25 Feb 2022

HELLO! 1

“La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los campos que envíe trabajadores para su cosecha” (Mt 9, 37-38).

Durante el mes de febrero la Iglesia de Monterrey se dedica a orar por las vocaciones sacerdotales, siendo así conocido como “el mes del Seminario”. Durante este tiempo los seminaristas de Monterrey tenemos la oportunidad de visitar las distintas parroquias de nuestra Arquidiócesis, invitando a los fieles a orar constantemente por los sacerdotes y seminaristas y agradeciendo el donativo que durante el mes de febrero (y durante todo el año) hacen para el sostenimiento de nuestro Seminario.

Al ser la primera experiencia de Colecta Anual que he tenido de manera presencial debido a la pandemia, ha dejado momentos guardados en mi interior, pues las muestras de aprecio y cariño de los fieles hacia el Semanario, y sus mensajes de ánimo, son de gran motivación para mi caminar vocacional. Llamó especialmente mi atención el comentario que realizó una señora con la cual conversaba en uno de los domingos de colecta, pues ella mostraba una gran preocupación por la falta de vocaciones, preguntándose qué pasaría si en un futuro ya no hubiese vocaciones sacerdotales, preguntándose cómo podrían los fieles ir a Misa, acercarse a la Eucaristía, reconciliarse con Dios, o incluso ser constituidos hijos de Dios por medio del Bautismo, esto me hizo reflexionar acerca de lo alarmante que es la actual falta de vocaciones.

La Iglesia necesita sacerdotes, y cada vez más presenciamos una disminución en el número de vocaciones al sacerdocio, por ello, es importante la oración constante de los fieles. No nos cansemos de orar por el bien de la Iglesia, por los sacerdotes que guían al rebaño y por los jóvenes que se preparan para algún día serlo; pero sobretodo, oremos mucho por los jóvenes que buscan el sentido de su vida, por los jóvenes a quien Dios llama a su viña, para que sepan atender con generosidad y amor a la voz del Señor que los invita a seguirlo.

Agradezco grandemente la ayuda económica que cada fiel hace al Seminario, pero sobretodo agradezco mucho la ayuda espiritual que nos dan por medio de la oración, esta oración nos hace mucho bien, pues es la que nos sostiene y nos alienta a seguir adelante, para llegar un día a configurarnos con Cristo Buen Pastor.

Armando Sánchez Rodríguez | 2º de Propedéutico

18 Feb 2022

HELLO! 1

El papel del sacerdote ha sido muy importante a lo largo de la Historia de la Salvación. Él era quien ayudaba al pueblo judío a expiar sus pecados mediante sacrificios ofrecidos a Dios. Con su venida, pasión, muerte y resurrección, mediante la entrega de su propia vida como ofrenda para el perdón de nuestros pecados, Cristo dio un nuevo sentido a esta labor. Su deseo de permanecer entre nosotros era tal que, en la última cena, en el momento de la Institución de la Eucaristía, quiso quedarse en Cuerpo y Sangre, en el pan y el vino.

Por mandato de Cristo, el sacerdote tiene la tarea de seguir celebrando este misterio y así, de ser un puente entre Dios y los hombres. “Todo sumo sacerdote está tomado de entre los hombres y constituido en favor de la gente en lo que se refiere a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados. Es capaz de comprender a ignorantes y extraviados, porque también él se halla envuelto en flaqueza; y, a causa de la misma, debe ofrecer por sus propios pecados lo mismo que por los del pueblo” (Hb 5, 1-3).

Por esto, el sacerdote es también un signo de esperanza en nuestra vida, pues así como en la antigua alianza se hacía a Dios una ofrenda, ahora se ofrece un único sacrificio; el de Cristo. Por eso, mediante la conversión del pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor, los fieles pueden lograr una íntima comunión con Dios. Si antes el sacerdote fungía como intermediario entre Dios y el hombre ayudando a la expiación de los pecados, ahora se vuelve instrumento de reconciliación, fortaleciendo con la gracia dicha comunión.

