05 Feb 2021

HELLO! 1

“Dios sigue derramando en la humanidad semillas de bien”.   (Papa Francisco, 2020)

Aún en estos tiempos tan difíciles de pandemia, donde todo se ha vuelto caótico, es increíble que Dios sigue llamando trabajadores a sus mies, y, aún más sorprendente es el hecho de que hombres valientes se deciden a adentrarse en la aventura de la fe, respondiendo de manera positiva al llamado que nos hace El dueño de las mies. En medio de esta crisis que estamos viviendo como sociedad, sigue habiendo jóvenes y hombres valientes que deciden renunciar a las seducciones del mundo para formarse y transfigurarse con Cristo, con Áquel que los ha llamado; hacen a un lado a su familia, sus pertenencias, sus metas y aceptan llevar a buen término el plan que Dios ha designado para ellos. Aceptan ese sacrificio por amor a los hombres y a su Creador.

Pero, en realidad, ¿Vale la pena ser sacerdote? La respuesta es Sí, no vale solamente la pena, vale la vida, vale renunciar a todo por ser partícipe del sacerdocio ministerial de Cristo, vale la vida entregarse en su totalidad a la iglesia, que hoy en día está tan fracturada y herida, que necesita de ese espíritu libre de los que se sienten invitados a esta maravillosa vocación, que necesita de personas que se desvivan por la “edificación del cuerpo de Cristo, que exige funciones diversas y nuevas adaptaciones, principalmente en estos tiempos”. (San Juan Pablo II, 1992).

En estos tiempos en importantísimo que estemos dispuestos a aceptar los cambios y adaptarnos a la nueva realidad que nos toca vivir, hay que buscar nuevas alternativas para seguir con la tarea de la edificación de la iglesia. Hoy mientras se cierran los templos y se limita la convivencia física, se han abiertos miles de templos en cada uno de los hogares católicos, se acrecentó la fe y la confianza en Dios.  También, hemos descubierto nuevas formas de estar relacionados mediante las redes sociales, mediante el internet,  hay que ser cyber-apóstoles y valernos de esta herramienta para continuar con esta labor de compartir la Buena Nueva y construir el Reino de los cielos desde aquí.

El mundo hoy más que nunca necesita pastores que sosieguen el rebaño que El Buen Pastor les ha encomendado, que acarreen a las ovejas por la senda de vida, hoy, en estos días que la humanidad sufre de inestabilidad, soledad, preocupaciones, crisis, y es por eso que día a día nos seguimos entregando a la voluntad del Señor porque el mundo nos necesita. Necesita de ese amor que nosotros queremos ofrecerle, necesita personas que se hagan prójimas a sus necesidades, a sus aflicciones, ofreciendo su vida como lo hizo Jesús en el suplicio de la cruz. Cuando alguien se siente amado por Dios, siente la necesidad de compartir ese amor con los demás y más aún, vivir ese amor. Y es por eso que nosotros entregamos nuestras vidas para servir a la Iglesia que se nos ha sido conferida.

 

Ramsés Gpe.Ortiz Zamarrón

Seminarista | 2do de preparatoria

REFERENCIAS

FRANCISCO. (2020). Fratelli Tutti. Ciudad del Vaticano: Buena Prensa.

JUAN PABLO. II (1992). Pastores Dabo Vobis. Cuidad del Vaticano: Buena Prensa.

 

 

02 Ago 2019

HELLO! 1

Hablar acerca de la familia es traer a la memoria múltiples beneficios de nuestra historia personal, si bien es cierto que no todos hemos podido disfrutar de una familia perfecta, es un espacio donde nos sentimos acogidos, seguros, amados. La familia constituye toda una referencia, algo ineludible a la hora de entender un rostro, de descifrar una herida o por qué no, de agradecer una vocación.

Es la familia el lugar donde hemos compartido la vida, decir familia es decir amor, acogida, incondicionalidad, es decir, don de Dios. Atesoramos en el corazón muchísimos momentos donde, desde la sencillez y simpleza de la vida, encontrábamos refugio seguro, pero también referencias.

La familia hay que decirlo bien, es el espacio que Dios tenía destinado para nosotros como proyecto previo, a la acogida de un don tan alto como lo es la vocación sacerdotal. En mi caso, en mi familia encontré el modelo de una madre que, antes de dormir oraba a Dios y que me decía: “Hijo, junta tus manos, da gracias a Dios y descansa”. Fue con mi familia que yo emprendía esas aventuras llamadas “peregrinaciones” o fue en el contexto familiar, que yo aprendí valores que hoy me han hecho grande como persona: el trabajo, la responsabilidad, la libertad, pero sobre todo la generosidad y el amor, claves básicas a la hora de entender la llamada y la respuesta de una vocación.

La familia es madre porque acoge, porque corrige, porque ama. Es madre porque consuela, porque protege. Y sobre todo, es madre porque vela por nosotros, porque ahí en la familia, Dios quiso poner en el corazón de muchos jóvenes el don de la vocación. Es nuestra familia quien en las horas más bajas ha servido de aliento, quien en los momentos más grises ha sabido llenar de color la existencia. ¿Cómo no agradecer a Dios el habernos dado una familia?

