05 Nov 2021

HELLO! 1

Hablar de la fiesta de San Teófimo Mártir como patrono de nuestro Seminario de Monterrey, es hablar de una celebración de enorme significado para muchos sacerdotes y seminaristas de la Arquidiócesis de Monterrey, que hemos tenido la dicha de vivirla cada año como una oportunidad para fraternizar, como un espacio para que los hermanos menores en formación conozcan a sus hermanos mayores y viceversa; y comience a su vez, un conocimiento de San Teófimo, el Mártir que acompaña nuestra vocación. Los cuatro institutos, Seminario Menor, Curso Propedéutico, Filosofía y Teología nos congregamos para celebrar la fiesta en honor a nuestro Santo patrono, nos encontramos y compartimos la alegría a través de la convivencia deportiva y de las celebraciones litúrgicas que nos unen como hermanos. San Teófimo se convierte así en un compañero de vida a través de los años de formación y va forjando en nuestra vocación un deseo de entregar la vida por Cristo al servicio de los demás.

Es cierto que poco conocemos de él, algunos le han llamado «desconocido» como menciona el padre Hugo Chávez en una de sus reflexiones en el marco del novenario a San Teófimo Mártir. O sólo «Mártir» haciendo alusión a que con eso se dice todo, como lo expresa Monseñor Gerardo Charles en su libro «Lo llamaré Mártir». Sabemos de nuestro Santo patrono que es un mártir del siglo II, que sus restos fueron descubiertos durante las excavaciones en unas catacumbas de Roma y que, en el año 1925, en una época en la que la Iglesia en México pasaba dificultades, el Arzobispo de Monterrey José Juan de Jesús Herrera y Piña solicitó al Papa traer los restos de San Teófimo a nuestra ciudad. Es probable que el 2 de junio Mons. Herrera y Piña haya recibido la urna con los restos de San Teófimo y los haya depositado en el Seminario. Para el año 1931 los seminaristas solicitaron a Mons. Guadalupe Ortiz sucesor de Herrera y Piña que declarara al Mártir como patrono del Seminario, quedando como fecha de la fiesta patronal el día 5 de noviembre.

Hoy, a diferencia del año pasado que por motivo de pandemia cada uno de los cuatro institutos de manera separada, es decir, desde su casa de formación, tuvo que celebrar la fiesta a nuestro santo patrono, nos hemos vuelto a reunir con los protocolos y cuidados necesarios. Como comunidad del Seminario de Monterrey hemos sido convocados en sintonía con nuestra Iglesia universal bajo el lema de «la sinodalidad», cuyo significado indica el camino que recorren juntos los miembros del pueblo de Dios y que, como dice el Papa Francisco en su discurso conmemorativo del 50 aniversario de la institución del sínodo de los obispos «la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio».

Como futuros pastores es nuestro deber y deseo profundizar y crecer en la belleza de sinodalidad y hacer de nuestro Seminario un espacio de escucha, de diálogo y de comunión con el hermano y con Dios. La figura de San Teófimo Mártir patrono de nuestro Seminario, además de recordarnos que nuestra vocación requiere entregar la vida por Cristo y de unirnos como comunidad, también nos alienta a caminar juntos en la vocación sacerdotal y en nuestra vida cristiana. Que bajo la intercesión de nuestro Santo patrono podamos alcanzar los dones y las gracias necesarias para nuestra vocación.

¡San Teófimo Mártir, Ruega por nosotros!

Marco Antonio Cruz Pérez
Seminarista | Segundo de Teología

29 Oct 2021

HELLO! 1

Lo absurdo nos rodea envolviendo la existencia como un teatro donde se realiza una interpretación de alguna comedia antigua. Pocas cosas pueden ser vistas con sentido, si se ha prescindido de significado en la existencia. El sentido de vida no tiene que ver con la comprensión de los objetos y de los hechos, sino con un fondo significativo que brinda un contenido profundo tanto a la totalidad de lo real, como a cada una de sus partes.

Este fondo significativo se descubre o se estructura en una experiencia posterior al encuentro con la realidad. Para alcanzarlo, se debe ubicar el origen del que proviene la realidad, y el fin al que tiende en último término. Este proceso es aplicado también al ser humano, único que tiene conciencia de la propia existencia, de modo que el sentido de su vida solo puede ser comprendido al significar la muerte. No refiero aquí solamente a una definición técnica, sino que, en la medida como cada uno sea consciente de su muerte, también será consiente de su vida. Al contrario, quien prefiera olvidar el final de su vida, no puede vivir auténticamente, sino solo en las penumbras de la vida sin-sentido.

