03 May 2024

HELLO! 1

El más pequeño de mis hijos, Jesús Gerardo, ingresó al Seminario Arquidiocesano de Monterrey hace ya casi 8 años, acababa de cumplir sus 15 años de edad y comenzaba sus estudios de preparatoria en esa misma institución.

Ese sábado que lo llevamos a su nueva casa, al Seminario, me sentí un poco triste y nerviosa ya que ese día dejaba de vivir junto a nosotros, emprendía un nuevo camino, iniciaba su vuelo.

Conforme pasaron los meses mi sentimiento, poco a poco fue cambiando, porque mi hijo me demostró que lo que estaba viviendo lo hacía feliz y pleno.

En una ocasión cuando más nostálgica estaba, asistimos a una convivencia familiar en el Seminario, como regularmente se hacen una vez al mes, realizamos una dinámica en la cual nos decían que al entregar un hijo al sacerdocio no lo perdíamos sino que Jesús nuestro Señor ocupaba el lugar de nuestro hijo en la familia, esto me tranquilizó mucho y me llevó a apoyar más la decisión de mi hijo.

Desde que ingresó y hasta este momento lo que hago es encomendar siempre su vida y vocación a nuestra Madre Santísima, para que en todo momento lo cubra con su maternal manto; lo cuide y lo proteja. Y a Jesús, su hijo amado, le ruego que lo mantenga cerquita de su corazón, que lo abrace fuerte para que nunca deje de sentir su amor y su misericordia, que nunca se sienta solo. Pido también al Espíritu Santo que lo ilumine; que le dé la sabiduría necesaria para poder comprender los grandes misterios de Dios y a su vez, pueda compartir con amor la Palabra de Dios, para que así, pueda sembrar en cada persona el amor de Dios a nuestros semejantes.

Los domingos es el día que regularmente viene a la casa, disfruto mucho platicar con él, escuchar todas sus experiencias, también sus ocurrencias. Esto me hace sentirlo más cercano, me enseña algunas cosas que me ayuda a vivir mejor mi apostolado.

Me siento muy feliz, bendecida y agradecida con Dios por el llamado de mi hijo al sacerdocio.

Diana Mayela Martínez Garza | Mamá de Jesús Gerardo Urrutia Martínez, primero de Teología.

01 Dic 2023

HELLO! 1

Estén siempre alegres en el Señor. Otra vez se los digo: Estén alegres. Que su bondad sea conocida de todos. El Señor está cerca. (Flp 4, 4-5)

Finalizando la Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo (en la cual reconocemos que nuestro fin último es participar de la Gloria del Hijo al final de los tiempos), ahora nos preparamos para el nuevo año litúrgico, específicamente el Ciclo B, iniciando con el tiempo de Adviento. Con ello empieza un tiempo de espera y preparación para una de las fiestas más emblemáticas del año, la Navidad; pero ¿es realmente necesario una dedicación exhaustiva de este tiempo litúrgico?, ¿es necesario el tiempo de Adviento?

Primero hay que responder a la pregunta ¿qué significa Adviento? La palabra tiene su origen en el latín, adventus, que significa venida, así mismo este tiempo inaugura un período litúrgico que abarca cuatro semanas y que tiene como finalidad celebrar la venidad del Señor, tanto en su aspecto histórico como en el escatológico[1].

Sin duda, el tiempo de Adviento tiene una pedagogía más que amplia, porque nos acerca a vivir fuertemente el misterio de la Encarnación, preparando nuestro corazón y vida. Esto se puede observar en la división de las dos grandes partes de este tiempo: la primera abarca desde las I visperas del primer domingo (de Adviento) hasta el 16 de diciembre, donde se celebra especialmente la venida escatológica de Cristo; es decir, su retorno en gloria y majestad (…) A partir del 17 de diciembre (hasta el 24), se centrarán un poco más en la preparación de la Navidad[2]. Respectivamente, la primera parte se le considera como feria menor, cuya liturgia de la palabra estará guiada por el profeta Isaías, yla segunda parte, la feria mayor, por los evangelios.

