25 Nov 2015

HELLO! 1

Por: Eugenio Barroso Barroso, seminarista de 2º de Filosofía

«¿Cuál es nuestra profesión?» –«¡Jesús, Jesús, Jesús!» fue el grito con el que inició nuestra Segunda Marcha Vocacional de los jóvenes de las parroquias de Ciudad Benito Juárez, Nuevo León.

El domingo 22 de noviembre, fiesta de Cristo Rey, nos reunimos poco más de cien jóvenes, seminaristas, religiosas y sacerdotes en punto de las cuatro de la tarde afuera de la parroquia Nuestra Señora Reina de los Ángeles en la Ex hacienda el Rosario, donde varios jóvenes de un ministerio de música y grupos parroquiales nos pusieron a cantar, gritar y bailar hasta que llegó el momento de iniciar la procesión con el Santísimo por las calles de Juárez.

Entre cantos, danzas, olas y gritos de “¡Viva Cristo Rey!”, marchamos en procesión con Jesús Eucaristía durante cerca de dos horas, ante un atardecer con el Cerro de la Silla de fondo, contagiando estos jóvenes su alegría con quienes nos encontrábamos en el camino.

Me llamó la atención que aunque ocupábamos uno de los carriles de la avenida Eloy Cavazos, no escuché quejas de los conductores, al contrario, algunos reducían su velocidad y se santiguaban al pasar junto al Señor, expuesto en una custodia gigante, montada en una camioneta, mientras otros se nos unían hasta gritando el lema cristero desde sus vehículos.

Llegamos a la Parroquia Cristo Rey para concluir nuestra marcha en la celebración eucarística de su fiesta patronal, presidida por nuestro padre rector, Juan Carlos Arcq Guzmán, que nos recordó en su homilía la importancia de la fidelidad a Cristo, por quien murieron tantos mártires en la guerra cristera al no negarlo; invitándonos a serle fieles a Jesús en nuestro día a día, con lo que eso implique en cuanto a sueldo, amigos, compañeros e incluso empleos.

Terminando la Santa Misa, algunos nos quedamos ahí a cenar y disfrutar lo que tenía el padre Rolando Rocha y su parroquia preparado para festejar a su santo patrono, desde un concierto hasta los imperdibles churros.

Aunque convivimos con los chavos los sábados, este momento propició a que platicáramos más de la formación sacerdotal y del seminario, cosa que normalmente no se da por las actividades tanto de nosotros seminaristas, como de los mismos jóvenes..

Muchos de estos muchachos descubrirán su vocación al matrimonio, otros a la vida consagrada y otros al sacerdocio. Es una gran alegría ver a tantos jóvenes dispuestos a dar el «sí» a Dios en sus vidas, aunque no todos tengan claro aún su llamado.

¿Tu has considerado la vocación al matrimonio, a la vida religiosa, a la vida consagrada o al sacerdocio? ¿En cuál o cuáles te sentirías más feliz?

13 Nov 2015

HELLO! 1

Muchas veces creemos que la llamada de Dios es EXTRAORDINARIA, que Él se nos aparecerá de forma física y nos dirá hacia dónde es nuestro camino. Sin embargo el llamado de Dios suele ser muy ordinario se da en el común de nuestras vidas, lo vemos en miles de personas que han sido llamadas por Dios de una forma muy clara. Sin embargo ante este llamado de Dios, la vocación nos hace ver lo particular, lo sencillo con ojos de fe.

Así, lo que para algunos por el camino es común, para otros puede ser parte del llamado de el llamado de Dios se da en medio de lo cotidiano, se da ante la realidad que muchas veces puede llamarnos a servir a los demás. Es Dios quien llama, cuando quiere, a quien quiere y en el momento que quiere; por ello es una llamada divina y no humana. Cada uno va descubriendo si Dios lo llama a formar parte de los seguidores del Maestro Divino. La pregunta inmediata que nos haríamos sería: ¿tengo vocación?

