15 Mar 2024

HELLO! 1

La primera vez que conocí Sl Seminario yo tenía 11 años, fue el día en que mi primo Luis Andrés ingresaba a la formación sacerdotal y quedó grabado en mi memoria. Observé ese lugar tan enigmático para un pre adolescente; sus largos pasillos, los murales y vitrales, el ambiente de alegría e inquietud de todos los jóvenes que iniciaban su formación, los jardines, las canchas deportivas y la multitud de gente que nos disponíamos a celebrar la eucaristía de apertura del ciclo escolar 1989-1990, ese día inició mi historia vocacional.

La inquietud por ser sacerdote no solo se presentó ese día, sino en muchas ocasiones posteriores en que, como familia, asistimos a convivencias y obras de teatro que ofrecía el Seminario con ocasión de fiestas patronales y posadas, en ellas resonaba en mi mente la frase: “ven y sígueme”. También, en muchas de esas ocasiones yo me trataba de convencer a mi mismo de que quizá me equivocaba al sentir “algo”, y continuaba mi vida en los grupos parroquiales, o bien, en el colegio, en la prepa y después realizando mis estudios profesionales.

En todo ese recorrido, desde los 11 hasta los 22 años, participé en retiros de los grupos juveniles de la parroquia Corpus Christi en Monterrey; también fui de misiones a la Sierra de Durango con un grupo llamado Emaús, conformado por amigos que éramos exalumnos Lasallistas; participé en fiestas y reuniones juveniles, fiestas de universitarios, congresos y eventos culturales. Viajé al extranjero para estudiar inglés, en donde tuve la oportunidad de conocer gente de todas partes del mundo, pude apreciar sus puntos de vista y dialogar con apertura y tolerancia, pero en todos esos momentos permanecía la sensación de que Cristo me estaba preparando para algo más. También tuve buenas amigas con las que, en diversas ocasiones, pude experimentar una relación recíproca de compartir lo más profundo de mi ser y recibir lo más profundo de su ser.

El año de 1999, el Padre Héctor Pérez, hoy obispo auxiliar de la Arquidiócesis de México, nos hizo una invitación a algunos amigos y amigas, para asumir la coordinación de un grupo de jóvenes catequistas en Corpus. Ese fue el año de la decisión. La experiencia de que un presbítero depositara en nosotros la confianza de organizar la catequesis infantil, fue crucial, me inspiró y me dio luces para responderle a Cristo que me había estado invitando a seguirlo. También me impulsó la decisión de otro de mis primos, José Luis, quien en ese momento estaba a punto ingresar al Seminario. Por ello, en el año 1999-2000, me decidí a vivir el proceso vocacional, dejando que el Espíritu Santo me iluminara.

El Seminario fue una época maravillosa de crecimiento personal, descendí a las profundidades de mi historia, toqué mis heridas, vi resurgir cualidades enterradas, tuve grandes amistades, algunos hoy son sacerdotes, otros buenos laicos de parroquia, todos brindándome la oportunidad de crecer. Esto me configuró y me preparó para iniciar la vida como presbítero el 14 de agosto de 2010, día en que recibí el orden sacerdotal con el rostro lleno de ilusión, con las ganas de seguir a Cristo siendo signo de su presencia vivificante, ahí mismo fui nombrado vicario parroquial de la parroquia Santa Catarina Mártir, la cual fue mi segunda escuela de formación, y en la que junto con la comunidad viví una infinidad de experiencias que forjaron mi carácter en la caridad pastoral.

Después, la experiencia de estudios en Roma, por la cual estoy profundamente agradecido, significó no solo la especialización de contenidos académicos sino una experiencia eclesial internacional de gran valor.

Posteriormente, los años que tuve la oportunidad de colaborar en la formación en el Instituto de Teología y más delante en el Seminario Menor, fue intensa en cuanto fraternidad sacerdotal y amistad vocacional, mientras que durante los años en los que fui enviado a realizar estudios de doctorado a la Universidad Pontificia de México y mi colaboración acompañando a Mons. Alfonso Gerardo Miranda Guardiola en la CEM (Conferencia del Episcopado Mexicano), pasé por momentos de concentración y silencio, de escucha y atención a la voz de los señores obispos, así como de colaboración y comunicación en foros a nivel nacional, todo ello provocando en mi la necesidad de dejar en manos de Dios los factores que no puedo controlar y dedicarme a realizar lo mejor posible lo que sí está en mis manos realizar.

Después, don Rogelio me dio la oportunidad de concentrarme, durante un semestre, exclusivamente a terminar mi tesis doctoral, habitando en la residencia sacerdotal de la UIC, con los Misioneros de Guadalupe. Esta experiencia fue nutrida de fraternidad y amistad sacerdotal, pero también de arduo trabajo de redacción y revisión de mi investigación.

