15 Jun 2025

HELLO! 1

Preparatoria (3 años)

Curso Propedéutico (2 años)

Filosofía (3 años)

Teología (4 años)

2. ¿Qué requisitos debo cubrir para ingresar al Seminario?

-Pertenecer a las Arquidiócesis de Monterrey.

-Ser varón con secundaria terminada.

-Salud física y psíquica conforme a su edad.

-Sinceridad, honestidad y transparencia en su opción vocacional.

3. ¿Cómo puedo estar seguro que Dios me está llamando al ministerio sacerdotal?

Hay que escuchar siempre la Palabra de Dios. Cristo en su Evangelio toca nuestro corazón, ahí viene la intuición que Dios deposita en nosotros, con la inquietud de seguirlo, de ser parte de su familia, de ser parte de Él mismo.

También en la Iglesia, en la parroquia, en el encuentro con los hermanos en la fe; Dios te dirá si te quiere, para servirles. Ahí descubrirás en tu corazón, el llamado al servicio sacerdotal.

Otra manera de tener certeza, es que te acerques a tu director espiritual, pídele que te escuche; comparte con él, lo que tienes en tu corazón, y verás que Dios te irá diciendo poco a poco lo que hay que hacer.

Toda llamada que el Señor hace, produce miedo inicial, pero siempre es una experiencia de alegría. Busca la respuesta que Dios ha puesto en tu corazón, reza mucho, diviértete mucho, porque también tienes que disfrutar las cosas que Dios pone a tu alrededor, y vivir unido a tus hermanos; así sabrás a través de tu corazón, si Dios llama para ser sacerdote.

4. ¿Quién me puede orientar o dar más información para ingresar al Seminario?

Puedes contactar al Centro Vocacional, ahí te pueden ayudar a descubrir ese llamado, de manera más clara.

Por medio de:


  • Retiros

  • Convivencias

  • Entrevistas de acompañamiento

  • Misiones

  • Horas Santas

CENTRO VOCACIONAL DE MONTERREY

Centro Vocacional | Hidalgo #624 Pte. Centro de Monterrey | centrovocacional@iglesiademonterrey.com

WhatsApp: 81 3117 1668

09 Feb 2024

HELLO! 1

Para empezar a contar mi vocación he de decir que mucho ha sido gracias a mi familia. En ella he encontrado el apoyo necesario para poder discernir y cumplir la voluntad de Dios en mi vida.

Cuando yo era niño, mi hermana fue al Centro Vocacional y recuerdo que ese acontecimiento me llamó mucho la atención porque yo no sabía en qué consistía ese «proceso vocacional». Después se me explicó, y al final vi muy bien que mi hermana le quisiera dar a Dios, tiempo de su vida, para saber qué quería Él de ella.

Tiempo más tarde cursé la preparatoria, y ahí me la pasé muy bien. Salía con amigos y tuve novia. Pero en tercer semestre de prepa me llamó la atención en pensar en que el sacerdocio podía ser un estilo de vida para mí, pero no se lo dije a ninguno de mis amigos y amigas. Todo esto ocurrió a raíz de ver a un sacerdote levantar el Cuerpo de Cristo en misa y me pregunté que cómo era posible aquel suceso de que un hombre pudiera traer al presente el Cuerpo de Cristo, preguntarme eso me impactó.

Así que fui al Centro Vocacional yo también para saber que quería Dios de mi vida, pero terminé abandonado el proceso después de algunos retiros y entrevistas con los acompañantes, diciéndome a mí mismo: “yo no soy para el sacerdocio, lo mío es casarme y tener hijos”. Mis papás ya sabían que yo estaba yendo al proceso, por lo que cuando me salí, también recibí apoyo y me dijeron que ellos iban a estar para mí en cualquier decisión que yo tomara.