“La Iglesia expresa al decir que el sacerdote, en virtud del sacramento del Orden, actúa in persona Christi Capitis (CEC 1548).

Tener a Cristo en la persona del sacerdote, ayudará a que siempre se mantenga la esperanza de un encuentro pleno con Dios. Es gracias al sacerdocio que los fieles pueden obtener las abundantes gracias de los sacramentos, un acompañamiento que oriente su vida espiritual, una ayuda en los momentos de tristeza y desamparo, la oportunidad de disfrutar una vida alegre con Cristo en la comunidad parroquial. El sacerdocio en nuestras vidas es un regalo de Dios que nos demuestra que él nos sigue acompañando en nuestro diario vivir, y nos dice «no pierdan la esperanza», pues «yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20).

Juan De Dios Silva Loredo | 2º de Teología

11 Feb 2022

HELLO! 1

«¿Cómo fue tu llamado?» Esta es una de las preguntas que más me han hecho a lo largo de mi formación, y me atrevo a decir que quienes caminan junto conmigo, así como los que ya son sacerdotes, coincidimos en afirmar que disfrutamos dar a conocer cómo Dios tocó nuestro corazón en un momento determinado de nuestra historia y nos llamó para que estuviéramos con Él (cfr. Mc 3, 13-14).

Solía pensar que la forma en la que Jesús me había llamado a seguirlo no tenía nada de especial, que se había tratado de algo simple y de poca importancia. Aunque sí quedé con mucha inquietud, lo dejé pasar. Necesitaba tomarme un tiempo para terminar la carrera y meditar profundamente el llamado que se me había hecho, pues no se trataba de cualquier cosa.

No podía dejar todo por cuanto había trabajado tanto por algo que en un principio parecía tratarse de una simple cosquillita. ¡Qué ingenuo fui! Pero Él, que me conoce perfectamente me ayudó a entender que no había sido sino un acontecimiento bello y único que vino a mover (muchísimo) mis planes, a cuestionarme si lo que estaba haciendo (y pensaba hacer) me hacía realmente feliz y, sobre todo, a confrontarme pidiéndome hacer y dar más de lo que ya estaba haciendo y dando. Fue el mismísimo Amor quien se detuvo frente a mí, se acercó a mi corazón y susurró: «Te necesito como trabajador en mis campos. Sígueme». Tiempo después, con mucho miedo, pero también con la seguridad de que quien llama no abandona, por fin respondí: «Va, le entro».

Cuando Jesús te llama a seguirlo, debes saber que es necesario poner atención en todo cuanto acontece en tu vida para así descubrir qué quiere decirte y por dónde te pide que camines. En una Eucaristía escuché a quien presidía decir que la Iglesia necesitaba de sacerdotes que estuvieran dispuestos a dirigirse a todos los rincones del mundo para dar a conocer el Evangelio de Cristo. Fue en ese instante en el que mi deseo de que los demás conocieran lo que Dios había hecho en mi vida tomó muchísima fuerza y me confirmó que el camino que había decidido tomar era el correcto.

Y aquí estoy, en el sexto año de mi formación sacerdotal. El tiempo ha pasado lo suficientemente rápido, pero no por eso he perdido la oportunidad de descubrir en cada una de las etapas la belleza y grandeza que tiene el sacerdocio ministerial.

Entré al Seminario con la ilusión de algún día ser “el padre” que camina junto con su comunidad parroquial, y claro que ese anhelo sigue latente en mi corazón, pero ser «otro Cristo» implica muchísimo más. Se trata de estar para quien lo necesita; de tener un deseo incansable de llevar almas al cielo, todas cuantas sea posible; de consolar cuando en el corazón de alguien que se ha perdido no hay más que sufrimiento; de hacer presente a Cristo en la Tierra y compartirlo; de darme, de darlo a Él; de amar a todos como el mismo Jesús nos ama, «hasta el extremo» (cfr. Jn 13, 1)

Esta es mi más grande motivación y lo que enciende en mí la esperanza de que estaré dispuesto, no dentro de cuatro o cinco años, sino a partir de ahora, al saberme amado por Aquel que me amó primero, a entregar mi vida entera para poder decir, como mi gran amiga santa Teresita, «no me arrepiento de haberme entregado al amor».