Más delante, hacia junio de 2022, terminé mi tesis y fui nombrado vicario parroquial de la parroquia universitaria San Juan Bosco. Durante este tiempo defendí la tesis, viví un sinfín de experiencias que me ayudaron a tocar la realidad en los ambientes universitarios, así como del ambiente eclesial resultado de la post-pandemia, y tuve nuevamente la oportunidad de construir lazos de amistad con mis hermanos sacerdotes compañeros de residencia, Alex y Edgar.

Finalmente, en marzo de 2023, don Rogelio me comunicó que sería enviado de nuevo al Seminario Mayor de Monterrey para servir a los seminaristas como acompañante espiritual. Esto, por supuesto que me agradó, pero debo admitir que también me produjo cierto sentimiento de inestabilidad, así, ahora me encuentro ya estabilizado sirviendo como padre espiritual en el Seminario Mayor. En todo este caminar vocacional ciertamente ha habido momentos difíciles que han exigido fuerza de voluntad, pero ha abundado más la alegría de saber que estoy con Él, el Maestro, el Hijo de Dios, quien me ha dado una nueva vida, cada día me reconcilia con mis fragilidades y me da nueva fuerza para servir a su pueblo.

Pbro. Jesús Treviño Guajardo

Coordinador de la Dimensión Espiritual del Seminario de Monterrey

y Director Espiritual de la Etapa Configurativa

23 Feb 2024

HELLO! 1

«Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero», le dice Pedro a Jesús resucitado, un diálogo en el que el Señor le pide apacentar su rebaño (cfr. Jn 21, 17). Por una parte, es una frase que, desde una interpretación muy personal, evoca la sabiduría de un Dios que conoce lo más íntimo del corazón del hombre (cfr. Sal 138) y, por otra parte, es para mí, una expresión de humildad que me hace mirar cuan misericordioso ha sido el Señor conmigo y la confianza con que me llama, conociendo lo más íntimo de mi corazón, a apacentar su rebaño.

Soy el diácono Marco Antonio, actualmente estoy cursando el cuarto año de la etapa de Configuración o Teología como quizá muchos la conocen, estoy en la etapa final de la formación inicial. Soy originario del estado de Veracruz, un pueblito llamado Chontla y enclavado en la sierra de Otontepec. Nací en una familia de diez hermanos (cinco hombre y cinco mujeres), de los cuales soy el penúltimo. Mis papás don Jorge, que en paz descanse, y mi mamá, doña Juanita como la llaman en el pueblo, fueron quienes inculcaron en mí el servicio en la Iglesia, un matrimonio de más de sesenta años que sirvieron durante muchos años en la parroquia del pueblo, en el coro, dando catecismo, platicas presacramentales, acompañando matrimonios, adoración nocturna, entre otros grupos a los que pertenecieron. Fue este ejemplo, sin duda, el que desde muy pequeño marcó no solo mi vida de fe, sino también mi vida vocacional, pues eso me permitió tener contacto con varios sacerdotes que desde que tengo uso de razón me invitaban a la vida sacerdotal.

Desde muy pequeño, me llamó la atención el servicio en la Iglesia, fui monaguillo desde los cinco años, se podría decir que crecí en la parroquia, no solo por el servicio al altar, también porque me gustaba estar en la Iglesia. Disfrute mucho de acompañar a los padres a oficiar Misa en las comunidades, que, dicho sea de paso, tuve la oportunidad de visitar algunas el pasado diciembre, ahora como diácono, a hacer celebraciones, fue una experiencia bastante grata. Debo reconocer que desde que estaba de monaguillo llamo mi atencion la figura sacerdotal, recuerdo como me gustaba y admiraba a los padres cuando celebraban Misa y cuando estaba en casa, repetía las palabras que el padre decía. ¡Sí! Fui uno de los que de niño jugaban a celebrar Misa, le daba la comunión a mi hermana y a mis primos remojando una galleta en una taza de café.

Para no extenderme tanto, después de haber estudiado una ingeniería y una maestría, y de estar laborando en una empresa por once años, llegué a Monterrey como gerente de una planta nueva de la empresa en la cual trabajé. Y estando aquí, aquella inquietud que desde niño, Dios había puesto en mí, y que por algunos años parecía haber estado dormida… despertó. Gracias en parte a la convivencia con algunos padres y seminaristas; pero, en definitiva, gracias a la necesidad que  veía en los enfermos y en los más necesitados, Dios me recordó el sueño que de niño había puesto en mi corazón. No fue una decisión fácil, a la edad de treinta y tres años, pero busqué el acompañamiento del Centro Vocacional, y finalmente, después del discernimiento solicité el ingreso, siendo aceptado e ingresando al Seminario de Monterrey en agosto del 2014.

Hoy en día puedo decir que, este tiempo que he pasado en el Seminario, con sus altas y sus bajas, han sido los mejores de mi vida, en los que me he sentido feliz y amado por Dios. He crecido humana, vocacional y sobre todo cristianamente.

