24 Nov 2023

HELLO! 1

¡Queridos amigos del Seminario Arquidiocesano de Monterrey! Hoy nos adentramos en una búsqueda profunda, un anhelo compartido por muchos: ¿cómo acrecentar nuestra fe, testimoniarla y defenderla en nuestra vida cotidiana? La respuesta, queridos hermanos, reside en el ejemplo imperecedero de los mártires cristianos.

¿Te has preguntado alguna vez qué significa ser mártir en el contexto de la vida ordinaria? Muchos asocian el martirio con hazañas heroicas en situaciones extremas, pero ser mártir, en esencia, es mucho más que eso. Es una llamada a vivir con autenticidad, a amar como Jesús amó, incluso en los detalles más pequeños de nuestra existencia diaria.

El martirio en la cotidianidad

Imaginemos por un momento la vida de esos santos mártires que, lejos de la grandiosidad de escenarios épicos, encontraron su martirio en los detalles cotidianos. Su amor por Jesús los llevó a dar testimonio incluso en las acciones más simples, convirtiendo cada momento en una oportunidad para reflejar la luz divina.

Haciendo del amor una praxis diaria

Los mártires no solo amaban en grandes gestos, sino que su amor se manifestaba en las pequeñas cosas: en una sonrisa, en un gesto amable, en la paciencia ante las adversidades. En nuestra vida ordinaria, cada uno de nosotros puede aprender a amar de esta manera, convirtiendo cada acción en un testimonio de nuestra fe.

La defensa de la fe en el mundo cotidiano

Defender nuestra fe no siempre implica discusiones teológicas elaboradas o debates intelectuales. A veces, la defensa más efectiva ocurre en la forma en que vivimos. Al imitar a los mártires, nos convertimos en defensores intrépidos de nuestra fe, no con palabras grandilocuentes, sino con acciones concretas y amorosas.

El poder transformador del testimonio silencioso

Imaginen el impacto que podríamos tener si, al enfrentar los desafíos diarios, respondemos con amor y paciencia en lugar de con irritación y enojo. Nuestro testimonio silencioso puede hablar más fuerte que cualquier discurso. Ser mártir todos los días significa encarnar la fe de manera tan vívida que inspire a los demás a buscar la verdad que nos guía.

El valor de aceptar la gracia

Aceptar la gracia de ser testigos hasta el final implica vencer el miedo y confiar en la fuerza del Espíritu Santo. La gracia nos impulsa a no temer a las adversidades, a las críticas o a las dificultades. Nos capacita para perseverar en nuestra fe, aún cuando enfrentamos desafíos aparentemente insuperables.

El mundo necesita de ti

En respuesta a las preguntas iniciales, descubrimos que el mundo necesita de santos de todos los días, de mártires que testimonien la fe en la vida ordinaria. La invitación es clara: sé testigo, sé mártir en cada acción de tu día a día. La Iglesia avanza con la contribución de cada uno, con la coherencia y valentía de quienes, desde la cotidianidad, demuestran que Jesús está vivo.

En este llamado a ser santos en la vida ordinaria, recordemos que cada pequeño gesto de amor, cada acto de servicio contribuye a la construcción del Reino de Dios en la tierra. Que la llama ardiente de la fe en Jesús, que inspiró a los mártires, siga iluminando nuestro corazón y dirigiendo cada paso en nuestro diario caminar hacia la senda de la santidad.

Carlos Alberto Ramírez Sánchez

Tercer año de la Etapa Configuradora

22 Oct 2021

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“El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar” (Catecismo de la Iglesia Católica n. 27).
En el principio, Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, en un acto libérrimo de amor, en el sexto día, para coronar su creación a la cuál miró buena (Cf. Gn. 1, 26-31). De lo anterior, ¿qué implica el ser creados a “imagen y semejanza” de Dios?

Implica ser seres únicos, racionales y libres, no solo se refiere a cualidades espirituales, sino que Dios mira bueno al hombre y a la mujer en su integridad; no solo el cuerpo o el espíritu, sino en toda su persona (Catecismo de la Iglesia Católica n. 362). No es el ser humano una simple imagen, es una persona que contiene toda una dignidad; aunque es un ser “inferior a los ángeles”, al mismo tiempo es un ser que fue “coronado de gloria y dignidad” a quien Dios le concedió el dominio sobre “las obras de sus manos” (Cfr. Sal. 8). Dios es entonces el marco de referencia del hombre, pues la dignidad del hombre remite siempre a la dignidad del Creador.

Sin embargo, ¿por qué el hombre cayó en el pecado? Un solo acto de desobediencia causó una catástrofe terrible en nuestra realidad. Toda la santidad y la justicia con la que fue dotada el ser humano se deterioró gracias a la desobediencia de un hombre. ¿Cuál fue la causa?

