06 Dic 2019

HELLO! 1

Tener a alguien como modelo es esforzarse por imitar y reproducir en sí mismo aquello que contemplamos en otro. María es modelo de la Iglesia tal cual lo expresa la constitución dogmática “Lumen Gentium”: “como ya enseñaba san Ambrosio, la Madre de Dios es figura de la Iglesia en el orden de la fe, de la caridad y de la perfecta unión con Cristo”.

Partamos de estos aspectos para descubrir en qué sentido María es modelo de la Iglesia. La fe responde a la revelación de Dios, que consiste en fiarse plenamente de él (CEC 142). Para contemplar a María como modelo de fe, hay que recordar el pasaje de la Anunciación; María responde afirmativamente al mensajero de Dios: “hágase en mí según tu palabra” (Lc. 1 38) y se fía completamente en el Señor.

Veamos ahora a María como modelo de caridad. Por la caridad amamos a Dios sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos (CEC 1822). Después de la Anunciación, María se pone en camino a la casa de Isabel (Lc. 1, 39). Al quedar llena del Espíritu Santo, ensanchó su corazón hasta la dimensión del de Dios y la impulsó por la senda de la caridad. Así, su corazón queda insertado en el dinamismo de la Santísima Trinidad. Esta caridad, que en María es perfecta se convierte en modelo de la caridad de la Iglesia, como manifestación del amor trinitario (Deus Caritas est, 19).

Por último, María es modelo de unión con Cristo. “Junto a la cruz de Jesús estaba su madre…” (Jn. 19, 25). El “fiat” de María dado en la Anunciación, crea los lazos de madre e hijo, entre Jesús y ella. Pero, este “sí” se prolonga hasta el sufrimiento en el calvario, es ahí donde queda unida íntimamente a Cristo, no solo como madre, “sino antes aún como sierva humilde y obediente” (Benedicto XVI).

Preguntémonos ahora qué tanto imitamos el ejemplo de María en nuestras vidas, ¿tenemos puesta nuestra confianza en Dios? ¿Amamos a Dios y a nuestro prójimo a semejanza de María? ¿Unimos nuestro corazón al de Cristo tal cual lo hizo María hasta en el sufrimiento de la cruz? Pidamos al Señor nos de su gracia, para imitar en nuestras vidas las virtudes de María, que constituye para la Iglesia su propia imagen más auténtica (Benedicto XVI).

Erick Alfonso Rivera Ortiz
2do. de Filosofía

01 Dic 2019

HELLO! 1

El Adviento, es un tiempo litúrgico de preparación espiritual para la Fiesta de la Navidad del Señor (25 de diciembre) que dura cuatro semanas. La palabra Adviento es una palabra que vive del latín “Adventus” que significa “la llegada”. Se usaba entre los romanos para anunciar la llegada victoriosa del emperador.

Nosotros los cristianos, nos preparamos precisamente para la llegada de Jesucristo a nosotros, a nuestras vidas, a nuestra historia. De tal manera que la misa de cada domingo va disponiendo nuestro espíritu, para una celebración cristiana de la navidad, el nacimiento del Sol que nace de lo alto.

Cuando vamos a recibir alguna visita importante en nuestra casa, ponemos especial cuidado en limpiarla y arreglarla, con mayor razón cuando sabemos que vendrá mucha gente por tener alguna fiesta. El Adviento es precisamente un tiempo y una oportunidad para arreglar y disponer nuestro espíritu que será la casa espiritual en la que recibiremos a Cristo Jesús. Las celebraciones litúrgicas del Adviento nos irán orientando en nuestra preparación espiritual y cristiana.

Recomendaciones para vivir este tiempo:
• Hay que velar para que no dormirnos en nuestros propios vicios.
• Hacer oración.
• Participar con suma diligencia y devoción en las celebraciones litúrgicas.
• Hagamos una o algunas obras de caridad. Recuerda que la caridad no solo se trata de regalar cosas, sino también compartir una palabra de aliento, una sonrisa. ¡Asegurémonos de demostrar que Dios vive en nosotros!
• Ante todo esto, levantemos la cabeza y fijemos la mirada, veamos los esfuerzos y las luchas continuas de tanta gente buena que se organiza, trabaja, y lucha por un mundo mejor, sostenida por la fe. ¡Incorporémonos y formemos parte de esa gente buena!