Después de unos meses en mi ministerio diaconal, he podido ser nuevamente testigo de la necesidad que tiene el pueblo de encontrarse con Dios, aún y cuando parezca lo contrario, se tiene la necesidad de Él. De la misma manera que hace años, eso me mueve a querer ser instrumento de su gracia.

Hoy con mayor certeza y libertad quiero entregar mi vida al servicio de la Iglesia y para gloria de Dios. Hoy nuevamente, con ilusión y con la confianza puesta en el corazón de Cristo, he solicitado ser ordenado sacerdote, sabiendo que es un don para su Iglesia, y un signo de amor por su pueblo. Sigo diciendo en mi oración, como desde hace unos años: Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero.

Dios los bendiga a todos, no olviden rezar por mí, por las vocaciones, por los sacerdotes y seminaristas, por los jóvenes de nuestras parroquias para que atiendan generosamente el llamado que Dios les hace.

Marco Antonio Cruz Pérez

4to. de Teología

16 Feb 2024

HELLO! 1

Una de las frases que me gustan de la Sagrada Escritura es esta:“El Señor ha hecho grandes cosas por nosotros y estamos alegres” (Salmo 125). Porque siento que Dios ha sido bondadoso conmigo, y no hay otra manera de manifestarlo que en el servicio a los demás, y con una sonrisa.

¡Hola, qué tal! Mi nombre es Karlos Cristian Ortiz González, tengo 29 años, y estoy de experiencia eclesial en la parroquia San Juan Bautista, en García, Nuevo León. Lugar donde he estado muy contento y alegre porque Dios se manifiesta de una manera inconmensurable hacia mi persona, y donde puedo descubrir la mirada de Dios con misericordia por la gente que me rodea. Expreso mi agradecimiento y alegría por poder compartir mi testimonio vocacional con todos aquellos que leen este blog de nuestro querido Seminario Arquidiocesano de Monterrey.

En primera instancia, es necesario partir que mi deseo de querer ser sacerdote nació por la entrega generosa y la experiencia de vida de mi párroco. Esa alegría que manifestaba al atender diariamente a los fieles que a él acudían, cómo celebraba los sacramentos, era algo inexplicable por lo que al ver su alegría por las cosas de Dios, me gustó demasiado que tomé la decisión de entrar al Seminario.

Después de un tiempo de estudio y oración, en la etapa de Configuración; los seminaristas somos enviados a realizar un año de servicio que se llama: “Experiencia eclesial” o “Magisterio”, un encuentro fuerte con Dios a través de su Iglesia ya sea por una pastoral en específico, o en mi caso una comunidad parroquial.

Este año de servicio pastoral he podido experimentar esa alegría por la cual me enamoré por las cosas de Dios. Y tal vez te estés preguntando ¿Qué actividades realizan los seminaristas durante este año?

Principalmente, la atención a las personas en los diferentes carismas que tiene nuestra Iglesia. He podido constatar que me encuentro en una parroquia verdaderamente misionera. La extensión territorial de la parroquia es extensa, cuenta con realidades diversas, rurales y urbanas. Son aproximadamente 58 comunidades, donde mi tarea principal es apoyar al párroco en lo que se me encomiende como organizar actividades pastorales, celebraciones de la Palabra, atender y formar al grupo de monaguillos, lectores y jóvenes entre otras acciones pastorales.

Este año de servicio, es un tiempo formidable para ir a la raíz de nuestra vocación, es meditar sobre el futuro ministerio sacerdotal; significa aprender de nuestros párrocos que con sus experiencias nos invitan a reflexionar y aceptar con madurez los retos que representa el llamado al sacerdocio en este contexto actual.  Aprovecho para agradecerle a mi párroco, que con su testimonio y acompañamiento ha ayudado en mi camino de formación.

Son tres acciones en síntesis, acompañar a los grupos, ayudar en las actividades en la parroquia y aprender a amar a Dios en medio de su Iglesia y a través de ella. Cada una de estas acciones representa un papel fundamental en mi historia vocacional, pues al trabajar con niños, adolescentes, jóvenes y adultos puedo hacer mías las palabras del Salmo 125,  de la cual me siento llamado: “A estar alegre porque este año en García, Dios ha hecho grandes cosas conmigo”.

Karlos Cristian Ortiz González

Experiencia Eclesial

Parroquia San Juan Bautista, García., Nuevo León

09 Feb 2024

HELLO! 1

Para empezar a contar mi vocación he de decir que mucho ha sido gracias a mi familia. En ella he encontrado el apoyo necesario para poder discernir y cumplir la voluntad de Dios en mi vida.

Cuando yo era niño, mi hermana fue al Centro Vocacional y recuerdo que ese acontecimiento me llamó mucho la atención porque yo no sabía en qué consistía ese «proceso vocacional». Después se me explicó, y al final vi muy bien que mi hermana le quisiera dar a Dios, tiempo de su vida, para saber qué quería Él de ella.