A pesar de la tendencia por olvidarnos de la muerte, es indiscutible que el morir es un tema inherente a nuestra naturaleza humana. La angustia por el final de nuestra existencia nos hace preguntarnos si lo que se ha vivido, sentido y hecho tiene alguna importancia. En última instancia ¿qué sentido tiene vivir si en el fin no hay ninguna esperanza? Sin esperanza, solo somos como una cuerda de piano que vibra por un breve momento de tiempo, pero sin importar las circunstancias, dejará de vibrar y quedará en completo silencio. Pero una cuerda no puede angustiarse por su tendencia al silencio como un hombre lo hace por el final inevitable de su vida. Aquí ya hay un atisbo de la semilla de eternidad implantada en el corazón del hombre.

El hecho de darle un sentido a la muerte, aunque sea el sin-sentido, evidencia que en él hay algo más que solo su ser: hay una conciencia de la existencia que anhela que ella misma permanezca sobre el tiempo. La angustia se debe al rechazo de la idea primera sobre la muerte, que siempre tiene un aspecto negativo. Pero la angustia por la muerte indica, no la desesperanza, sino al contrario, el hecho de que tenemos en el interior algo que tiene anhelo de trascender, es decir, tiene esperanza; y ya que solo el que está en potencia de algo puede esperarlo, concluimos que en nuestra constitución como hombres hay una trascendencia incompleta.

La plenitud humana es realizada admirablemente en Jesucristo (GS 22), y el sentido del morir se descubre en la contemplación de la muerte del Hijo de Dios en la cruz. En efecto, la cruz y la muerte resultan escandalosas para cualquiera que quiera simplemente vivir en la tranquilidad de los placeres temporales (1 Cor 1, 23); pero para aquel que quiera alcanzar la plenitud de vida, tiene que experimentar también una muerte plena. Así, para quienes desean tener una vida con el mínimo de preocupaciones, es fácil quedarse en la comodidad y olvidarse de los otros que le necesitan. Qué fácil hubiera sido para Jesús haberse quedado cómodamente en Nazareth con su madre, realizando las faenas cotidianas como hasta entonces; pero la verdadera plenitud de la existencia requiere arriesgar la propia vida en favor de lo más importante, que trasciende a la propia persona.

En conclusión, seguramente quien no entregue su vida en favor de lo que en verdad tiene sentido, padecerá una de las muertes más miserables. Ya decía el salmista: «El hombre opulento no entiende, a las bestias mudas se parece» (Sal 49, 21). La pregunta para cada uno radica en el valor verdadero de lo que realizamos pues, aunque entendemos que hay mayor valor en el amor sobre cualquier bien temporal, en la práctica temo que hemos dejado morir a muchos porque no hemos sido capaces de vivir/morir por los demás.

Sergio Mendoza González
Seminarista | 1ero de Teología

22 Oct 2021

HELLO! 1

“El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar” (Catecismo de la Iglesia Católica n. 27).
En el principio, Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, en un acto libérrimo de amor, en el sexto día, para coronar su creación a la cuál miró buena (Cf. Gn. 1, 26-31). De lo anterior, ¿qué implica el ser creados a “imagen y semejanza” de Dios?

Implica ser seres únicos, racionales y libres, no solo se refiere a cualidades espirituales, sino que Dios mira bueno al hombre y a la mujer en su integridad; no solo el cuerpo o el espíritu, sino en toda su persona (Catecismo de la Iglesia Católica n. 362). No es el ser humano una simple imagen, es una persona que contiene toda una dignidad; aunque es un ser “inferior a los ángeles”, al mismo tiempo es un ser que fue “coronado de gloria y dignidad” a quien Dios le concedió el dominio sobre “las obras de sus manos” (Cfr. Sal. 8). Dios es entonces el marco de referencia del hombre, pues la dignidad del hombre remite siempre a la dignidad del Creador.

Sin embargo, ¿por qué el hombre cayó en el pecado? Un solo acto de desobediencia causó una catástrofe terrible en nuestra realidad. Toda la santidad y la justicia con la que fue dotada el ser humano se deterioró gracias a la desobediencia de un hombre. ¿Cuál fue la causa?

“El hombre, tentado por el diablo, dejó morir en su corazón la confianza hacia su creador (cfr. Gn 3,1-11) y, abusando de su libertad, desobedeció al mandamiento de Dios” (Catecismo de la Iglesia Católica n. 397). El hombre con el pecado hirió su dignidad, entró la corrupción (la muerte) y la amistad con Dios se debilitó. Desobedeció a Aquél que le creó y le tendió la mano. El pecado es, entonces, algo más que la simple carga moral, sino que es algo en contra de la misma identidad y dignidad que nos confirió Dios al momento de la creación, además que es un insulto a la misma amistad que nos ha ofrecido.

“Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Cfr. Rm 5,20). Recordemos una cosa: el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios. Dios, desde el principio, ha buscado la amistad del hombre para hacerlo participar de su gloria. ¿En qué consiste esta amistad con Dios? Rememoremos la frase del principio: “El deseo de Dios está inscrito en el hombre”. Esta amistad implica regresar a Él, es volver a la santidad del primer comienzo. Entonces, el deseo que Dios ha inscrito en nuestros corazones es su voz que nos llama a la santidad: la bienaventuranza. La cura del pecado es la gracia, pero no es por sí misma, sino que es por la gracia que recibimos “por la obediencia de uno solo” (Cfr. Rom. 5, 19).

La amistad con Dios se ha restablecido gracias a los méritos de Cristo, gracias a su pasión, muerte y resurrección. Cristo, su Hijo, que se hizo como nosotros, no solo para restablecer nuestra dignidad herida, sino para llegar a ser como Él es, ser santos.

La santidad no solo son virtudes heroicas o altares y estampitas, sino que es algo más profundo, es aceptar la invitación diaria que Dios nos hace a ser sus amigos, a participar de su gloria transformando lo ordinario de la vida en algo extraordinario. Es participar de la gracia obtenida por nuestro Amigo, que con su obediencia nos enseña a ser obedientes al Padre. Como es un llamado universal este no se limita a los que son consagrados, sino que es un deseo que todo ser humano tiene. Nadie está exento de esta vocación, la vocación no se limita a una profesión, sino que es (como su etimología lo dice) un llamado. Seamos capaces de decir algún día: ¡Pídeme, Señor, lo que quieras y dame lo que necesito!

Gerardo Antonio de León Pecina
Seminarista | 1ero. de Filosofía

15 Oct 2021

HELLO! 1

“Cuando Dios creó al hombre, lo creó a su imagen; varón y mujer los creó” (Gn 1, 27). El ser humano es muchas cosas, pero una certeza que nos da nuestra fe es que no somos una casualidad; ni fuimos resultado de un evento por mero accidente, ni nos aventaron a la existencia. Como dice el libro del Génesis, Dios nos creó a su imagen y semejanza, queriendo decir que, al saberse perfecto, nos piensa con este mismo propósito: “Sean ustedes perfectos, como su Padre que está en el cielo es perfecto” (Mt 5, 48).

Para poder acceder a esta plenitud no se tiene que esperar a la muerte, Dios en su infinita sabiduría y como Padre amoroso que es, sabe de la necesidad que tiene el hombre por conocerle para poder así alcanzar su plenitud. Es por esto que Dios nos dio la capacidad de poder encontrarlo en nuestro interior. A diferencia de lo que nos propone el mundo nuestra plenitud no se encuentra en las cosas exteriores. Es sencillo para el ser humano perderse en lo que ve a su alrededor porque nuestros sentidos son lo más próximo que tenemos, sin embargo a veces se vuelve complicado aventurarse a descubrir lo que hay en el interior. No adentrarnos al corazón nos puede hacer caer en el error de creer que lo terreno es lo único existente. Así como un bebé, antes de nacer, cree que el vientre de su madre es lo único que conocerá. Del mismo modo las cosas del mundo se nos presentan como únicas y grandiosas, sin embargo por más atractivas que parezcan se acabarán, son finitas. Mientras que el propósito al que nos llama Dios es infinito.

Esta llamada que nos hace nuestro Padre es primeramente comunitaria y dentro de ella, personal. Dios Padre conoce la comunión ya que Él es comunión con Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. Y ya que fuimos creados a su imagen y semejanza, también somos llamados a vivir la comunión. Dentro de este llamado comunitario encontramos nuestra individualidad, donde Dios nos reconoce como seres únicos: “No temas, que yo te he libertado; yo te llamé por tu nombre, tú eres mío” (Is 43, 1). En esta unicidad, Dios nos pensó con una misión exclusiva; esta vocación para la cual fuimos pensados nos dará nuestra plenitud, nos descubriremos creación e hijos de Dios con una vocación a la cual nos invita, respetando siempre nuestro libre albedrío.

Esta libertad es clave en nuestro llamado. Al habernos entregado el don de la libertad, Dios nunca se contradeciría y nos la quitaría, eso iría en contra de su propia naturaleza, por lo que cuando nos llama siempre lo hace respetando nuestra decisión. Con nuestra respuesta, ejercemos nuestra libertad de elegir, así como muchos lo han hecho de responder o no al llamado que nos hace nuestro Padre, pero es vital enfatizar que nuestra plenitud radica en dicho llamado, nuestra trascendencia a lo terrenal sólo es posible en Dios.

