13 Dic 2021

HELLO! 1

El Adviento es un tiempo lleno de riquezas espirituales con las cuales nos podemos preparar para la Natividad del Señor. Esto lo digo porque la liturgia de la Palabra nos presenta varios personajes que nos motivan a permanecer en la esperanza viva en la venida del Señor en el portal de Belén en esta Navidad.

Podemos contemplar al profeta Isaías, que con sus palabras de consuelo nos indica la llegada del Emmanuel, del Dios-con-nosotros. Nos alienta a estar preparados con la esperanza de que todo va a mejorar, de que nuestras tristezas se convertirán en alegría. Y todo eso porque la misericordia de Dios es infinita.

También se nos presenta al precursor del Mesías, al último profeta del Antiguo Testamento, como algunos lo prefieren llamar así. Hablamos de Juan el Bautista, quien, en el desierto, con su vida austera y con sus palabras recias predicaba e invitaba a la conversión, y quien quisiese se bautizaba. Predicó la justicia del Señor, pero también la misericordia. Y como quien conoce realmente su puesto, su ser, se hizo a un lado para que Cristo fuera el que irradiara.

Sin embargo, por el momento, de ellos no se habla este tema, pero si es muy necesario observar todo aquello a lo que nos invitan. Nuestro tema, por tanto, será de la Virgen María.

Ella es una parte muy importante dentro de este tiempo, pues encontramos que la festejamos en diversos momentos, como la Solemnidad de la Inmaculada Concepción el día 8 de diciembre, donde celebramos que fue concebida sin mancha del pecado original. También, y obviamente como mexicanos, con un gran júbilo tenemos la fiesta de la Virgen de Guadalupe. Y para nosotros como regiomontanos también está la fiesta solemne de Nuestra Señora del Roble el día 18, en el cual nos congregamos en la Basílica del Roble para felicitarla y pedirle que cuide de nuestra ciudad.

Destaca mucho la Virgen María, porque a ella le fue anunciado que concebirá un hijo en su vientre por voz del Ángel Gabriel y que este será la salvación para todos. Esto se llevó a cabo en un diálogo de fe y de mutuo amor. De fe, porque ella como el pueblo de Israel, esperaban que Dios se acordara de su misericordia y mandara al Mesías, y de amor porque, ella es fiel a la Palabra, porque ama a Dios y está dispuesta a todo.  Entonces, ella dijo que sí a la voluntad de Dios, ella aceptó ser la madre del Salvador. Es un sí que benefició a todos, un sí que, aunque no sabía como iba a suceder tal acontecimiento, confió plenamente en Dios.

Así pues, como hijos de Dios, vivamos este Adviento de la mano de mamita María para poder esperar y disponer nuestro corazón para que Jesús venga a él, e imitarla dando un sí lleno de fe cada día en el servicio a nuestros hermanos, en el amor mutuo en una constante oración. Y, así, fervientes y llenos de esperanza digamos: ¡Ven, Señor Jesús!

Jesús Alfredo López Díaz

Seminarista | Primero de Teología

06 Dic 2021

HELLO! 1

En este año como Iglesia, iniciamos un camino de reflexión con destino al próximo Sínodo de los Obispos en el año 2023; en el cual, el Papa Francisco nos invita a que pongamos atención en una característica propia de la Iglesia: “la sinodalidad”. Para este Adviento 2021, también nuestro Arzobispo Mons. Rogelio Cabrera nos ha pedido que incluyamos esta visión y reflexión dentro del tiempo que estamos iniciando.

Primero que nada, recuerda que el Adviento por su etimología hace referencia a una ‘venida’, del griego adventus. La liturgia, nos habla del tiempo por el cual un nuevo año litúrgico inicia, con una duración de cuatro domingos y en la cual predominara el sentido de “prepararnos” que podemos ver reflejado en las lecturas como en el uso del color morado. Nuestro Catecismo de la Iglesia Católica afirma que adviento es “el tiempo en donde la Iglesia actualiza la espera del Mesías: participando en la larga preparación de la primera venida del Señor; como también aquella segunda venida de Cristo” (cf. CEC, 524).