Después ingresé a la Facultad de Relaciones Internacionales y puedo decir sin miedo a equivocarme que ha sido la mejor etapa que he tenido como estudiante, principalmente por las amistades que tuve ahí y el ambiente universitario. Pero ocurrió algo que no esperaba, y es que mientras tomaba clases empezaba a pensar en el sacerdocio otra vez, como un estilo de vida posible. Y cada día pensaba más en que me gustaría administrar el sacramento de reconciliación, pues yo quería que la gente sintiera la paz de Dios cuando se confesaran. Así que platiqué con mi párroco de mi comunidad Corpus Christi en Monterrey y él me ayudó mucho a discernir, hasta que llegó un punto donde me dijo que tenía que regresar al Centro Vocacional. Y mi familia no se sorprendió de mi decisión de volver, se veían más tranquilos que yo y me apoyaron en esa decisión. Por otro lado, yo volví a sentir nervios, a pesar de tener más seguridad en lo que quería que la vez anterior. Al final hice el proceso y fui admitido.

Hoy en día voy en mi quinto año de formación sacerdotal, conocido como tercero de filosofía, y no me arrepiento de haber ingresado. He aprendido mucho de mí mismo de y de los demás, he conocido más a Jesús y he crecido en muchas dimensiones de mi persona. Estoy muy agradecido con esta institución y con los padres formadores por todo lo que me han enseñado, y espero que con la ayuda de mi familia, de cualquier persona que lea esto y haga oración y con Dios, algún día ser sacerdote en favor del pueblo de Nuestro Señor.

Para concluir quiero decir que desde que tengo 12 años rezando el rosario diario y no tengo la menor duda que Nuestra Madre, la Virgen María, ha sido quien me ha dado fuerza para primeramente tratar de ser un buen cristiano y en segundo para seguir en esta vocación.

Roberto Manrique Nielsen

3ero de Filosofía

19 Ene 2024

HELLO! 1

Actualmente, en los estudios teológicos los rasgos de identidad sacerdotal – presbiteral están adquiriendo una relevancia impresionante, por los que se han determinado diversas características, en las que tratan de definir la identidad del ministerio sacerdotal. Por citar un ejemplo, los rasgos de identidad y espiritualidad sacerdotal mencionados en la Exhortación Apostólica Pastores Dabo Vobis del Papa san Juan Pablo II son: cabeza, pastor, siervo y esposo. Dicho documento afirma que «el sacerdote, en cuanto representa a Cristo Cabeza, Pastor y Esposo de la Iglesia, se sitúa no solo en la Iglesia, sino que también al frente de la Iglesia, […] el ministerio del presbítero es totalmente al servicio de la Iglesia, […] el sacerdote ministro es servidor de Cristo presente en la Iglesia misterio, comunión y misión» (PDV 16).

Sin embargo, en la Sagrada Escritura, la Carta a los Hebreos, utiliza dos características, por las cuales no solo describe la funcionalidad del presbítero; sino que, hace una definición identitaria de lo que todo sacerdote ha de ser; «sacerdote misericordioso y fiel»  (Heb 2, 17a) .

El presbítero que se identifica con estos rasgos que el autor sagrado nos comparte, es un sacerdote que se visualiza como mediador, puesto que, es un hombre tomado de entre los hombres, para ser misericordioso entre sus hermanos y fiel a Dios. La mediación le es participada del único Mediador, Jesucristo.

La importancia de la mediación en Jesucristo, el Hijo de Dios, radica en que no solo es revelador, es redentor, es decir, salvador es en la mediación del Hijo de Dios donde se expresa la unión inseparable de la cristología y la soteriología. El Hijo no es sacerdote desde siempre, pero si es para siempre. ¿Cómo llegó a ser sacerdote? Ofreció un sacrificio, la Encarnación es el punto de partida, mientras que la cruz lo hace sacerdote.

Lo propio del Hijo es la purificación, salvar, liberar del pecado que es una ruptura en la relación con Dios, el Hijo hace retornar un equilibrio relacional, es así que la mediación sacerdotal es el tema central en la Carta a los Hebreos, es necesario tres elementos: el ascendente; las separaciones rituales que el sacerdote ofrece a Dios, el central; el sacrificio que se admite en la morada de Dios, el descendente; los dones de parte de Dios que se trasmiten al pueblo.

