21 Ene 2022

HELLO! 1

La primera definición que da la Real Academia Española al verbo “leer” es: pasar la vista por lo escrito o impreso comprendiendo la significación de los caracteres empleados. Si estás aquí conmigo es porque sabes leer y, en efecto, comprendes el significado de las palabras al pasar tu mirada por estas líneas. Sin embargo, pensemos un poco: ¿de verdad todas las cosas que leemos las comprendemos de igual forma?, ¿es el mismo grado de atención el que concedemos a una nota del periódico que a una cadena de oración de WhatsApp o a una lectura de la misa dominical? Ciertamente que no.

Cada uno de nosotros descubrimos mayor o menor interés en los diferentes y muy variados tipos de lectura que nos van acompañando en el transcurso de nuestra vida, y es en aquellos que nos encienden una llama de pasión interior en los que optamos por buscar y profundizar más. ¿Y qué pasa cuando elevamos este noble acto de la lectura a un grado de servicio? Es decir, que el acto de leer ya no sea meramente un pasar la vista por las letras de un escrito para adquirir un beneficio personal, sino que ese acto de leer sea convertido en un servicio prestado a una determinada comunidad para que toda ella se beneficie del contenido que se lee. Pues bien, justamente esto sucede con el ministerio del lectorado en nuestra Iglesia.

El fiel que es llamado a recibir este don ya no lee para sí mismo; ahora lo hace como un bello servicio del que muchos se valen para nutrir su espíritu. Quien es instituido lector no lee cualquier texto ordinario, lee la mismísima Palabra de Dios por la cual somos capaces de comunicarnos y establecer un diálogo con nuestro Señor. Por lo tanto, este leer no puede ser superficial y monótono. Cada vez que el lector instituido se acerca al texto sagrado, debe hacerlo con un espíritu dispuesto al encuentro vivo y real con Dios, con plena conciencia de su ser “servidor de la Palabra” y con un profundo amor y reverencia – ¡se trata de un diálogo con Dios!

La institución del lectorado es un paso fundamental en la formación del Seminario. Todo seminarista debe ser instituido como lector antes de ser ordenado sacerdote: es como un primer paso oficial que damos luego de ser admitidos por la Iglesia como candidatos al sacerdocio. Ser instituidos lectores implica una altísima responsabilidad y nos recuerda el fin primero para el que anhelemos llegar al sacerdocio: ¡servir al pueblo de Dios y santificarnos junto a él!

Este próximo domingo 23 de enero, Domingo de la Palabra, mis compañeros de generación y yo seremos instituidos lectores para la Iglesia. Que el Señor nos conceda la gracia de descubrir su voz a través de este servicio, leyendo, meditando y haciendo vida su Palabra. Nos encomendamos a sus oraciones. Dios nos bendice.

Patricio Rico Villarreal

Seminarista | 2do. de Teología

14 Ene 2022

HELLO! 1

La oración siempre será el arma más fuerte para nuestra vocación, ya que es la fuente de donde todo nace, pero, ¿qué tanta importancia le damos a la oración en nuestra vida y en nuestra vocación?

En esta época contemporánea podemos observar que hay tantas cosas que evitan que nosotros como hijos de Dios no hagamos oración, ya sea por el trabajo, la escuela, los problemas de la vida etc. Esto ocasiona que olvidemos todos los frutos que nos brinda la oración. Los santos de la Iglesia son un ejemplo de cómo la oración ayudó a sus vidas. San Agustín, que en un principio estaba perdido en el pecado, decide cambiar su vida buscando a Dios, lo buscaba de todas las maneras posibles, y cuando realmente lo encontró se da cuenta que siempre estuvo con él, y esto lo logró a través de la oración. Cuántas veces no hemos desperdiciado tiempo tratando de buscar qué es lo que nos hace felices, y acostumbramos a buscar la felicidad en las cosas materiales, en cosas que sabemos que no son eternas.