Observando el contexto del tiempo de Adviento, ahora sí podemos preguntarnos, ¿es necesario el tiempo de Adviento? Considero que sí. Es un tiempo para prepararnos al encuentro del Señor, donde hacemos vida la palabra “Maranatha” (Ven Señor), con un mayor énfasis en la esperanza de encontrarnos con Él llenos de júbilo: no es un tiempo gris o estéril, es la esperanza activa y recreativa, no es triste; es el tiempo de la “devota y gozosa espectativa”[3]

Para iniciar este tiempo de esperanza y conversión de corazón, necesitamos disponernos en este camino, respondiendo al llamado que Dios nos hace, como a los pastores (cfr. Lc 2,8-11). Lo menciona perfectamente Benedicto XVI: los pastores eran hombres de vigilia. En nosotros tiene que permanecer la vigilia de corazón, la capacidad de percibir las realidades más profundas, la capacidad de dejarse dirigir por la palabra de Dios[4].

También debemos esperar con alegría las bendiciones que Dios nos tiene preparados para este tiempo; por ello es necesario escuchar la voz de quien nos ha creado, para que, acercándonos al Padre, reconozcamos su amor en el Hijo, a ejemplo de la Virgen María: Alégrate, llena eres de gracia, el Señor está contigo (Lc 1, 28).

Vivamos esta espera con alegría de corazón, y que las palabras del apóstol impregnen nuestros compromisos en este tiempo de conversión, sobretodo con una actitud dócil y dinámica a la voluntad de Dios: Estén alegres. El Señor está cerca (Flp 4, 4b-5b).

Osmar Gregorio Rivera Hernández

3ero. de Teología


[1] Propio del tiempo de adviento, Liturgia de la hora de los fieles, p. 3.

[2] Propio del tiempo de adviento, Liturgia de la hora de los fieles, p. 3, 43.

[3] Calendario Litúrgico, 39

[4] Ratzinger, Joseph; Y Dios hizo al hombre, p. 2.

23 Dic 2022

HELLO! 1

Los tiempos de Adviento y Navidad, son momentos llenos de alegría como Iglesia y como familia, es un tiempo lleno de esperanza en el Salvador que estará en medio de nosotros siendo el Emmanuel, el Dios con nosotros. La Natividad de Jesús es un momento tan lleno de gozo para todo cristiano, es allí donde recordamos las palabras del Padre (Dt. 18, 18-19). Dios nos promete a su Hijo, a su Palabra hecha carne que vendrá en nuestra condición humana y en el que Dios pondrá sus palabras y dirá lo que Él mande. Al hacer todo un recorrido en el Adviento de las profecías, en especial las de Isaías, escuchamos como cada percepción que se tenía del Mesías, es realmente lo que en el humilde pesebre de Belén se encontraba.

Antes de la Navidad tenemos una preparación: «el Adviento». Y nos quedamos expectantes ante el cambio visual que se nos presenta, una tonalidad morada, las lecturas nos mencionan que el Señor viene, que nos preparemos y ciertamente, algo que tenemos presente durante este tiempo, es la frase: «Ven Señor Jesús». 

El Adviento procura unos días de entero adentramiento espiritual. Es un entrar en el corazón para limpiar y desechar todo aquello que durante este año hemos guardado; ya sean rencores, envidias, divisiones, rivalidades, faltas de caridad con el prójimo, pecados personales y sociales. En una frase, PURIFICARSE de la impureza de los vicios y pecados que hemos ido acumulando. Este es un tiempo propicio para nosotros como personas, como familias, como sociedades y como Iglesia para renovar y mejorar nuestro corazón. Este tiempo es de espera en el que “es el camino, la verdad y la vida” (Jn,14,6), “del Alfa y el Omega. Aquél que es, el que era y que vendrá” (Ap.1,8).

Los tiempos han cambiado conforme pasa el tiempo, las costumbres y tradiciones ya no tienen tanta relevancia en las nuevas generaciones y pareciera que entre más rápido sean los compromisos, las actividades y los momentos, mucho mejor. Vivimos en un tiempo en que lo fugaz es la mejor opción. Por esta razón sería complicado que alguien que solamente vive de momentos fugaces, tenga una relación cálida verdadera, que lo lleve a una experiencia trascendente.

