propia, sino con la luz de su Esposo y Maestro.

Jesucristo ha instituido los sacramentos, los cuales ha encargado que la Iglesia sea quien los dispense para que todos participemos de esa gracia santificante. Con los sacramentos; se nos da en adelanto la vida eterna, ósea la vida del cielo, por esta razón la Iglesia es una casa para todos los hombres y mujeres, dentro de esta casa existe una gran ventana; que nos hace mirar y participar de la vida celestial.

Nunca dejemos de mirar hacia arriba, hacia lo alto, todos tenemos esta capacidad de escuchar a Dios y relacionarnos con Él y con nuestros hermanos; la Iglesia nos ayuda y nos muestra el camino que nos lleva al encuentro con nuestro Padre y Dios. ¡Dejémonos guiar por nuestra Madre la Iglesia!

Héctor Elías Morales Montes
3ero de Teología