Socialmente, el concepto de pureza es concebido, en la mayoría de los casos, al orden en la actividad sexual. Sin embargo, el Señor Jesús, en sus múltiples intervenciones descritas en los Evangelios, trasciende el concepto a una disposición del alma que se encuentra en el corazón del hombre, dejando de ser entonces, un factor meramente externo.

Desde esta perspectiva, puede inferirse, con palabras simples, que la pureza es una virtud cristiana que perfecciona interiormente al creyente para recibir al Hijo de Dios en su nacimiento, que está próximo en este tiempo litúrgico del Adviento. Redactado está, en el Evangelio de san Mateo, el Sermón de la Montaña, donde Jesús enseña las siete bienaventuranzas: «Dichosos los de corazón limpio, pues ellos verán a Dios» (cf. Mt 5,8).

En el rostro de Jesús, el Hijo enviado por el Padre, se manifiesta la mirada que Dios tiene sobre su Creación: una mirada plenamente pura, proveniente de Aquél que es la pureza misma. Así, en el Hijo, el Padre revela al hombre el camino que conduce a su presencia. Este camino, en el Sagrado Corazón de Jesús; es en donde más fácil se puede encontrar la pureza del alma, debe haber ciertos esfuerzos humanos, exigencias, disciplina, pero por encima de todo…el deseo profundo de ser santo, amando el Corazón de Cristo con la pequeñez humana, que, ante Él, basta para limpiarnos de las manchas de nuestros pecados.

 En el uso cotidiano, el corazón suele identificarse como la sede de los sentimientos, en él nacen el temor y el deseo, el amor y el rechazo, siempre vinculados a la vida afectiva. Sin embargo, en la Sagrada Escritura el corazón posee un significado más amplio, pues designa el centro profundo de la persona en su totalidad. Con palabras del apóstol san Pablo, conviene guardar la pureza y claridad del corazón:

«Huyan, pues, de la inmoralidad sexual. Cualquier otro pecado que una persona comete, no afecta a su cuerpo; pero el que comete inmoralidades sexuales, peca contra su propio cuerpo. ¿No saben ustedes que su cuerpo es templo del Espíritu Santo que Dios les ha dado, y que el Espíritu Santo vive en ustedes?» (1 Cor 6,18-19).

Evidentemente, ser puros de corazón es una encomienda que reta la frágil voluntad del hombre, asechada constantemente por la concupiscencia, que desordenada las facultades morales del hombre y, sin ser una falta en sí misma, le inclina a cometer pecados (CEC, 2515). Sin embargo, esta lucha, que tiene un carácter individual pero padecida por la humanidad entera, tiene su fin cuando el corazón del hombre es purificado paulatinamente por la gracia y misericordia de Dios.

Los «corazones limpios» designan a los que han ajustado su inteligencia y su voluntad a las exigencias de la santidad de Dios, principalmente en tres dominios: la caridad, la castidad o rectitud sexual, el amor de la verdad y la ortodoxia de la fe. Existe un vínculo entre la pureza del corazón, la del cuerpo y la de la fe (CEC, 2518).

San Juan Pablo II, durante su pontificado, predicó de manera insistente la pureza del corazón a través de sus catequesis conocidas como Teología del Cuerpo. En ellas, el Papa subrayó que la pureza no consiste en la negación del cuerpo ni del deseo humano (como creían los gnósticos en el siglo I d.C.), sino en su redención y correcta integración en el amor.

 A partir de las enseñanzas de Cristo en el Sermón de la Montaña, san Juan Pablo II mostró que el corazón humano está llamado a una mirada nueva, capaz de reconocer en el otro no un objeto de uso, sino una persona digna de ser amada. Desde esta perspectiva, la pureza se presenta como una virtud que hace posible el amor auténtico y prepara al hombre para acoger el misterio de la Encarnación, en el cual el Hijo de Dios asume un cuerpo humano y manifiesta que el cuerpo, vivido en la verdad del amor, puede convertirse en lugar de encuentro con Dios. «Por eso deben honrar a Dios en el cuerpo» (cf. 1 Cor 5,20).

El misterio de la Encarnación, que purifica y redime nuestra humanidad, no se puede meditar por completo sin considerar el testimonio tan humano y sencillo de la Santísima Virgen María, la madre de Jesús, la «siempre virgen», como lo estipula el dogma de la Inmaculada Concepción. Desde los tiempos más antiguos, la Iglesia ha confesado de manera constante, tanto en la formulación del Credo como en la celebración de su liturgia, la fe en María como siempre virgen (cf. CEC 499).

El nacimiento de Cristo, «lejos de disminuir consagró la integridad virginal» de su madre (cf. LG 57). Esta convicción, profundamente arraigada en la Tradición, se expresa de modo sintético en la antigua fórmula que proclama su virginidad «antes del parto, en el parto y después del parto», subrayando así el carácter singular de su maternidad. María acogió el misterio de la salvación con una fe íntegra y un amor indiviso. Finalmente, su perseverancia virginal después del nacimiento de Cristo se presenta como signo de una entrega total y permanente, expresión de un corazón purificado y orientado enteramente a Dios.

El Corazón de Jesús se formó en el corazón de la Virgen María. Ella, nuestro auxilio delante de la prueba, acepta sin reservas la voluntad de Dios, enseñando a la Iglesia cómo es posible responder con su fiat a los deseos divinos del Padre, que son perfectos, buenos y agradables para todos sus hijos.

A la luz del misterio de la Encarnación, la Sagrada Escritura enseña que «a cuantos lo recibieron, les dio poder de llegar a ser hijos de Dios» (Jn 1,12), y que el Verbo eterno «se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14). Acoger a Cristo implica, por tanto, una disposición interior que permita a Dios habitar en el corazón del creyente. En este sentido, la pureza del cristiano se comprende como la apertura sincera del corazón a la acción de la gracia, que transforma la fragilidad humana en lugar de encuentro con Dios.

El tiempo del Adviento invita, por tanto, a una conversión profunda del corazón, en la que el cristiano, consciente de su fragilidad, se deja purificar por la misericordia divina para acoger dignamente a Cristo que viene.

Siguiendo el ejemplo de la Santísima Virgen María y contemplando el Corazón de Jesús, el cristiano aprende que la pureza no es fruto exclusivo del esfuerzo humano, sino un don que se recibe y se custodia en la medida en que se ama y se busca la santidad. De este modo, la pureza del corazón se convierte en el espacio interior donde el cristiano puede celebrar auténticamente el nacimiento del Salvador.

Bernardo Luna González

Primero de Filosofía