La vocación es un acontecimiento en tu vida. Cuando tomas conciencia del llamado de Dios, tu vida adquiere un sentido nuevo. Cuando comienzas a vivir en la clave de la escucha y la respuesta, tu vida adquiere un sentido nuevo y así, pese a vivir circunstancias difíciles, te sientes feliz. Una persona que vive vocacionalmente está ya marcada con el sello de la alegría, porque su don para los demás le ayuda a unificar su existencia en armonía con el mundo, con los hombres y con Dios. La llamada de Dios te configura con el modelo humano perfecto, que es Jesucristo, que ha venido a servir y a dar la vida. Eres feliz porque eres plenamente hombre en un proyecto que te identifica con Cristo en el camino de tu vocación específica.

Sin embargo, la vocación no se vive sólo con gozo. Percibir un llamado ocasiona con frecuencia una gran turbación. Ante el proyecto grande de Dios pueden surgir en ti muchos temores. No será raro que te invadan las dudas, y éstas te hagan sufrir.

Podrás experimentar sensaciones contradictorias: alegría e inquietud; valentía y temor; deseo de entregarte y apego a una situación más cómoda.

Pese a todo, experimentas una seducción irresistible hacia el llamado de Dios. Deseas en lo más hondo hallar el camino adecuado. Necesitas vivir vocacionalmente. Porque la vida es una aventura, y por la llamada de Dios te asomas a la aventura de tu vida. Por eso vale la pena tu esfuerzo por reflexionar, comunicar y orar lo que estás viviendo hasta responder a la apremiante llamada que toda la realidad te hace en nombre de Dios. Dios no suele llamar por apariciones o visiones.

El camino ordinario de su llamada son los acontecimientos que ocurren en tu vida diaria: situaciones personales, comunitarias y sociales. La llamada surge unida a un momento específico de la sociedad y de la historia.

Para descubrir el llamado de Dios es necesario que percibas toda esa realidad como misterio. Un misterio no es algo incomprensible, sino una realidad en la que está presente Dios dándole sentido.

03 Nov 2015

HELLO! 1

EL MARTIRIO COMO LENGUAJE DE MISERICORDIA

Si quisiéramos relacionar inmediatamente, «martirio» con «misericordia», tal vez, no lo lograríamos, porque se trata de dos palabras cuyo significado parece, de suyo, completamente ajeno, o por lo menos, distante. De hecho, así lo constatamos, cuando por ejemplo, pensamos en la «misericordia» como ese atributo divino por el cual somos perdonados. Ahora bien, habiendo pensado, primeramente, en la «misericordia de Dios», no se ve cómo podamos hablar, luego, del «martirio de Dios».

Sin embargo, el Diccionario de la Real Academia de lengua española, nos recuerda que la «misericordia» no es algo referido solamente a Dios. La «misericordia» es también el nombre dado a esa discreta pieza saliente, en los asientos de los coros de las Iglesias antiguas, para permitir que uno se siente disimuladamente, cuando hay que estar de pie por largo tiempo. En otras palabras, la «misericordia» significa aquí, esa pieza de madera que libera del «martirio» de estar mucho tiempo de pie. El mismo Diccionario agrega en sus definiciones que «misericordia» era también el nombre dado, en la edad Media, al pequeño cuchillo que portaban los caballeros para dar el golpe de gracia al enemigo. Es decir que aquella arma blanca con la que se remataba al adversario era llamada «misericordia» porque con ella se ponía fin al «martirio» de una lenta y dolorosa agonía.

Como se ve, tanto en el caso del pequeño asiento del coro, como en el caso del objeto punzocortante, parece claro que ambas cosas son llamadas «misericordia» porque evitan el sufrimiento que implica un determinado «martirio». Según esta conclusión, se podría decir que cuando alguien es objeto de torturas y «martirio» no le queda otra más que suplicar «misericordia». Pero pensemos, si fue éste el caso del primer mártir, san Esteban quien, a semejanza de Cristo, no suplicó la misericordia de sus verdugos sino que, más bien, imploró misericordia para ellos, diciendo como Cristo: «Señor, no les tengas en cuenta este pecado» (Hech. 7, 60; cf. Lc. 23,34).