“El hombre, tentado por el diablo, dejó morir en su corazón la confianza hacia su creador (cfr. Gn 3,1-11) y, abusando de su libertad, desobedeció al mandamiento de Dios” (Catecismo de la Iglesia Católica n. 397). El hombre con el pecado hirió su dignidad, entró la corrupción (la muerte) y la amistad con Dios se debilitó. Desobedeció a Aquél que le creó y le tendió la mano. El pecado es, entonces, algo más que la simple carga moral, sino que es algo en contra de la misma identidad y dignidad que nos confirió Dios al momento de la creación, además que es un insulto a la misma amistad que nos ha ofrecido.

“Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Cfr. Rm 5,20). Recordemos una cosa: el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios. Dios, desde el principio, ha buscado la amistad del hombre para hacerlo participar de su gloria. ¿En qué consiste esta amistad con Dios? Rememoremos la frase del principio: “El deseo de Dios está inscrito en el hombre”. Esta amistad implica regresar a Él, es volver a la santidad del primer comienzo. Entonces, el deseo que Dios ha inscrito en nuestros corazones es su voz que nos llama a la santidad: la bienaventuranza. La cura del pecado es la gracia, pero no es por sí misma, sino que es por la gracia que recibimos “por la obediencia de uno solo” (Cfr. Rom. 5, 19).

La amistad con Dios se ha restablecido gracias a los méritos de Cristo, gracias a su pasión, muerte y resurrección. Cristo, su Hijo, que se hizo como nosotros, no solo para restablecer nuestra dignidad herida, sino para llegar a ser como Él es, ser santos.

La santidad no solo son virtudes heroicas o altares y estampitas, sino que es algo más profundo, es aceptar la invitación diaria que Dios nos hace a ser sus amigos, a participar de su gloria transformando lo ordinario de la vida en algo extraordinario. Es participar de la gracia obtenida por nuestro Amigo, que con su obediencia nos enseña a ser obedientes al Padre. Como es un llamado universal este no se limita a los que son consagrados, sino que es un deseo que todo ser humano tiene. Nadie está exento de esta vocación, la vocación no se limita a una profesión, sino que es (como su etimología lo dice) un llamado. Seamos capaces de decir algún día: ¡Pídeme, Señor, lo que quieras y dame lo que necesito!

Gerardo Antonio de León Pecina
Seminarista | 1ero. de Filosofía

22 Jun 2020

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La santidad es un llamado que todos recibimos y podemos responder. Es muy común que tengamos alguna experiencia con algún santo, ya sea por ser devotos, por la comunidad en la que participamos o porque nuestros papás o nuestros abuelos tienen alguna imagen o ícono que lo representen en algún lugar de la casa.

Los santos son testigos palpables del gran amor que Dios tiene para con nosotros. Él nos muestra por medio de ellos que todos podemos alcanzar el Reino de los cielos. Ellos siendo personas con muchas virtudes y grandes carismas, ayudaron a acercar a Cristo a las personas que les era desconocido, y claro está que ellos también tuvieron defectos y muchos problemas que evitaban que tuvieran una conexión más fuerte y profunda con Jesús.

No dudemos del gran amor que Cristo nos tiene, está claro que tú puedes ser santo, no metas excusas e ideas de que no cumples las cualidades necesarias para poder serlo. Lo primero que tenemos que hacer, para encaminarnos en ella, es querer serlo; porque desde el momento en que pensamos que es imposible, descartamos de manera inmediata la santidad y podemos quedarnos en la tranquilidad, por creer la dificultad que implica la entrega total al Señor.

Bueno ¿qué esperas? es tu momento de decir ¡quiero ser santo!, pero dilo, repite en tu corazón y en tu mente: “¡quiero ser santo!, ¡quiero ser santo!, ¡quiero ser santo!”. La santidad no se trata de estar las 24 horas de los siete días de la semana hincado rezando. No, claro que no, y mucho menos te estoy diciendo que entres a alguna congregación, seminario, convento, etc. En cualquier camino la puedes encontrar, solo es cuestión de que la busques y dejes que te encuentre.

Pero ¿cómo comienzo este camino de santidad?, no te preocupes hay muchos modelos de los que podemos tomar nota, empezando por la misma vida de Jesucristo narrada en los Evangelios. Tal vez nos podamos encontrar como los discípulos de Emaús (Lucas 24, 13-35) donde ellos se encontraban desconcertados y tristes por la muerte de Jesús y Él se les aparece en el camino y les explica las escrituras, pero no es hasta el momento de partir el pan, cuando lo reconocen, y se preguntan ¿no ardía nuestro corazón?… y desde ese momento se fueron a proclamar que Cristo verdaderamente resucitó, así nosotros proclamemos que Él vive, que Él está presente.