Uno de los tiempos que considero que ha perdido un poco el significado por la actividad mercantil que la sociedad motiva, es la Navidad.  Deberíamos celebrarla como un acontecimiento real y actual que sucede en cada persona de buena voluntad, no solamente como una fecha que se palomea y no tiene mucha relevancia, más que consumir. 

La verdadera celebración de la Navidad no está en las fiestas, ni en los regalos, en los nacimientos o belenes que se compran, ni en los alegres brindis. Claramente todo esto es consecuente de la Navidad, pero la vivencia que más nos debería importar es la espiritual, que solo puede vivirse en el silencio del corazón, donde únicamente se escuche el mensaje que trae consigo el Verbo hecho carne. Dios quiere venir a tu corazón y quiere que lo recibas, aunque el niño Dios esté en silencio y permanece callado después de haber nacido, nos dice tanto, nos invita a reflexionar a adentrarnos a nuestro corazón.

El ambiente creado por la liturgia de la Navidad, desea provocar la fe en la manifestación divina, la importancia de la gracia y la necesidad del amor. Los colores se tornan de blanco, los cantos se tornan de regocijo y jubilo. Las campanas suenan mientras se canta gloria, el niño Dios se levanta y se muestra como signo de que ya nos ha nacido el Salvador.

La Navidad es el fruto de lo que en el Adviento nos hemos propuesto cambiar, mejorar y administrar bien. No importa si nuestros frutos son pequeños o grandes, lo importante es que sepamos darlos. El fruto necesita florecer expresándolo y dándolo a conocer a los demás, donándose al servicio. Así, pues, la Navidad es Él, lo que celebramos como Iglesia universal, como Seminario de Monterrey, como familia y como personas. ¡Él es nuestra esperanza en la que fuimos salvados! (Rm.8,24).

Manuel de Jesús García Ramos

1ero. de Teología

18 Feb 2022

HELLO! 1

El papel del sacerdote ha sido muy importante a lo largo de la Historia de la Salvación. Él era quien ayudaba al pueblo judío a expiar sus pecados mediante sacrificios ofrecidos a Dios. Con su venida, pasión, muerte y resurrección, mediante la entrega de su propia vida como ofrenda para el perdón de nuestros pecados, Cristo dio un nuevo sentido a esta labor. Su deseo de permanecer entre nosotros era tal que, en la última cena, en el momento de la Institución de la Eucaristía, quiso quedarse en Cuerpo y Sangre, en el pan y el vino.

Por mandato de Cristo, el sacerdote tiene la tarea de seguir celebrando este misterio y así, de ser un puente entre Dios y los hombres. “Todo sumo sacerdote está tomado de entre los hombres y constituido en favor de la gente en lo que se refiere a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados. Es capaz de comprender a ignorantes y extraviados, porque también él se halla envuelto en flaqueza; y, a causa de la misma, debe ofrecer por sus propios pecados lo mismo que por los del pueblo” (Hb 5, 1-3).

Por esto, el sacerdote es también un signo de esperanza en nuestra vida, pues así como en la antigua alianza se hacía a Dios una ofrenda, ahora se ofrece un único sacrificio; el de Cristo. Por eso, mediante la conversión del pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor, los fieles pueden lograr una íntima comunión con Dios. Si antes el sacerdote fungía como intermediario entre Dios y el hombre ayudando a la expiación de los pecados, ahora se vuelve instrumento de reconciliación, fortaleciendo con la gracia dicha comunión.

“La Iglesia expresa al decir que el sacerdote, en virtud del sacramento del Orden, actúa in persona Christi Capitis (CEC 1548).

Tener a Cristo en la persona del sacerdote, ayudará a que siempre se mantenga la esperanza de un encuentro pleno con Dios. Es gracias al sacerdocio que los fieles pueden obtener las abundantes gracias de los sacramentos, un acompañamiento que oriente su vida espiritual, una ayuda en los momentos de tristeza y desamparo, la oportunidad de disfrutar una vida alegre con Cristo en la comunidad parroquial. El sacerdocio en nuestras vidas es un regalo de Dios que nos demuestra que él nos sigue acompañando en nuestro diario vivir, y nos dice «no pierdan la esperanza», pues «yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20).