Luis Carlos Solís Garza

Seminarista | Experiencia Eclesial

04 Feb 2022

HELLO! 1

Porque quiero tratar de cambiar la manera de pensar de los jóvenes, que piensen en todos no nada más en ellos, y que se unan las generaciones, niños con adolescentes, adolescentes con adultos, adultos con ancianos, todos de la mano de Dios.  

Quiero que seamos un grupo, una familia grande, que seamos no solo un conjunto de personas amando a Dios, quiero que vivamos como una familia que ama ante todo a Cristo y que amenos a nuestra iglesia.

¡Quiero que la fe de los jóvenes sea algo inmenso y que lo jóvenes amen a Dios que no solo sea un deber! Jóvenes y adolescentes, nosotros somos el futuro de la santa madre iglesia. Que nuestra relación con ella, sea como un noviazgo fuerte, con fidelidad y lo más importante, “amor a Cristo” nuestro maestro. A veces los jóvenes vemos a nuestros maestros como enemigos, y la verdad es que solo nos quieren enseñar, incluso cuando nos tratamos entre alumno y maestro, hay una conexión muy fuerte de amistad, y así es la amistad con Cristo. Cuando nos acercamos mediante la oración se crea una amistad inigualable, no veamos a Cristo como una creencia de ancianos.

Además, la amistad de Jesús con cada uno de nosotros, puede ser un enlace donde se unen las generaciones de adolescentes y ancianos. En los ancianos se ve a Cristo reflejado, amemos y cuidemos a nuestros ancianos a nuestros abuelos, como nietos es lo más bello que tenemos; platiquemos y convivamos con ellos, porque no sabemos cuándo será el último momento que estemos con ellos. Ayudémosles a ser fuertes y más en estos tiempos de crisis, no los abandonemos, seamos la vara que enderece ese árbol que se está enchuecando por tristeza, por soledad.

Jóvenes y adolescentes, no todo es fiesta y diversión. Enfoquémonos en la vida académica, la estructura académica es y será el sostén de nuestra vida pública; es algo pesado, pero todo principio tiene un fin, y en un futuro tendremos “arquitectos”, para que construyan las viviendas; “abogados” que buscan la justicia, “químicos” que descubran y fomenten la ciencia, “maestros” que formen grandes profesionistas, que tengamos más “seminaristas” que lleguen a ser “sacerdotes” buenos, guías de una nueva generación.

Somos una generación que tiene como propósito remodelar, ser una nueva iglesia. Con la misma enseñanza de nuestros abuelos, pues Cristo siempre permanecerá con nosotros como lo dijo a sus apóstoles: “En la casa de mi Padre hay lugar para todos. Si no fuera cierto, no les habría dicho que voy allá a prepararles un lugar. Después de esto, volveré para llevarlos conmigo. Así estaremos juntos. Ustedes ya saben a dónde voy, y saben también el camino que deben tomar.” (Juan 14, 1-4). Dios siempre estará con nosotros y permanecerá con nosotros hasta el fin de los tiempos.

Tenemos una misión, hermanos y hermanas como dice Jesús, “tomen el camino que deben tomar”, el camino que nos acerca a Dios.

Confíen en Dios y confíen también en mí, que sigo el camino para ser sacerdote.

Omar Alessandro Rodríguez Alvarado

Seminarista | 2do. De Preparatoria

28 Ene 2022

HELLO! 1

Desde siempre Dios se ha ido manifestando en mi vida, a lo largo de mi infancia, mi adolescencia y ahora en mi juventud. ¡Es un don de Él que seamos agradecidos! Y precisamente con esto quiero comenzar, diciendo: ¡Gracias Señor por llamarme!