Entonces, Adviento es el tiempo propio por el cual nos preparamos para así esperar al Mesías que está pronto a nacer. ¿Cómo nos preparamos? Por una parte, rectificando el camino; es decir, abandonar todo lo malo de nuestras vidas y volver al camino que nos lleva a la santidad; por otro lado, estar vigilantes, que no nos pase de largo el misterio divino de la encarnación, donde Dios se ha hecho hombre, el nacimiento del Mesías, del Emmanuel (‘Dios-con-nosotros’). Recuerdo bien las palabras de mi abuelita al preparar a sus nietos para la Navidad: «Adviento es el tiempo propicio para que nuestros corazones sean aquel pesebre en donde el niño Jesús pueda nacer». Considero estas dos actitudes propias a vivir durante el tiempo de Adviento: «rectificar nuestras vidas y estar vigilantes».

En cuanto a la sinodalidad, es importante entender que ella es propia de nosotros como Iglesia. “La sinodalidad en la vida y en la Misión de la Iglesia” en el número 3 nos dice: “La Iglesia es la asamblea convocada para dar gracias y cantar alabanzas a Dios como un coro, una realidad armónica donde todo se mantiene unido, porque quienes la componen, mediante su relación recíproca y ordenada coinciden en el mismo sentir”. Vivir sinodalmente como Iglesia es saber que caminamos juntos, que todos los que hemos sido llamados y formamos un solo cuerpo en la Iglesia (cf. 1 Co 12, 27), tenemos la misma responsabilidad de compartir el amor de Jesús. El Papa, obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas, laicos en sus distintas maneras de vivir, estamos llamados a ser y hacer Iglesia. Es saber que el Espíritu Santo nos colma de dones y carismas distintos a cada uno de nosotros (cf 1 Co 12, 1-11), pero también es reconocer que cada quien tiene una riqueza por aportar para hacer presente el Reino de Dios (cf. Mt 13, 44). Considero que esto nos lleva a sabernos con mucho valor, mismo que Dios nos ha dado, y que lo podamos ofrecer a los demás participando como una sola Iglesia.

¿Cómo poder vivir este Adviento 2021 con sinodalidad? La invitación creo que es clara. Podemos rectificar nuestro camino, pero en especial que podemos sanar aquellas instancias en donde tal vez hemos faltado a vivir fraternos con otros o al no ser ejemplo como cristiano, a que podamos prepararnos para la venida del Señor, pero que también ayudemos a otros a prepararse. Seamos consientes de que no todos tenemos la oportunidad de tener una cercanía grande con Dios, extendamos nuestras manos y ayudemos a otros a vivir esta experiencia. En este Adviento propongámonos caminar como una Iglesia fraterna, como una sociedad firme, como una familia unida.

Que la Sagrada Familia, modelo de todas las familias, sean nuestro ejemplo de vivir un Adviento y una sinodalidad: vivir unidos profundamente a Dios, poniendo nuestras capacidades ante Él, y tomar juntos la responsabilidad de una misión en particular.

Abraham Rodrigo Oliva Espinosa
Seminarista | 3ero de Teología

26 Nov 2021

HELLO! 1

Hoy en día nos enfrentamos a una infinidad de problemáticas que cada vez nos agobian más. Una sociedad de consumo nos mueve a buscar siempre “lo nuevo” y a desechar todo aquello que no nos brinda algún beneficio o satisfacción, no solo con las cosas sino también con las personas; una sociedad individualista nos hace creer que podemos prescindir del otro, que no necesitamos de nadie para vivir ni salir adelante; una sociedad relativista, que la verdad está sujeta a lo que cada quién dice o decide; así podríamos seguir y nunca terminar.

Si analizáramos tan solo un poco de todo lo que este mundo nos presenta como “el camino que debemos seguir para alcanzar la felicidad”, encontraremos un común denominador: se prescinde de Dios, así como de todo aquello que se relacione con Él. Esto quiere decir que poco importan la fe, la esperanza y el amor; que poco ha valido la obra redentora de Cristo, que lo que el mundo nos ofrece es mucho mejor. ¡Qué equivocado está!