El mártir no es simplemente el que, como víctima, «padece» una muerte cruenta, sino más bien, quien la «asume» valerosamente por Cristo; y como Cristo, rehúsa, con inocencia, la violencia de la venganza o incluso, no pone ni la resistencia de la legítima defensa. En realidad, a un mártir no lo asesinan su verdugos, sino que él se deja sacrificar, no por mera debilidad o porque no pueda escapar, sino porque ha renunciado a padecer la violencia que enferma a sus victimarios. La verdad es que un mártir no resiste a sus asesinos, sino a la tentación de convertirse en asesino. En esta resistencia radica la valentía y el coraje del mártir que no se deja vencer por la fuerza de la furia. En otras palabras, un mártir no se deja desfigurar por la rabia o el resentimiento, sino que se deja configurar por las palabras de quien dijo: «a mí nadie me quita la vida, yo la doy porque quiero» (cf. Jn. 10, 18). Digamos, una vez más, que un mártir no implora misericordia de sus verdugos, sino que manifiesta la misericordia a sus agresores.

Misericordia más que un sustantivo es un verbo. No se trata tanto de «tener» misericordia, sino de «ser» misericordioso. Ser misericordioso quiere decir amar, aun cuando lo amado no sea amable; amar aunque aquel a quien se ama no merezca ser amado. Por eso, un mártir es misericordioso porque aún cuando no merece morir, no clama venganza, ni siquiera reclama justicia, sino que pide perdón para los culpables. Perdonar es la cumbre del amor misericordioso, pues como sugiere la etimología de la palabra latina «per-donare», perdonar consiste en el acto insistente e ilimitado (per) de regalar (donare). El regalo es, en efecto, algo que no se merece, sino algo que se recibe gratuitamente.

Ser misericordioso es la exigencia intrínseca del martirio; es decir, que el misericordioso no puede no sacrificar o a hacer morir, en él mismo, esa lógica matemática, justiciera y mercantil que no lleva a calcular y a exigir que «si no me das, no te doy» y «si me la haces, me la pagas». Ser mártir exige siempre ser misericordioso, esto es, ofrecer sin deber, dar sin tener que o sin tener por qué. A la luz de esta exigencia martirial, las obras de misericordia trastocan la lógica de la equidad: ¿Por qué quedarme hambriento tan sólo por dar de mi comida? ¿Por qué que quedarme sediento por dar de mi bebida?; ¿por qué perder lo que tengo para que otro tenga? ¿Tengo yo la culpa de que al otro le falte? El mártir, a pesar de ser inocente, aún cuando no tiene culpa, ofrece a su verdugo la paz que a éste le falta. Mientras al mártir le dan muerte, el entrega la vida; mientras a él lo castigan, él regala el perdón.

Quien en una comunidad no es misericordioso, empobrece porque no regala, ni ofrece, sino que acapara. El que no es misericordioso ambiciona, reclama, codicia. El que no es misericordioso no está dispuesto al martirio y, entonces, no cede, arrebata, persigue, castiga, violenta, se convierte en verdugo de su prójimo y asesina la vida fraterna. Recordemos, finalmente a este respecto, la exhortación que nos hace el Papa Francisco, en la Evangelii Gaudium:

«A los cristianos de todas las comunidades del mundo, quiero pediros especialmente un testimonio de comunión fraterna que se vuelva atractivo y resplandeciente. Que todos puedan admirar cómo os cuidáis unos a otros, cómo os dais aliento mutuamente y cómo os acompañáis. Por ello me duele tanto comprobar cómo en algunas comunidades cristianas, y aun entre personas consagradas, consentimos diversas formas de odio, divisiones, calumnias, difamaciones, venganzas, celos, deseos de imponer las propias ideas a costa de cualquier cosa, y hasta persecuciones que parecen una implacable caza de brujas. ¿A quién vamos a evangelizar con esos comportamientos? Todos tenemos simpatías y antipatías, y quizás ahora mismo estamos enojados con alguno. Al menos, recemos por aquel con el que estamos irritados es un hermoso paso en el amor, y es un acto evangelizador. ¡Hagámoslo hoy! ¡No nos dejemos robar el ideal del amor fraterno!» (EG, nn. 99 -101)

 

Por: Mons. Juan Armando Pérez Talamantes

02 Nov 2015

HELLO! 1

Con Faustina Kowalska, ciertamente creo que la misericordia del Dios de Vida se debe traducir en confianza de nuestra parte. Temo, porque así soy yo, cuando veo los rayos celestes y fucsias salir del pecho de un Jesús edulcorado; no me gusta pensar en la misericordia como algo ‘por venir’ en el día de necesidad. Tal vez demasiado pelagiano, me resulta un pobre sustituto de la convicción de que Jesucristo ya me mostró que habrán lágrimas, pérdidas y agonías…, pero nunca estará lejos el amor del Padre.