Tres actitudes para vivir el Adviento:
1. Esperanza: este tiempo nos invita a esperar. Nosotros esperamos la aparición gloriosa y definitiva de nuestro Señor Jesucristo. La esperanza es una virtud cristiana que debe marcar este tiempo de Adviento.
2. Atención o vigilancia: “Velen, manténganse firmes en la fe, sean hombres, sean fuertes” (1 Co 16, 13). Debemos estar pendientes, dispuestos y atentos, esperando al Señor.
3. Alegría: para muchos, estos tiempos son tiempos tristes y difíciles, pero los cristianos debemos luchar por estar alegres, sin olvidar que nuestra alegría está en el Señor. La llegada de Jesús nos debe animar y alegrar, como a Juan el Bautista que salta de gozo en el seno de su madre (Lc 1, 42-55).

Que este tiempo nos ayude a ser mejores cristianos, a seguir siendo luz que ilumina a los que viven en oscuridad. Que la solemnidad de la Navidad nos recuerde el gran misterio de nuestra redención, preparemos nuestra mente, nuestro corazón y nuestro espíritu para vivir con intensidad este tiempo de Adviento. Cuidemos el no mundanizar este tiempo, y nunca olvidemos su verdadero sentido.

Que la Virgen María primicia del Adviento, nos ayude a caminar atentos y listos para la segunda y definitiva venida de Jesús, nuestro Señor.

Héctor Elías Morales Montes.
Segundo de Teología

22 Nov 2019

HELLO! 1

Vida y muerte es un binomio que todos conocemos. Desde el momento de nacer, Dios nos llama a ser felices y dar frutos en el amor.

Hoy nos gusta lo inmediato en todo, por eso es difícil reflexionar en estas realidades de la existencia cuando lo que buscamos es la vida y escondemos el sufrimiento y la muerte. Es necesario un esfuerzo para visitar a un amigo o pariente enfermo; aunque solo lo hagamos brevemente. Molesta todo lo que nos detenga en la carrera por disfrutar el momento. El avance de la tecnología en todas las ramas nos parece inalcanzable por la rapidez de su desarrollo; pero en frente a esta situación la naturaleza mantiene sus tiempos, para la germinación en las cosechas, para el cambio en las estaciones, para las etapas de la vida.

Tomando este camino de la naturaleza me permito hacer una comparación. Imaginemos por un momento que podemos hablar con un bebé que crece junto al corazón de su mamá y decirle: -un día vas a salir de ahí y con tus ojos mirarás los colores el azul del cielo, el verde de los árboles y las praderas. Sentirás el perfume de las flores, verás los colores de las mariposas, escucharas el canto de las aves y tanta música bella. Con tus pies vas a caminar y correr para disfrutar del viento y del agua, y con tus manos harás una caricia a mamá y papá y recibirás su cariño.

El bebé desde ese lugar calientito, lleno de cuidado nos contestaría: -No me molesten estoy bien, en paz. No entiendo, qué es eso de colores. De mamá, de viento. ¡No entiendo! ¡Déjenme descansar! Tendríamos que convencerlo, decirle: -Confía en mí, créeme, sigue creciendo cada día; al nacer verás poco a poco lo que te he dicho y podrás disfrutar de la vida. A veces nosotros nos sucede lo mismo que al bebé.

Dios envía a su Hijo para salvarnos y construir un reino de paz y justicia, nos llama a participar en su edificación, unidos a Él. Pero estamos tan llenos de invitaciones y tareas que muchas veces no entendemos, ¿cómo, nos invitas a construir un mundo de paz con tanta violencia?

¡Sí! nuestra vida es un tiempo de construir, de sembrar. Jesús predica una parábola para decirnos que ningún momento es tarde para unirnos a Él con todo el corazón, nos dice que un hombre salió a contratar obreros para su viña los buscó muy temprano, luego volvió a media mañana y por la tarde y a todos los llamó. Algunos los encontró en la plaza, pasando el tiempo, desanimados por que no habían sido contratados (Mt. 20, 1-16). No le detiene la edad ni la historia de cada uno, basta que llenos de ánimo deseemos seguirlo en verdad, confiando en su palabra para transformar nuestra realidad.