La relación que tiene la vocación con la oración es sumamente importante, independientemente qué vocación sea la que has elegido; el matrimonio, sacerdote, religioso/a, misionero. Sin la oración no vamos a poder encontrar el verdadero sentido de la vida, porque cuando nosotros oramos y vivimos nuestra vocación encontramos paz. Santa Teresa de Calcuta a pesar de que ya era una consagrada, a través de la oración pudo entender que Dios tenía una misión especial para ella, una misión que fue ayudar a los más pobres de entre los pobres. ¿Le has preguntado a Dios cual es esa misión especial para ti?

Ahora nuestra tarea es orar por todas las vocaciones del mundo, ya que como he mencionado antes, es el arma más fuerte para que nazcan vocaciones en nuestra Iglesia, recordemos las palabras del Papa Francisco en la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones: “que cada uno pueda descubrir con gratitud la llamada de Dios en su vida”.

Luis Enrique Pérez Hernández

Seminarista | 1ero. de Filosofía

04 Ene 2022

HELLO! 1

Estas dos palabras unidas entre sí, son la síntesis de un camino vocacional, pues cuando un joven se siente inquieto por Dios, la respuesta para que la vocación fluya es: “Sí, quiero”.

Ese “si” comienza en la infancia, adolescencia o juventud de muchos, en algunos comienza ya más tarde. Al final, el tiempo no es tan importante, lo importante es decir “Sí, quiero”.

Allí se fragua la razón, la voluntad, la libertad, el corazón; porque decir “Sí, quiero” implica conocer a quien nos llama, saber que nos llama y responder desde nuestra libertad y voluntad.

Así comienza todo, pero no solo es un “sí” inicial, el sí se va madurando, se va confirmando; va creciendo, va haciendo de la vida del joven una respuesta alegre.

Día con día lo decimos, y aunque a veces cuesta, nos negamos o nuestra fragilidad nos entristece. Sabemos que el primero en decir “Sí, quiero” ha sido Jesús cuando vino al mundo, cuando asumió nuestra carne, cuando dio la vida por nosotros.

Este “Sí, quiero” es también el sí de muchos de ustedes, de nuestros papás al darnos la vida, el tuyo al salir a trabajar, el de tu familia al luchar por la unidad, es el “Sí, quiero”  de la madre que cuida a su hijo enfermo, el “Sí, quiero” de la novia a su novio al recibir la promesa de una vida juntos.

Este inicio de año digamos también nosotros: Sí quiero a Jesús, a su Iglesia, a su amor. Digamos Sí quiero ayudar a los más necesitados, compartir el pan con quien menos tiene y hacer de nuestra vida, una vida mas cristiana, más humana, más llena del “sí” de Jesús.

Hoy vuelven los seminaristas a nuestro Seminario, tal vez para algunos costará regresar, otros regresarán con mucha alegría, otros dirán “Sí, quiero”  de una manera más sólida, la familia ayuda a fortalecer el sí; otros en 15 días la Iglesia les dirá “Sí, quiero”, al recibir nombrarlos candidatos a las órdenes sagradas, otros cambiarán de etapa de formación, allí abra otro “sí”, otros están muy emocionados porque con la gracia de Dios se acerca los días en que dirán “Sí, quiero” ser ordenado diácono o sacerdote delante del Obispo.

“Sí, quiero”, palabras tan sencillas pero tan profundas en la vida del Cristiano; “Sí, quiero”, como María al Ángel, como Cristo al Padre, como tú vida a Jesús.

¡Feliz inicio de año! Vamos adelante diciendo: ¡Sí!

Pbro. Darío Fco. Torres Rodriguez

Coordinador de Espiritualidad del Seminario Menor

Coordinador del Dpto. de Comunicación del Seminario de Monterrey

20 Dic 2021

HELLO! 1

Dominus pars hereditatis meae et calicis mei tu es qui restitues hereditatem meam mihi, estas palabras son tomadas del salmo 16, 5-6, que dice: “El Señor es mi parte de la herencia y mi copa, mi suerte está en tus manos. Me ha tocado un lote delicioso; sí, mi heredad es la más bella”. Esta frase era pronunciada por el Obispo y repetida por el aspirante al sacerdocio en el rito de Tonsura.