El sacerdocio es una verdad antropológica, puesto que el sacerdote es un hombre, un ser en relación por la mediación se da un acceso a la realidad, también el sacerdote tiene una responsabilidad social con Dios y con sus hermanos. La relación con Dios no es posible sin la transformación radical del ser, el paso del nivel profano al nivel sagrado.  

Sin embargo, según la Carta a los Hebreos, Jesús no pertenecía a la institución, Jesús el sacerdocio lo lleva a una plenitud, el sacerdocio es un puente, es un instrumento. En Jesús no hay una separación para designar la consagración, no separación; mas bien, encarnación, Jesús pasó del sacrificio a la compasión.

Francisco Isaac Cortés Tovar

3ero de Teología

05 Ago 2022

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El reloj registra las 23:56 horas. En algún lugar del mundo, el padre godínez ha dejado la oficina; el operario marca su hora de salida mientras distingue al que registra la entrada; la cansada madre de familia apagó la luz de la cocina; la madre soltera se dispone a engañar al maestro de su hijo haciendo su tarea, o reproducir con su pequeña princesa un mundo imaginario de compras, cocina y veterinaria; el estudiante experimenta la adrenalina de enviar su tarea con 3 minutos de anticipación al horario límite; el conductor siente en su rostro el aire fresco de la carretera, anhelando llegar a la meta; la pareja enamorada rehúsa concluir la conversación; el adolescente que llega a casa es reprendido sin posibilidad de disimular los efectos del alcohol; y el joven misionero rememora su día apostólico, profundizando su experiencia de encuentro con Dios. Pero en todos los casos, en todos los lugares del mundo, la conciencia se sienta a solas con Dios, escuchando su voz en el recinto más profundo de su corazón (GS 16). 

En su caso, el misionero escribe, registra la voz de Aquel que le llama durante el día. Rememora un día caliente, las puertas que toca y las personas que salen; las puertas que se quedan cerradas y los perros que ladran con rabia. Recuerda a quienes le hacen pasar a la sala, y quienes se niegan atenderlo. Cuestiona a Dios aquellos casos de indiferencia, pero se regocija por las personas que consoló y reanimó a causa de sus palabras y testimonio. No puede olvidar la tierna figura de la abuelita que le sirvió un vaso de agua fresca con tanto cariño; pero aún le duele la ofensiva mentada de aquel anciano malhumorado. 

Le conmueve la mirada de la anciana postrada en la cama, que le advierte su partida al encuentro con sus padres y hermanos ya fallecidos. Le brota una lágrima al recordar la sonrisa de aquel niño desahuciado a causa de su leucemia en etapa terminal. Recordar a los padres del pequeño, tomados de la mano con una sonrisa falsa, tan falsa como la esperanza de sobrevivir, hace que el joven misionero quiebre en un amargo llanto a causa de tristeza e impotencia.

Pero en su corazón escucha la voz de Aquel que puede compadecerse de nuestras flaquezas, de quien ha sido probado en todo como nosotros, menos en la impureza (Hb 4,15). De esta manera, el misionero recurre a la fe para mirar los acontecimientos desde el punto de vista de Jesús, es decir, repasa su día desde los ojos de Jesús (LF 18). Así la fe se convierte en el punto de partida para discernir el llamado de Dios. 

Pero, ¿Por qué la misión se convierte para el joven en un espacio para escuchar lo que Dios quiere de su vida? Los que conocen de la vocación dirán que Dios ha puesto en el corazón de cada joven la necesidad de responder a la alegría del amor. Solo de este modo su existencia podrá dar frutos. Yo me pregunto si el padre godínez, el operario, la madre de familia, el estudiante, el conductor, la pareja de enamorados, el adolescente reprendido, entre otros tantos, tienen la necesidad de dar frutos para encontrar sentido a su existencia. Pero dejemos en libertad a cada uno de ellos para que emitan una respuesta propia.

Volviendo al diario del joven misionero, este enfrenta el reto de reconocer la forma concreta en que Dios le llama a vivir la alegría del amor. En este sentido, la reflexión de la experiencia misionera se convierte en un espacio de discernimiento vocacional. Esto consiste en un proceso de diálogo con el Señor para elegir su estado de vida. Se comprende como un caminar en el cual Dios da luces para la elección de una vocación totalmente personal: matrimonio, vida religiosa, orden sacerdotal, por mencionar tres estados elementales. 