El hombre nunca podrá ser saciado con las cosas materiales, siempre habrá algo en él que le pida más y más, un hambre que nunca acaba ya que se alimenta con cosas pasajeras del mundo. Solamente en Dios; Padre, Hijo y Espíritu Santo es donde podemos ser real y verdaderamente plenos, es Él quién nos ofrece un amor sin fin, una alegría tan grande que ya no habrá mal en el mundo que nos detenga a predicar su Evangelio, y ni el dolor ni la muerte nos podrán callar o detener porque habremos conocido a la Verdad.

Recordemos siempre que fue Dios quien nos amó primero, y su amor fue tan inmenso que nos dio a su Hijo para salvarnos del pecado. Fue Jesucristo nuestro maestro quién nos mostró el amor eterno del Padre, nuestro llamado a permanecer en él y la certeza de que es sólo en Él donde está nuestra alegría completa: “Yo los amo a ustedes como el Padre me ama a mí; permanezcan pues, en el amor que les tengo. Si obedecen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, así como yo obedezco los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les hablo así para que se alegren conmigo y su alegría sea completa” (Jn 15, 9-10).

Andrés Pedro Hurtado Nevárez
Seminarista | 1ero. de Filosofía

08 Oct 2021

HELLO! 1

“El tren de la vida no espera, pero tú decides si te subes o no”, hace días leí esta frase en redes sociales de un autor desconocido y me preguntaba ¿cómo vamos avanzando en nuestra vida ante el mundo? ¿es verdad que la vida va acelerando tan rápido que apenas y logramos seguirla?

Si la vida la comparamos con un tren que avanza tan deprisa, la decisión de subirme o no, tendría que ser la más fundamental y no volvernos impacientes en tomar una decisión sin pensar, ya que son nuestras decisiones las que van dándole rumbo a nuestra historia, ¿hacia dónde se dirige el tren? Tendría que ser clave para saber si quiero ir a tal dirección o no.

Las decisiones que tomamos van ligadas con nuestras motivaciones, mismas que solo sabremos si nos ponemos a pensar en lo verdaderamente importante para nosotros y para el mundo, darles sentido a dichas motivaciones serán los valores permanentes que queremos tener y ofrecer a lo largo de nuestra vida.

Hoy en día, vivimos en un mundo donde lo que es importante para una persona, puede que al día siguiente ya no lo sea, donde la motivación puede cambiar tan rápidamente porque el sentido que se le daba desapareció. Vivimos en un mundo donde el hombre ha crecido tan rápidamente en inteligencia, pero también dejándose llevar por sus deseos, donde ha conseguido un gran poder, pero tristemente no siempre consigue someterlo a su servicio, donde goza de gran libertad, pero genera nuevas formas de esclavitud.

Entonces, ¿en qué se tiene que basar mi motivación para poder decidir la dirección que le tengo que dar a mi vida? Necesitamos algo que sea permanente, que no se esfume de un día para otro, y solo puedo pensar en las palabras que dijo Jesús: “Quien escucha mis palabras y las pone en práctica se parece a un hombre prudente que construyó su casa sobre roca. Vino la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos, y chocaron contra esa casa, pero no cayó, porque estaba cimentada sobre roca” (Cfr. Mt 7, 24-26).

La realidad es que, en nuestros tiempos, nos cuesta trabajo discernir cuáles son los valores permanentes. Buscamos una armonía en la sociedad, pero sin desarrollar una espiritualidad a la par. Queremos demasiadas cosas porque sabemos que somos capaces de conseguirlas, pero no logramos darles sentido a nuestras vidas. Todos necesitamos una casa sobre roca, que cuando ocurran los peores problemas, sea Él nuestro principal refugio y sobre todo la principal motivación para salir adelante, su Palabra nos da vida, nos llena de sentido y es eso lo que al mundo le hace falta.

Jesús nos invita a viajar con Él, pero antes de tomar una decisión, nos explica con su Palabra la dirección a la que se dirige, dándonos la libertad de subirnos o no, pero a diferencia del tren que no espera, él se queda con nosotros, sin importar cuál sea nuestra decisión y esa es la motivación principal, Dios siempre estará con nosotros, porque Él es el camino, la verdad y la vida (Cfr. Jn 14, 6).

Sergio Uriel García Medrano
Seminarista | 3ero de Teología

10 Sep 2021

HELLO! 1

Jóvenes y adolescentes dejen que la vocación sacerdotal se desborde como mi amor hacia ustedes; sean como mis apóstoles, que dejaron todo y me siguieron; vayan y proclamen el evangelio, vayan y digan que el Señor está vivo, yo pondré mis palabras en su boca.

¡No tengan miedo de mirarme porque cuando están triste, o enojados! Me miran,  y yo les miro y les digo: ¡Yo los amo!