Ahora bien, ¿en cuántas ocasiones hemos sentido en nuestra vida que no somos dignos ni merecedores de su amor? ¡Muchísimas! ¿Cuántas veces hemos sido conscientes de que el mismo Dios se entregó por nosotros? ¡Muy pocas! Vemos al crucificado e inmediatamente sentimos que no hay mérito alguno por la gracia tan grande que hemos recibido, pero no debemos olvidar lo que escribió san Pablo a los Gálatas, “El Hijo de Dios me amó y se entregó por mí”(Gal 2, 20), Jesús, el mismísimo Hijo Único de Dios nos devolvió la dignidad que a causa del pecado habíamos perdido, ¡qué afortunados somos!

Por eso es necesario gritar y reconocer ante el mundo de hoy ¡cuánto necesitamos de Cristo! Se nos ha olvidado que Jesús vino a salvarnos de la muerte, a librarnos del pecado. Él mismo nos ha dado la oportunidad de levantarnos cuando hemos caído y de dar a nuestra vida el giro necesario para retomar el camino y seguir andando. Tengamos siempre presente lo que significa la Redención. No fue algo que sucedió así porque sí. El deseo de Dios es y siempre será que volvamos a Él.

Esta bella obra de la redención debe recordarnos en todo momento que el amor de Dios por cada uno de nosotros supera los límites de la razón, y que nos llama día con día a responder generosamente con nuestra vida a su voluntad, a “ser santos como su Padre celestial es santo” (Mt 5, 48).

Si nuestro entorno insiste incansablemente en alejar a Dios de nuestras vidas, hagámosle saber lo que santa Teresa de Ávila decía fervorosamente: “¡solo Dios basta!”. Su entrega en la cruz será suficiente para nosotros para enfrentar todo aquello que nos haga sentir poca cosa, y recordar que somos profundamente amados por aquel que dio su vida por nosotros.

Luis Carlos Solís Garza
Seminarista en Experiencia Eclesial

19 Nov 2021

HELLO! 1

En nuestro mundo actual sigue existiendo un fenómeno conocido como ateísmo. Este fenómeno, como es de costumbre, ha ido cambiando a través del tiempo en algunos aspectos, pero conservando su esencia.

Para comprender mejor qué es el ateísmo podemos situarnos en el lugar de un ateo. Pensemos en un hombre que argumenta que no existe una evidencia empírica directa de un ser supremo, que también contempla una diversidad de religiones que le crean confusión y dudas de que exista un verdadero Dios, y que al mismo tiempo es consciente de su libertad para creer o no creer. El ateo busca entonces una forma de justificar la creación, el orden y la perfección del universo con una explicación científica donde la idea de un dios no tiene cabida.

Podemos enumerar de alguna forma ciertas causas del ateísmo, pero sería involucrarse en la esfera personal de cada hombre; así que lo que podemos mencionar como preámbulo del ateísmo, es que existe una idiosincrasia cerrada a una explicación sobrenatural del origen del universo, que reduce la realidad a explicaciones científicas; por lo tanto, Dios no existe. Aunque también puede existir una forma de ateísmo en la que ni siquiera existe una preocupación por preguntarse algo acerca de Dios y el universo, una forma de vida totalmente escéptica y al mismo tiempo pragmática, sin trascendencia.

Nietzsche es un gran filósofo, de origen alemán, que proclama una sentencia bastante atrevida: “Dios ha muerto”. Esto quiere decir que el hombre ha tomado el lugar del ser supremo y se ha proclamado como “superhombre”, ha sido él quien ha matado a Dios. Esto genera como consecuencia que todos los valores mueran también, y sean reemplazados por nuevos valores creados por el mismo hombre. Este nuevo estilo de vida es ahora poder, querer poderlo todo, entrando por la puerta sin retorno del deseo insaciable del hombre de querer siempre más poder.

Hay que advertir que, así como el ateísmo propuesto por Nietzsche, existen otras formas de ateísmo que conducen tarde o temprano al inmanentismo; es decir, a sostener que el hombre es la causa de que todo tenga un sentido, que es la única explicación y fundamentación de donde procede toda verdad.

Hemos de hacer notar entonces que el ateísmo cierra las puertas del hombre hacia la posibilidad de un ser divino, quedándose el hombre como el mismo ser divino. Pero la realidad es que existe una diferencia metafísica bastante clara entre el ser humano y el ser divino que no pueden equipararse. El ser supremo es ante todo omnipotente, y está por encima de todo cuanto existe, incluso por encima de la negación que pueda hacer el hombre de él.