¿Cuál es el proceso del joven que enfrenta la misión buscando descubrir el estado de vida al que Dios le invita? ¿Cuál es la experiencia en el corazón de quien ha descubierto la vocación que Dios le invita y vive la misión desde ese estado de vida? ¿Cuál es tu pensamiento y sentimiento al llevar a cabo una misión desde la realidad en que Dios te ha puesto? 

Porque la realidad supera la idea, toda misión exige un diálogo entre la idea y la realidad. Por lo tanto, la idea se elabora, pero la realidad es (EG 231). La realidad iluminada por el razonamiento (EG 232) es la ventana para buscar atender la voluntad de Dios en cualquier estado de vida; en cualquier oficio que se desempeña para llevar el pan a la mesa; o en cualquier misión apostólica. 

De este modo, solo una misión contenida en el amor y atención al prójimo; así como las tareas más cotidianas orientadas al cuidado de quienes amamos, se convierten en el medio para escuchar el llamado de Dios que conduce a la alegría del corazón humano. 

Angel Salvador Martínez Chávez

Seminarista | 1ero. de Teología

03 Jun 2016

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Este primer año que he terminado en el Seminario ha sido un verdadero regalo de Dios. Me llevo recuerdos de muchas experiencias que sin duda me han hecho crecer en diferentes aspectos de mi vida, experiencias que están llenas de emociones y sentimientos que realmente me llevaron al encuentro con Dios, conmigo mismo, y con muchas nuevas personas que hoy se han vuelto parte de mi vida.

Es difícil tratar de resumir todo esto en tan solo unas líneas, pero creo que lo más importante es que mis compañeros y yo pudimos sentir el amor de Dios en este proceso formativo y cómo éste nos ha ido transformando poco a poco en la medida en que hemos ido abriendo nuestros corazones.

Recuerdo que muchos me decían que “el Menor” era la mejor etapa del Seminario, y aunque aún no he tenido la experiencia del Seminario Mayor, hoy que voy terminando esta etapa puedo comprender por qué me decían eso. Fue un año que se pasó “volando”. Siento como si hubiera tomado mi decisión de entrar al Seminario hace apenas unas semanas y la realidad es que ya terminó el primero de diez años de formación.

Definitivamente ha sido un año de bendiciones que vinieron del Señor; de haber observado, aprendido, compartido, escuchado, conocido, enseñado, perdonando… pero sobretodo, de haber amado con misericordia.

¡Cómo no agradecer al Seminario tantas experiencias y aprendizajes! Y claro, a Dios por permitirme estar en donde hoy estoy, disfrutando con felicidad el poder abrazar esta vocación a la que hoy me siento llamado por Él mismo.

Escrito por: Homero Patricio Rico Villarreal, seminarista.
Curso Especial de Ciencias y Humanidades (CHE)
para periódico diocesano PASTORAL SIGLO XXI

27 May 2015

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La Espiritualidad Familiar con un hijo seminarista

Por ellos me consagro…

Hace tiempo que ingresé al Seminario de Monterrey, para mi familia esto ha sido una bendición inmerecida para todos. Nos consideramos creyentes y fieles seguidores del Señor Jesús. Somos una familia muy ordinaria que lucha todos los días por salir adelante y cubrir las necesidades básicas del hogar.

Cuando Daniel Alejandro decidió entrar al Seminario comenzó para nosotros un proceso distinto de vivir la fe. Al principio nuestro padre no aceptó muy gustoso la noticia, quizá y fue el primero en iniciar una nueva forma de relacionarse con Dios, puesto que Él era el único que podía tocar su corazón. Le preguntamos a nuestro hermano si en verdad era lo que él deseaba hacer con la vida que le había sido regalada por Dios. Nos convenció su entusiasmo y alegría con la que llegaba a casa los domingos y nos compartía lo que había hecho en la semana.