Esa sonrisa casi complaciente en las estampas del señor de la misericordia, me hacen pensar que Dios sabe que soy bastante inútil para alcanzar la promesa y casi con sorna está esperando que me tire de rodillas a pedirle compasión, fuerza…, ni modo, son vías que me ponen de mal humor. No temo pedir, me molesta creer tan poco en lo humano y en mi humanidad y, después, decir que Jesús fue plenamente humano: ¿si el confió en nosotros como su iglesia, por qué motivo tenemos que auto-flagelarnos?, ¿si el entregó su obra a nuestro cuidado, por qué razón tememos aceptar el compromiso con la frente en alto?

Creo que el amor del Dios que vemos revelado en Jesús fue el del profeta: me exige, me obliga a luchar por ser mejor cada día…, cierto, no compro nada con mis acciones…, ni lo hago para comprar algo más; lo hago convencido de que ser fiel a este Maestro me conduce a un camino de amor en el del servicio a la humanidad, el de la opción por los más pobres, el de quien no tuvo miedo a sentarse a la mesa de fariseos ni de invitar a  mujeres, ni de entrar a casa de Zaqueo, ni de confiar en titubeantes galileos…, en una palabra, creo que la misericordia que hemos recibido en Jesús más que un cariñoso extra, es una exigencia brutal para cambiar los ‘valores’ que pueden estar guiando mi vida: su amor me mostró que nada humano nos debe resultar ajeno.

Sí, creo que la misericordia se traduce en la confianza de que el evangelio que nos ha sido dado, es el camino, EL ÚNICO CAMINO que me convence, para trascender los valores de negociación, ganancia, utilidad. Y, tú, ¿cuál es tu visión de misericordia?, ¿te impulsa a vivir con más plenitud tu humanidad’, ¿te ha retado a madurar?

 

Por: Dr. Luis Eugenio Espinosa.

30 Oct 2015

HELLO! 1

Acerquémonos, por tanto, confiadamente al trono de gracia, a fin de alcanzar misericordia (Heb 4, 16)

En medio de sus apasionados debates y regaños, el llamado “doctor melifluo” me sorprende por la claridad de visión sobre la gracia, escribe:

Antes de que apareciese la humanidad de nuestro Salvador, su bondad se hallaba también oculta, aunque ésta ya existía, pues la misericordia del Señor es eterna. 

Pero de lo que se trata ahora no es de la promesa de la paz, sino de su envío; no de la dilatación de su entrega, sino de su realidad; no es anuncio profético, sino presencia. Es como si Dios hubiera vaciado sobre la tierra un saco lleno de su misericordia.

La misericordia de nuestro Dios es Jesús mismo. En Él, entendemos el amor de un padre que, como lo describe Lucas, está siempre por nosotros. Dispuestos a vernos crecer, siendo consciente de que tomaremos distancia para madurar y encontrar senderos que parezcan más apetitosos…, las parábolas de la misericordia en ese evangelio no nos dicen cómo o qué, nos recuerdan la alegría _siempre símbolo del Espíritu en Lucas_, de tener a alguien como Jesucristo de nuestra parte.

Por lo mismo, María, la hermana de Marta, es capaz de retar las expectativas de la gente de su época y como mujer bravía, retadora, se sienta a escuchar a Jesús. El amor de misericordia no es, ni para ella ni para nosotros, un sentimiento endulzado que se compadece de una humanidad empequeñecida o pecadora. La misericordia de Dios fue mostrarse rebelde, apasionado por la causa de la humanidad. Inserto en la historia, en Jesús se descubre una visión novedosa y peligrosa, la de la lógica del servicio. Si en la Eucaristía de Marcos nos topamos con la urgente llamada a “ser cuerpo”, en la escena de la Última Cena de Lucas, nos enamora encontrarnos con el pionero de la auténtica lucha por la humanidad. “Haga esto en recuerdo mío” es una invitación a vivir como Jesús, con la conciencia de ser del Padre. Hagan esto, no puede reducirse a devociones que quieran robarle a Dios favores; ni siquiera con corazones ardientes y agradecidos.