Antes del Concilio Vaticano II, el rito de Tonsura era la puerta de entrada al estado de vida clerical, este era el primer paso a la recepción de las órdenes sagradas. Pablo VI con el motu proprio Ministeria Quaedam, hizo las reformas convenientes para que dentro de la liturgia se conservaran y adaptaran los oficios peculiares a las necesidades actuales, quedando abolido el rito de Tonsura.

Actualmente, el Código de Derecho Canónico dice que: “Ningún aspirante al diaconado o al presbiterado debe recibir la ordenación de diácono o de presbítero sin haber sido admitido antes como candidato, por la autoridad indicada en los cc. 1016 y 1019, con el rito litúrgico establecido, previa solicitud escrita y firmada de su puño y letra, que ha de ser aceptada también por escrito por la misma autoridad” (CCE 1034  § 1).

Aunque la admisión a ser candidato al sacerdocio no significa la inclusión a la vida clerical, sí guarda en cierto modo relación con el rito de Tonsura. Las palabras del Salmo 16, recuerdan que la promesa de Dios se veía cumplida en la repartición de la tierra a las tribus de Israel. Sin embargo, la tribu de Leví fue la única en no poseer una porción de tierra. La heredad de los levitas, la tribu sacerdotal, fue el vivir únicamente para Dios.

Quien recibe la admisión a ser candidato a las órdenes sagradas ha de reconocer con toda convicción que la vida sacerdotal es vivir para Dios. La vida del candidato al sacerdocio debe estar marcada por la Palabra de Dios y por la Eucaristía. Esta es la heredad a la que aspira, esta es la parte de la herencia que ha de conformar toda su existencia. El candidato al sacerdocio ya no debe vivir según sus criterios, ideales y pensamientos, sino que todo su quehacer ha de estar orientado a cumplir la voluntad de Dios. De tal modo que toda su vida exprese su continuo habitar delante de la presencia de Dios.

“Ellos lo dejaron todo y lo siguieron” (Lc 5, 1-11), el candidato vive la libertad al solicitar la admisión a las órdenes sagradas, y a la vez experimenta la renuncia para pertenecer totalmente a Dios. La vocación sacerdotal solo puede darse en este gesto de libertad y de renuncia, de tal modo que quien ha sido admitido a ser candidato a las órdenes sagradas pueda expresar junto con el salmista: “me ha tocado un lote delicioso; sí, mi heredad es la  más bella” (Salmo 16, 5-6).

Erick Alfonso Rivera Ortiz

Seminarista | Primero de Teología

19 Dic 2021

HELLO! 1

Les presentamos la lista de los ganadores del Bono por las vocaciones, celebrado el domingo 19 de diciembre de 2021, en las instalaciones del Seminario Menor.  