Nuestro hermano mayor había vivido un proceso de divorcio civil de su matrimonio y en ese tiempo le brindamos nuestro apoyo y constantemente lo invitábamos a misa para fortalecer su corazón. Tiempo después contrajo matrimonio por la Iglesia católica. Nuestra hermana menor era un adolescente que participaba regularmente en grupos, aunque después de vivir un encuentro con Jesús a sus 18 años notamos en ella una forma distinta de ver la vida.

Cada uno de los miembros de nuestra familia nos ha aportado algo al camino de la fe, sin embargo, nuestra madre que conoció por medio de nuestro hermano seminarista a la Venerable Sierva de Dios, Concepción Cabrera de Armida y la espiritualidad de la Cruz nos ha enseñado a abrazar las cruces de cada día con amor y esperanza. Desde antes que Daniel decidiera seguir a Jesús, ella siempre nos inculcó el amor a la Iglesia y a sus ministros. A respetar y amar a los sacerdotes, rezar por ellos, algo que tanto repetía Conchita Cabrera: “Por ellos me consagro”. Hemos tenido muy de cerca como grandes amigos algunos sacerdotes con los que compartimos los alimentos, algunos nos han dado algún sacramento. Esto ha servido mucho en el crecimiento espiritual de la familia. Nuestros abuelos paternos y maternos nos han inculcado mucho la devoción y cariño a la Santísima Virgen de Guadalupe y al Sagrado Corazón de Jesús, por eso rezamos continuamente el santo rosario y cada mes de diciembre mi abuelo organiza una peregrinación a la Basílica de Guadalupe en Monterrey. Valoramos mucho la peregrinación del Seminario a la cual asistimos cada año y seguimos creciendo esta especial devoción a la Madre de Dios.

Damos gracias a Dios por habernos mirado con amor y misericordia para llamar a un miembro de nuestra familia a la vocación sacerdotal. Oramos por él y por todos sus hermanos seminaristas para que sigan fieles al llamado del Señor, no olvidemos lo importante que es promover las vocaciones en las familias.

Familia Frías Calderón

27 May 2015

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¿Cómo ha sobrellevado la donación de su hijo seminarista a la formación Sacerdotal?

 

¿Cómo ha sobrellevado la donación de su hijo seminarista a la formación Sacerdotal?

La familia es la base de toda vocación incluyendo la vocación a la vida sacerdotal. Doy gracias a Dios por que nos ha concedido la dicha de caminar junto a nuestro hijo, en esta noble y hermosa etapa de su vida en el camino de formación en las diferentes etapas dentro del seminario (Menor, Curso Introductorio, Instituto de Filosofía y ahora Instituto de Teología). Comenta la Sra. Elizabeth Páez de Alanís mamá del Diac. Francisco Javier Alanís Páez.

Recuerdo que en un principio, vivimos momentos especiales y difíciles cuando nuestro hijo nos comentó su deseo de consagrar la vida a Dios a través del sacerdocio. Esta etapa de desprendimiento hacia ese camino de vida, no era lo que nosotros como padres de familia habíamos deseado; sin embargo, ante todo, había que ir descubriendo cual era la voluntad de Dios hacia nuestro hijo. Con el paso de los años dentro de la formación sacerdotal de Francisco Javier, hemos encontrado áreas de oportunidad que trabajamos juntos como familia para ir aceptando el llamado que Dios le concede y a nosotros nos ha dado paz y tranquilidad el ver su crecimiento en las distintas áreas integrales de su vida: física, mental y espiritualmente. Cada una de las metas o retos que se ha ido fijando a través de su formación lo ha hecho con amor, entusiasmo, entrega y paciencia para llegar hasta el cumplimiento de cada una de ellas.

Como familia nos hemos visto fortalecidos al observar como cada una de las comunidades de apostolado en las que ha servido lo han acogido y acompañado y las semillas que han sembrado en nuestro hijo, comienzan a dar sus frutos. llegado hasta este momento de su formación donde casi concluye esta primera etapa de la formación inicial. Esto para nuestra familia ha sido algo muy enriquecedor que nos motiva a consagrarnos junto con nuestro hijo al Servicio del pueblo de Dios. Como resultado, llegamos a descubrir que una familia que vive plenamente la fe para experimentar la entrega gratuita del amor a los demás.