Así pues, sabemos que no es fácil caminar solo por esta vida, por eso, te invito a que averigues a que santo te puedes encomendar con el siguiente test para que él o ella te acompañe en tu propio camino de configuración con Cristo.

Manuel de Jesús García Ramos
1ero. de Filosofía

08 Dic 2019

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En ocasiones podemos llegar a sentirnos desanimados por las dificultades que se nos presentan en el día a día y pensar que la santidad es algo imposible. Claro que no es un camino sencillo, pero sí lo podemos alcanzar. La Virgen María nos puede ayudar, siendo nuestra guía e intercesora, y para esto vale la pena que partamos observando el dogma de la Inmaculada Concepción.

Creer que María fue concebida sin pecado original es estar seguros de que Dios quiere salvarnos, pues Él la dotó de los dones necesarios para cumplir la misión que le sería encomendada, la de ser madre del Mesías. Ciertamente, la mujer que recibiría esta encomienda, tendría que ser digna y estar preparada para llevar en su vientre y en sus brazos a Aquel que nos permitiría vivir la redención. Por eso, María, por gracia de Dios, nació sin mancha alguna y decididamente vivió cada uno de sus días sin cometer pecado alguno, cumpliendo la voluntad de Dios. Es así cómo en ella podemos ver que es posible llegar a la santidad, a ser inmaculados purificados por la gracia del Altísimo. Pues, ¿por qué Dios querría que su Hijo viniera a la Tierra si no es por la causa más noble, la redención del hombre? y, ¿por qué le concedería el ser concebida y vivir sin mancha alguna a una mujer, sino es para que tomándola como instrumento dócil, el resto de la humanidad pudiera algún día gozar de dicha gracia, de la pureza del alma?

Es, entonces, así que tenemos que estar seguros que podemos llegar al cielo y ¡que estamos llamados a vivir allí eternamente! Nuestra vocación más grande es ser santos, y ¡claro que podemos serlo! ¡Inclusive desde hoy! Obviamente es algo difícil, cuesta esfuerzo y el poner en práctica nuestros dones, vivir en oración y en completa disposición a la voluntad divina, pero ¡María nos enseña que sí es posible! Y lo logramos con ese “Sí” diario, que demostramos disponiendo nuestra alma a escuchar a Dios y actuando con amor. Digamos cada día “Hágase en mí según tu palabra.” y vivamos alegres de vivir de la mano de la gracia del Señor.

Diego Andrés Treviño Almaguer
1ero. de Filosofía

01 Nov 2019

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“La solemnidad de todos los santos, representa visualmente a toda la multitud de los redimidos, para descubrirnos el destino que nos espera también a nosotros, peregrinos. Es además, un motivo para hacernos conscientes de nuestra solidaridad con todos aquellos que nos han precedido en el mundo del espíritu. Todos ellos, que viven frente a Dios, son nuestros intercesores que dan impulso a nuestra vida”. (Misal Romano)

En mi caso, habitualmente le pido a la Virgen María que me ayude a ser tan dócil como ella, para interpretar las señales de su Hijo ante esta vocación que estoy viviendo, en la cual he podido ser más feliz.

La solemnidad de todos los santos, comenzó a celebrarse debido al excesivo número de mártires en el tiempo de la persecución de Diocleciano (302-313d.C.), que provocó la necesidad de celebrarlos un día en común.

Entre la multitud de santos que celebramos, hay algunos que se han destacado como símbolos de nuestra fe. No podemos olvidar el desprendimiento de san Francisco, la entrega de santa Teresa de Calcuta, la conversión de san Agustín, la valentía ante la muerte de san José Sánchez del Río, la gran paciencia en las largas filas de confesiones del santo Cura de Ars, la tenacidad de san Cupertino quien a pesar de sus dificultades para realizar sus estudios logró convertirse en sacerdote en tiempos muy estrictos y sobre todo el gran testimonio de humildad de la Santísima Virgen María. Sin embargo; a pesar de la diversidad de carismas y virtudes, todos ellos tienen algo común, el escuchar la voz de Dios para servir a quien lo necesite.

Aún así, no debemos creer que la santidad es una realidad alejada de nosotros, que no podemos alcanzar. La santidad es para todos, de manera que podemos imitar las virtudes de los santos para llegar a contemplar a Dios. Recordemos las palabras de Jesús a modo de exhortación “sean santos como su Padre celestial es santo” (Mt. 5, 48).

José Eliseo Soriano Aguillón
2do. de Filosofía