Pensando en esa realidad de vida-muerte los cristianos de oriente en sus pinturas religiosas, los “íconos”, se realizan bajo la dirección de un maestro; casi siempre un monje. Cada ícono tiene una catequesis en el significado de sus colores, en su composición, en sus detalles, no solo en línea artística; pide una lectura del mensaje espiritual que se hace oración. Así, al plasmar el nacimiento de Jesús lo presentan envuelto, según la costumbre judía de tiempos de Jesús, de una manera que parece un difunto embalsamado, rodeado de un marco obscuro. Así recuerda a quien lo contempla, dos momentos de Cristo, su nacimiento de la Virgen María y su triunfo en la Resurrección venciendo a la muerte. Momentos de amor y de inicio de una vida nueva.

También nuestro Pueblo profesa con sencillez su fe en la vida después de esta vida, cuando con flores de cempasúchil, marcan el camino para que lleguen los seres queridos que han muerto. Primero los niños el día primero de noviembre y los adultos como fieles difuntos el día dos. Lo celebran en el altar de la familia ofreciendo la comida y los gustos de quien se ha marchado. El tañer de las campanas del templo les recuerda la oración y llenas de fe y alegría, proclaman la vida en una religiosidad popular que debemos comprender y a veces purificar, pero siempre afirmando la eternidad de la vida.

En una palabra, estos meses de noviembre y diciembre nos recuerden la presencia de Dios, primero en “los santos de la casa de junto”, como dice el Papa Francisco; luego en los difuntos, pensando en las benditas ánimas del purgatorio. Que estas memorias nos dispongan a transformar nuestra vida para nacer en Cristo a una vida nueva.

Pbro. Gerardo Charles García
Auxiliar de Espiritualidad y Prefecto de Pastoral
Revista San Teófimo No. 145

15 Nov 2019

HELLO! 1

En repetidas ocasiones me han preguntado si soy feliz en este camino. Toda vocación tiene sus retos, sus batallas, sus sacrificios; pero también muchísimas bendiciones y motivaciones que he ido descubriendo a lo largo de este caminar.

Soy feliz siendo seminarista porque he tenido la oportunidad de encontrarme con Jesús de manera muy particular; porque he visto a Jesús en mis hermanos y amigos seminaristas, cuando a pesar de que cada uno lleva consigo su propia historia, están y permanecen ahí. Me escuchan, acompañan, aconsejan, apoyan; me levantan cuando caigo, ríen conmigo en mis alegrías; me consuelan en mis tristezas, aprendo de ellos cuando tenemos diferencias, y me enseñan a amar a Dios con su vida.

Soy feliz porque he visto a Jesús en mis formadores, que me guían, dirigen, me muestran el amor y la misericordia de Dios. También me corrigen cuando me equivoco, se preocupan por formar en mí las virtudes de Jesús; con su cercanía, amistad, conocimientos, experiencia y testimonio, me motivan a encontrarme y buscar a Dios en la oración, en los sacramentos, en la fraternidad y en mi corazón; me alientan a discernir, a responder a esta vocación y a descubrir la voz y la voluntad de Dios en mi vida.

Soy feliz porque he visto a Jesús en la pastoral cuando he tenido la oportunidad de escuchar a quien necesita ser escuchado, confortar, consolar, transmitir esperanza a quien pasa por dificultades, acompañar a personas que caminan hacia Dios y también a quienes se sienten alejados de Él.

Soy feliz encontrando en el camino a amigos que me muestran el amor de Dios en sus familias, en sus matrimonios, en la forma en que viven su fe, muchas veces más fielmente que yo, e innumerables experiencias que Dios me ha regalado de sentir su presencia a mi lado y permitirme ser un instrumento para llevar a las personas hacia Él.

Definitivamente estoy agradecido con Jesús por ser el culpable de mi felicidad, por dibujar siempre una sonrisa en mi rostro y porque: “Cómo no ser feliz, si Jesús camina conmigo y a mi lado siempre”.