Juan De Dios Silva Loredo | 2º de Teología

06 Dic 2021

HELLO! 1

En este año como Iglesia, iniciamos un camino de reflexión con destino al próximo Sínodo de los Obispos en el año 2023; en el cual, el Papa Francisco nos invita a que pongamos atención en una característica propia de la Iglesia: “la sinodalidad”. Para este Adviento 2021, también nuestro Arzobispo Mons. Rogelio Cabrera nos ha pedido que incluyamos esta visión y reflexión dentro del tiempo que estamos iniciando.

Primero que nada, recuerda que el Adviento por su etimología hace referencia a una ‘venida’, del griego adventus. La liturgia, nos habla del tiempo por el cual un nuevo año litúrgico inicia, con una duración de cuatro domingos y en la cual predominara el sentido de “prepararnos” que podemos ver reflejado en las lecturas como en el uso del color morado. Nuestro Catecismo de la Iglesia Católica afirma que adviento es “el tiempo en donde la Iglesia actualiza la espera del Mesías: participando en la larga preparación de la primera venida del Señor; como también aquella segunda venida de Cristo” (cf. CEC, 524).

Entonces, Adviento es el tiempo propio por el cual nos preparamos para así esperar al Mesías que está pronto a nacer. ¿Cómo nos preparamos? Por una parte, rectificando el camino; es decir, abandonar todo lo malo de nuestras vidas y volver al camino que nos lleva a la santidad; por otro lado, estar vigilantes, que no nos pase de largo el misterio divino de la encarnación, donde Dios se ha hecho hombre, el nacimiento del Mesías, del Emmanuel (‘Dios-con-nosotros’). Recuerdo bien las palabras de mi abuelita al preparar a sus nietos para la Navidad: «Adviento es el tiempo propicio para que nuestros corazones sean aquel pesebre en donde el niño Jesús pueda nacer». Considero estas dos actitudes propias a vivir durante el tiempo de Adviento: «rectificar nuestras vidas y estar vigilantes».

En cuanto a la sinodalidad, es importante entender que ella es propia de nosotros como Iglesia. “La sinodalidad en la vida y en la Misión de la Iglesia” en el número 3 nos dice: “La Iglesia es la asamblea convocada para dar gracias y cantar alabanzas a Dios como un coro, una realidad armónica donde todo se mantiene unido, porque quienes la componen, mediante su relación recíproca y ordenada coinciden en el mismo sentir”. Vivir sinodalmente como Iglesia es saber que caminamos juntos, que todos los que hemos sido llamados y formamos un solo cuerpo en la Iglesia (cf. 1 Co 12, 27), tenemos la misma responsabilidad de compartir el amor de Jesús. El Papa, obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas, laicos en sus distintas maneras de vivir, estamos llamados a ser y hacer Iglesia. Es saber que el Espíritu Santo nos colma de dones y carismas distintos a cada uno de nosotros (cf 1 Co 12, 1-11), pero también es reconocer que cada quien tiene una riqueza por aportar para hacer presente el Reino de Dios (cf. Mt 13, 44). Considero que esto nos lleva a sabernos con mucho valor, mismo que Dios nos ha dado, y que lo podamos ofrecer a los demás participando como una sola Iglesia.

¿Cómo poder vivir este Adviento 2021 con sinodalidad? La invitación creo que es clara. Podemos rectificar nuestro camino, pero en especial que podemos sanar aquellas instancias en donde tal vez hemos faltado a vivir fraternos con otros o al no ser ejemplo como cristiano, a que podamos prepararnos para la venida del Señor, pero que también ayudemos a otros a prepararse. Seamos consientes de que no todos tenemos la oportunidad de tener una cercanía grande con Dios, extendamos nuestras manos y ayudemos a otros a vivir esta experiencia. En este Adviento propongámonos caminar como una Iglesia fraterna, como una sociedad firme, como una familia unida.