De igual forma, existe un vínculo innegable entre el creador y su creación, y bastaría este vínculo para decir que hay una relación: donde uno crea y el otro es creado por el primero.

Afirma Agustín de Hipona: “nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti”. Hemos sido creados por un ser supremo con el fin de existir siempre en referencia a Él; Él es Ipsum Esse Subsistens, existe por sí mismo, y nosotros existimos por él, por su bondad suprema. Además, Dios ha constituido nuestro ser con un deseo por conocerle, un deseo que no será satisfecho por nada que no sea Él mismo. Así, el ser del hombre llegará a su plenitud y perfección cuando se encuentre frente a su creador, cuando éste así lo decida.

Édgar Omar Lara Zavala
Seminarista de Experiencia Eclesial del
Seminario de Ciudad Victoria

12 Nov 2021

HELLO! 1

El hombre ha sido creado por Dios de una manera perfecta y muy compleja, que es la unión de alma y cuerpo. Esto quiere decir que el ser humano posee una realidad espiritual y corporal.

Por mucho tiempo han surgidos distintas maneras de entender el cuerpo humano, algunas corrientes filosóficas lo consideraron como algo malo. Ejemplo de esto tenemos a Platón, quien planteaba que el cuerpo era la cárcel del alma. Otros dirán que el cuerpo solamente es sufrimiento y que la verdadera esencia del hombre es el alma porque ella es inmortal y no padece de agotamiento.

Pero vale la pena tan solo pensar que el Hijo de Dios quiso encarnarse, Él siendo eterno y sin estar sujeto a la temporalidad de la corporalidad asume un cuerpo mortal. Entonces, si Dios mismo se encarnó, ya desde ahí podemos ver que el cuerpo es algo de muy alta dignidad. Y esta dignidad se confirma con la resurrección de Jesús en un cuerpo glorioso.

El hombre posee inteligencia, es capaz de aprender y de realizar grandes acciones que van marcando su misma historia y la vida de quien lo rodea. Por eso es necesario pedir a Dios su sabiduría para que nuestras acciones estén en concordancia entre alma y cuerpo. De modo que haya integralidad en nuestra vida involucrando todo nuestro ser.

Conviene recordar que el hombre al ser una realidad espiritual, es capaz de hacer oración y de entrar en diálogo con Dios, por el bien de los demás y por él mismo. La oración es fundamental para cuidar el estado espiritual, así como lo es la comida saludable para el cuerpo. El hombre necesita de su creador, necesita hablar con él, alimentarse de él, decirle sus alegrías y angustias, sus problemas y agradecimientos, platicarle de su familia, trabajo, amigos y pedirle perdón cuando se ha cometido una falta. Por eso, el ámbito espiritual no puede quedar fuera de la vida del hombre, porque es algo que lo constituye como persona.

Somos llamados a llevar una vida plena y esto parte del reconocer nuestra integralidad espiritual y corporal. Reducir a la persona a una sola de estas dimensiones sería empobrecerla y coartarla en sus capacidades.

Roberto Manrique Nielsen
Seminarista | Primero de Filosofía

05 Nov 2021

HELLO! 1

Hablar de la fiesta de San Teófimo Mártir como patrono de nuestro Seminario de Monterrey, es hablar de una celebración de enorme significado para muchos sacerdotes y seminaristas de la Arquidiócesis de Monterrey, que hemos tenido la dicha de vivirla cada año como una oportunidad para fraternizar, como un espacio para que los hermanos menores en formación conozcan a sus hermanos mayores y viceversa; y comience a su vez, un conocimiento de San Teófimo, el Mártir que acompaña nuestra vocación. Los cuatro institutos, Seminario Menor, Curso Propedéutico, Filosofía y Teología nos congregamos para celebrar la fiesta en honor a nuestro Santo patrono, nos encontramos y compartimos la alegría a través de la convivencia deportiva y de las celebraciones litúrgicas que nos unen como hermanos. San Teófimo se convierte así en un compañero de vida a través de los años de formación y va forjando en nuestra vocación un deseo de entregar la vida por Cristo al servicio de los demás.