En Jesús, la misericordia obtuvo nombre y apellido; se vuelve concreta y opta no por el orden ‘justo’ y exitoso desde el ángulo humano. La misericordia encarnada suda y sangra para ser congruente con el plan de salud que llamamos Reino. Cuando, en tantas ocasiones, nos sentimos seducidos a pedir al Señor su misericordia, no seamos “como los gentiles”…, su amor está dado, con la concreción y con el doloroso sendero que conduce al servicio _casi esclavo_, hacia los demás…

REFLEXIONA:

1. ¿Me entiendo _no “me siento”, recordemos que los sentimientos están todavía en un nivel un tanto inmaduro_, receptor de ese amor de Dios en Jesús?

2. ¿Mis acciones son las de quien se sabe incondicionalmente amado?, ¿mi pecado me duele a mí antes que a nadie?, ¿el amor de Dios lo veo reflejado en la lógica del Reino?

3. ¿Trato a los demás como el padre amoroso o como el hermano envidioso?, ¿me molesta que los demás “no entiendan”, “no vivan” bajo mis ideales de santidad?

29 Oct 2015

HELLO! 1

… la misericordia está en el Cielo y a ella se llega ejerciendo

misericordia en la tierra (Sermón sobre la misericordia, Cesáreo de Arlés)

Decía este santo nacido en suelo de la actual Francia allá alrededor del año 500: Bienaventurados los misericordiosos porque alcanzarán misericordia (Mt 5, 7). Dulce es el nombre de la misericordia, hermanos; y si lo es el nombre, ¡cuánto más lo será la realidad! Aunque todos los hombres quieren tenerla, por desgracia no todos obran de manera que merezcan recibirla: todos quieren recibir misericordia, pero pocos son los que quieren darla.

(…) Dios tiene frío y hambre en todos los pobres de este mundo, como Él mismo afirma: cuantas veces lo hicisteis con el más pequeño de mis hermanos, conmigo lo hicisteis (/Mt/25/40). Dios, que se digna dar desde el Cielo, quiere recibir en la tierra. 

A lo largo de la historia, hombres y mujeres han visto en Jesucristo no solamente a un intercesor divino, una especie de mago sacando ‘milagros’ de su sombrero, sino a un ejemplo a seguir, un hermano mayor. Las primeras iglesias veían en el amor fraterno, en la caridad en su sentido más profundo, el reflejo de haber aceptado al Dios de Jesús como nuestro Señor: en su sentido del único jefe político (social) que vale la pena.

Hoy, como una nueva Marta, muchos viven la misericordia trasformada en acción. Desde Cipriano o Jerónimo hasta las órdenes religiosas nacidas en los 1600s en Francia, la convicción es que la misericordia nos ha sido dada, pero debe ser entregada, compartida. Algo así como la fe volviéndose obras.

La diferencia esencial con la primera vía está en que nos sabemos amados antes de cualquier merecimiento nuestro, por el Dios revelado en Jesús de Nazaret y, por ello, comprometidos a ser misericordiosos. En la Pascua _así con mayúscula_, vivida en Egipto, no fue la justicia, sino la iniciativa de un Dios que está por su pueblo el que se hace presente. No tuvieron que ‘ganarse’ el favor de un dios, Él ya está con nosotros.

La misericordia ha sido iniciativa de un Dios que, desde el día de la creación, no deja de ser ofrecida a la humanidad. El Santo de Israel no tuvo miedo a acercarse, aún en los momentos de mi más grave pecado. Es lo que cantamos en el Miserere. Junto a aquel leproso que temiendo por su triste vida se humilla (Mc 1, 40ss), rogamos al Señor ser curados. En justicia, nos esperaba una lapidación; en Jesús, el enfermo encontró un toque de humanidad, lo dignificó, no le tuvo miedo a su enfermedad. Desde esta óptica, la misericordia parece no negar, pero ciertamente supera los acuerdos sociales

REFLEXIONA:

1. Al pensar en misericordia, ¿evalúo mis acciones con mis compañeros, amigos, familia…, o sigo limitando el término a lo que yo espero de parte de Dios?