Tiempo más tarde cursé la preparatoria, y ahí me la pasé muy bien. Salía con amigos y tuve novia. Pero en tercer semestre de prepa me llamó la atención en pensar en que el sacerdocio podía ser un estilo de vida para mí, pero no se lo dije a ninguno de mis amigos y amigas. Todo esto ocurrió a raíz de ver a un sacerdote levantar el Cuerpo de Cristo en misa y me pregunté que cómo era posible aquel suceso de que un hombre pudiera traer al presente el Cuerpo de Cristo, preguntarme eso me impactó.

Así que fui al Centro Vocacional yo también para saber que quería Dios de mi vida, pero terminé abandonado el proceso después de algunos retiros y entrevistas con los acompañantes, diciéndome a mí mismo: “yo no soy para el sacerdocio, lo mío es casarme y tener hijos”. Mis papás ya sabían que yo estaba yendo al proceso, por lo que cuando me salí, también recibí apoyo y me dijeron que ellos iban a estar para mí en cualquier decisión que yo tomara.

Después ingresé a la Facultad de Relaciones Internacionales y puedo decir sin miedo a equivocarme que ha sido la mejor etapa que he tenido como estudiante, principalmente por las amistades que tuve ahí y el ambiente universitario. Pero ocurrió algo que no esperaba, y es que mientras tomaba clases empezaba a pensar en el sacerdocio otra vez, como un estilo de vida posible. Y cada día pensaba más en que me gustaría administrar el sacramento de reconciliación, pues yo quería que la gente sintiera la paz de Dios cuando se confesaran. Así que platiqué con mi párroco de mi comunidad Corpus Christi en Monterrey y él me ayudó mucho a discernir, hasta que llegó un punto donde me dijo que tenía que regresar al Centro Vocacional. Y mi familia no se sorprendió de mi decisión de volver, se veían más tranquilos que yo y me apoyaron en esa decisión. Por otro lado, yo volví a sentir nervios, a pesar de tener más seguridad en lo que quería que la vez anterior. Al final hice el proceso y fui admitido.

Hoy en día voy en mi quinto año de formación sacerdotal, conocido como tercero de filosofía, y no me arrepiento de haber ingresado. He aprendido mucho de mí mismo de y de los demás, he conocido más a Jesús y he crecido en muchas dimensiones de mi persona. Estoy muy agradecido con esta institución y con los padres formadores por todo lo que me han enseñado, y espero que con la ayuda de mi familia, de cualquier persona que lea esto y haga oración y con Dios, algún día ser sacerdote en favor del pueblo de Nuestro Señor.

Para concluir quiero decir que desde que tengo 12 años rezando el rosario diario y no tengo la menor duda que Nuestra Madre, la Virgen María, ha sido quien me ha dado fuerza para primeramente tratar de ser un buen cristiano y en segundo para seguir en esta vocación.

Roberto Manrique Nielsen

3ero de Filosofía

02 Feb 2024

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En ciertas ocasiones le cuesta al ser humano aceptar su realidad y atender un llamado, esto lo digo porque fue lo que me pasó. Siempre fui un joven de grupos parroquiales por lo que estaba en actividades y demás cosas que esto conlleva. En mi parroquia, Santa María Goretti se estaba desarrollando el grupo llamado “Cristeros” y durante ese proceso fui invitado a ir a Sahuayo, Michoacán con el motivo de la canonización de San José Sánchez del Río quien es el patrón de los grupos de cristeros.

En este viaje me tocó visitar una comunidad que recibía la Santa Misa una vez al mes, lo cual se me hizo raro ya que en mi parroquia la Eucaristía es diaria en la mañana y en la tarde, y los fines de semana en distintos horarios, yo aún no caía en cuenta de la falta de sacerdotes que hay y de la escasez de vocaciones sacerdotales.

 Cuando regresé del viaje, llegué impactado a platicar lo que había sucedido con mi familia y con mi párroco, el Pbro. Felipe de Jesús Sánchez Gallegos; y al tener presente esa inquietud vocacional comencé a preguntarme si la vida del Seminario era para mí.

Después de tanto pensar y cuestionarme al llamado que había sentido, me acerqué al Centro Vocacional donde mi acompañante espiritual, el Pbro. Alberto Estrada, junto con el equipo de seminaristas me ayudaron a tener un discernimiento y tomar una decisión.

Desde que entré al Seminario he podido ver el amor incondicional de Dios en mi vida con mis compañeros en el día a día, en el deporte, en los momentos de espiritualidad, en el apostolado, incluso en los aseos y es que en esta etapa en que estoy de formación me he sentido con un gran gozo al reconocer a Cristo en mi camino vocacional. Durante este discernimiento, el Señor no me deja de llamar cada día a entregarme y con gran alegría le respondo con mi vida.