Es cierto que poco conocemos de él, algunos le han llamado «desconocido» como menciona el padre Hugo Chávez en una de sus reflexiones en el marco del novenario a San Teófimo Mártir. O sólo «Mártir» haciendo alusión a que con eso se dice todo, como lo expresa Monseñor Gerardo Charles en su libro «Lo llamaré Mártir». Sabemos de nuestro Santo patrono que es un mártir del siglo II, que sus restos fueron descubiertos durante las excavaciones en unas catacumbas de Roma y que, en el año 1925, en una época en la que la Iglesia en México pasaba dificultades, el Arzobispo de Monterrey José Juan de Jesús Herrera y Piña solicitó al Papa traer los restos de San Teófimo a nuestra ciudad. Es probable que el 2 de junio Mons. Herrera y Piña haya recibido la urna con los restos de San Teófimo y los haya depositado en el Seminario. Para el año 1931 los seminaristas solicitaron a Mons. Guadalupe Ortiz sucesor de Herrera y Piña que declarara al Mártir como patrono del Seminario, quedando como fecha de la fiesta patronal el día 5 de noviembre.

Hoy, a diferencia del año pasado que por motivo de pandemia cada uno de los cuatro institutos de manera separada, es decir, desde su casa de formación, tuvo que celebrar la fiesta a nuestro santo patrono, nos hemos vuelto a reunir con los protocolos y cuidados necesarios. Como comunidad del Seminario de Monterrey hemos sido convocados en sintonía con nuestra Iglesia universal bajo el lema de «la sinodalidad», cuyo significado indica el camino que recorren juntos los miembros del pueblo de Dios y que, como dice el Papa Francisco en su discurso conmemorativo del 50 aniversario de la institución del sínodo de los obispos «la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio».

Como futuros pastores es nuestro deber y deseo profundizar y crecer en la belleza de sinodalidad y hacer de nuestro Seminario un espacio de escucha, de diálogo y de comunión con el hermano y con Dios. La figura de San Teófimo Mártir patrono de nuestro Seminario, además de recordarnos que nuestra vocación requiere entregar la vida por Cristo y de unirnos como comunidad, también nos alienta a caminar juntos en la vocación sacerdotal y en nuestra vida cristiana. Que bajo la intercesión de nuestro Santo patrono podamos alcanzar los dones y las gracias necesarias para nuestra vocación.

¡San Teófimo Mártir, Ruega por nosotros!

Marco Antonio Cruz Pérez
Seminarista | Segundo de Teología

29 Oct 2021

HELLO! 1

Lo absurdo nos rodea envolviendo la existencia como un teatro donde se realiza una interpretación de alguna comedia antigua. Pocas cosas pueden ser vistas con sentido, si se ha prescindido de significado en la existencia. El sentido de vida no tiene que ver con la comprensión de los objetos y de los hechos, sino con un fondo significativo que brinda un contenido profundo tanto a la totalidad de lo real, como a cada una de sus partes.

Este fondo significativo se descubre o se estructura en una experiencia posterior al encuentro con la realidad. Para alcanzarlo, se debe ubicar el origen del que proviene la realidad, y el fin al que tiende en último término. Este proceso es aplicado también al ser humano, único que tiene conciencia de la propia existencia, de modo que el sentido de su vida solo puede ser comprendido al significar la muerte. No refiero aquí solamente a una definición técnica, sino que, en la medida como cada uno sea consciente de su muerte, también será consiente de su vida. Al contrario, quien prefiera olvidar el final de su vida, no puede vivir auténticamente, sino solo en las penumbras de la vida sin-sentido.

A pesar de la tendencia por olvidarnos de la muerte, es indiscutible que el morir es un tema inherente a nuestra naturaleza humana. La angustia por el final de nuestra existencia nos hace preguntarnos si lo que se ha vivido, sentido y hecho tiene alguna importancia. En última instancia ¿qué sentido tiene vivir si en el fin no hay ninguna esperanza? Sin esperanza, solo somos como una cuerda de piano que vibra por un breve momento de tiempo, pero sin importar las circunstancias, dejará de vibrar y quedará en completo silencio. Pero una cuerda no puede angustiarse por su tendencia al silencio como un hombre lo hace por el final inevitable de su vida. Aquí ya hay un atisbo de la semilla de eternidad implantada en el corazón del hombre.