2. ¿Mis compromisos caritativos son una extensión del amor que siento, son una respuesta a la invitación de ser “cuerpo de Cristo” o andamos pretendiendo abonar méritos para la vida eterna?

3. ¿La misericordia que vivo es inteligente, inserta en la Vida, o soy paternalista?, ¿derramo miel y azúcar frente a los pecadores, pero no me doy cuenta si ellos están haciendo su parte para crecer y superarse? (¿no he entendido que la misericordia atraviesa la justicia que ayuda a madurar a la persona y no se trata de sacarle la vuelta?)

28 Oct 2015

HELLO! 1

… salimos vencedores gracias a Aquel que nos amó (Rom. 8, 37)

De la búsqueda de garantías, a la gratuidad misericordiosa

Imposible encontrar una secuencia histórica que nos permita ver cómo se ha reflexionado o vivido el concepto de misericordia durante los casi dos mil años de cristianismo. Tal vez, más prudente, sea detectar actitudes humanas diversas frente a la Palabra de un Dios, rico en misericordia, como lo señalaba ya la carta a los efesios.

Encontrarás referencias a citas bíblicas y a algunos eventos históricos, pero las crónicas se pueden multiplicar indefinidamente. Después de cada sección, aparecen algunas preguntas que pueden ser de utilidad para revisar tu propia visión, no de la misericordia, sino del mismo Dios.

Hazme justicia, oh Dios, defiende mi causa… (sal 43, 1)

Hoy, como hace dos mil años, vivimos la tentación de trasformar al Señor en una fuerza negociadora: como en la religión de los romanos del mundo clásico se trataba de un do ut des (algo así como te doy, para que me des). Especialistas en Biblia dicen que los rastros más antiguos de la ofrenda pascual apuntan hacia una costumbre de nómadas de ofrecer un sacrificio para ganar la buena voluntad y la protección divina contra desgracias. Algunos, como el salmista, pensamos Yo camino en mi entereza (integridad); rescátame, ten piedad de mí… (sal 26 (25), 11). Es decir, yo soy bueno, ahora cúmpleme…

Herederos de culturas legalistas, continuamos viendo a Dios como el signatario de un contrato: por ende, debe tener misericordia conmigo porque yo he cumplido la parte de la alianza. No es extraño toparnos con familiares o amigos que sienten que su cariño debe ser saldado, es decir, pagado de alguna forma: ¿cómo le pasó esto, siendo tan buena?, ¡esta persona no merece tal desgracia! Ciertamente, no es difícil encontrar a quien piensa que habiendo repetido un ritual, alguna muy pía devoción o incluso una vida de templo y de caridad, Dios está obligado a estar por nosotros. Más de uno, hoy, sigue practicando ‘obras de misericordia’ para granjearse la gracia de un Señor, más bien justiciero.

En esta primera visión, la misericordia de Dios es reducida a un pago. No deja de ser interesante, después de todo, durante casi mil años _el llamado Medioevo_, los cristianos volvían los ojos a Dios para obtener, antes que otra cosa, justicia. Algunos hablan de una ‘germanización’ (los famosos bárbaros desde la óptica imperial romana) de nuestra fe: lo que hace factible pensar en indulgencias, pagar para misas de ánimas…, y mil de las muy criticadas prácticas ya desde ese mismo periodo (en especial, la devotio moderna)

Reflexiona:

1. ¿Existe en mí una tentación de “comprar” a mi Dios (seguridad, salud, éxito)?

2. ¿Percibes en ciertas prácticas _parroquiales, en el mismo seminario_, señales de esta visión un tanto infantil _pero cómoda_, de que necesitamos hacer algo para que Dios nos quiera?, ¿crees que sea posible hacer algo para sanear esa visión?

23 Oct 2015

HELLO! 1

Los restos de San Teófimo llegaron al seminario en 1924. Cabe señalar que eran tiempos de la persecución cristiana en México, donde el gobierno de Calles perseguía a los fieles católicos. Llegó cuando en ese entonces el Excmo. Sr. José Juan de Jesús Herrera y Piña era obispo de nuestra diócesis, el padre Rafael Plancarte Ygartúa, párroco de la Basílica de la Purísima Concepción, los consiguió para el Seminario. Dichos restos los conservaban las religiosas llamadas Turquinas en Roma.