Hay dos cosas que me han quedado claras; primero, el atender al llamado de Dios, porque Él es quien nos hace la invitación a esta vocación tan hermosa, nos muestra su amor inefable sin límites, sin barreras, se entrega de todo a nosotros, es ahí donde llegamos a un punto en el que no nos podemos hacer para un lado y respondemos. Tal vez le saquemos la vuelta un par de veces, pero no podemos hacer eso para siempre. Lo segundo es, que Dios se hace presente de diversas formas, se hace presente en las personas, ya sea por un comentario, una oración, en el diálogo con el prójimo, en una frase de ánimo o en el convivir con los sacerdotes, escuchando sus anécdotas que te llenan de fuerza para continuar.

Muchas veces dude del llamado de Dios, he llegado a experimentar miedo, desconcierto, incertidumbre, pero he aprendido a dejarme caer en las manos de Dios, a saber que debo de dejarme moldear por los sacerdotes formadores e ir poco a poco configurándome con Cristo Buen Pastor, que Él es quien guía mi llamado en la medida que yo se lo permita.

José Genaro Pérez Sánchez

Seminarista | 2do Año de Curso Propedéutico

19 Ene 2024

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Actualmente, en los estudios teológicos los rasgos de identidad sacerdotal – presbiteral están adquiriendo una relevancia impresionante, por los que se han determinado diversas características, en las que tratan de definir la identidad del ministerio sacerdotal. Por citar un ejemplo, los rasgos de identidad y espiritualidad sacerdotal mencionados en la Exhortación Apostólica Pastores Dabo Vobis del Papa san Juan Pablo II son: cabeza, pastor, siervo y esposo. Dicho documento afirma que «el sacerdote, en cuanto representa a Cristo Cabeza, Pastor y Esposo de la Iglesia, se sitúa no solo en la Iglesia, sino que también al frente de la Iglesia, […] el ministerio del presbítero es totalmente al servicio de la Iglesia, […] el sacerdote ministro es servidor de Cristo presente en la Iglesia misterio, comunión y misión» (PDV 16).

Sin embargo, en la Sagrada Escritura, la Carta a los Hebreos, utiliza dos características, por las cuales no solo describe la funcionalidad del presbítero; sino que, hace una definición identitaria de lo que todo sacerdote ha de ser; «sacerdote misericordioso y fiel»  (Heb 2, 17a) .

El presbítero que se identifica con estos rasgos que el autor sagrado nos comparte, es un sacerdote que se visualiza como mediador, puesto que, es un hombre tomado de entre los hombres, para ser misericordioso entre sus hermanos y fiel a Dios. La mediación le es participada del único Mediador, Jesucristo.

La importancia de la mediación en Jesucristo, el Hijo de Dios, radica en que no solo es revelador, es redentor, es decir, salvador es en la mediación del Hijo de Dios donde se expresa la unión inseparable de la cristología y la soteriología. El Hijo no es sacerdote desde siempre, pero si es para siempre. ¿Cómo llegó a ser sacerdote? Ofreció un sacrificio, la Encarnación es el punto de partida, mientras que la cruz lo hace sacerdote.

Lo propio del Hijo es la purificación, salvar, liberar del pecado que es una ruptura en la relación con Dios, el Hijo hace retornar un equilibrio relacional, es así que la mediación sacerdotal es el tema central en la Carta a los Hebreos, es necesario tres elementos: el ascendente; las separaciones rituales que el sacerdote ofrece a Dios, el central; el sacrificio que se admite en la morada de Dios, el descendente; los dones de parte de Dios que se trasmiten al pueblo.

El sacerdocio es una verdad antropológica, puesto que el sacerdote es un hombre, un ser en relación por la mediación se da un acceso a la realidad, también el sacerdote tiene una responsabilidad social con Dios y con sus hermanos. La relación con Dios no es posible sin la transformación radical del ser, el paso del nivel profano al nivel sagrado.  

Sin embargo, según la Carta a los Hebreos, Jesús no pertenecía a la institución, Jesús el sacerdocio lo lleva a una plenitud, el sacerdocio es un puente, es un instrumento. En Jesús no hay una separación para designar la consagración, no separación; mas bien, encarnación, Jesús pasó del sacrificio a la compasión.

Francisco Isaac Cortés Tovar

3ero de Teología

12 Ene 2024

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El pasado 1° de enero, iniciamos en nuestra Iglesia de Monterrey un año especial, un Año Sacerdotal; un tiempo para orar, conocer, celebrar y promover la vocación sacerdotal, ministerio al servicio de los ministerios, camino de santidad personal y comunitaria, que llena de vitalidad y sentido la propia vida del sacerdote y del Pueblo que se le ha encomendado.