Y ¡Salgan de su casa! yo quiero que mi iglesia salga y reparta mi amor a las personas necesitadas, yo los llamo a ustedes, jóvenes y adolescentes. Yo los llamo a mi casa, vivan conmigo,  vengan y amen también a María mi madre, yo se las comparto. Mi madre los cuenta cada día como las estrellas de su manto, yo los escondo como a las niñas de mis ojos, sean sacerdotes buenos como yo se los he enseñado; porque el día que sean ungidos, serán ungidos hasta la muerte y ya después de la muerte serán sacerdotes eternos

¡No tangan miedo de responder! Nunca es tarde para responder, vayan y escuchen mi llamado; porque muchos son los llamados y pocos los escogidos, y quiero que de esos pocos escogidos seas tú, si, “tú” joven, no importa si en tu barca solo hay redes, lo que quiero solo de ti, es tu trabajo. Yo quiero trabajadores para mi viña, quiero que mi casa el Seminario de Monterrey se desborde de jóvenes inquietos de amor hacia el sacerdocio.

«Por eso yo te invito, porque  Dios puso todas estas palabras en mi boca y quiero que tú sientas esta experiencia tan bonita.  Quiero que cada día que te levantes y pongas los pies en el suelo de mi casa digas: “nunca me dejes solo Señor”, y al despuntar el alba cuando ya vayas a descansar puedas decir: “gracias Señor por llamarme a esta humilde y hermosa misión, que es el sacerdocio».

¡Gracias hermanos y respondan al Señor!

Soy Omar Alessandro Rodríguez Alvarado, joven que respondió al Señor.

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Seminarista Omar Alessandro Rodríguez Alvarado

2do. De Preparatoria

27 Ago 2021

HELLO! 1

Durante todo este tiempo que ha transcurrido, hemos vivido diferentes momentos de desolación, fragilidad, enfermedad, desesperanza. Y cada una de estas cosas han debilitado nuestro sentido de escucha, de observación, de camino, de pertenencia y sobre todo de confianza en Dios.

Recuerdo que, al principio de la pandemia muchas personas creyentes y no, comenzaron a preguntarse: “ante todo esto ¿aún existe Dios?”, otros se preguntaban con más desesperanza: ¿acaso Dios se ha vuelto inhumano?

Pudimos observar cómo, muchas personas comenzaron a perder la fe, el amor, la confianza en Dios; y todo por que perdimos de vista el amor de Dios por nosotros.

Perdimos de vista la cruz, que nos recuerda nuestro fin y medio para llegar al cielo.

Perdimos de vista el primer amor; aquel amor que siempre y para siempre será Jesús.

Perdimos de vista lo que Dios nos va diciendo cada día.

Perdimos de vista la posibilidad de un proyecto propuesto por Dios, abandonamos cualquier proyecto que quizás unos años atrás se veía totalmente nuevo y fructífero. Y así fuimos dejando poco a poco todo aquello que para nosotros nos hacia crecer, levantarnos. Dejamos que Dios, que es siempre actual, fuera totalmente viejo y por lo tanto, dejará de tener relevancia en nuestra vida, en nuestra historia.

Ahora, después de mirar un poco lo que hemos pasado, llegó la hora de preguntarnos esto: ¿Qué sigue?

Lo que sigue es, volver a redescubrir lo que ya había sido descubierto, pero ahora vuelve hacer nuevo para nosotros.

Sigue redescubrir a un Dios que ama, que camina, que no es inhumano, y que nos llama por medio de su mirada y ternura.

Sigue redescubrir nuestra propia vida, nuestra propia historia, nuestra identidad de hijos de Dios.

Sigue redescubrir los proyectos que alguna vez produjeron en nosotros una pasión totalmente fuerte.

Hermanos, los invito a redescubrir el plan de Dios que tuvo, tiene y tendrá para nosotros. Recuerda que nada está terminado.

Dios tiene un proyecto totalmente nuevo que te invita a volver a ser un hombre nuevo, dispuesto a entregar la vida.

 

Jesús Gerardo Urrutia Martínez

Seminarista | 2do. de Filosofía

Revista San Teófimo No. 155

20 Ago 2021

HELLO! 1

México es un país de extensas culturas, que conjuntan una diversidad única en el mundo.  A lo largo de los siglos hemos visto un devenir en nuestra historia donde esos intercambios culturales hablan de la cimiente de la esperanza, somos un país donde la «esperanza» es una lucha, desde quienes han sufrido la desigualdad, hasta quienes buscan concretar una cultura de trabajo y crecimiento económico; la cimiente de la «esperanza» nace del corazón impetuoso del ánimo de “salir adelante” de saber aspirar a ser una sociedad cada vez más humana desde el pensamiento cristiano.