Oziel Rodríguez
3ero. de Teología

04 Nov 2019

HELLO! 1

Hablar de «mártires» o «martirio» en la Sagrada Escritura puede a simple vista resultar algo extraño o ajeno a su historia y contenido, y cuándo escuchamos esos términos, estamos acostumbrados a pensar en la “época cristiana”, concretamente en las grandes persecuciones de los siglos III-IV de nuestra era. Lo primero que viene a nuestra mente es la confesión de la fe cristiana que llevó a hombres y mujeres a derramar su sangre, antes que renegar de Jesús, como el Señor de sus vidas.

Sin embargo, en la Sagrada Escritura encontramos una evidencia en el segundo libro de los Macabeos, donde vemos al anciano Eleazar y a siete hermanos (cf. 2Mac 6,18-7,42) confesar su fe bajo riesgo de su vida. Tanto el anciano como el joven declaran: «abandono valientemente mi vida, dejo un ejemplo a los jóvenes al morir generosamente con ánimo y nobleza por las leyes venerables y santas… Entrego mi cuerpo y mi vida por las leyes de mis padres invocando a Dios para que pronto se muestre propicio con nuestra nación, y que tú con pruebas y azotes llegues a confesar que él es el único Dios» (cf. 2Mc 6,27-28; 7,37).

En el ejemplo y las palabras de estos hebreos – del s. II a.C. – encontramos la esencia de lo que en época cristiana será la esencia del martirio: una confesión de fe sin temor a la muerte, en la disposición perder la vida antes que renegar la fe. Incluso en el detalle de los «alimentos prohibidos» – propuestos al anciano Eleazar como signo externo de abandono de la fe – encontramos lo que será la esencia de la crisis de las siete comunidades cristianas de Asia, presionadas a tomar el «alimento idolátrico» del Imperio (cf. Ap 2,20). Sabemos a donde llevará el rechazo de dicho alimento: «ellos vencieron gracias a la sangre del Cordero y a la palabra del testimonio (martyria) que dieron, porque despreciaron su vida ante la muerte» (cf. 12,11); la victoria de los discípulos de frente a la comida idolátrica del dios imperio se alcanza con la propia vida. Así – tanto en Macabeos como en Apocalipsis – podemos constatar que en la Escritura el «martirio-mártir» tiene que ver con la fidelidad, la vida entregada, la sangre derramada, no son sino una expresión de una fidelidad radical, de un orden de valores que pone a Dios a la cabeza de las diversas opciones y realidades vitales, y que ordena la vida hacia Él, rechazando todo lo pueda apartarlo de Él.

Lo anterior vale tanto para el Primero (AT), como para el Segundo Testamento (NT), sin embargo cabe hacer una distinción, subrayar una novedad que está implícita en el texto del Apocalipsis y que define la “nueva esencia” del martirio cristiano: «ellos le vencieron en virtud de la sangre del Cordero» (cf. 12,11).

Los mártires cristianos no son “faquires” o “estoicos” que tienen resistencia al dolor físico, al grado de no temer a enfrentar una muerte violenta. No es dicha capacidad lo que constituye el martirio cristiano de acuerdo al Nuevo Testamento. Si fuera así, el martirio sería la exaltación de una resistencia humana frente al dolor o sufrimiento. Y esto no sería cristiano.

El himno del Apocalipsis declara que la victoria de los mártires es la victoria de Cristo, vencer en virtud de la sangre del Cordero, es afirmar que los mártires cristianos participan de la victoria de Cristo, que ser «mártir» no es un “título personal’, sino una vinculación con «Cristo mártir». Véase que se habla de la sangre del Cordero, que no es otra cosa sino una referencia a la Cruz de Cristo.

¿Qué significa esto y cómo ilumina el martirio?
El martirio ya una realidad presente en Israel en época pre-cristiana. Vencer en virtud de la sangre derramada de Cristo, es una forma de señalar que los mártires cristianos encontraban en el amor redentor de Cristo – un amor que lo llevó hasta el don de su vida en la Cruz – su fuerza e inspiración.