COMPRADORES

1° Premio $200,000

Número de Boleto: 07807

Nombre del Ganador: José Alejandro

2° Premio $100,000

Número de Boleto:  00837

Nombre del Ganador:  Yolanda

3° Premio $50,000

Número de Boleto: 14290

Nombre del Ganador: Jorge

4° Premio $30,000

Número de Boleto: 03966

Nombre del Ganador: Mariela Carmina

5° Premio $15,000

Número de Boleto: 15144

Nombre del Ganador: Julio

6° Premio $10,000

Número de Boleto: 07999

Nombre del Ganador: César

7° Premio $10,000

Número de Boleto: 09658

Nombre del Ganador: Joao Francisco

8° Premio $10,000

Número de Boleto: 14344

Nombre del Ganador: Margarita

9° Premio $10,000

Número de Boleto: 05193

Nombre del Ganador: Nelly Idalia


COLABORADORES

1° Premio $50,000

Número de Boleto: 07807

Nombre del Ganador: Rodolfo

2° Premio $40,000

Número de Boleto:  00837

Nombre del Ganador: José Asunción

3° Premio $30,000

Número de Boleto: 14290

Nombre del Ganador: Jorge

4° Premio $15,000

Número de Boleto: 03966

Nombre del Ganador: María Magdalena

5° Premio $10,000

Número de Boleto: 15144

Nombre del Ganador: Octavio

6° Premio $5,000

Número de Boleto: 07999

Nombre del Ganador: Noreida

7° Premio $5,000

Número de Boleto: 09658

Nombre del Ganador: José

8° Premio $5,000

Número de Boleto: 14344

Nombre del Ganador: Juana

9° Premio $5,000

Número de Boleto: 05193

Nombre del Ganador: Hortencia

13 Dic 2021

HELLO! 1

El Adviento es un tiempo lleno de riquezas espirituales con las cuales nos podemos preparar para la Natividad del Señor. Esto lo digo porque la liturgia de la Palabra nos presenta varios personajes que nos motivan a permanecer en la esperanza viva en la venida del Señor en el portal de Belén en esta Navidad.

Podemos contemplar al profeta Isaías, que con sus palabras de consuelo nos indica la llegada del Emmanuel, del Dios-con-nosotros. Nos alienta a estar preparados con la esperanza de que todo va a mejorar, de que nuestras tristezas se convertirán en alegría. Y todo eso porque la misericordia de Dios es infinita.

También se nos presenta al precursor del Mesías, al último profeta del Antiguo Testamento, como algunos lo prefieren llamar así. Hablamos de Juan el Bautista, quien, en el desierto, con su vida austera y con sus palabras recias predicaba e invitaba a la conversión, y quien quisiese se bautizaba. Predicó la justicia del Señor, pero también la misericordia. Y como quien conoce realmente su puesto, su ser, se hizo a un lado para que Cristo fuera el que irradiara.

Sin embargo, por el momento, de ellos no se habla este tema, pero si es muy necesario observar todo aquello a lo que nos invitan. Nuestro tema, por tanto, será de la Virgen María.

Ella es una parte muy importante dentro de este tiempo, pues encontramos que la festejamos en diversos momentos, como la Solemnidad de la Inmaculada Concepción el día 8 de diciembre, donde celebramos que fue concebida sin mancha del pecado original. También, y obviamente como mexicanos, con un gran júbilo tenemos la fiesta de la Virgen de Guadalupe. Y para nosotros como regiomontanos también está la fiesta solemne de Nuestra Señora del Roble el día 18, en el cual nos congregamos en la Basílica del Roble para felicitarla y pedirle que cuide de nuestra ciudad.

Destaca mucho la Virgen María, porque a ella le fue anunciado que concebirá un hijo en su vientre por voz del Ángel Gabriel y que este será la salvación para todos. Esto se llevó a cabo en un diálogo de fe y de mutuo amor. De fe, porque ella como el pueblo de Israel, esperaban que Dios se acordara de su misericordia y mandara al Mesías, y de amor porque, ella es fiel a la Palabra, porque ama a Dios y está dispuesta a todo.  Entonces, ella dijo que sí a la voluntad de Dios, ella aceptó ser la madre del Salvador. Es un sí que benefició a todos, un sí que, aunque no sabía como iba a suceder tal acontecimiento, confió plenamente en Dios.

Así pues, como hijos de Dios, vivamos este Adviento de la mano de mamita María para poder esperar y disponer nuestro corazón para que Jesús venga a él, e imitarla dando un sí lleno de fe cada día en el servicio a nuestros hermanos, en el amor mutuo en una constante oración. Y, así, fervientes y llenos de esperanza digamos: ¡Ven, Señor Jesús!

Jesús Alfredo López Díaz

Seminarista | Primero de Teología

06 Dic 2021

HELLO! 1

En este año como Iglesia, iniciamos un camino de reflexión con destino al próximo Sínodo de los Obispos en el año 2023; en el cual, el Papa Francisco nos invita a que pongamos atención en una característica propia de la Iglesia: “la sinodalidad”. Para este Adviento 2021, también nuestro Arzobispo Mons. Rogelio Cabrera nos ha pedido que incluyamos esta visión y reflexión dentro del tiempo que estamos iniciando.