Es en nuestro México lleno de vida y de una gran biodiversidad, en donde convergen muchos tipos de climas, sonidos, paisajes, montañas, planicies y ríos, donde la geografía también habla de una riqueza incalculable. En sus montañas y valles se han escrito historias sumamente trascendentes; en el valle de México, en el norte de la ciudad capital, en su cerro del Tepeyac, se construye una identidad nacional, con la aparición de María de Guadalupe, la montaña juega un papel importante en la espiritualidad, que simboliza la lucha y el consuelo, y ahora es una casita, la casita sagrada del Tepeyac.

Esa casa es la casa de los mexicanos, en ella (en la Basílica de Guadalupe) se escriben historias contadas desde el terror de la violencia, la enfermedad que vivimos del coronavirus, hasta la alegría de la vida misma. Más que una construcción es un Santuario sagrado que habla de identidad nacional, donde se habla con la Madre, y viendo que nuestra cultura se centra primordialmente en nuestras “mamás”. Con ello la familia juega un papel sumamente importante, es la cuna de los valores, es el lugar donde aprendemos a ser seres humanos en todas sus expresiones.

Sin embargo es notorio también que la familia es un blanco de ataque, donde la disfuncionalidad y la división son el pan de todos los días, veo un México de familias agraviadas por la desconfianza, por el hambre, por la desnudez, por el desaliento ante las faltas de oportunidades. México sufre ante la violencia que se vive en todos los niveles y no debemos acostumbrarnos a vivir en ella.

En el Tepeyac vemos un rostro de identidad, de compañía; en Monterrey también tenemos nuestro Tepeyac, en el cerrito de la Loma Larga, donde vive la Señora de Guadalupe en la Col. Independencia, comunidad que dibuja una polaridad severa ante la pujanza de una ciudad negociante, un barrio que encarna la realidad de un México herido por la desigualdad y el hambre; sin embargo, en nuestro Tepeyac regiomontano también se escriben grande elogios a nuestra madre del cielo, al ser una comunidad llena de fe por quien la patrocina, es una radiografía de lo que hay en toda periferia existencial, el amor de una madre con sus hijos heridos por el dolor del sobrevivir.

A México no le hace falta consuelo, le hace falta más bien dejarse consolar por la presencia de la Virgen María. Recuerdo aquel diálogo entre San Juan Diego y la Virgen de Guadalupe: “¿Qué es lo que aflige?”, “¿Qué no estás bajo mi manto?”, son preguntas que calan en nuestra sangre cultural hasta nuestros días. Sentirnos consolados levanta nuestra autoestima, sentirnos con la convicción que no caminamos solos, que vamos acompañados y que nuestra tierra es bendecida; si fuéramos más conscientes de ello otro fuera nuestro horizonte, y lograríamos escribir nuevas historias de vida y resurrección.

Hemos sido salvados en la «esperanza», a pesar de nuestra corrupción que incide en nuestra defectuosa forma de vivir, no podemos solos; tenemos que ser un pueblo que luche hombro a hombro, donde todos nos escuchemos, donde el que no tiene voz pueda experimentar la amistad al sentirse escuchado, donde los canales del amor a través de las palabras nos hagan entender el arte de vivir y vivir para Dios.

En nuestras comunidades ese es un gran defecto social: “la falta de escucha”, y gran área de oportunidad es que no sabemos decir lo que sentimos, al no tener una cultura de lenguaje espiritual por ende tampoco podemos transmitir lo que tenemos por dentro, y no podemos vivir enmudecidos ante las batallas que estamos librando como sociedad mexicana.

Es cierto que caminamos en una sociedad con muchas grietas sociales pero debemos echar mano de las grandezas que tenemos también, somos un pueblo en lucha, donde las madres se saben levantar a preparar a sus hijos para vivir el día, de padres que labran la tierra y soportan largas jornadas para llevar el sustento a sus familias, de abuelos que cuidan de sus nietos ante las ausencias de sus hijos, de jóvenes que luchan ante la desigualdad y el desamor, en México hay muchos cerros inspirados en el Tepeyac, hay que luchar con fe y seguir adelante llevando a Cristo en el corazón. ¡Amar hasta contradecir al mundo!

 

Pbro. José Luis Guerra Castañeda

Coordinador de Raza Nueva en Cristo

Revista San Teófimo No.155

13 Ago 2021

HELLO! 1

El sábado 14 de agosto serán ordenados sacerdotes, 7 jóvenes de nuestra Arquidiócesis. ¿Cuáles son los desafíos a los que se enfrentan, en un mundo necesitado del Evangelio?

 

Vivir lo que creemos, plenamente felices.

Creo que uno de los principales retos que tenemos como neo sacerdotes es buscar nuevas formas de transmitir el Evangelio a los niños, jóvenes y adultos. El Evangelio es para todos y debemos de usar la creatividad que Dios nos da para trasmitir su amor por cada uno de nosotros.