Que la Sagrada Familia, modelo de todas las familias, sean nuestro ejemplo de vivir un Adviento y una sinodalidad: vivir unidos profundamente a Dios, poniendo nuestras capacidades ante Él, y tomar juntos la responsabilidad de una misión en particular.

Abraham Rodrigo Oliva Espinosa
Seminarista | 3ero de Teología

26 Nov 2021

HELLO! 1

Hoy en día nos enfrentamos a una infinidad de problemáticas que cada vez nos agobian más. Una sociedad de consumo nos mueve a buscar siempre “lo nuevo” y a desechar todo aquello que no nos brinda algún beneficio o satisfacción, no solo con las cosas sino también con las personas; una sociedad individualista nos hace creer que podemos prescindir del otro, que no necesitamos de nadie para vivir ni salir adelante; una sociedad relativista, que la verdad está sujeta a lo que cada quién dice o decide; así podríamos seguir y nunca terminar.

Si analizáramos tan solo un poco de todo lo que este mundo nos presenta como “el camino que debemos seguir para alcanzar la felicidad”, encontraremos un común denominador: se prescinde de Dios, así como de todo aquello que se relacione con Él. Esto quiere decir que poco importan la fe, la esperanza y el amor; que poco ha valido la obra redentora de Cristo, que lo que el mundo nos ofrece es mucho mejor. ¡Qué equivocado está!

Ahora bien, ¿en cuántas ocasiones hemos sentido en nuestra vida que no somos dignos ni merecedores de su amor? ¡Muchísimas! ¿Cuántas veces hemos sido conscientes de que el mismo Dios se entregó por nosotros? ¡Muy pocas! Vemos al crucificado e inmediatamente sentimos que no hay mérito alguno por la gracia tan grande que hemos recibido, pero no debemos olvidar lo que escribió san Pablo a los Gálatas, “El Hijo de Dios me amó y se entregó por mí”(Gal 2, 20), Jesús, el mismísimo Hijo Único de Dios nos devolvió la dignidad que a causa del pecado habíamos perdido, ¡qué afortunados somos!

Por eso es necesario gritar y reconocer ante el mundo de hoy ¡cuánto necesitamos de Cristo! Se nos ha olvidado que Jesús vino a salvarnos de la muerte, a librarnos del pecado. Él mismo nos ha dado la oportunidad de levantarnos cuando hemos caído y de dar a nuestra vida el giro necesario para retomar el camino y seguir andando. Tengamos siempre presente lo que significa la Redención. No fue algo que sucedió así porque sí. El deseo de Dios es y siempre será que volvamos a Él.

Esta bella obra de la redención debe recordarnos en todo momento que el amor de Dios por cada uno de nosotros supera los límites de la razón, y que nos llama día con día a responder generosamente con nuestra vida a su voluntad, a “ser santos como su Padre celestial es santo” (Mt 5, 48).

Si nuestro entorno insiste incansablemente en alejar a Dios de nuestras vidas, hagámosle saber lo que santa Teresa de Ávila decía fervorosamente: “¡solo Dios basta!”. Su entrega en la cruz será suficiente para nosotros para enfrentar todo aquello que nos haga sentir poca cosa, y recordar que somos profundamente amados por aquel que dio su vida por nosotros.

Luis Carlos Solís Garza
Seminarista en Experiencia Eclesial

19 Nov 2021

HELLO! 1

En nuestro mundo actual sigue existiendo un fenómeno conocido como ateísmo. Este fenómeno, como es de costumbre, ha ido cambiando a través del tiempo en algunos aspectos, pero conservando su esencia.

Para comprender mejor qué es el ateísmo podemos situarnos en el lugar de un ateo. Pensemos en un hombre que argumenta que no existe una evidencia empírica directa de un ser supremo, que también contempla una diversidad de religiones que le crean confusión y dudas de que exista un verdadero Dios, y que al mismo tiempo es consciente de su libertad para creer o no creer. El ateo busca entonces una forma de justificar la creación, el orden y la perfección del universo con una explicación científica donde la idea de un dios no tiene cabida.