El martirio que enfrentaron fue su forma de responder al amor de Aquel que los había amado primero, de Aquel que los había amado hasta el final.

Pbro. Carlos Alberto Santos García

01 Nov 2019

HELLO! 1

Una dolorosa despedida, una promesa de vida después de la muerte, un “último” adiós, la certeza que en el cielo los volveremos a ver, entre otros gestos… Eso es lo que nos acompaña y consuela cuando un ser querido termina este peregrinar terrenal.

México ofrece a todo el mundo una rica tradición en torno a nuestros seres queridos que han partido a la casa del Padre: “El día de muertos”. La tradición de nuestro país basado en las tradiciones culturales de origen prehispánico, ha dedicado este día para hacer presentes a quienes han terminado este peregrinar, y ahora gozan en la casa del Padre.
La muerte es un tema que la iglesia aborda con esperanza: “Frente a la muerte, el enigma de la condición humana alcanza su cumbre” (GS 18).

El Catecismo de la Iglesia Católica propone que “La muerte es el final de la vida terrena. Nuestras vidas están medidas por el tiempo, en el curso del cual cambiamos, envejecemos y como en todos los seres vivos de la tierra, al final aparece la muerte como terminación normal de la vida” (No.1007).

¿Quién ha muerto? ¿Quién se ha ido? ¿A quién ya no volveremos a ver? ¿Jamás se repetirá un beso en la mejilla? ¿La muerte borra bellos momentos? ¿La muerte suprime el amor?
Vive en el corazón la figura del abuelo tierno y sabio, o de la abuela amorosa, que cocinaba y tejía. ¡Cómo se extraña aquellos “viejos” a quienes les decíamos “mamá” o “papá”! con quienes comprobamos que en un punto de la vida se invierten los papeles. ¿Ahora quién cuida a quién? –nos preguntábamos desconcertados-. ¡Cómo nos hacen recordar tantas anécdotas, el tío o la tía confidentes! Los primos con los que hicimos tantas locuras y cosas tan imprudentes, como refrescan la garganta y dan un sentimiento de libertad.

Los hermanos y hermanas que han partido, y nos enseñaron mucho, ellos son un hueco en el comedor, pero ya están instalados en su habitación eterna. El esposo o la esposa, compañero de esa unión que la hermana muerte separó; pero heredamos ese lenguaje de amor, que contiene tantos símbolos, guiños y muecas, pues solo entre amados se puede traducir esa única e irrepetible lengua de amor. Todos los que partieron repentinamente, dejando pendiente la reparación de la llave que goteaba, sin poder ocupar el asiento para la premier que se había reservado, sin despedirse y dejando tantas preguntas sin respuestas. En este día recordamos y hacemos presente a quienes han contribuido a formar las personas que somos.

El diagnóstico, la sala del hospital, minutos cruciales, un último suspiro, lágrimas, sepelio, un dolor y un vacío. Una sonrisa, un abrazo, cálido apapacho; una voz que se escucha, una mirada que llega al alma, un agradable aroma; viajes, charlas, cafés, desayunos, comidas y cenas; una vida que hace brotar otra vida; momentos y hechos articulados por el amor, que la muerte no puede borrar; para exclamar como el apóstol: ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? (1Co 15,55).

Pensar en su muerte nos hace valorar la vida; recordar su vida nos lleva a reflexionar en el momento que terminará la nuestra; lo que nos dieron nos hace ver quiénes somos. Hoy conmemoramos a nuestros difuntos convencidos que su partida no es el final:

Entonces se cumplirá lo que está escrito ¡la muerte ha sido devorada por la victoria! (1Co 15,54b).

Angel Salvador Martínez Chávez
1o. de Filosofía

01 Nov 2019

HELLO! 1

“La solemnidad de todos los santos, representa visualmente a toda la multitud de los redimidos, para descubrirnos el destino que nos espera también a nosotros, peregrinos. Es además, un motivo para hacernos conscientes de nuestra solidaridad con todos aquellos que nos han precedido en el mundo del espíritu. Todos ellos, que viven frente a Dios, son nuestros intercesores que dan impulso a nuestra vida”. (Misal Romano)

En mi caso, habitualmente le pido a la Virgen María que me ayude a ser tan dócil como ella, para interpretar las señales de su Hijo ante esta vocación que estoy viviendo, en la cual he podido ser más feliz.