El hecho de darle un sentido a la muerte, aunque sea el sin-sentido, evidencia que en él hay algo más que solo su ser: hay una conciencia de la existencia que anhela que ella misma permanezca sobre el tiempo. La angustia se debe al rechazo de la idea primera sobre la muerte, que siempre tiene un aspecto negativo. Pero la angustia por la muerte indica, no la desesperanza, sino al contrario, el hecho de que tenemos en el interior algo que tiene anhelo de trascender, es decir, tiene esperanza; y ya que solo el que está en potencia de algo puede esperarlo, concluimos que en nuestra constitución como hombres hay una trascendencia incompleta.

La plenitud humana es realizada admirablemente en Jesucristo (GS 22), y el sentido del morir se descubre en la contemplación de la muerte del Hijo de Dios en la cruz. En efecto, la cruz y la muerte resultan escandalosas para cualquiera que quiera simplemente vivir en la tranquilidad de los placeres temporales (1 Cor 1, 23); pero para aquel que quiera alcanzar la plenitud de vida, tiene que experimentar también una muerte plena. Así, para quienes desean tener una vida con el mínimo de preocupaciones, es fácil quedarse en la comodidad y olvidarse de los otros que le necesitan. Qué fácil hubiera sido para Jesús haberse quedado cómodamente en Nazareth con su madre, realizando las faenas cotidianas como hasta entonces; pero la verdadera plenitud de la existencia requiere arriesgar la propia vida en favor de lo más importante, que trasciende a la propia persona.

En conclusión, seguramente quien no entregue su vida en favor de lo que en verdad tiene sentido, padecerá una de las muertes más miserables. Ya decía el salmista: «El hombre opulento no entiende, a las bestias mudas se parece» (Sal 49, 21). La pregunta para cada uno radica en el valor verdadero de lo que realizamos pues, aunque entendemos que hay mayor valor en el amor sobre cualquier bien temporal, en la práctica temo que hemos dejado morir a muchos porque no hemos sido capaces de vivir/morir por los demás.

Sergio Mendoza González
Seminarista | 1ero de Teología

22 Oct 2021

HELLO! 1

“El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar” (Catecismo de la Iglesia Católica n. 27).
En el principio, Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, en un acto libérrimo de amor, en el sexto día, para coronar su creación a la cuál miró buena (Cf. Gn. 1, 26-31). De lo anterior, ¿qué implica el ser creados a “imagen y semejanza” de Dios?

Implica ser seres únicos, racionales y libres, no solo se refiere a cualidades espirituales, sino que Dios mira bueno al hombre y a la mujer en su integridad; no solo el cuerpo o el espíritu, sino en toda su persona (Catecismo de la Iglesia Católica n. 362). No es el ser humano una simple imagen, es una persona que contiene toda una dignidad; aunque es un ser “inferior a los ángeles”, al mismo tiempo es un ser que fue “coronado de gloria y dignidad” a quien Dios le concedió el dominio sobre “las obras de sus manos” (Cfr. Sal. 8). Dios es entonces el marco de referencia del hombre, pues la dignidad del hombre remite siempre a la dignidad del Creador.

Sin embargo, ¿por qué el hombre cayó en el pecado? Un solo acto de desobediencia causó una catástrofe terrible en nuestra realidad. Toda la santidad y la justicia con la que fue dotada el ser humano se deterioró gracias a la desobediencia de un hombre. ¿Cuál fue la causa?

“El hombre, tentado por el diablo, dejó morir en su corazón la confianza hacia su creador (cfr. Gn 3,1-11) y, abusando de su libertad, desobedeció al mandamiento de Dios” (Catecismo de la Iglesia Católica n. 397). El hombre con el pecado hirió su dignidad, entró la corrupción (la muerte) y la amistad con Dios se debilitó. Desobedeció a Aquél que le creó y le tendió la mano. El pecado es, entonces, algo más que la simple carga moral, sino que es algo en contra de la misma identidad y dignidad que nos confirió Dios al momento de la creación, además que es un insulto a la misma amistad que nos ha ofrecido.

“Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Cfr. Rm 5,20). Recordemos una cosa: el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios. Dios, desde el principio, ha buscado la amistad del hombre para hacerlo participar de su gloria. ¿En qué consiste esta amistad con Dios? Rememoremos la frase del principio: “El deseo de Dios está inscrito en el hombre”. Esta amistad implica regresar a Él, es volver a la santidad del primer comienzo. Entonces, el deseo que Dios ha inscrito en nuestros corazones es su voz que nos llama a la santidad: la bienaventuranza. La cura del pecado es la gracia, pero no es por sí misma, sino que es por la gracia que recibimos “por la obediencia de uno solo” (Cfr. Rom. 5, 19).