Primero que nada, recuerda que el Adviento por su etimología hace referencia a una ‘venida’, del griego adventus. La liturgia, nos habla del tiempo por el cual un nuevo año litúrgico inicia, con una duración de cuatro domingos y en la cual predominara el sentido de “prepararnos” que podemos ver reflejado en las lecturas como en el uso del color morado. Nuestro Catecismo de la Iglesia Católica afirma que adviento es “el tiempo en donde la Iglesia actualiza la espera del Mesías: participando en la larga preparación de la primera venida del Señor; como también aquella segunda venida de Cristo” (cf. CEC, 524).

Entonces, Adviento es el tiempo propio por el cual nos preparamos para así esperar al Mesías que está pronto a nacer. ¿Cómo nos preparamos? Por una parte, rectificando el camino; es decir, abandonar todo lo malo de nuestras vidas y volver al camino que nos lleva a la santidad; por otro lado, estar vigilantes, que no nos pase de largo el misterio divino de la encarnación, donde Dios se ha hecho hombre, el nacimiento del Mesías, del Emmanuel (‘Dios-con-nosotros’). Recuerdo bien las palabras de mi abuelita al preparar a sus nietos para la Navidad: «Adviento es el tiempo propicio para que nuestros corazones sean aquel pesebre en donde el niño Jesús pueda nacer». Considero estas dos actitudes propias a vivir durante el tiempo de Adviento: «rectificar nuestras vidas y estar vigilantes».

En cuanto a la sinodalidad, es importante entender que ella es propia de nosotros como Iglesia. “La sinodalidad en la vida y en la Misión de la Iglesia” en el número 3 nos dice: “La Iglesia es la asamblea convocada para dar gracias y cantar alabanzas a Dios como un coro, una realidad armónica donde todo se mantiene unido, porque quienes la componen, mediante su relación recíproca y ordenada coinciden en el mismo sentir”. Vivir sinodalmente como Iglesia es saber que caminamos juntos, que todos los que hemos sido llamados y formamos un solo cuerpo en la Iglesia (cf. 1 Co 12, 27), tenemos la misma responsabilidad de compartir el amor de Jesús. El Papa, obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas, laicos en sus distintas maneras de vivir, estamos llamados a ser y hacer Iglesia. Es saber que el Espíritu Santo nos colma de dones y carismas distintos a cada uno de nosotros (cf 1 Co 12, 1-11), pero también es reconocer que cada quien tiene una riqueza por aportar para hacer presente el Reino de Dios (cf. Mt 13, 44). Considero que esto nos lleva a sabernos con mucho valor, mismo que Dios nos ha dado, y que lo podamos ofrecer a los demás participando como una sola Iglesia.

¿Cómo poder vivir este Adviento 2021 con sinodalidad? La invitación creo que es clara. Podemos rectificar nuestro camino, pero en especial que podemos sanar aquellas instancias en donde tal vez hemos faltado a vivir fraternos con otros o al no ser ejemplo como cristiano, a que podamos prepararnos para la venida del Señor, pero que también ayudemos a otros a prepararse. Seamos consientes de que no todos tenemos la oportunidad de tener una cercanía grande con Dios, extendamos nuestras manos y ayudemos a otros a vivir esta experiencia. En este Adviento propongámonos caminar como una Iglesia fraterna, como una sociedad firme, como una familia unida.

Que la Sagrada Familia, modelo de todas las familias, sean nuestro ejemplo de vivir un Adviento y una sinodalidad: vivir unidos profundamente a Dios, poniendo nuestras capacidades ante Él, y tomar juntos la responsabilidad de una misión en particular.

Abraham Rodrigo Oliva Espinosa
Seminarista | 3ero de Teología

26 Nov 2021

HELLO! 1

Hoy en día nos enfrentamos a una infinidad de problemáticas que cada vez nos agobian más. Una sociedad de consumo nos mueve a buscar siempre “lo nuevo” y a desechar todo aquello que no nos brinda algún beneficio o satisfacción, no solo con las cosas sino también con las personas; una sociedad individualista nos hace creer que podemos prescindir del otro, que no necesitamos de nadie para vivir ni salir adelante; una sociedad relativista, que la verdad está sujeta a lo que cada quién dice o decide; así podríamos seguir y nunca terminar.