La solemnidad de todos los santos, comenzó a celebrarse debido al excesivo número de mártires en el tiempo de la persecución de Diocleciano (302-313d.C.), que provocó la necesidad de celebrarlos un día en común.

Entre la multitud de santos que celebramos, hay algunos que se han destacado como símbolos de nuestra fe. No podemos olvidar el desprendimiento de san Francisco, la entrega de santa Teresa de Calcuta, la conversión de san Agustín, la valentía ante la muerte de san José Sánchez del Río, la gran paciencia en las largas filas de confesiones del santo Cura de Ars, la tenacidad de san Cupertino quien a pesar de sus dificultades para realizar sus estudios logró convertirse en sacerdote en tiempos muy estrictos y sobre todo el gran testimonio de humildad de la Santísima Virgen María. Sin embargo; a pesar de la diversidad de carismas y virtudes, todos ellos tienen algo común, el escuchar la voz de Dios para servir a quien lo necesite.

Aún así, no debemos creer que la santidad es una realidad alejada de nosotros, que no podemos alcanzar. La santidad es para todos, de manera que podemos imitar las virtudes de los santos para llegar a contemplar a Dios. Recordemos las palabras de Jesús a modo de exhortación “sean santos como su Padre celestial es santo” (Mt. 5, 48).

José Eliseo Soriano Aguillón
2do. de Filosofía

24 Oct 2019

HELLO! 1

No hay nadie que no quiera ser feliz, de hecho, todo lo que hacemos es con el fin de obtener la felicidad. El deseo de ser felices es algo natural en todos los seres humanos.

El ser humano siempre busca la obtención de bienes para satisfacerse, y los hay de toda clase. Podemos distinguir una escala de bienes: desde los más efímeros y básicos como el placer (alimento, descanso, placer sexual, ocio, etc.) el tener (posesiones materiales, empleo, salud, vivienda, etc.) y el poder (estima, reconocimiento, éxito, autoridad, etc) que son deseos instintivos de todo ser humano. Los buscamos en todo momento. Pero parece que no nos bastan ellos para sentirnos felices, pues estos bienes pueden estar ausentes. Podemos tenerlos, pero se nos escapan, un día nos sentimos bien (con placer) y al siguiente, nos sentimos mal; podemos poseer cosas materiales pero también perderlas; podemos ser reconocidos y aplaudidos, pero en el instante siguiente podemos ser humillados. Esto nos lleva a pensar que debemos ir tras otra clase de bienes más profundos y que le dan más sentido a la existencia.

El segundo escalón serían los bienes referentes a la realización de la persona, que pueden verse expresados en diferentes ámbitos. Por ejemplo, en los bienes conocidos como familia, amigos, afecto, intimidad, en los cuales una persona puede compartir su vida con personas de manera especial y única. Descubrimos que este bien es superior a los bienes primeros. Están también aquí, los bienes concernientes a la autorrealización. El ser humano busca su perfección propia, por eso busca superarse, llevar una vida de acuerdo a sus ideales morales, intelectuales y sociales. La búsqueda del ideal de sí mismo suele ser a veces frustrante, sobre todo cuando descubrimos que no siempre somos capaces de lo que soñamos. La paz del corazón nos es arrebatada cuando perdemos a un ser querido o cuando lo que hemos construido a lo largo de nuestra vida se ve destruido.

Es aquí donde descubrimos la cruda realidad de que encontrar la felicidad perfecta, parece ser sólo un utopía. Puede ser una postura bastante pesimista, pero es evidente que los bienes que tenemos, y en los cuales nos sentimos seguros y en paz, puede sernos arrebatados, podemos perderlos. Desde un bien material o un placer, hasta la persona que más amo. Podemos llegar a perder el sentido del ¿Qué hago aquí?, ¿Cuál es el objetivo de todo esto? ¿Para qué existo?