La amistad con Dios se ha restablecido gracias a los méritos de Cristo, gracias a su pasión, muerte y resurrección. Cristo, su Hijo, que se hizo como nosotros, no solo para restablecer nuestra dignidad herida, sino para llegar a ser como Él es, ser santos.

La santidad no solo son virtudes heroicas o altares y estampitas, sino que es algo más profundo, es aceptar la invitación diaria que Dios nos hace a ser sus amigos, a participar de su gloria transformando lo ordinario de la vida en algo extraordinario. Es participar de la gracia obtenida por nuestro Amigo, que con su obediencia nos enseña a ser obedientes al Padre. Como es un llamado universal este no se limita a los que son consagrados, sino que es un deseo que todo ser humano tiene. Nadie está exento de esta vocación, la vocación no se limita a una profesión, sino que es (como su etimología lo dice) un llamado. Seamos capaces de decir algún día: ¡Pídeme, Señor, lo que quieras y dame lo que necesito!

Gerardo Antonio de León Pecina
Seminarista | 1ero. de Filosofía

15 Oct 2021

HELLO! 1

“Cuando Dios creó al hombre, lo creó a su imagen; varón y mujer los creó” (Gn 1, 27). El ser humano es muchas cosas, pero una certeza que nos da nuestra fe es que no somos una casualidad; ni fuimos resultado de un evento por mero accidente, ni nos aventaron a la existencia. Como dice el libro del Génesis, Dios nos creó a su imagen y semejanza, queriendo decir que, al saberse perfecto, nos piensa con este mismo propósito: “Sean ustedes perfectos, como su Padre que está en el cielo es perfecto” (Mt 5, 48).

Para poder acceder a esta plenitud no se tiene que esperar a la muerte, Dios en su infinita sabiduría y como Padre amoroso que es, sabe de la necesidad que tiene el hombre por conocerle para poder así alcanzar su plenitud. Es por esto que Dios nos dio la capacidad de poder encontrarlo en nuestro interior. A diferencia de lo que nos propone el mundo nuestra plenitud no se encuentra en las cosas exteriores. Es sencillo para el ser humano perderse en lo que ve a su alrededor porque nuestros sentidos son lo más próximo que tenemos, sin embargo a veces se vuelve complicado aventurarse a descubrir lo que hay en el interior. No adentrarnos al corazón nos puede hacer caer en el error de creer que lo terreno es lo único existente. Así como un bebé, antes de nacer, cree que el vientre de su madre es lo único que conocerá. Del mismo modo las cosas del mundo se nos presentan como únicas y grandiosas, sin embargo por más atractivas que parezcan se acabarán, son finitas. Mientras que el propósito al que nos llama Dios es infinito.

Esta llamada que nos hace nuestro Padre es primeramente comunitaria y dentro de ella, personal. Dios Padre conoce la comunión ya que Él es comunión con Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. Y ya que fuimos creados a su imagen y semejanza, también somos llamados a vivir la comunión. Dentro de este llamado comunitario encontramos nuestra individualidad, donde Dios nos reconoce como seres únicos: “No temas, que yo te he libertado; yo te llamé por tu nombre, tú eres mío” (Is 43, 1). En esta unicidad, Dios nos pensó con una misión exclusiva; esta vocación para la cual fuimos pensados nos dará nuestra plenitud, nos descubriremos creación e hijos de Dios con una vocación a la cual nos invita, respetando siempre nuestro libre albedrío.

Esta libertad es clave en nuestro llamado. Al habernos entregado el don de la libertad, Dios nunca se contradeciría y nos la quitaría, eso iría en contra de su propia naturaleza, por lo que cuando nos llama siempre lo hace respetando nuestra decisión. Con nuestra respuesta, ejercemos nuestra libertad de elegir, así como muchos lo han hecho de responder o no al llamado que nos hace nuestro Padre, pero es vital enfatizar que nuestra plenitud radica en dicho llamado, nuestra trascendencia a lo terrenal sólo es posible en Dios.