Para nosotros el desprendernos, ha sido un acompañamiento diario y en el cual todos mi esposo, mi hija y una servidora hemos aprendido cosas nuevas y distintitas. El camino no ha sido fácil pero, tomados de las manos de Dios y de la Santísima Virgen María hemos avanzado.

 

Sra. Elizabeth Páez de Alanís

Mamá del Diac. Francisco Javier Alanís Páez.

27 May 2015

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Formamos parte del Seminario de Monterrey

 

Muy queridos hermanos y hermanas que formamos la gran familia del Seminario de Monterrey:

Me gustaría reflexionar de qué modo nosotros, seminaristas y sus familias, empleados, maestros y sacerdotes, formamos o estamos llamados a formar una gran familia del Seminario. Decirlo es muy fácil, pero vivirlo es en verdad un gran desafío que como Rector veo y deseo enfrentar con fe y esperanza. Nuestra realidad como Seminario no escapa de la problemática actual que vive la familia de hoy, como lo explica el Papa Francisco en su Exhortación Evangelii Gaudium: “la familia atraviesa una crisis cultural profunda, como todas las comunidades y vínculos sociales.

En el caso de la familia, la fragilidad de los vínculos se vuelve especialmente grave porque se trata de la célula básica de la sociedad, el lugar donde se aprende a convivir en la diferencia y a pertenecer a otros y donde los padres transmiten la fe a sus hijos” (Evangelii Gaudium 66). ¿Qué significa que los vínculos son frágiles? Significa que nuestras relaciones se quiebran, lastiman y destruyen fácilmente.
¿Qué ocasiona esta fragilidad? El mismo Papa explica que es el “individualismo” el que “favorece un estilo de vida que debilita el desarrollo y la estabilidad de los vínculos entre las personas, y que desnaturaliza los vínculos familiares” (Ibíd 67). El individualismo es la actitud de aislarnos, de no pensar en los demás, de creer que somos auto-suficientes. Es muy probable que esa actitud sea fruto de heridas emocionales que hemos sufrido en nuestra propia familia ya que a veces, aun sin darnos cuenta, hacemos o decimos cosas que lastiman aun a quienes amamos. Imaginemos las heridas interiores cuando hemos sido lastimados por alguien de la familia a quien parece no importarle nuestra vida ya que nos abandonó o simplemente mostró muy poco cariño o interés por lo que nos sucedía. Heridas similares las vivimos cuando, en la Iglesia, no recibimos en momentos difíciles, la atención y buen trato que esperaríamos de un sacerdote.

Eso mismo que sucede en las familias y las parroquias sucede a veces también en el Seminario cuando aun sin pretenderlo, nos lastimamos unos a otros por indiferencia o por actitudes poco fraternas.
¿Somos en verdad una familia? Los discípulos y Jesús en los evangelios, forman en verdad una nueva familia en la fe que no se excluye la familia de sangre: “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?” Pregunta Jesús a quienes le insisten en que su parientes lo buscan, “y señalando con la mano a sus discípulos, dijo: <¡Ahí están mi madre y mis hermanos! Cualquiera que cumpla la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre>” (Mt 12, 49-50). Los formadores en nuestro legítimo deseo de exigir a los futuros sacerdotes disciplina y honestidad, corremos el riesgo de mirar nuestra relación con ellos como “vigilantes” y olvidar que son en verdad nuestros “hermanos menores” y parte de nuestra familia; lo mismo puede suceder al seminarista cuando olvida que el formador, también ha dejado todo por Cristo y que, como sucede con un padre o una madre, aprendemos nuestro papel educador en la práctica cometiendo errores involuntarios. Este tipo de relación familiar que conviene aprender en el Seminario, será la mejor preparación para nuestra relación con el Pueblo de Dios al que serviremos. Así compara el Papa Francisco la relación de un sacerdote con la gente: “El espíritu de amor que reina en una familia guía tanto a la madre como al hijo en sus diálogos, donde se enseña y aprende, se corrige y se valora lo bueno; así también ocurre en la homilía” (ibíd. 139) y en general en las relaciones pastorales del sacerdote con los fieles. Por ello, explica el Santo Padre Francisco, “la acción pastoral debe mostrar mejor todavía que la relación con nuestro Padre exige y alienta una comunión que sane, promueva y afiance los vínculos interpersonales… insistimos en nuestra propuesta de reconocer al otro, de sanar las heridas, de construir puentes, de estrechar lazos y de ayudarnos «mutuamente a llevar las cargas» (Ga 6,2)” (Ibíd 64).