El Catecismo de la Iglesia Católica dice que el deseo de felicidad es “de origen divino: Dios lo ha puesto en el corazón del hombre a fin de atraerlo hacia Él, el único que lo puede satisfacer.” (CIC 1718) Existen muchos bienes, pero el Bien, el más excelso bien y el que le da más sentido a nuestro ser y que hacer en la vida, es Dios, autor de todos los demás bienes. Ya lo expresaba san Agustín acertadamente: “Nos creaste Señor, para ti, e inquieto está nuestro corazón hasta que descanse en ti.” (Confesiones I, 1). Este estar inquieto del que habla san Agustín, es un estado de búsqueda, pero una búsqueda acompañada de aflicción e incertidumbre. Es la falta de paz en el corazón, la falta de descanso. Si el descanso lo encontraremos hasta que estemos en Dios, podemos concluir que sólo en la vida eterna podremos poseer la felicidad perfecta. El estado de inquietud también puede sentirse reflejado en el querer ya gozar de la presencia total de Dios, demostrado por muchos santos. Santa Teresa de Jesús exclamaba: “Vivo sin vivir en mí y tan alta vida espero, que muero porque no muero.”

Ahora bien, no podemos simplemente sentarnos a esperar que llegue el día de nuestra muerte, para ser felices. La felicidad es algo que exige al ser humano esforzarse y actuar desde ahora, desde hoy. Sabemos que podemos buscar a Dios desde ahora, y encontrarlo en la oración, en los sacramentos, en la creación y en los hermanos, en especial en los más necesitados de nuestra amorosa ayuda. Es por eso que nuestra inquietud no puede reflejar sólo tristeza y aflicción.

Quien se ha encontrado con Jesús es una persona que contempla la vida de una manera muy diferente. A pesar de que no podemos ignorar que tenemos sufrimientos y pesares, quien se siente amado por Dios refleja siempre la alegría fundada en la esperanza de que podemos ser felices no sólo en la vida eterna, sino desde ahora. Es el Emmanuel, el que está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28, 19). Es un Dios vivo que camina con nosotros, y si Él vive eso es garantía de que podemos ser felices, podemos encontrar descanso en Él. Podemos saber que nuestros cansancios y sufrimientos servirán de algo. “Entonces podemos abandonar los lamentos y mirar para adelante, porque con Él siempre se puede. Esa es la seguridad que tenemos. Jesús es el eterno viviente.” (Christus Vivit n. 127)

El seguidor de Cristo debe saber que Jesús vino al mundo no para erradicar el dolor, sino para darle sentido y llenarlo con su presencia. En consecuencia vive la alegría del Evangelio, esa Buena Noticia: Dios nos ama y nos ha dado a su Hijo para salvación nuestra. Esta Noticia llena el corazón y la vida entera de los que se han encontrado con Jesús. Quienes se dejan salvar y amar por Él, son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría. (Cfr. Evangelii Gaudium n.1)

Ismael de la Torre Acosta
1ero. de Teología

18 Oct 2019

HELLO! 1

La felicidad es aquella satisfacción por un bien alcanzado o logrado. En el desarrollo de la cultura queda plasmada la búsqueda de esta felicidad, a la cual se referían de diversas formas, pero con un mismo fin: la posesión de un bien.

Los griegos buscaban la eudaimonía, los romanos la felicitas, en la edad media cristiana se pretendía alcanzar la beatitud. A pesar de establecer estos conceptos con una carga de significado particular, el trasfondo de esta búsqueda es la satisfacción plena de todos los bienes.

La sociedad griega de tiempos de Aristóteles está regida por un parámetro de búsqueda y práctica de la excelencia, la virtud (areté). En este modelo de sociedad, cada individuo busca la felicidad (eudaimonía) que es el estado de absoluta realización. El camino para alcanzar esta felicidad se logra en la búsqueda y realización del bien común: es en el orden social y el equilibrio comunitario que se concreta la plenitud personal.

Tal aspiración es digna de ser fomentada y estimulada, pues, ¿Quién no quiere ver satisfechos todos sus anhelos? Aunque la brecha generacional entre aquellas sociedades y las nuestras es bastante amplia, esta búsqueda de la felicidad, de la plenitud humana continua vigente, es atemporal.