Llegó en un momento importante para la vida de los seminaristas, puesto que las reliquias eran de un mártir de las primeras eras cristianas, quien no renegó de su fe cristiana y murió por causa de ella; este ejemplo llegaba en un momento importante para los seminaristas que vivían tiempos muy difíciles, sobre todo para expresar la fe. Los cristianos eran perseguidos y más el clero y los seminaristas. San Teófimo llegó para dar ánimo a los seminaristas y ver en él un ejemplo de vida entregada y sellada en Cristo con su sangre. Desde entonces San Teófimo es el Patrono principal del Seminario, llegando a tener el nombre del seminario “Seminario de Monterrey de San Teófimo”. Cabe señalar que también se tiene compartiendo ese patrocinio con San José.

Se dice que las reliquias de San Teófimo estuvieron escondidas en algunas casas, después llegaron a las instalaciones del seminario cuando este se encontraba en anexo al Templo San Luis Gonzaga, en el año de 1935 y en el año de 1959 llegaría a las instalaciones del seminario ubicado en el municipio de San Pedro; San Teófimo, junto con todo el Seminario Mayor, en el año de 1995 cambiaron de casa, es decir dejaron las instalaciones de San Pedro para estrenar instalaciones pero en esta ocasión en la ciudad de Juárez, Nuevo León, donde actualmente se encuentran sus restos para su veneración, debajo del altar de la capilla del edificio de rectoría, y como cada año se sigue celebrando a tan impulsor mártir e intercesor de los seminaristas. Es el 5 de noviembre cuando se conmemora la fiesta de San Teófimo en un ambiente que se involucra a la comunidad formativa, presbiterio, bienhechores y trabajadores del seminario.

20 Oct 2015

HELLO! 1

“Hagan esto en memoria mía” (1Co. 11,24b.25b) son las palabras que resonaron en el corazón de los primeros apóstoles y discípulos del Señor, y que movieron a todas las comunidades de creyentes después de la Pascua de Jesús, a seguir reuniéndose a celebrar la Eucaristía, o lo que, más precisamente, ellos llamaban la fracción del pan.

La celebración de la Misa tiene no sólo un peso tradicional, sino que conjuga una gran cantidad de elementos que son significativos para los cristianos y que efectivamente transmiten la gracia de Dios a los creyentes.

Al recibir la Eucaristía nuestra persona se nutre con el cuerpo y la sangre del mismo Jesucristo, presente en las especies del pan y del vino que han sido “eucaristizadas”, o dicho de otro modo, sobre las cuales se ha hecho la oración de acción de gracias con las palabras que usó el mismo Cristo aquél día en la última cena con sus discípulos. Y no sólo repetimos las acciones o palabras que Jesús hizo hace dos mil años, sino que al vivir la Santa Misa, hacemos presente en nuestro tiempo aquel momento y aquella gracia que Jesús ha derramado por medio de las especies eucarísticas.

Y si aun así te queda duda sobre la radical importancia de reunirse en comunidad para vivir la Misa, estas palabras de San Ignacio de Antioquía, que dirigió en una carta a los efesios, te podrán ayudar:

Pongan empeño en reunirse más frecuentemente para celebrar la eucaristía de Dios y glorificarle. Porque cuando frecuentemente se reúnen en común, queda destruido el poder de Satanás, y por la concordia de vuestra fe queda aniquilado su poder destructor. Nada hay más precioso que la paz, por la cual se desbarata la guerra de las potestades celestes y terrestres. (S. Ignacio de Antioquía, Carta a los efesios, 13)

Es así que estas puntuales pero enriquecedoras enseñanzas bíblicas y de los santos padres nos lleva a plantearnos varias cuestiones sobre nuestra vivencia de la Eucaristía:

  • ¿Cuándo asisto a Misa tengo conciencia de todos los elementos significativos que se han ido pasando de generación en generación a lo largo de la historia y que nos llegan hasta nuestros días con un gran valor espiritual?
  • ¿Participo en la Misa creyendo que yo también estoy celebrando el misterio pascual de Jesús, o pienso que sólo el sacerdote tiene un papel protagónico?
  • En las primeras comunidades la fracción del pan tenía una fuerte dimensión social. Es decir, el recibir el cuerpo y sangre del Señor se traducía en una vivencia fraternal alegre y generosa para con el prójimo. ¿Soy verdaderamente cristóforo (es decir, portador de Cristo) fuera del templo, después de comulgar, para con los demás, o me quedo en un “engolosinamiento” espiritual sin repercusión en las relaciones con mi entorno?
  •  ¿Me siento en familia con los hermanos que me rodean cuando estoy en el templo en la celebración eucarística?
  • ¿Experimento en la comunidad cristiana a la que pertenezco, al celebrar la Eucaristía, la fortaleza y apoyo para sacar adelante las situaciones difíciles de la vida o las tentaciones que buscan alejarme de Cristo? ¿Fomento yo esta “red” de apoyo espiritual y/o material, a imitación de las primeras comunidades creyentes?

 

Sin duda, la Eucaristía, como decía San Ireneo de Lyón, es la que “da solidez a lo que creemos” (Contra los herejes, IV,18,5). Conocer su origen e importancia nos permite recuperar la memoria histórica de este valiosísimo sacramento que custodia la Iglesia como tesoro más grande.

 

 

Por: Seminarista Darsving O. Ehrenzweig

13 Oct 2015

HELLO! 1

Saludos a todos, soy el seminarista Omar Alejandro Flores Soto, actualmente estoy en mi año de Experiencia Eclesial, en el cual, vivimos durante un año escolar en una parroquia para madurar y fortalecer nuestra vocación hacia el sacerdocio. Estoy sirviendo en la parroquia de Santa Emma en Juárez, NL. con el Párroco el Padre Jaime Dávila Hernández, que también es vicario Episcopal de la Zona 7, el padre Ernesto Ríos Treviño, vicario parroquial y el Diácono Gerardo Saldaña.

Dios me está haciendo vivir experiencias que sólo se pueden ver una vez en la vida de la comunidad, como la construcción del templo parroquial y la creación de nuevas capillas, forjando comunidades para el encuentro de Jesucristo, en especial en la Eucaristía. También estoy ejerciendo mi ministerio de acolitado ayudando en las Misas, celebrando la Palabra, repartiendo la Comunión y apoyando en las actividades parroquiales como: acompañando a los jóvenes, organizando la primera noche mexicana parroquial, novenario Bíblico, promoviendo la devoción del Rosario, preparando la semana de animación misionera y planeando todas las actividades propias de los tiempos litúrgicos que vienen.

Igualmente se me encomendó acompañar a los jóvenes del decanato de Nuestra Señora del Rosario, también conocido como el decanato de Juárez, el cual, está compuesto por nueve parroquias: Santa Emma, Nuestra Señora del Rosario, Cristo Rey, Santísima Trinidad, Santa Clara, San Judas Tadeo, San Juan de los Lagos, San Miguel Arcángel y Nuestra Señora de los Ángeles; todas éstas en el municipio de Juárez NL.

He acompañado a las chavas y a los chavos al encuentro con el Arzobispo, a la jugada del año, a la marcha juvenil vocacional que organiza el centro vocacional, al retiro y peregrinación de monaguillos, al Congreso Eucarístico Nacional que se realizó en Monterrey. Además, los jueves visito una de las parroquias para dar un mensaje en la Misa y dirijo la Hora Santa. Así mismo hago presencia en las fiestas patronales y cuando me lo piden los acompañó con algún tema, retiro o convivio.

Se organizó la primera marcha juvenil vocacional del decanato de Juárez y hubo una respuesta de un poco más de 100 jóvenes que gritaron por las calles del municipio la alegría de ser de Cristo con cantos, alabanzas, tambores y trompetas. Y ya se está organizando otra marcha, pero ahora con procesión del Santísimo el domingo de Cristo Rey.

Sigamos en oración por todos los jóvenes de la Arquidiócesis de Monterrey, para que Dios ilumine su mente y corazón y puedan escuchar la voz de del Señor y que sean valientes para seguir el camino que Dios propone para que sean felices.