Necesitamos ser hombres de fe, que sean los primeros en creer, en vivir lo que creemos y enseñar lo que creemos. Que todos puedan encontrar en el sacerdote el ejemplo de una verdadera vida humana y cristiana.

¡Vivir alegres! Que la gente quiera acercarse a Dios y a su Iglesia porque nos ve que somos plenamente felices teniendo a Cristo como centro de nuestra vida.

Diác. José Ignacio Ávila Rangel

 

Mostrar el Amor de Dios 

Un joven sacerdote se tiene que enfrentar a un mundo que vive de manera individualista, que vive de manera en que solo sus propios criterios son los que quiere imponer y que por lo tanto,  cuando alguien le habla de Dios, lo primero que siente es que se les quiere imponer una serie de reglas o preceptos.

Por lo que uno de los retos de un joven sacerdote es ayudar a descubrir que seguir y amar a Dios no es solo una normativa, sino que involucra algo más profundo; es descubrir el amor más grande que puede haber en nuestra vida y que en respuesta a ese amor nuestra vida cambia de dirección y se orienta a buscar ya no solo el bien personal, sino a descubrir al verdadero amor que es querer el bien para el otro.

Un sacerdote en nuestros tiempos tiene que saber dialogar con las distintas percepciones que se van dando en nuestros círculos sociales y mostrar que Dios siempre está presente, que Dios no excluye a nadie y por lo tanto, el sacerdote tiene el reto de ser canal, de mostrar ese mismo amor de Dios.

Diác. Adrián A. Garza Morales 

 

 

Para un mundo necesitado del Evangelio: el Evangelio. 

El Evangelio es Cristo. El mayor reto que encuentro es no perder la identidad como amigo, discípulo y apóstol de Jesús. Cada vez que un consagrado pierde su identidad, el mundo pierde un poco el Evangelio. Creo que ese es el mayor reto que yo encuentro… mientras tengamos la mirada en Jesús, nuestra vida reposada en su pecho, discípulos de su Sagrado Corazón y, como nos enseña nuestra Madre, haciendo lo que Él nos diga, el mundo siempre será alimentado por la alegría del Evangelio: Cristo.

Diác. Antonio de Jesús Peña Díaz  

 

 

 

Presentar un Cristo Vivo 

Uno de los desafíos más importantes del siglo XXI, será la indiferencia religiosa y el empirismo reacio, donde tenemos que enfrentarnos con una Iglesia que ya no le importa nada; una sociedad que vive sin que le importe nada; con jóvenes que no les interesan las cosas que no les puedas comprobar de alguna manera, por eso tenemos que renovar más que nunca nuestros métodos, nuestras expresiones, nuestro ardor por el Evangelio, que no es otra cosa que poder presentar a un Cristo vivo y real en la vida de todos nosotros.

Diác. Jorge Ricardo González López 

 

 

 

Ser creativos para transmitir el Evangelio

Los retos que tenemos son muchos y variados, es menester ser creativos si queremos llevar nuestra experiencia de Dios al mundo. El primer reto es ser hombres de Dios, es cuidar nuestra espiritualidad y estilo de vida para ser un buen testimonio de Cristo. Debemos amar a Dios y a la Iglesia y estar dispuestos a sacrificarnos por ellos.

Considero que un gran desafío es “traducir” el Evangelio al lenguaje de hoy, de tal manera que pueda ser digerible y atractivo para cualquier persona independientemente de su educación o condición social.

El internet revolucionó la manera no solo de comunicarnos, sino de vivir, por ello debemos ser lo suficientemente astutos para transmitir el mensaje íntegro de Jesús, utilizando los medios modernos. Además, es una obligación estar al pendiente de los avances científicos y tecnológicos, ello en virtud de ofrecer luces que iluminen el camino a seguir.

Diác. Rodolfo Guadalupe Amador García

 

Ser testigos del amor de Dios 

Hoy en día, el mundo está viviendo incertidumbre, indiferencia, soledad, falta de compromiso, de fe, de esperanza y de amor. Considero que un desafío para el sacerdote joven es ser testigo del amor de Dios, de que, en medio de toda tormenta, Jesús va en la misma barca, sereno, confiando en el Padre, que no estamos solos, que nunca se ha ido y camina a nuestro lado.

Se necesitan sacerdotes alegres, llenos de fe, enamorados de Jesús, de la Eucaristía, que transmitan esperanza y que practiquen la caridad; sacerdotes humildes, que no busquen ser servidos sino que vivan sirviendo a los demás, que estén dispuestos a desgastar su vida por el otro, por el más necesitado; que al predicar, los demás escuchen las palabras de Jesús y no las nuestras, que vean las acciones de Jesús y no las nuestras, sacerdotes que reflejen los sentimientos de Jesús y no los nuestros. Que en cada gesto, cada detalle y en todo momento, las personas no se sientan solas, que se sientan amadas por Dios, que experimenten la presencia y la compañía de un Dios que ama, que perdona, que espera con los brazos abiertos para celebrar, para sanar y para abrazar con amor.

