21 Ene 2022

HELLO! 1

La primera definición que da la Real Academia Española al verbo “leer” es: pasar la vista por lo escrito o impreso comprendiendo la significación de los caracteres empleados. Si estás aquí conmigo es porque sabes leer y, en efecto, comprendes el significado de las palabras al pasar tu mirada por estas líneas. Sin embargo, pensemos un poco: ¿de verdad todas las cosas que leemos las comprendemos de igual forma?, ¿es el mismo grado de atención el que concedemos a una nota del periódico que a una cadena de oración de WhatsApp o a una lectura de la misa dominical? Ciertamente que no.

Cada uno de nosotros descubrimos mayor o menor interés en los diferentes y muy variados tipos de lectura que nos van acompañando en el transcurso de nuestra vida, y es en aquellos que nos encienden una llama de pasión interior en los que optamos por buscar y profundizar más. ¿Y qué pasa cuando elevamos este noble acto de la lectura a un grado de servicio? Es decir, que el acto de leer ya no sea meramente un pasar la vista por las letras de un escrito para adquirir un beneficio personal, sino que ese acto de leer sea convertido en un servicio prestado a una determinada comunidad para que toda ella se beneficie del contenido que se lee. Pues bien, justamente esto sucede con el ministerio del lectorado en nuestra Iglesia.

El fiel que es llamado a recibir este don ya no lee para sí mismo; ahora lo hace como un bello servicio del que muchos se valen para nutrir su espíritu. Quien es instituido lector no lee cualquier texto ordinario, lee la mismísima Palabra de Dios por la cual somos capaces de comunicarnos y establecer un diálogo con nuestro Señor. Por lo tanto, este leer no puede ser superficial y monótono. Cada vez que el lector instituido se acerca al texto sagrado, debe hacerlo con un espíritu dispuesto al encuentro vivo y real con Dios, con plena conciencia de su ser “servidor de la Palabra” y con un profundo amor y reverencia – ¡se trata de un diálogo con Dios!

La institución del lectorado es un paso fundamental en la formación del Seminario. Todo seminarista debe ser instituido como lector antes de ser ordenado sacerdote: es como un primer paso oficial que damos luego de ser admitidos por la Iglesia como candidatos al sacerdocio. Ser instituidos lectores implica una altísima responsabilidad y nos recuerda el fin primero para el que anhelemos llegar al sacerdocio: ¡servir al pueblo de Dios y santificarnos junto a él!

Este próximo domingo 23 de enero, Domingo de la Palabra, mis compañeros de generación y yo seremos instituidos lectores para la Iglesia. Que el Señor nos conceda la gracia de descubrir su voz a través de este servicio, leyendo, meditando y haciendo vida su Palabra. Nos encomendamos a sus oraciones. Dios nos bendice.

Patricio Rico Villarreal

Seminarista | 2do. de Teología

16 Jul 2021

HELLO! 1

Llegó a donde estaba el hombre herido y, al verlo, se conmovió profundamente  (Lc 10, 33).

 

¿Puedes imaginar un modo mejor de ser cristiano? Afortunadamente en torno a nosotros hay algunos que sí, son esos hombres y mujeres que están transformando las cosas alrededor, aquellos que mantienen la llama de la esperanza en los corazones. Si quieres descubrirlos no los encontrarás “dándose la gran vida” sino dando su vida grandemente al servicio de los demás, ¿por qué lo hacen? Ellos experimentan la tranquilidad de ser poseedores de una alegría que no se acaba, pues su fuente es el inagotable amor de Dios y su panorama el horizonte fascinante del Evangelio.

Al leer estas líneas, te invito a que recuerdes los relatos que te han contado sobre el día de tu bautismo, las fotos en donde apareces tú junto con familiares, padrinos y amigos, date cuenta que tu vida ha sido tocada por Dios, que Él ha pronunciado tu nombre, te ha hecho su hijo o hija muy amada, ha salido a tu encuentro.

Y no hace falta que pienses ni en el bien que has hecho, ni en el mal cometido, basta que te abras a la presencia de Dios que lo abarca todo y percibas como hay una luz interior que resplandece en ti cuando reconoces su presencia.

Responder a Dios en la vida es una gracia maravillosa, pues nos permite ser salvados, esto es importante, ya que solo por medio de la amistad con el Señor, como lo dice el Papa Francisco: “somos rescatados de nuestra conciencia aislada y de la autorreferencialidad; llegamos a ser plenamente humanos cuando somos más que humanos, cuando le permitimos a Dios que nos lleve más allá de nosotros mismos para alcanzar nuestro ser más verdadero” (Evangelii Gaudium, 8). 

Aceptar la llamada de Cristo es emprender un camino hacia una humanidad plena, pues el ser humano solo con la gracia es que puede realizar actos de amor extraordinarios, al igual que transformar las obras sencillas en portentosas.

No podemos ser ingenuos en pensar que delante de este proyecto de Dios para nosotros no habrá obstáculos. Todos los relatos iniciales de los cuatro Evangelios nos narran, de un modo u otro, como la presencia de Cristo en este mundo es incómoda tanto para personajes poderosos como Herodes, que le persiguieron sin importar sacrificar vidas inocentes, como para la gente común que no le brinda alojo donde nacer “Vino a su propia casa, y los suyos no lo recibieron” (Jn, 11). Sin duda, todos ellos instigados en lo más profundo por el Enemigo, pues sabe que el Señor, así como sus discípulos, harán que los demonios se sujeten en su nombre y a él lo verán caer del cielo como un rayo (Cfr. Lc 10, 8).