Toda vocación nace de aquella mirada llena de ternura con la que Jesús sale a nuestro encuentro, tal vez justo cuando la barca de nuestra vida estaba siendo agitada por la tormenta de la desilusión, del desánimo, del sin sentido. Pero Jesús está ahí, mirándonos fijamente (cfr. Mc 10, 21) y es una mirada que nos interpela e invita, que nos confronta y nos vence, que nos seduce y que nos llama, y nos dice: ¡Sígueme! (cfr. Lc 9, 59).       

La vocación debe convertirse, paulatinamente, en convicción y experiencia, porque la vocación la da Cristo, la vocación es nuestra relación con Él que llama a los hombres para que estén a su lado y después enviarlos a compartir que el Amor está vivo (cfr. Mc 3, 13-19). Por eso, toda vocación ha de entrañar profundamente la intimidad de la vida con el Misterio.

La respuesta al seguimiento de Jesús ha de ser asumida con libertad, sin miedo y con ánimo alegre. Sin duda, en la actualidad hay demasiadas cosas que nos inquietan, distraen y que no nos permiten prestar atención a los pequeños detalles, a los acontecimientos sencillos, a lo que se fragua en el misterio y lo secreto. Pero dentro de todo ese bullicio Dios permanece fiel, esperando las necesidades reales de nuestro corazón, y para comprender su designio de amor, es cuestión de que nosotros respondamos: ¡Habla, Señor, que tu siervo te escucha! (cfr 1Sm 3, 10).

Toda vocación implica un compromiso. El Señor sabe de qué estamos hechos, de que somos barro no se olvida (cfr. Sal 103, 14), sin embargo, Él escoge a sus amigos de entre los hombres y los constituye en favor de los hombres. Así es la acción de Dios con sus elegidos porque posa su mirada sobre el humilde y abatido que se estremece ante sus palabras (cfr. Hch 5, 1; Is 66, 1-2). Dios sabe de lo que somos capaces, por eso nos llama para poner nuestra vida totalmente al servicio del Evangelio.

El sacerdote es un Homo Dei: un hombre esencialmente de Dios. “El ministro ordenado tiene como título propio ser, no otro, sino Cristo” (Alter Christus, Fray Nelson Medina, OP). Durante estos casi ocho años de formación, mi experiencia vocacional ha sido una continua kénosis; he ido madurando gradualmente junto al Señor reconociendo mis limitaciones, pero perfeccionando mis virtudes, vaciándome para llenarme más de Él, porque Dios me llamó no para mérito propio, sino para el bien de la Iglesia, consciente desde el principio que respondí a este llamado de que, antes de ser sacerdote, debo ser testigo de su misericordia, su amor, su ternura, pues solo así mi corazón se dilatará, trasformará y configurará para ser Cristo para otros.

Y sí, “unirse a Cristo supone la renuncia. Comporta que no queremos imponer nuestro rumbo y nuestra voluntad, que no deseamos llegar a ser esto o lo otro, sino que nos abandonamos en Él, donde sea y del modo que Él quiera servirse de nosotros” (El Sello p. 56, Mauro Piacenza). Vivir la vocación no es un fastidio, sino una plenitud.

José Isabel Hernández Salazar

Seminarista | Segundo de Teología

21 Ene 2022

HELLO! 1

La primera definición que da la Real Academia Española al verbo “leer” es: pasar la vista por lo escrito o impreso comprendiendo la significación de los caracteres empleados. Si estás aquí conmigo es porque sabes leer y, en efecto, comprendes el significado de las palabras al pasar tu mirada por estas líneas. Sin embargo, pensemos un poco: ¿de verdad todas las cosas que leemos las comprendemos de igual forma?, ¿es el mismo grado de atención el que concedemos a una nota del periódico que a una cadena de oración de WhatsApp o a una lectura de la misa dominical? Ciertamente que no.