El hombre nunca podrá ser saciado con las cosas materiales, siempre habrá algo en él que le pida más y más, un hambre que nunca acaba ya que se alimenta con cosas pasajeras del mundo. Solamente en Dios; Padre, Hijo y Espíritu Santo es donde podemos ser real y verdaderamente plenos, es Él quién nos ofrece un amor sin fin, una alegría tan grande que ya no habrá mal en el mundo que nos detenga a predicar su Evangelio, y ni el dolor ni la muerte nos podrán callar o detener porque habremos conocido a la Verdad.

Recordemos siempre que fue Dios quien nos amó primero, y su amor fue tan inmenso que nos dio a su Hijo para salvarnos del pecado. Fue Jesucristo nuestro maestro quién nos mostró el amor eterno del Padre, nuestro llamado a permanecer en él y la certeza de que es sólo en Él donde está nuestra alegría completa: “Yo los amo a ustedes como el Padre me ama a mí; permanezcan pues, en el amor que les tengo. Si obedecen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, así como yo obedezco los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les hablo así para que se alegren conmigo y su alegría sea completa” (Jn 15, 9-10).

Andrés Pedro Hurtado Nevárez
Seminarista | 1ero. de Filosofía

08 Oct 2021

HELLO! 1

“El tren de la vida no espera, pero tú decides si te subes o no”, hace días leí esta frase en redes sociales de un autor desconocido y me preguntaba ¿cómo vamos avanzando en nuestra vida ante el mundo? ¿es verdad que la vida va acelerando tan rápido que apenas y logramos seguirla?

Si la vida la comparamos con un tren que avanza tan deprisa, la decisión de subirme o no, tendría que ser la más fundamental y no volvernos impacientes en tomar una decisión sin pensar, ya que son nuestras decisiones las que van dándole rumbo a nuestra historia, ¿hacia dónde se dirige el tren? Tendría que ser clave para saber si quiero ir a tal dirección o no.

Las decisiones que tomamos van ligadas con nuestras motivaciones, mismas que solo sabremos si nos ponemos a pensar en lo verdaderamente importante para nosotros y para el mundo, darles sentido a dichas motivaciones serán los valores permanentes que queremos tener y ofrecer a lo largo de nuestra vida.

Hoy en día, vivimos en un mundo donde lo que es importante para una persona, puede que al día siguiente ya no lo sea, donde la motivación puede cambiar tan rápidamente porque el sentido que se le daba desapareció. Vivimos en un mundo donde el hombre ha crecido tan rápidamente en inteligencia, pero también dejándose llevar por sus deseos, donde ha conseguido un gran poder, pero tristemente no siempre consigue someterlo a su servicio, donde goza de gran libertad, pero genera nuevas formas de esclavitud.

Entonces, ¿en qué se tiene que basar mi motivación para poder decidir la dirección que le tengo que dar a mi vida? Necesitamos algo que sea permanente, que no se esfume de un día para otro, y solo puedo pensar en las palabras que dijo Jesús: “Quien escucha mis palabras y las pone en práctica se parece a un hombre prudente que construyó su casa sobre roca. Vino la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos, y chocaron contra esa casa, pero no cayó, porque estaba cimentada sobre roca” (Cfr. Mt 7, 24-26).

La realidad es que, en nuestros tiempos, nos cuesta trabajo discernir cuáles son los valores permanentes. Buscamos una armonía en la sociedad, pero sin desarrollar una espiritualidad a la par. Queremos demasiadas cosas porque sabemos que somos capaces de conseguirlas, pero no logramos darles sentido a nuestras vidas. Todos necesitamos una casa sobre roca, que cuando ocurran los peores problemas, sea Él nuestro principal refugio y sobre todo la principal motivación para salir adelante, su Palabra nos da vida, nos llena de sentido y es eso lo que al mundo le hace falta.

Jesús nos invita a viajar con Él, pero antes de tomar una decisión, nos explica con su Palabra la dirección a la que se dirige, dándonos la libertad de subirnos o no, pero a diferencia del tren que no espera, él se queda con nosotros, sin importar cuál sea nuestra decisión y esa es la motivación principal, Dios siempre estará con nosotros, porque Él es el camino, la verdad y la vida (Cfr. Jn 14, 6).

Sergio Uriel García Medrano
Seminarista | 3ero de Teología