30 Ago 2016

HELLO! 1

Entré al seminario a los 35 años. Trabajaba en el hospital, soy cirujano general.

Mi vocación la descubrí en el mes de mayo del 2006. Todo empezó en el año 2002. Empecé a ir a Misa y me enamoré, no pude dejar de ir todos los días. Estudié Biblia, me hice Adorador Nocturno, viví el Taller de Oración y Vida del padre Ignacio Larrañaga, entré al grupo de visitas a enfermos en mi parroquia San Juan Bosco. Todo lo anterior fue vivido entre el año 2002 y 2006. Dos acontecimientos derramaron el cántaro de la vocación, un librito titulado “La Vocación”, que al leerlo sentí que a mí me estaba pasando todo lo que decía ahí, y el otro acontecimiento fue cuando una persona me dijo que el llamado de Jesús es personal. En ese momento me cuestioné si todo lo que había vivido desde el año 2002 no sería un llamado de Jesús a ser sacerdote… y aquí estoy.

“¿Qué sentimientos tuviste al momento de aceptar el llamado de Dios a servir como Seminarista?”

Mucha alegría, felicidad y paz.

Las palabras de mis padres al contarles mi decisión fue: “Aquí estamos para apoyarte, es tu vida y nosotros queremos tu felicidad”.

Llegar a ser sacerdote significa responder al llamado que Jesús me hizo y me hace todos los días, ¡Ven y sígueme! Gracias a Dios, en el caminar de mi formación vocacional no ha habido dudas en que Él me llama.

Uno de los retos que he vivido en la comunidad es cómo trasmitir el mensaje de Jesús al mundo de hoy, de tal manera que no reciban palabras, sino que experimenten en su mente, corazón y vida el Encuentro con Jesús Resucitado.

29 Ago 2016

HELLO! 1

Entré al seminario a los 15 años, estudiaba secundaria y estaba en grupos parroquiales en la Parroquia Cristo Buen Pastor: Monaguillos, IAM (Infancia y Adolescencia Misionera) y Adoración Nocturna.

“¿Cuándo descubriste tu vocación? ¿Cómo fue?”
Desde pequeño me llamaba la atención la vida de los sacerdotes, pero, hasta que comencé a servir más de cerca en mi comunidad parroquial, descubrí que Dios me invitaba a seguirlo en la vocación sacerdotal.

Fueron muchos los eventos que marcaron mi vida y que iluminaron mi caminar vocacional. Sin embargo, encuentro en mi familia las primeras luces vocacionales, ya que desde niño mi mamá me enseñó a amar a Dios, de ahí que, a muy corta edad, comencé a servir en los grupos parroquiales.

Ayudar a los padres en la Misa como Monaguillo, y convivir muy de cerca con ellos, fue acrecentando mi admiración por el sacerdote y por su vocación. Formar parte del grupo de adolescentes misioneros y experimentar la gran alegría que genera hablar de Dios, comenzó a crear en mí una inquietud. Asistir a adoración nocturna como Tarsicio y descubrir la grandeza del misterio Eucarístico transformó mi forma de ver las cosas y le dio un giro a mi vida.

En cierta ocasión, un seminarista empezó a bromear conmigo, afirmando que yo debería de ser padrecito y que tenía cara de sacerdote. En un primer momento solo me reí, después, al seguir conviviendo con él, empecé a creérmela. Un día me invitó a un retiro llamado ENJES en el que asistieron muchos seminaristas, yo no quería ir porque tenía la idea de que los seminaristas “no rompían ni un plato” y pensé que sería algo muy aburrido. Además, la imagen que yo tenía de los seminaristas era de personas santas y sin pecado, por ello me sentía indigno de ir con ellos y experimentaba cierto miedo de descubrir que Dios me quisiera de “curita”.

Una vez que fui a ese encuentro, y que conviví con los seminaristas, me sentí muy identificado con ellos y me di cuenta de que eran seres humanos normales que bromeaban, reían, se enojaban, etc. Eran personas comunes al igual que yo, lo único que nos hacía diferentes es que ellos querían consagrar su vida a Dios.

Después de asistir a este encuentro inicié mi proceso vocacional en el que la inquietud se convirtió en convicción y el miedo en fortaleza. Las misiones vocacionales de Semana Santa fueron determinantes para decir sí al Señor. Convivir con una comunidad rural y descubrir sus necesidades espirituales y materiales, cambió mi perspectiva y me alejó de la indiferencia. En esa Semana Santa decidí entrar al Seminario.

Lo primero que experimenté al aceptar el llamado fue miedo e indignidad. Miedo a dejar mi familia, mis amigos y comodidades, miedo a lo desconocido. E indignidad, al creer que sólo los perfectos eran llamados por Dios… Con el paso del tiempo, el miedo se convirtió en alegría y la indignidad en disposición.