Podemos enumerar de alguna forma ciertas causas del ateísmo, pero sería involucrarse en la esfera personal de cada hombre; así que lo que podemos mencionar como preámbulo del ateísmo, es que existe una idiosincrasia cerrada a una explicación sobrenatural del origen del universo, que reduce la realidad a explicaciones científicas; por lo tanto, Dios no existe. Aunque también puede existir una forma de ateísmo en la que ni siquiera existe una preocupación por preguntarse algo acerca de Dios y el universo, una forma de vida totalmente escéptica y al mismo tiempo pragmática, sin trascendencia.

Nietzsche es un gran filósofo, de origen alemán, que proclama una sentencia bastante atrevida: “Dios ha muerto”. Esto quiere decir que el hombre ha tomado el lugar del ser supremo y se ha proclamado como “superhombre”, ha sido él quien ha matado a Dios. Esto genera como consecuencia que todos los valores mueran también, y sean reemplazados por nuevos valores creados por el mismo hombre. Este nuevo estilo de vida es ahora poder, querer poderlo todo, entrando por la puerta sin retorno del deseo insaciable del hombre de querer siempre más poder.

Hay que advertir que, así como el ateísmo propuesto por Nietzsche, existen otras formas de ateísmo que conducen tarde o temprano al inmanentismo; es decir, a sostener que el hombre es la causa de que todo tenga un sentido, que es la única explicación y fundamentación de donde procede toda verdad.

Hemos de hacer notar entonces que el ateísmo cierra las puertas del hombre hacia la posibilidad de un ser divino, quedándose el hombre como el mismo ser divino. Pero la realidad es que existe una diferencia metafísica bastante clara entre el ser humano y el ser divino que no pueden equipararse. El ser supremo es ante todo omnipotente, y está por encima de todo cuanto existe, incluso por encima de la negación que pueda hacer el hombre de él.

De igual forma, existe un vínculo innegable entre el creador y su creación, y bastaría este vínculo para decir que hay una relación: donde uno crea y el otro es creado por el primero.

Afirma Agustín de Hipona: “nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti”. Hemos sido creados por un ser supremo con el fin de existir siempre en referencia a Él; Él es Ipsum Esse Subsistens, existe por sí mismo, y nosotros existimos por él, por su bondad suprema. Además, Dios ha constituido nuestro ser con un deseo por conocerle, un deseo que no será satisfecho por nada que no sea Él mismo. Así, el ser del hombre llegará a su plenitud y perfección cuando se encuentre frente a su creador, cuando éste así lo decida.

Édgar Omar Lara Zavala
Seminarista de Experiencia Eclesial del
Seminario de Ciudad Victoria

12 Nov 2021

HELLO! 1

El hombre ha sido creado por Dios de una manera perfecta y muy compleja, que es la unión de alma y cuerpo. Esto quiere decir que el ser humano posee una realidad espiritual y corporal.

Por mucho tiempo han surgidos distintas maneras de entender el cuerpo humano, algunas corrientes filosóficas lo consideraron como algo malo. Ejemplo de esto tenemos a Platón, quien planteaba que el cuerpo era la cárcel del alma. Otros dirán que el cuerpo solamente es sufrimiento y que la verdadera esencia del hombre es el alma porque ella es inmortal y no padece de agotamiento.

Pero vale la pena tan solo pensar que el Hijo de Dios quiso encarnarse, Él siendo eterno y sin estar sujeto a la temporalidad de la corporalidad asume un cuerpo mortal. Entonces, si Dios mismo se encarnó, ya desde ahí podemos ver que el cuerpo es algo de muy alta dignidad. Y esta dignidad se confirma con la resurrección de Jesús en un cuerpo glorioso.

El hombre posee inteligencia, es capaz de aprender y de realizar grandes acciones que van marcando su misma historia y la vida de quien lo rodea. Por eso es necesario pedir a Dios su sabiduría para que nuestras acciones estén en concordancia entre alma y cuerpo. De modo que haya integralidad en nuestra vida involucrando todo nuestro ser.