Nuestro Año Sacerdotal se une a la celebración de los 350 años de las apariciones del Sagrado Corazón a Santa Margarita María Alacoque (1675) y los 100 años de la consagración de México al Corazón de Jesús; además, es una preparación para el próximo jubileo del año 2025, los 500 años de las apariciones de Santa María de Guadalupe en 2031 y los 2000 años de redención en el 2033.

Hace algunos años, el Papa Benedicto XVI, de feliz memoria, convocó un Año Sacerdotal, en torno a la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, imagen de todo sacerdote. El sacerdocio es el amor del corazón de Jesús, decía San Juan María Vianney; además en cada oración hacemos presente aquella cita del profeta Jeremías, pedimos sacerdotes según su corazón (Cf. Jr 3,15).

El Señor Arzobispo, Don Rogelio Cabrera López, nos invita a cuatro acciones concretas durante este año:

  • ORAR

Con la renovación de la oración y la nueva Cruz Vocacional, se busca promover en nuestra Iglesia la oración por todas las vocaciones, de manera especial, nos invita a incrementar nuestra oración por el aumento, perseverancia y fidelidad de las vocaciones sacerdotales, encomendándolos al Sagrado Corazón de Jesús.

  • CONOCER

Se invita a que en las comunidades parroquiales vitalicen su acción pastoral en red, como nos invita nuestro Plan Diocesano de Pastoral, con la construcción del grupo de Pastoral Vocacional (Sembradores). Para ello, la Pastoral Vocacional Diocesana proveerá de cursos para la creación de estos grupos.

  • CELEBRAR

De un modo especial, que el «Mes del Seminario», además de la «Colecta Anual» que es de gran ayuda para nuestro Seminario, sea un tiempo para celebrar el don de la vocación sacerdotal con los sacerdotes y en los seminaristas que visitarán nuestras comunidades durante este mes mediante encuentros y charlas con los jóvenes.

  • PROMOCIONAR

Se pide que este año sea un tiempo para que los jóvenes tengan un mayor acercamiento a la figura sacerdotal, además que sea un tiempo para que los sacerdotes puedan compartir su vida, anhelos y proyectos junto a los jóvenes, para que ellos descubran a través del servicio si el sacerdocio es un llamado para ellos.

Que el Señor nos conceda muchos y muy santos sacerdotes según su corazón, y este tiempo sea de gran renovación para todos nosotros, compartiendo con el Pueblo de Dios la alegría de haber sido llamados.

Jesús Emmanuel Garza Torres

Seminarista | 2do. de Teología

22 Dic 2023

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La Navidad es sin duda, una época del año llena de tradiciones, celebraciones y, sobre todo, intercambios. Las personas alrededor del mundo se sumergen en el espíritu festivo, adornan sus hogares, comparten comidas y regalos, y se reúnen con sus seres queridos. Sin embargo, en medio de la vorágine de actividades y el bullicio consumista, es fundamental recordar el verdadero significado de la Navidad, un intercambio mucho más trascendental: el nacimiento de Jesucristo.

En la sociedad contemporánea, la Navidad a menudo se ha desvirtuado, eclipsada por las luces brillantes de los escaparates y el estruendo de las compras impulsivas. El consumismo desenfrenado ha amenazado con opacar la esencia misma de esta festividad, alejándonos de la reflexión sobre su origen sagrado. La historia detrás de la Navidad nos habla de un intercambio divino que ha dejado una marca indeleble en la historia de la humanidad: la Encarnación.

Los Padres de la Iglesia han denominado el misterio de la Encarnación como un “Intercambio Santo” (Sacrum Commercium), donde Dios mismo se hizo semejante a la humanidad, excepto en el pecado. Este acto divino no fue simplemente un gesto simbólico, sino un acto de amor supremo. Dios, en la figura de Jesucristo, se hizo uno de nosotros para que pudiéramos participar de Su divinidad: “Él, siendo de condición divina, no se apegó a su igualdad con Dios, sino que se redujo a nada, tomando la condición de servidor, y se hizo semejante a los hombres…” (Flp 2, 6-7) La Encarnación es un intercambio radical: Dios humaniza lo divino y diviniza lo humano.

Este misterio marca un punto de inflexión en la historia. Un nuevo comienzo se despliega cuando Jesús entra en la escena humana. El nacimiento de Jesús, celebrado en la Navidad, debería ser siempre la mayor alegría del hombre. En un tiempo en que la humanidad estaba sumida en la esclavitud del pecado y la muerte, Dios no permaneció distante. Por el contrario, salió a nuestro encuentro, asumiendo nuestra fragilidad y vulnerabilidad. Jesús experimentó todo lo que el ser humano conoce: la alegría y el sufrimiento, la risa y las lágrimas.