Soy hijo de madre soltera y siempre hemos sido muy unidos, cuando le comuniqué mi decisión de entrar al Seminario ella se emocionó muchísimo me abrazó y me dijo que me apoyaba en todo. Ese día me platicó que el día de mi nacimiento, rumbo al hospital, yo casi nacía en el taxi que nos llevaba, y que, aunque si alcanzamos a llegar, hubo complicaciones en el parto y yo tuve que estar un tiempo en la incubadora, razón por la cual me consagro a Dios. Cuando le pregunte que porque no me había platicado nunca eso, me explicó que no quería que me sintiera presionado o  comprometido. Los 2 estuvimos llorando de alegría y gozo. Es fecha que sigo experimentando su apoyo incondicional. ,

De esta forma confirmé el llamado de Dios, que hoy, 11 años después, reafirmo para volver a responder: “Si quiero ser sacerdote”.

Ser sacerdote significa, para mí, ser mirado con misericordia por Dios, para servir misericordiosamente a Su Pueblo.

Durante estos años hubo muchos momentos de duda, sobre todo en los primeros años. Algunas de las razones por las que dudé en continuar con mi formación fueron muy variadas: Querer estudiar una carrera, vivir un noviazgo, querer salir del seminario para apoyar a la familia en sus momentos difíciles, experimentar crisis de fe, etc.

La dirección espiritual, la oración personal y la Misa diaria fueron la clave para superar estas crisis y renovar el llamado de Dios.

“¿Qué retos has enfrentado en la comunidad al transmitir Dios?”
El relativismo en el que vivimos, y la falta de amor por Dios y la humanidad, son los principales retos a los que me enfrentado, aunado a las propias limitaciones y carencias personales.

26 Ago 2016

HELLO! 1

Entré al Seminario a los 18 años. Estaba terminando mis estudios de Preparatoria.

Mi primera inquietud hacia la vocación sacerdotal fue el 11 de febrero del 2006 en una misa del Día del Seminario. Yo estaba viendo las opciones para mi futuro profesional y el seminarista dijo que también contempláramos la posibilidad de la vida sacerdotal. Yo formaba parte de un grupo llamado Escuadrón y eso me había sensibilizado a las necesidades de formación y acompañamiento espiritual de los jóvenes.

Emoción, incertidumbre, nervios, fueron los primeros sentimientos que vinieron al aceptar mi vocación.

Al dar la noticia a mis papás, al principio los “sacó de onda” porque ellos tenían en mente otros proyectos para mí, pero me apoyaron desde el primer momento hasta hoy.

Para mí, llegar a ser sacerdote, significa responder a un llamado que Dios me hace y una invitación a servirlo de manera particular.

Durante el caminar de la formación, siempre hay momentos de duda, situaciones complicadas, pero me daba tranquilidad saber que Dios llevaba este proyecto y no yo. Respecto a los retos que he enfrentado y enfrentaré, hay muchos prejuicios en el pueblo de Dios y en su imagen de Dios que primero hay que purificar para poder llevarlos al encuentro del Dios que es Amor y Misericordia.

26 Ago 2016

HELLO! 1

Entre al seminario a los 17 años, cursaba 2o semestre de Universidad, en la Facultad de Ingeniería (FIME). Pertenecía a un grupo de adolescentes en la Parroquia María Madre de la Iglesia.

Creo que Dios hizo audible su llamada a través del sacerdote que en aquél entonces era vicario de la comunidad parroquial a la que pertenecía. El llamado lo sentí como una inquietud que nacía en mi persona al realizar apostolado que como grupo de adolescentes hacíamos en el Hospital 34 del IMSS al ver el rostro de Cristo en mis hermanos y hermanas postrados en cama (sentía que Dios me llamaba a consagrarle mi vida totalmente).

Otro momento especial en el que fui descubriendo el llamado de Dios a ser sacerdote, fue cuando viví el retiro de fin de semana sacerdotal, que organiza el Centro Vocacional, propiamente al contemplar la fraternidad y la alegría de la vocación en mis hermanos seminaristas del equipo vocacional.

En aquellos días tuve un mar de sentimientos, recuerdo que sentía alegría, pero a la vez tenía algo de miedo, me sentía entusiasmado pero también con mucha incertidumbre. Lleno de esperanza, así mismo, algo de temor. El mayor sentimiento era buscar confiar en lo que Dios realizaría en mi persona.

Al dar la noticia a mis papás, recuerdo que lo aceptaron de una manera muy gustosa. Me dijeron que me apoyaban en cualquier decisión que tomara y que estaban conmigo para siempre apoyarme.

Llegar a ser sacerdote, significa intentar responder al llamado que Dios me hace para servirlo a Él en su pueblo. Poder compartir lo que Dios me ha dado: el regalo de la fe. Ser sacerdote para mí significa tratar de ser un puente entre Dios y sus hijos, poder compartir la misericordia de Dios a su pueblo.