Cada uno de nosotros descubrimos mayor o menor interés en los diferentes y muy variados tipos de lectura que nos van acompañando en el transcurso de nuestra vida, y es en aquellos que nos encienden una llama de pasión interior en los que optamos por buscar y profundizar más. ¿Y qué pasa cuando elevamos este noble acto de la lectura a un grado de servicio? Es decir, que el acto de leer ya no sea meramente un pasar la vista por las letras de un escrito para adquirir un beneficio personal, sino que ese acto de leer sea convertido en un servicio prestado a una determinada comunidad para que toda ella se beneficie del contenido que se lee. Pues bien, justamente esto sucede con el ministerio del lectorado en nuestra Iglesia.

El fiel que es llamado a recibir este don ya no lee para sí mismo; ahora lo hace como un bello servicio del que muchos se valen para nutrir su espíritu. Quien es instituido lector no lee cualquier texto ordinario, lee la mismísima Palabra de Dios por la cual somos capaces de comunicarnos y establecer un diálogo con nuestro Señor. Por lo tanto, este leer no puede ser superficial y monótono. Cada vez que el lector instituido se acerca al texto sagrado, debe hacerlo con un espíritu dispuesto al encuentro vivo y real con Dios, con plena conciencia de su ser “servidor de la Palabra” y con un profundo amor y reverencia – ¡se trata de un diálogo con Dios!

La institución del lectorado es un paso fundamental en la formación del Seminario. Todo seminarista debe ser instituido como lector antes de ser ordenado sacerdote: es como un primer paso oficial que damos luego de ser admitidos por la Iglesia como candidatos al sacerdocio. Ser instituidos lectores implica una altísima responsabilidad y nos recuerda el fin primero para el que anhelemos llegar al sacerdocio: ¡servir al pueblo de Dios y santificarnos junto a él!

Este próximo domingo 23 de enero, Domingo de la Palabra, mis compañeros de generación y yo seremos instituidos lectores para la Iglesia. Que el Señor nos conceda la gracia de descubrir su voz a través de este servicio, leyendo, meditando y haciendo vida su Palabra. Nos encomendamos a sus oraciones. Dios nos bendice.

Patricio Rico Villarreal

Seminarista | 2do. de Teología

14 Ene 2022

HELLO! 1

La oración siempre será el arma más fuerte para nuestra vocación, ya que es la fuente de donde todo nace, pero, ¿qué tanta importancia le damos a la oración en nuestra vida y en nuestra vocación?

En esta época contemporánea podemos observar que hay tantas cosas que evitan que nosotros como hijos de Dios no hagamos oración, ya sea por el trabajo, la escuela, los problemas de la vida etc. Esto ocasiona que olvidemos todos los frutos que nos brinda la oración. Los santos de la Iglesia son un ejemplo de cómo la oración ayudó a sus vidas. San Agustín, que en un principio estaba perdido en el pecado, decide cambiar su vida buscando a Dios, lo buscaba de todas las maneras posibles, y cuando realmente lo encontró se da cuenta que siempre estuvo con él, y esto lo logró a través de la oración. Cuántas veces no hemos desperdiciado tiempo tratando de buscar qué es lo que nos hace felices, y acostumbramos a buscar la felicidad en las cosas materiales, en cosas que sabemos que no son eternas.

La relación que tiene la vocación con la oración es sumamente importante, independientemente qué vocación sea la que has elegido; el matrimonio, sacerdote, religioso/a, misionero. Sin la oración no vamos a poder encontrar el verdadero sentido de la vida, porque cuando nosotros oramos y vivimos nuestra vocación encontramos paz. Santa Teresa de Calcuta a pesar de que ya era una consagrada, a través de la oración pudo entender que Dios tenía una misión especial para ella, una misión que fue ayudar a los más pobres de entre los pobres. ¿Le has preguntado a Dios cual es esa misión especial para ti?

Ahora nuestra tarea es orar por todas las vocaciones del mundo, ya que como he mencionado antes, es el arma más fuerte para que nazcan vocaciones en nuestra Iglesia, recordemos las palabras del Papa Francisco en la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones: “que cada uno pueda descubrir con gratitud la llamada de Dios en su vida”.