Conviene recordar que el hombre al ser una realidad espiritual, es capaz de hacer oración y de entrar en diálogo con Dios, por el bien de los demás y por él mismo. La oración es fundamental para cuidar el estado espiritual, así como lo es la comida saludable para el cuerpo. El hombre necesita de su creador, necesita hablar con él, alimentarse de él, decirle sus alegrías y angustias, sus problemas y agradecimientos, platicarle de su familia, trabajo, amigos y pedirle perdón cuando se ha cometido una falta. Por eso, el ámbito espiritual no puede quedar fuera de la vida del hombre, porque es algo que lo constituye como persona.

Somos llamados a llevar una vida plena y esto parte del reconocer nuestra integralidad espiritual y corporal. Reducir a la persona a una sola de estas dimensiones sería empobrecerla y coartarla en sus capacidades.

Roberto Manrique Nielsen
Seminarista | Primero de Filosofía

05 Nov 2021

HELLO! 1

Hablar de la fiesta de San Teófimo Mártir como patrono de nuestro Seminario de Monterrey, es hablar de una celebración de enorme significado para muchos sacerdotes y seminaristas de la Arquidiócesis de Monterrey, que hemos tenido la dicha de vivirla cada año como una oportunidad para fraternizar, como un espacio para que los hermanos menores en formación conozcan a sus hermanos mayores y viceversa; y comience a su vez, un conocimiento de San Teófimo, el Mártir que acompaña nuestra vocación. Los cuatro institutos, Seminario Menor, Curso Propedéutico, Filosofía y Teología nos congregamos para celebrar la fiesta en honor a nuestro Santo patrono, nos encontramos y compartimos la alegría a través de la convivencia deportiva y de las celebraciones litúrgicas que nos unen como hermanos. San Teófimo se convierte así en un compañero de vida a través de los años de formación y va forjando en nuestra vocación un deseo de entregar la vida por Cristo al servicio de los demás.

Es cierto que poco conocemos de él, algunos le han llamado «desconocido» como menciona el padre Hugo Chávez en una de sus reflexiones en el marco del novenario a San Teófimo Mártir. O sólo «Mártir» haciendo alusión a que con eso se dice todo, como lo expresa Monseñor Gerardo Charles en su libro «Lo llamaré Mártir». Sabemos de nuestro Santo patrono que es un mártir del siglo II, que sus restos fueron descubiertos durante las excavaciones en unas catacumbas de Roma y que, en el año 1925, en una época en la que la Iglesia en México pasaba dificultades, el Arzobispo de Monterrey José Juan de Jesús Herrera y Piña solicitó al Papa traer los restos de San Teófimo a nuestra ciudad. Es probable que el 2 de junio Mons. Herrera y Piña haya recibido la urna con los restos de San Teófimo y los haya depositado en el Seminario. Para el año 1931 los seminaristas solicitaron a Mons. Guadalupe Ortiz sucesor de Herrera y Piña que declarara al Mártir como patrono del Seminario, quedando como fecha de la fiesta patronal el día 5 de noviembre.

Hoy, a diferencia del año pasado que por motivo de pandemia cada uno de los cuatro institutos de manera separada, es decir, desde su casa de formación, tuvo que celebrar la fiesta a nuestro santo patrono, nos hemos vuelto a reunir con los protocolos y cuidados necesarios. Como comunidad del Seminario de Monterrey hemos sido convocados en sintonía con nuestra Iglesia universal bajo el lema de «la sinodalidad», cuyo significado indica el camino que recorren juntos los miembros del pueblo de Dios y que, como dice el Papa Francisco en su discurso conmemorativo del 50 aniversario de la institución del sínodo de los obispos «la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio».

Como futuros pastores es nuestro deber y deseo profundizar y crecer en la belleza de sinodalidad y hacer de nuestro Seminario un espacio de escucha, de diálogo y de comunión con el hermano y con Dios. La figura de San Teófimo Mártir patrono de nuestro Seminario, además de recordarnos que nuestra vocación requiere entregar la vida por Cristo y de unirnos como comunidad, también nos alienta a caminar juntos en la vocación sacerdotal y en nuestra vida cristiana. Que bajo la intercesión de nuestro Santo patrono podamos alcanzar los dones y las gracias necesarias para nuestra vocación.