Durante el caminar de mi formación ha habido varios momentos difíciles o de dudas, sobre todo en los primeras etapas del Seminario (Menor y CI). Creo que la mejor manera de enfrentar una crisis o dificultad es, primeramente, ponerlo en oración frente a Dios. Segundo, platicarlo con tu director espiritual y también compartirlo con buenos amigos y hermanos seminaristas para que te apoyen.

“¿Qué retos has enfrentado en la comunidad al transmitir a Dios?”
En algunas ocasiones hablar de Dios a la gente puede ser verdaderamente un reto, es un gran reto la manera en la que se debe transmitir el mensaje de Dios, aunado a intentar superar mis propias limitaciones humanas y espirituales, esto con el fin de servir y trasmitir mejor el mensaje de Dios a mis hermanos.

Así mismo, me he enfrentado con el reto de tratar poder transmitir a Dios en una comunidad concreta con problemáticas propias, por ejemplo, un lugar como el tutelar de menores o un asilo, lugares donde me ha tocado servir.

04 Ago 2016

HELLO! 1

Por: Adrián Alejandro Garza Morales, seminarista.

¿Tienen mucho tiempo libre? ¿No se aburren? ¿Para qué se forman tantos años? ¿Se la pasan rezando?

Estas son algunas de las preguntas que cualquier seminarista ha tenido que enfrentar debido a que se generan distintos estereotipos en torno a la formación sacerdotal y que en muchas ocasiones se suele creer equivocadamente lo que hace un seminarista en formación. Son muchos los años de formación, de estudio y de disciplina que llevan la formación, porque ésta implica vivir diversas experiencias que lleguen a lo profundo del joven para que pueda formar un corazón siempre teniendo como ejemplo y modelo a Jesús buen Pastor.

¿Qué tanto hacen en el seminario?

A veces, el pensar que vivimos en el seminario la mayor parte del tiempo puede parecer que nos aburrimos pero la formación en el seminario es muy variada y rica en forma. De lunes a viernes tenemos nuestras actividades propias en el seminario, nuestra espiritualidad como la Misa, la reflexión o la Liturgia de las horas, el estudio, aseos, deporte, la convivencia con nuestros hermanos, alguna junta, entre otras cosas. La vida en el seminario nos enseña a tener tiempo para todo, a no solo encerrarnos en las cosas que nos gustan.

¿Cuántas misas tienen al día?

Este puede ser el estereotipo más fuerte que puede existir en torno a la formación sacerdotal, el pensar que sólo nos la pasamos en la capilla, y lamento desilusionarlos pero no es así. Tenemos nuestra Eucaristía o misa diaria, es el alimento indispensable en nuestra formación, es un encuentro privilegiado con Cristo, pero no podemos encerrarnos en esto solamente. El sacerdote o diácono al final de la Misa nos exhorta a salir del templo y a compartir con nuestros hermanos lo que hemos celebrado. La espiritualidad no es algo que se dé sólo en el templo, se da en la convivencia con los demás, en el deporte, en el estudio, en el apostolado, pero claro que esto no le quita la importancia a la oración personal o comunitaria, solo es cuestión de aprender a formar una espiritualidad que englobe toda nuestra vida y eso es algo que aprendemos en la formación en el seminario.

¿Es fácil vivir en comunidad?

Cuando me hacen esta pregunta normalmente contesto con otra, les digo: Imagínense entre 50 y 70 hombres viviendo juntos, estudiando juntos, comiendo juntos, haciendo tareas en equipo juntos o haciendo limpieza juntos, todos los días. ¿Cree que sea fácil? Al vivir con varias personas que piensan distinto, que tienen hábitos distintos puede llegar a ser algo complicado. Los roces son algo que se da en cualquier convivencia sana (si no se dieran, algo estaría mal). No es fácil vivir en comunidad pero si es una experiencia muy enriquecedora que te permite aprender a entender al otro antes de juzgarlo, que te ayuda a salir en busca del que está cansado o fatigado. Además las discusiones nos ayudan a madurar, a saber que el mundo no es solo lo que uno puede pensar. Vivir en comunidad es una experiencia que te ayuda a madurar porque te enseña a vivir junto a los demás.

¿Para qué tanto estudio?

Esta es una pregunta un tanto curiosa porque puedo decir que muchos seminaristas (incluyéndome) podemos llegar a ver el estudio como algo demasiado largo y tedioso y llegando a ver algunas materias un poco innecesarias. Pero el estudio en el seminario no se trata solo de acumular información, el principio es aprender a comunicar la buena nueva que Cristo nos trae consigo, se trata de desarrollar nuestra conciencia para ayudar a formar la conciencia de quienes se acerquen a nosotros. Como dice el adagio popular, un ciego no puede guiar a otro ciego. El estudio es una herramienta que nos permite comunicarnos con todo aquel que busque la verdad, de forma que lo podamos ayudar a encontrarse con Aquel que es la verdad.