Luis Enrique Pérez Hernández

Seminarista | 1ero. de Filosofía

04 Ene 2022

HELLO! 1

Estas dos palabras unidas entre sí, son la síntesis de un camino vocacional, pues cuando un joven se siente inquieto por Dios, la respuesta para que la vocación fluya es: “Sí, quiero”.

Ese “si” comienza en la infancia, adolescencia o juventud de muchos, en algunos comienza ya más tarde. Al final, el tiempo no es tan importante, lo importante es decir “Sí, quiero”.

Allí se fragua la razón, la voluntad, la libertad, el corazón; porque decir “Sí, quiero” implica conocer a quien nos llama, saber que nos llama y responder desde nuestra libertad y voluntad.

Así comienza todo, pero no solo es un “sí” inicial, el sí se va madurando, se va confirmando; va creciendo, va haciendo de la vida del joven una respuesta alegre.

Día con día lo decimos, y aunque a veces cuesta, nos negamos o nuestra fragilidad nos entristece. Sabemos que el primero en decir “Sí, quiero” ha sido Jesús cuando vino al mundo, cuando asumió nuestra carne, cuando dio la vida por nosotros.

Este “Sí, quiero” es también el sí de muchos de ustedes, de nuestros papás al darnos la vida, el tuyo al salir a trabajar, el de tu familia al luchar por la unidad, es el “Sí, quiero”  de la madre que cuida a su hijo enfermo, el “Sí, quiero” de la novia a su novio al recibir la promesa de una vida juntos.

Este inicio de año digamos también nosotros: Sí quiero a Jesús, a su Iglesia, a su amor. Digamos Sí quiero ayudar a los más necesitados, compartir el pan con quien menos tiene y hacer de nuestra vida, una vida mas cristiana, más humana, más llena del “sí” de Jesús.

Hoy vuelven los seminaristas a nuestro Seminario, tal vez para algunos costará regresar, otros regresarán con mucha alegría, otros dirán “Sí, quiero”  de una manera más sólida, la familia ayuda a fortalecer el sí; otros en 15 días la Iglesia les dirá “Sí, quiero”, al recibir nombrarlos candidatos a las órdenes sagradas, otros cambiarán de etapa de formación, allí abra otro “sí”, otros están muy emocionados porque con la gracia de Dios se acerca los días en que dirán “Sí, quiero” ser ordenado diácono o sacerdote delante del Obispo.

“Sí, quiero”, palabras tan sencillas pero tan profundas en la vida del Cristiano; “Sí, quiero”, como María al Ángel, como Cristo al Padre, como tú vida a Jesús.

¡Feliz inicio de año! Vamos adelante diciendo: ¡Sí!

Pbro. Darío Fco. Torres Rodriguez

Coordinador de Espiritualidad del Seminario Menor

Coordinador del Dpto. de Comunicación del Seminario de Monterrey

20 Dic 2021

HELLO! 1

Dominus pars hereditatis meae et calicis mei tu es qui restitues hereditatem meam mihi, estas palabras son tomadas del salmo 16, 5-6, que dice: “El Señor es mi parte de la herencia y mi copa, mi suerte está en tus manos. Me ha tocado un lote delicioso; sí, mi heredad es la más bella”. Esta frase era pronunciada por el Obispo y repetida por el aspirante al sacerdocio en el rito de Tonsura.

Antes del Concilio Vaticano II, el rito de Tonsura era la puerta de entrada al estado de vida clerical, este era el primer paso a la recepción de las órdenes sagradas. Pablo VI con el motu proprio Ministeria Quaedam, hizo las reformas convenientes para que dentro de la liturgia se conservaran y adaptaran los oficios peculiares a las necesidades actuales, quedando abolido el rito de Tonsura.