¡San Teófimo Mártir, Ruega por nosotros!

Marco Antonio Cruz Pérez
Seminarista | Segundo de Teología

22 Oct 2021

HELLO! 1

“El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar” (Catecismo de la Iglesia Católica n. 27).
En el principio, Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, en un acto libérrimo de amor, en el sexto día, para coronar su creación a la cuál miró buena (Cf. Gn. 1, 26-31). De lo anterior, ¿qué implica el ser creados a “imagen y semejanza” de Dios?

Implica ser seres únicos, racionales y libres, no solo se refiere a cualidades espirituales, sino que Dios mira bueno al hombre y a la mujer en su integridad; no solo el cuerpo o el espíritu, sino en toda su persona (Catecismo de la Iglesia Católica n. 362). No es el ser humano una simple imagen, es una persona que contiene toda una dignidad; aunque es un ser “inferior a los ángeles”, al mismo tiempo es un ser que fue “coronado de gloria y dignidad” a quien Dios le concedió el dominio sobre “las obras de sus manos” (Cfr. Sal. 8). Dios es entonces el marco de referencia del hombre, pues la dignidad del hombre remite siempre a la dignidad del Creador.

Sin embargo, ¿por qué el hombre cayó en el pecado? Un solo acto de desobediencia causó una catástrofe terrible en nuestra realidad. Toda la santidad y la justicia con la que fue dotada el ser humano se deterioró gracias a la desobediencia de un hombre. ¿Cuál fue la causa?

“El hombre, tentado por el diablo, dejó morir en su corazón la confianza hacia su creador (cfr. Gn 3,1-11) y, abusando de su libertad, desobedeció al mandamiento de Dios” (Catecismo de la Iglesia Católica n. 397). El hombre con el pecado hirió su dignidad, entró la corrupción (la muerte) y la amistad con Dios se debilitó. Desobedeció a Aquél que le creó y le tendió la mano. El pecado es, entonces, algo más que la simple carga moral, sino que es algo en contra de la misma identidad y dignidad que nos confirió Dios al momento de la creación, además que es un insulto a la misma amistad que nos ha ofrecido.

“Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Cfr. Rm 5,20). Recordemos una cosa: el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios. Dios, desde el principio, ha buscado la amistad del hombre para hacerlo participar de su gloria. ¿En qué consiste esta amistad con Dios? Rememoremos la frase del principio: “El deseo de Dios está inscrito en el hombre”. Esta amistad implica regresar a Él, es volver a la santidad del primer comienzo. Entonces, el deseo que Dios ha inscrito en nuestros corazones es su voz que nos llama a la santidad: la bienaventuranza. La cura del pecado es la gracia, pero no es por sí misma, sino que es por la gracia que recibimos “por la obediencia de uno solo” (Cfr. Rom. 5, 19).

La amistad con Dios se ha restablecido gracias a los méritos de Cristo, gracias a su pasión, muerte y resurrección. Cristo, su Hijo, que se hizo como nosotros, no solo para restablecer nuestra dignidad herida, sino para llegar a ser como Él es, ser santos.

La santidad no solo son virtudes heroicas o altares y estampitas, sino que es algo más profundo, es aceptar la invitación diaria que Dios nos hace a ser sus amigos, a participar de su gloria transformando lo ordinario de la vida en algo extraordinario. Es participar de la gracia obtenida por nuestro Amigo, que con su obediencia nos enseña a ser obedientes al Padre. Como es un llamado universal este no se limita a los que son consagrados, sino que es un deseo que todo ser humano tiene. Nadie está exento de esta vocación, la vocación no se limita a una profesión, sino que es (como su etimología lo dice) un llamado. Seamos capaces de decir algún día: ¡Pídeme, Señor, lo que quieras y dame lo que necesito!

Gerardo Antonio de León Pecina
Seminarista | 1ero. de Filosofía