Si analizáramos tan solo un poco de todo lo que este mundo nos presenta como “el camino que debemos seguir para alcanzar la felicidad”, encontraremos un común denominador: se prescinde de Dios, así como de todo aquello que se relacione con Él. Esto quiere decir que poco importan la fe, la esperanza y el amor; que poco ha valido la obra redentora de Cristo, que lo que el mundo nos ofrece es mucho mejor. ¡Qué equivocado está!

Ahora bien, ¿en cuántas ocasiones hemos sentido en nuestra vida que no somos dignos ni merecedores de su amor? ¡Muchísimas! ¿Cuántas veces hemos sido conscientes de que el mismo Dios se entregó por nosotros? ¡Muy pocas! Vemos al crucificado e inmediatamente sentimos que no hay mérito alguno por la gracia tan grande que hemos recibido, pero no debemos olvidar lo que escribió san Pablo a los Gálatas, “El Hijo de Dios me amó y se entregó por mí”(Gal 2, 20), Jesús, el mismísimo Hijo Único de Dios nos devolvió la dignidad que a causa del pecado habíamos perdido, ¡qué afortunados somos!

Por eso es necesario gritar y reconocer ante el mundo de hoy ¡cuánto necesitamos de Cristo! Se nos ha olvidado que Jesús vino a salvarnos de la muerte, a librarnos del pecado. Él mismo nos ha dado la oportunidad de levantarnos cuando hemos caído y de dar a nuestra vida el giro necesario para retomar el camino y seguir andando. Tengamos siempre presente lo que significa la Redención. No fue algo que sucedió así porque sí. El deseo de Dios es y siempre será que volvamos a Él.

Esta bella obra de la redención debe recordarnos en todo momento que el amor de Dios por cada uno de nosotros supera los límites de la razón, y que nos llama día con día a responder generosamente con nuestra vida a su voluntad, a “ser santos como su Padre celestial es santo” (Mt 5, 48).

Si nuestro entorno insiste incansablemente en alejar a Dios de nuestras vidas, hagámosle saber lo que santa Teresa de Ávila decía fervorosamente: “¡solo Dios basta!”. Su entrega en la cruz será suficiente para nosotros para enfrentar todo aquello que nos haga sentir poca cosa, y recordar que somos profundamente amados por aquel que dio su vida por nosotros.

Luis Carlos Solís Garza
Seminarista en Experiencia Eclesial

19 Nov 2021

HELLO! 1

En nuestro mundo actual sigue existiendo un fenómeno conocido como ateísmo. Este fenómeno, como es de costumbre, ha ido cambiando a través del tiempo en algunos aspectos, pero conservando su esencia.

Para comprender mejor qué es el ateísmo podemos situarnos en el lugar de un ateo. Pensemos en un hombre que argumenta que no existe una evidencia empírica directa de un ser supremo, que también contempla una diversidad de religiones que le crean confusión y dudas de que exista un verdadero Dios, y que al mismo tiempo es consciente de su libertad para creer o no creer. El ateo busca entonces una forma de justificar la creación, el orden y la perfección del universo con una explicación científica donde la idea de un dios no tiene cabida.

Podemos enumerar de alguna forma ciertas causas del ateísmo, pero sería involucrarse en la esfera personal de cada hombre; así que lo que podemos mencionar como preámbulo del ateísmo, es que existe una idiosincrasia cerrada a una explicación sobrenatural del origen del universo, que reduce la realidad a explicaciones científicas; por lo tanto, Dios no existe. Aunque también puede existir una forma de ateísmo en la que ni siquiera existe una preocupación por preguntarse algo acerca de Dios y el universo, una forma de vida totalmente escéptica y al mismo tiempo pragmática, sin trascendencia.

Nietzsche es un gran filósofo, de origen alemán, que proclama una sentencia bastante atrevida: “Dios ha muerto”. Esto quiere decir que el hombre ha tomado el lugar del ser supremo y se ha proclamado como “superhombre”, ha sido él quien ha matado a Dios. Esto genera como consecuencia que todos los valores mueran también, y sean reemplazados por nuevos valores creados por el mismo hombre. Este nuevo estilo de vida es ahora poder, querer poderlo todo, entrando por la puerta sin retorno del deseo insaciable del hombre de querer siempre más poder.