Actualmente, el Código de Derecho Canónico dice que: “Ningún aspirante al diaconado o al presbiterado debe recibir la ordenación de diácono o de presbítero sin haber sido admitido antes como candidato, por la autoridad indicada en los cc. 1016 y 1019, con el rito litúrgico establecido, previa solicitud escrita y firmada de su puño y letra, que ha de ser aceptada también por escrito por la misma autoridad” (CCE 1034  § 1).

Aunque la admisión a ser candidato al sacerdocio no significa la inclusión a la vida clerical, sí guarda en cierto modo relación con el rito de Tonsura. Las palabras del Salmo 16, recuerdan que la promesa de Dios se veía cumplida en la repartición de la tierra a las tribus de Israel. Sin embargo, la tribu de Leví fue la única en no poseer una porción de tierra. La heredad de los levitas, la tribu sacerdotal, fue el vivir únicamente para Dios.

Quien recibe la admisión a ser candidato a las órdenes sagradas ha de reconocer con toda convicción que la vida sacerdotal es vivir para Dios. La vida del candidato al sacerdocio debe estar marcada por la Palabra de Dios y por la Eucaristía. Esta es la heredad a la que aspira, esta es la parte de la herencia que ha de conformar toda su existencia. El candidato al sacerdocio ya no debe vivir según sus criterios, ideales y pensamientos, sino que todo su quehacer ha de estar orientado a cumplir la voluntad de Dios. De tal modo que toda su vida exprese su continuo habitar delante de la presencia de Dios.

“Ellos lo dejaron todo y lo siguieron” (Lc 5, 1-11), el candidato vive la libertad al solicitar la admisión a las órdenes sagradas, y a la vez experimenta la renuncia para pertenecer totalmente a Dios. La vocación sacerdotal solo puede darse en este gesto de libertad y de renuncia, de tal modo que quien ha sido admitido a ser candidato a las órdenes sagradas pueda expresar junto con el salmista: “me ha tocado un lote delicioso; sí, mi heredad es la  más bella” (Salmo 16, 5-6).

Erick Alfonso Rivera Ortiz

Seminarista | Primero de Teología

19 Dic 2021

HELLO! 1

Les presentamos la lista de los ganadores del Bono por las vocaciones, celebrado el domingo 19 de diciembre de 2021, en las instalaciones del Seminario Menor.  

COMPRADORES

1° Premio $200,000

Número de Boleto: 07807

Nombre del Ganador: José Alejandro

2° Premio $100,000

Número de Boleto:  00837

Nombre del Ganador:  Yolanda

3° Premio $50,000

Número de Boleto: 14290

Nombre del Ganador: Jorge

4° Premio $30,000

Número de Boleto: 03966

Nombre del Ganador: Mariela Carmina

5° Premio $15,000

Número de Boleto: 15144

Nombre del Ganador: Julio

6° Premio $10,000

Número de Boleto: 07999

Nombre del Ganador: César

7° Premio $10,000

Número de Boleto: 09658

Nombre del Ganador: Joao Francisco

8° Premio $10,000

Número de Boleto: 14344

Nombre del Ganador: Margarita

9° Premio $10,000

Número de Boleto: 05193

Nombre del Ganador: Nelly Idalia


COLABORADORES

1° Premio $50,000

Número de Boleto: 07807

Nombre del Ganador: Rodolfo

2° Premio $40,000

Número de Boleto:  00837

Nombre del Ganador: José Asunción

3° Premio $30,000

Número de Boleto: 14290

Nombre del Ganador: Jorge

4° Premio $15,000

Número de Boleto: 03966

Nombre del Ganador: María Magdalena

5° Premio $10,000

Número de Boleto: 15144

Nombre del Ganador: Octavio

6° Premio $5,000

Número de Boleto: 07999

Nombre del Ganador: Noreida

7° Premio $5,000

Número de Boleto: 09658

Nombre del Ganador: José

8° Premio $5,000

Número de Boleto: 14344

Nombre del Ganador: Juana

9° Premio $5,000

Número de Boleto: 05193

Nombre del Ganador: Hortencia