Ciertamente la posmodernidad se ha encargado de presentarnos una amplia gama de opciones mercadotécnicas con la finalidad de satisfacer nuestros voraces apetitos. El capitalismo y el liberalismo económico propician el mercado y flujo de bienes y servicios de manera tal que no es necesario esperar para obtener algo, sino que la inmediatez de las transacciones indiscriminadas nos insta a llenar ese deseo de plenitud, ya no solamente con la búsqueda de la perfección en virtud, como los coetáneos de Aristóteles, sino mediante bienes desechables.

Esta cultura pragmática donde impera lo desechable y lo efímero puede sernos de utilidad, pues facilitan los quehaceres de nuestra vida, cada vez más acelerada. Queda demostrado que, con el progreso de los siglos, el hombre ha plasmado su incesante búsqueda de la felicidad en la técnica y ésta ha sido un medio fascinantemente monstruoso a la hora de brindar satisfacciones instantáneas.

Pretendiendo interpelar se presentan las siguientes cuestiones: ¿Qué entendemos por felicidad? ¿Estamos, actualmente, fomentando el bien común como búsqueda, práctica y realización de la felicidad? ¿Somos felices?

César Arturo Sánchez Lara
3ero. de Filosofía

27 Sep 2019

HELLO! 1

El próximo 30 de septiembre celebramos en la Iglesia Universal la memoria de San Jerónimo, a quien veneramos por su amor a Dios en la Sagrada Escritura, y quien se se dio a la tarea de hacer la traducción de ésta al latín. Por esto, la Iglesia de Monterrey durante la semana previa de la celebración de este santo, lleva a cabo lo que conocemos como Semana Bíblica, en donde en toda la Arquidiócesis se intensifica la reflexión en torno a la Palabra de Dios en la Biblia.

En este mismo espíritu de nuestra Iglesia local, el Seminario de Monterrey no queda excluido, y durante la semana del 23 al 27 de septiembre tenemos nuestra Semana Bíblica, en la que profundizamos y reflexionamos con más empeño la Palabra de Dios.

Todo cristiano tiene la tarea de acercarse a la Sagrada Escritura para profundizar en nuestra fe, ya que en ella, podemos conocer a Dios y entrar en comunicación con Él; por eso, con cuanta mayor razón en la formación sacerdotal el estudio de la Palabra de Dios, forma parte vital de nuestra formación.

El estudio y la reflexión de la Sagrada Escritura es tan importante en nuestra formación sacerdotal, que uno de los pasos para que un seminarista llegue al sacerdocio son los ministerios laicales, en donde uno de ellos es el Lectorado, que en la antigüedad era quienes podían leer en la Eucaristía la Palabra de Dios (como los grupos de lectores que hay en algunas parroquias). Pero este ministerio no se reduce a eso. Cada vez que nuestro Obispo, Monseñor Rogelio, da estos ministerios a los seminaristas, nos recuerda la tarea primordial de conocer y enamorarnos de la Escritura; ya que sin ello, nuestras palabras estarán vacías al no surgir de este encuentro con la Palabra.

Ciertamente el estudio de la Biblia no se queda condensado solo en una semana, no se trata de que solamente desempolvemos nuestra Biblia y que el resto del año no le prestemos atención; sino que esta semana, nos debe de llevar a saber la importancia que tiene su interiorización en cada cristiano y en cada joven que se está formando, para ser el futuro pastor del pueblo de Dios.

San Jerónimo nos dice que quien no conoce las Escrituras (la Biblia) no conoce a Cristo, por lo tanto, si queremos ser discípulos y amigos de Cristo tenemos que conocerlo por medio de su Palabra.

Dejemos que la Palabra de Dios nos impacte y nos transforme en nuestra vida cotidiana. Date tiempo de leer algo de la Biblia, comienza por los evangelios, escoge alguno de ellos y de ser posible no solo lo leas y ya, quédate con alguna frase que te haya impactado y llévatela a tu memoria para el resto del día y descubrirás, cómo es que Dios nos habla por medio de su Palabra.

Adrián Alejandro Garza Morales
3ero. de Teología