Diác. Oziel Rodríguez Martínez

Habitar donde Cristo habita 

Los desafíos que tiene un sacerdote, no varían mucho de los desafíos que tienen los católicos comprometidos. Pero quisiera mencionar al menos uno de los grandes desafíos de los que un joven sacerdote necesita cuidarse, es el no deslumbrarse por las aparentes ofertas que en nuestra sociedad ciegan a más de alguno.

Un claro ejemplo de esto es que si bien, las grandes potencias tienen puesta su mirada en la colonización de otros planetas, el auténtico cristiano (incluido el sacerdote) debe de aprender a poner su mirada, hacia abajo. Debe atreverse a poner la vista donde nadie quiere ver, hacer visibles a los que el mundo quiere hacer invisibles (los pobres, los migrantes, los marginados), porque los considera “descartables”.

El reto es este, salir sin deslumbrarse por las ofertas que se anclan a nuestro egoísmo. Lo realmente importante es anclarse en Jesucristo para habitar donde Cristo habita. Para terminar deseo citar al Cardenal Ratzinger en una de sus homilías cuando habla sobre la amistad con Cristo:

“El Hijo de Dios, es el hombre verdadero. Él es la medida del verdadero humanismo. No es «adulta» una fe que sigue las olas de la moda y la última novedad; adulta y madura es una fe profundamente arraigada en la amistad con Cristo. Esta amistad nos abre a todo lo que es bueno y nos da el criterio para discernir entre lo verdadero y lo falso, entre el engaño y la verdad”.

Diác. Gilberto Eliud Gómez Pérez 

30 Jul 2021

HELLO! 1

“Y la Palabra se hizo barrio y habitó entre nosotros”.

El el mes de junio, después de una capacitación por parte de TELAR A.C. iniciamos en la comunidad parroquial de San Rafael Arcángel de Monterrey, la misión de verano, que tiene como objetivo ayudar en la «reconstrucción del tejido social».

“Cuando nos referimos a reconstruir el tejido, dejamos en evidencia que algo está roto o frágil, a punto de romperse. Si le agregamos la palabra «social», queremos dar a entender que la sociedad actual, con su forma de ser y vivir, está sufriendo rupturas, se ha deshilado, ya no cubre y protege a sus familias, también rotas y divididas. Lo mismo si nos referimos al tejido eclesial: las redes de nuestra evangelización ya no pescan, por más que trabajamos toda la noche (cfr Lc). Como los apóstoles, parte de nuestro llamado, es remendar las redes rotas que atraen más gente a la Iglesia y remendar el manto materno que de la Iglesia, ahora deshilado para que, con cariño misericordia y ternura, arrope a los que se acercan como fruto de la misión y les de seguridad, identidad, vínculos en la parroquia, como una «casita sagrada»”. (La reconstrucción del tejido eclesial desde la renovación del Consejo Pastoral, pág. 3)

Una de las finalidades de la reconstrucción del tejido social es apostar por la paz, la cual no consiste solamente en suprimir toda clase de conflictos, sino que es un proceso de reconstrucción de los vínculos comunitarios rotos y la creación de condiciones culturales, ambientales, familiares, y eclesiales para una buena convivencia.

La misión consiste en ir formando en los sectores del territorio parroquial comunidades del buen convivir, buscando crear una espiritualidad eco-comunitaria comprometida con el entorno social, una reconciliación familiar que de apoyo afectivo para el desarrollo integral de los integrantes de la familia y una educación para el buen convivir.

Integrantes de TELAR A.C, sacerdotes, seminaristas y diáconos estuvimos acompañando pequeñas comunidades ya existentes llamadas “Centros de Rosario” en el territorio de las  Capillas de San Marcos, Divina Providencia y de la Parroquia San Rafael Arcángel en los cuáles se compartieron temas, se hicieron círculos de diálogo, momentos de oración y creación de propuestas para mejorar la comunidad, las relaciones en la familia, y para ayudar en temas de ecología.

Estás tres semanas de misión han sido una experiencia increíble. Me han ayudado a recordar lo importante que es que nuestro cristianismo esté encarnado en las problemáticas actuales: sociales, familiares ecológicas. Nos tocó escuchar los problemas que están experimentando las personas de la comunidad, las desconexiones a causa de la pandemia y la violencia y como a pesar de todas las dificultades no se pierde la esperanza de un mundo mejor.  ¡Sigamos caminando como hijos de Dios en la reconstrucción del Reino de paz, justicia, verdad y amor!

 

André Alejandro Muzquiz Salazar  / 4to. de Teología

Revista San Teófimo No. 155