Hay que advertir que, así como el ateísmo propuesto por Nietzsche, existen otras formas de ateísmo que conducen tarde o temprano al inmanentismo; es decir, a sostener que el hombre es la causa de que todo tenga un sentido, que es la única explicación y fundamentación de donde procede toda verdad.

Hemos de hacer notar entonces que el ateísmo cierra las puertas del hombre hacia la posibilidad de un ser divino, quedándose el hombre como el mismo ser divino. Pero la realidad es que existe una diferencia metafísica bastante clara entre el ser humano y el ser divino que no pueden equipararse. El ser supremo es ante todo omnipotente, y está por encima de todo cuanto existe, incluso por encima de la negación que pueda hacer el hombre de él.

De igual forma, existe un vínculo innegable entre el creador y su creación, y bastaría este vínculo para decir que hay una relación: donde uno crea y el otro es creado por el primero.

Afirma Agustín de Hipona: “nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti”. Hemos sido creados por un ser supremo con el fin de existir siempre en referencia a Él; Él es Ipsum Esse Subsistens, existe por sí mismo, y nosotros existimos por él, por su bondad suprema. Además, Dios ha constituido nuestro ser con un deseo por conocerle, un deseo que no será satisfecho por nada que no sea Él mismo. Así, el ser del hombre llegará a su plenitud y perfección cuando se encuentre frente a su creador, cuando éste así lo decida.

Édgar Omar Lara Zavala
Seminarista de Experiencia Eclesial del
Seminario de Ciudad Victoria

12 Nov 2021

HELLO! 1

El hombre ha sido creado por Dios de una manera perfecta y muy compleja, que es la unión de alma y cuerpo. Esto quiere decir que el ser humano posee una realidad espiritual y corporal.

Por mucho tiempo han surgidos distintas maneras de entender el cuerpo humano, algunas corrientes filosóficas lo consideraron como algo malo. Ejemplo de esto tenemos a Platón, quien planteaba que el cuerpo era la cárcel del alma. Otros dirán que el cuerpo solamente es sufrimiento y que la verdadera esencia del hombre es el alma porque ella es inmortal y no padece de agotamiento.

Pero vale la pena tan solo pensar que el Hijo de Dios quiso encarnarse, Él siendo eterno y sin estar sujeto a la temporalidad de la corporalidad asume un cuerpo mortal. Entonces, si Dios mismo se encarnó, ya desde ahí podemos ver que el cuerpo es algo de muy alta dignidad. Y esta dignidad se confirma con la resurrección de Jesús en un cuerpo glorioso.

El hombre posee inteligencia, es capaz de aprender y de realizar grandes acciones que van marcando su misma historia y la vida de quien lo rodea. Por eso es necesario pedir a Dios su sabiduría para que nuestras acciones estén en concordancia entre alma y cuerpo. De modo que haya integralidad en nuestra vida involucrando todo nuestro ser.

Conviene recordar que el hombre al ser una realidad espiritual, es capaz de hacer oración y de entrar en diálogo con Dios, por el bien de los demás y por él mismo. La oración es fundamental para cuidar el estado espiritual, así como lo es la comida saludable para el cuerpo. El hombre necesita de su creador, necesita hablar con él, alimentarse de él, decirle sus alegrías y angustias, sus problemas y agradecimientos, platicarle de su familia, trabajo, amigos y pedirle perdón cuando se ha cometido una falta. Por eso, el ámbito espiritual no puede quedar fuera de la vida del hombre, porque es algo que lo constituye como persona.

Somos llamados a llevar una vida plena y esto parte del reconocer nuestra integralidad espiritual y corporal. Reducir a la persona a una sola de estas dimensiones sería empobrecerla y coartarla en sus capacidades.

Roberto Manrique Nielsen
Seminarista | Primero de Filosofía