Este es el desafío que enfrentamos en la sociedad, en la Iglesia y en el Seminario: Lograr no sólo vernos como familia, sino construir relaciones fraternas fundamentadas en el Evangelio que nos enseña que tenemos todos un solo Padre y que entre nosotros somos hermanos (Cfr. Mt 23,9). Este es mi sueño, y estoy seguro que es el sueño de muchos seminaristas y formadores: que lleguemos, como familia del Seminario (empleados, maestros, alumnos y formadores), a amarnos fraternalmente y sanar heridas que como toda familia tenemos.

Salgamos sin miedo del individualismo que nos aísla de los vínculos fraternos y superemos, si fuera el caso, el llegar a sentirnos en el Seminario como simples funcionarios o usuarios de la institución.

 

¡Somos una gran Familia en la fe!

¡No nos dejemos robar la fraternidad!

 

Pbro. Juan Carlos Arcq.

Rector del Seminario de Monterrey

27 May 2015

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La familia del Seminario de Monterrey fue llamada para servir

La vida del seminarista es así, rápida, ajetreada, pero llena de momentos de encuentro con Jesús, formándonos para ser mejores personas y servirte a ti, porque esa es nuestra vocación, porque tú te mereces santos pastores.

En el Seminario Arquidiocesano de Monterrey, es nuestra casa y formamos parte de una gran familia, en la que vivimos, crecemos como cristianos y nos formamos como futuros pastores del pueblo de Dios. Y también celebramos las alegrías de los acontecimientos importantes. En el mes de enero, comenzamos el año con los Ejercicios Espirituales, dedicando una semana especial de silencio y encuentro con Jesús, teniendo como expositor a Fray Samuel Franco. El 22 de enero nos unimos al gozo de nuestra Diócesis hermana de Linares, que recibe a su nuevo padre y pastor, Monseñor Hilario González García, quien fue para nosotros, seminaristas, ejemplo de hombre de fe y que nos acompañó durante 18 años en el Seminario de Monterrey, llevando como último cargo la rectoría hasta diciembre del año pasado. Pero enero aún guardaba alegrías para nosotros y no era para menos, pues el sábado 24, nuestro Arzobispo, don Rogelio Cabrera López, celebraba su cumpleaños.

Le acompañamos en el desayuno y de allí a compartir la Eucaristía, junto con nuestros hermanos del seminario menor que recibían la sotana, como signo de compromiso con Dios para formarse en la santidad, para su pueblo. Allí mismo, algunos de nuestros hermanos teólogos recibieron la candidatura a las órdenes sagradas y el ministerio del lectorado; todo esto bajo el maternal manto de Nuestra Señora de la Purísima Concepción, en su Basílica. En la parte académica, arrancamos la jornada de estudio en honor a Santo Tomás de Aquino, y nos preparamos para culminarlo con un solemne encuentro académico hacia el mes de mayo.

Febrero tiene siempre un lugar especial en el corazón del seminarista ¡es el mes del seminario! Y lo iniciamos con el 5K vocacional, en el que participaron alumnos del seminario y nuestros hermanos que llevan su proceso en Pastoral Vocacional. También tuvimos la oportunidad de celebrar nuestra vocación a la alegría con alumnos de varios colegios católicos de nuestra ciudad, allí compartimos un poco de nuestra vivencia de Jesús y cómo nos había llamado. ¡Hasta la cascarita de futbol nos echamos! Y no podía faltar el contacto afectuoso con aquellos por quienes nos consagramos, visitamos las comunidades parroquiales de la arquidiócesis invitando a la jornada de oración por las vocaciones sacerdotales y animando a aquellos que sientan el mismo llamado que nosotros, al servicio y la alegría. Y como el Papa Francisco nos llama al servicio “La vida se alcanza y madura a medida que se la entrega para dar vida a los otros” (EG 10), es que acompañamos a nuestros hermanos en el inicio de la cuaresma, en Miércoles de Ceniza, comprometiéndonos junto con ellos, a preparar con esperanza el corazón para la gran fiesta de la Pascua. No sin antes cargar pilas espirituales con nuestro retiro cuaresmal.