De esto modo podemos palpar lo crucial del compromiso que tenemos como cristianos y la relevancia de la obra evangelizadora; nuestra misión no es el anuncio de palabras dulces o ideas bellas, sino la participación en un proyecto de instauración del Reino de Dios en cada una de las personas, es una lucha contra el poder de las tinieblas que si bien ya vencido por Cristo, continúa astutamente arremetiendo contra nosotros.

Las problemáticas de salud, económicas, sociales, ecológicas y espirituales en las que nos encontramos, son una oportunidad para despertar del sueño, de una vida que se nos ha vendido como dedicada al propio contento, entendiendo este como el pasarlo bien o disfrutar del momento. Este tiempo es momento para hombres y mujeres valientes que, con la cruz de Cristo en cuello, apuesten por una vida significativa y virtuosa, esa que por el bien de sus hermanos es capaz de sacrificar lo propio y darse a sí mismo por una causa más alta, la causa del Reino.

Es tiempo de cristianos: laicos, religiosos y sacerdotes, que con responsabilidad y prudencia reformen y no simplemente destruyan o exploten las estructuras que dan identidad y cohesión a las diversas instituciones y la sociedad. Es ocasión de revalorar y defender las raíces que han forjado nuestro semblante como creyentes y como nación, de hacer memoria histórica, de recuperar el concepto de verdad, de cuidar los pequeños, de favorecer un diálogo cara a cara entre amigos y contrarios, del cultivo de la sabiduría, de rescatar el sentido del bello, de lo sublime, es tiempo de orar y de hacer realidad todo esto amando como el Señor nos ha amado.

Al final, el cristiano en lo cotidiano está llamado a ser como el buen samaritano, que después de hacer el bien “se fue” sin esperar reconocimientos ni gratitudes. La entrega al servicio era la gran satisfacción frente a su Dios y a su vida, y por eso, un deber. Todos tenemos responsabilidad sobre el herido que es el pueblo mismo y todos los pueblos de la tierra. Cuidemos la fragilidad de cada hombre, de cada mujer, de cada niño y de cada anciano, con esa actitud solidaria y atenta, la actitud de proximidad del buen samaritano”( Fratelli Tutti, 70).

Todos tenemos un momento en que la puerta a esa vida radical se nos abre y depende de nosotros entrar, todos recibimos esa invitación, pero no siempre se tiene la valentía.  Pero la puerta sigue ahí, esperando y la voz de Dios firmemente llamando, ¿y si te atreves a entrar?

 

Pbro. José Francisco Gallardo Viera.

25 Jun 2021

HELLO! 1

Vivir sin compartir es como vivir sin vivir, porque cuando algo realmente bueno se encuentra, se comparte. No se necesitan fórmulas muy elaboradas para dar lo que se recibe; lo valioso, brilla sin necesidad de adornos, pues el que ama quiere el bien de los demás. El cristiano que tiene a Dios por amigo siente en su corazón la necesidad de llevar esa dicha a los que se encuentra por el camino, tal como los discípulos cuando salieron de dos en dos y proclamaron la alegría de ser llamados, compartieron ese querer estar con el Maestro.

De igual manera, en el tiempo actual se manifiestan esos signos del amor que fluye hacia cada comunidad o parroquia en donde se celebra la fe. Porque Dios escucha la voz de su pueblo y atiende a sus oraciones, Él envía a sus colaboradores para que compartan la vida, la fe y la esperanza de una vida plena a través del amor hacia el prójimo.

El apóstol, aquel que es enviado a proclamar el Evangelio, se vuelve mensajero de todos los tiempos y no por ello cambia el mensaje. Aunque sea diferente el pensamiento de los hombres a través de las épocas, sólo se modifica la forma en que se presenta, los medios que se usan son diversos, pero el contenido permanece: ¡Cristo murió y resucitó para dar vida verdadera a todos los hombres! ¡Él vino para que el mundo tenga vida en abundancia!

Cuando Jesús anduvo caminando por Galilea y Jerusalén la gente se reunía en las sinagogas, las plazas o en el campo para escuchar la enseñanza de Cristo. En los tiempos actuales (siglo XXI), es diferente la forma en la que se distribuye el mismo mensaje de amor, más aún cuando la comunicación ordinaria se limita y las personas se ven en la necesidad de utilizar medios tales como: televisión, internet (video llamadas, transmisiones en vivo, etc.). Una envoltura diferente, un contenido permanente.

El alma tendrá siempre hambre y sed de Aquél que le creó, los problemas o la enfermedad que se lleguen a presentar al cristiano no podrán detener su necesidad de Dios. El hombre necesita del agua viva que es Cristo, la vida de fe no se detiene, sólo encuentra otros caminos, se abre paso entre las vicisitudes y, como un riachuelo, crea nuevos caminos para empapar la tierra y hacerla florecer.

He visto dentro del apostolado presencial y ahora virtual, la misma sed de Dios, ese anhelo de vivir de verdad, de ser pleno y avanzar en santidad. Lo iniciado por nuestro creador es verdadero y perfecto; pues, quién hay que le diga a Dios: “tu pensamiento no es correcto” (cfr. Ez 18, 25), mejor como San Martín Caballero dice: “Señor, si aún soy necesario a tu pueblo, no rehuyo el trabajo, hágase tu voluntad”.

Al principio de este camino “virtual” experimenté –como algunos— una resistencia interna a los medios de transmisión masiva, resultado de mi desconocimiento. Pero ahora, me son de buena ayuda para estos tiempos excepcionales. Porque, de cualquier manera se ha de manifestar el amor verdadero que fluye por doquier, que los obstáculos son sólo escalones para ir hacia la única meta por la cual el cristiano lleno de fe quiere gastar la vida, con Jesucristo, el verdadero Dios por quien se vive.

 

Mauro Villegas Barboza | 3° de Filosofía

Revista San Teófimo No. 154