Así, la Navidad se convierte en un recordatorio de que, en medio de nuestras celebraciones terrenales, hay un regalo divino que trasciende cualquier intercambio material. Es un recordatorio de que, a pesar de nuestros errores y debilidades, Dios nos ofrece la oportunidad de participar en Su vida divina, podernos reconciliar con Él, haciéndonos capaz de entrar en una íntima relación con Él. La Navidad nos invita a reflexionar sobre este intercambio santo, que no solo transformó el curso de la historia, sino que también nos ofrece la esperanza de una vida renovada en comunión con lo divino.

En última instancia, mientras nos sumergimos en el intercambio de regalos y momentos entrañables con aquellos que amamos en esta temporada, permitámonos sentir la profunda resonancia en lo más profundo de nuestros corazones del verdadero significado de la

Navidad: el regalo divino manifestado en la figura tierna de Dios hecho un niño en un humilde pesebre.

En este intercambio celestial, Dios despliega ante nosotros el sendero resplandeciente del amor incondicional, la redención que abraza nuestras imperfecciones y la promesa de una eternidad colmada de esperanza.

La Navidad, en su esencia más conmovedora, nos insta a recordar y celebrar este intercambio santo que, con su majestuosidad en la sencillez, ha alterado de manera eterna el curso de la existencia humana. Nos incumbe a cada uno de nosotros adoptar este sagrado intercambio, permitiendo que Dios, con Su gracia, penetre en nuestros corazones, tocando, sanando, transformando y elevando nuestras vidas. Así, podremos, en algún momento, afirmar con convicción, al igual que los santos que nos precedieron, que nuestra historia personal se divide en un antes y un después de Cristo.

Axel Jaret Hernández Torres

1ero de Teología

08 Dic 2023

HELLO! 1

Llega diciembre, escucho a los hombres y mujeres decir que viene algo. Le pregunto a la inteligencia que todo identifica, recopila, selecciona, entrena y prueba. Pero no me sabe decir la Verdad. Encuentro que viene una remuneración económica a todo propietario de una nómina, veo a lo lejos paquetes de cena navideña; me estreso anticipadamente por las compras de pánico directamente proporcionales a mi desidia y vanidad.

Me viene al pensamiento una noche navideña con bebidas y comida; abrazos y besos; conversaciones, discusiones y reconciliaciones; rezos burocráticos y una suave brisa en el rostro; selfies, filtros y mentiras; y al amanecer, la inevitable pestilencia. Me abruma pensar que vendrá el fantasma de los abuelos, de mis padres, hermanos o hijos a exigir un lugar en la mesa y en la sala. Comprendo que los licores, los cocteles, el whisky, el tequila, el bote blanco o rojo terminarán en el resumidero después de un gancho al hígado, una vez que los riñones hagan su trabajo.

Me decepciona pensar que después de pagar en la tienda las bebidas alcohólicas, en la mañana siguiente me llegara una factura a mi cabeza, estómago y músculos; con debilidad, sed, nausea, vértigo e irritabilidad a modo de impuestos. Al menos me consuela saber que habrá algo que recalentar al siguiente día, que mis hijos, padres, hermanos, nietos, sobrinos recibirán un regalo. Pero como quisiera que su alegría por los regalos se extendiera a un eterno presente, que no terminara como la hierba que se hecha al horno.

Descubro que es vanidad. Me pregunto, ¿para qué esperar eso todo el año? Así como llega, así se va. Un festejo navideño más; pero el patio, la sala, la terraza, el asador, la cocina, las recámaras, las amistades y las enemistades, ¡permanecen donde mismo! Pareciera que es la misma historia, un capítulo que se repite. ¿Cómo reescribir el futuro? Si es que la ficción es realidad, ¿dónde está ese universo feliz? Mejor me acuesto con el abuelo, con mi padre, con mi madre, con mis amigos, mis hermanos o mis hijos que ya son felices debajo de la tierra, o arriba en el cielo.

Pienso en esos hombres y mujeres alegres, que se la pasan hablando y diciendo, gritando y presumiendo que algo llega; creo que no conocen de la vida. Necesitan saber que el mundo es triste, y no hay provecho alguno en lo que hacemos en nuestros contados días. Y llegó la feliz navidad y aquello que siempre ha sido, sucedió; aquello que siempre se ha hecho, se hizo. No hay cosas nuevas por hacer en una noche navideña.

Tiempo después, a lo largo del año, me encontré fuera de la espera navideña a esos mismos hombres y mujeres alegres. Los odié, los envidié y los maltraté. Les expresé mi frustración, les presumí mis conocimientos del mundo y les dije que todo es como si quisiéramos atrapar el humo con la mano.

Esos mismos hombres y mujeres alegres, sin que fuera su intención, me humillaron. No como lo hice yo, sino con una actitud tan tierna, como la que jamás volví a sentir de mamá y papá. Pareciera que las caricias que jamás volveré a sentir de mis hijos, abuelos o nietos, ellos las reprodujeron al instante y las clavaron en mi corazón. Les pregunté que era eso que esperaban con ansia y les llenaba de alegría que no acaba.