Y pues marzo llega aún con fríos pero con todo y eso nos lanzamos el domingo 3 a las instalaciones del seminario menor, al tan esperado Encuentro Sacerdotal, un momento muy ameno en que, entre dinámicas, juegos y temas, varios sacerdotes y seminaristas aclaramos las dudas de aquellos que sienten el llamado de Jesús a seguirle. Además, los días 4 y 5 de marzo, recibimos en el seminario mayor a Mons. Rogelio Cabrera en su visita pastoral, mientras nos preparamos para acudir a las parroquias a impartir los Ejercicios Cuaresmales y también el próximo Retiro de la Opción de nuestros hermanos de Curso Especial y Tercero de Filosofía. ¡Oremos por ellos!

La vida del seminarista es así, rápida, ajetreada, pero llena de momentos de encuentro con Jesús, formándonos para ser mejores personas y servirte a ti, porque esa es nuestra vocación, porque tú te mereces santos pastores.

 

Victor Ángel Rocha Banda.

27 May 2015

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Un seminarista fuera de su ciudad de origen

Dejando una parte de mí.

En varias ocasiones salí de mi pueblo para pasar rato con los primos, o tener vacaciones. Pero creo que la verdadera aventura empieza cuando decides dejar tu casa por algo más que diversión con tus primos, cuando te decides a probar un nuevo estilo de vida y en mi caso, responder a llamado de Jesús.

Mi experiencia fuera de mi ciudad de origen empieza con el retiro del preseminario en Julio del 2007, aunque fui solo, no tardé en hacer algunos amigos que me acompañaron. Creo que eso es algo importante para quien sale de casa, tener apoyo, sentirte en confianza con quienes te rodean.

El día que “oficialmente” dejé mi ciudad de origen y que entre al seminario fue el 10 de agosto del 2007, acababa de terminar mi secundaria y tenía 14 años han de pensar hacia ustedes mismos “no manches estaba bien chiquito”. Creo que la experiencia de estar fuera de casa ayuda a madurar y no es muy distinta a la de algún joven que estudia fuera su lugar de origen, tienes que aprender a hacer cosas que antes tus papás hacían por ti: Lavar y doblar la ropa, lavar los trastes, hacer el aseo de la casa, cocinar (que gracias a Dios no tuve que aprender). En resumen la casa ayuda a hacerte responsable de los deberes.

Estar fuera me ayudó a darme cuenta de que las cosas que hago no son solo para hacer sentir orgullosos a mis padres, sino que son para mi propio provecho, para mi vida.

En cuanto a mi familia, debo decir que sí los extrañé, sobre todo los primeros meses, siempre esperaba el famoso “fin de mes” donde teníamos la oportunidad de ir un fin de semana a nuestras casas a pasarla con la familia. Creo que los que me extrañaban aún más eran mis familiares, mi hermano, mamá y papá, al igual que primos y tíos que hemos sido muy cercanos. También extrañé a mis amigos, algunos de ellos se enojaban porque no podía ir a sus fiestas, pero me di cuenta que las distancias no son nada para una amistad sincera, ni para el amor que le tengo a mi familia. Pues el lazo que nos mantiene unidos es el amor de Dios.

Sé que la experiencia de salir de casa no es grata para todos. La mayor queja que puedo tener es que no encuentro a nadie que cocine mejor que mamá. Fuera de eso creo que he tenido una linda experiencia fuera de casa, haciendo nuevos amigos, conociendo lugares, crecer. Sin embargo, siempre recuerdo con cariño la tierra que me vio nacer, amigos, familiares, y los lugares en los que estuve con ellos. Todo eso es parte de lo que soy. Mc. 10 28 – 31

 

Juan Alberto Enríquez Valdéz.