La respuesta de los hombres y mujeres siempre alegres me iluminó la mente y el corazón. Para entender su respuesta tuve que renunciar a mis conocimientos del mundo y vida. Los metí en una bolsa de basura y los aventé al contenedor más cercano. Porque no había conocido a hombres y mujeres que devolvieran bien por mal; comprendí que esa actitud no es de este mundo, no era de mi mundo.

Me aventuré a vaciar mi mente de vanidades y comencé a escuchar; me enseñaron a escuchar en el silencio de la noche y adentrarme en las oscuridades de mi corazón con una Luz que no se apaga. Los hombres y mujeres alegres no me dejaron solo. Gracias a ellos comprendí que hay algo distinto a las navidades de este mundo. Salí de mi ignorancia y comencé una espera que se extiende todo el año, que se renueva cada año hasta la eternidad.

¡Comprendí la verdadera espera que se presume, y que en verdad supera todo aquello que ahora considero basura!

Gracias a esos hombres y mujeres alegres, que tienen el sobrenombre de cristianos, descubrí que no se espera “algo”, sino “Alguien”.

Angel Salvador Martínez Chávez

2º de Teología.

Jn 14,6; 1Re 19,9-12; Mt 6,30; Qo 1-2; Ex 20,4; Rm 12,17; Jn 16,33; Jn 1,1-18; Flp 3,7-9

24 Nov 2023

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¡Queridos amigos del Seminario Arquidiocesano de Monterrey! Hoy nos adentramos en una búsqueda profunda, un anhelo compartido por muchos: ¿cómo acrecentar nuestra fe, testimoniarla y defenderla en nuestra vida cotidiana? La respuesta, queridos hermanos, reside en el ejemplo imperecedero de los mártires cristianos.

¿Te has preguntado alguna vez qué significa ser mártir en el contexto de la vida ordinaria? Muchos asocian el martirio con hazañas heroicas en situaciones extremas, pero ser mártir, en esencia, es mucho más que eso. Es una llamada a vivir con autenticidad, a amar como Jesús amó, incluso en los detalles más pequeños de nuestra existencia diaria.

El martirio en la cotidianidad

Imaginemos por un momento la vida de esos santos mártires que, lejos de la grandiosidad de escenarios épicos, encontraron su martirio en los detalles cotidianos. Su amor por Jesús los llevó a dar testimonio incluso en las acciones más simples, convirtiendo cada momento en una oportunidad para reflejar la luz divina.

Haciendo del amor una praxis diaria

Los mártires no solo amaban en grandes gestos, sino que su amor se manifestaba en las pequeñas cosas: en una sonrisa, en un gesto amable, en la paciencia ante las adversidades. En nuestra vida ordinaria, cada uno de nosotros puede aprender a amar de esta manera, convirtiendo cada acción en un testimonio de nuestra fe.

La defensa de la fe en el mundo cotidiano

Defender nuestra fe no siempre implica discusiones teológicas elaboradas o debates intelectuales. A veces, la defensa más efectiva ocurre en la forma en que vivimos. Al imitar a los mártires, nos convertimos en defensores intrépidos de nuestra fe, no con palabras grandilocuentes, sino con acciones concretas y amorosas.

El poder transformador del testimonio silencioso

Imaginen el impacto que podríamos tener si, al enfrentar los desafíos diarios, respondemos con amor y paciencia en lugar de con irritación y enojo. Nuestro testimonio silencioso puede hablar más fuerte que cualquier discurso. Ser mártir todos los días significa encarnar la fe de manera tan vívida que inspire a los demás a buscar la verdad que nos guía.

El valor de aceptar la gracia

Aceptar la gracia de ser testigos hasta el final implica vencer el miedo y confiar en la fuerza del Espíritu Santo. La gracia nos impulsa a no temer a las adversidades, a las críticas o a las dificultades. Nos capacita para perseverar en nuestra fe, aún cuando enfrentamos desafíos aparentemente insuperables.

El mundo necesita de ti

En respuesta a las preguntas iniciales, descubrimos que el mundo necesita de santos de todos los días, de mártires que testimonien la fe en la vida ordinaria. La invitación es clara: sé testigo, sé mártir en cada acción de tu día a día. La Iglesia avanza con la contribución de cada uno, con la coherencia y valentía de quienes, desde la cotidianidad, demuestran que Jesús está vivo.

En este llamado a ser santos en la vida ordinaria, recordemos que cada pequeño gesto de amor, cada acto de servicio contribuye a la construcción del Reino de Dios en la tierra. Que la llama ardiente de la fe en Jesús, que inspiró a los mártires, siga iluminando nuestro corazón y dirigiendo cada paso en nuestro diario caminar hacia la senda de la santidad.

Carlos Alberto Ramírez Sánchez

Tercer año de la Etapa Configuradora