Y ahora pienso en la familia de Jesús, el único sacerdote. María, con ese perfil que traza de ella el Evangelio, como la mujer amorosa, tierna, la mujer que supo cumplir con creces su misión de madre. Pienso en José, desde el silencio. ¡Qué ejemplo le dio José al niño, para que al momento de hablarnos de Dios, Jesús recurriera a la imagen del Abba! ¡En Nazaret se respiraba amor!

La familia ha sido pensada por Dios para llevar a cabo también nuestro proyecto de salvación. Es indispensable en el desarrollo histórico de una vocación echar un vistazo a esa experiencia de familia que hemos tenido. La familia que es consciente de su papel y misión en el mundo no tiene miedo de cultivar la vocación en sus hijos. El mundo les reclama. Dios les invita. Don de Dios, la familia y la vocación.

Carlos Alberto Ramírez Sánchez.
Tercero de Filosofía.
Revista San Teófimo No. 142

25 Jul 2019

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¿Por qué es importante un sacerdote para el mundo? Esta pregunta surgió hace 10 años en una plática en un parque mientras estaba sentado con unos amigos, y les compartía que quería ingresar al Seminario a discernir si Dios me llamaba a la vocación sacerdotal; y dicha pregunta salía a precisamente, porque todos, al ya estar en las carreras universitarias veíamos lo productivo o benéfico que sería cada uno en su profesión.

Una amiga decía, yo que estoy estudiando Medicina ayudaré a que muchas personas recuperen su salud, por eso seré la doctora de este grupo; uno que estudiaba la carrera de Actuaría en la Facultad de Físico-Matemáticas decía, yo que estudiaré cálculos, puedo generar probabilidades y generar seguridad en las personas, y así cada uno iba expresándolo.

Cuando les comenté que quería ser sacerdote porque yo tenía la idea de que podría ayudar a muchas personas al compartirles a Jesús. Les compartiría la esperanza en un momento de tristeza, la alegría al bautizar a un nuevo hijo de Dios y miembro de la Iglesia, alegría al ver iniciar un proyecto de amor en el matrimonio, pero también la presencia de acompañamiento a quien sufre. Entonces sentía yo que un sacerdote no solo es la presencia necesaria de Cristo en el mundo; sino que también lo es para la comunidad, ya que el sacerdote se vuelve el amigo, compañero y guía de la comunidad. Es el pastor que ha de llevar a las ovejas a senderos nuevos y pastos seguros.

La presencia del sacerdote en la comunidad no solo se ha de ver como la presencia de una profesión, sino como la gracia sacramental del Orden. Es la que garantiza a los fieles la presencia real de Jesús en la Eucaristía. El sacerdote nos transmite la misericordia de Dios a través del sacramento de la Reconciliación, nos fortalece con la unción de los enfermos y nos entrega al Padre en el momento de la agonía. Es por ello que el sacerdote es una persona clave para la vida de la comunidad creyente, pues está presente desde el nacimiento hasta el fin de la vida de las personas.

También es indispensable el sacerdote para los no creyentes, pues ha de ser el encargado de iluminar la conciencia de las personas, para que puedan transformar las realidades terrenales con el Espíritu de Cristo, generando dignidad humana en las personas desde la concepción hasta su muerte natural, de garantizar la dignidad de las personas que se ven afectadas por las injusticias sociales, y velar de sobremanera porque se establezcan los valores del Reino en las personas de buena voluntad, para que así el testimonio de vida brille como antorcha ardiente para muchos que viven en oscuridad y penumbra.

Esa es la importancia del sacerdote en el mundo, esa es la importancia del sacerdote para la comunidad creyente y no creyente, ser motor, ser impulso, ser agente de cambio con la fuerza del Espíritu, para la gloria del Padre.

Edgar Alonso del Río Reyna
Tercero de Teología

21 Jun 2019

HELLO! 1

La familia no es un simple fenómeno sociológico, tampoco un recurso biológico para proteger la especie humana, mucho menos un tipo de propiedad privada o de seguridad de vida.

La familia fundamentalmente es un misterio de la vida humana; del amor entre sus miembros, porque es signo de la trascendencia y siempre será el primer punto de referencia un padre y una madre, como signo, símbolo y sacramento del amor y de la providencia de Aquel que es Padre-Madre de todos los hombres. (Cfr. Familiaris Consortio No. 14)

Y aunque se ha producido una amplia teología del matrimonio como sacramento, no se ha correspondido con una profunda reflexión teológica que abrace toda la familia en sus diversos aspectos, sobre todo, en cuanto Iglesia doméstica.

San Juan Pablo II, en una de sus catequesis de los miércoles afirmó: “Podemos decir que el primer sacramento constituido por Dios Creador es la familia y después la misma familia se convierte en un verdadero y propio sacramento de la nueva alianza…” (L’Osservatore romano, Junio 6, 1993).

Pero, ¿dónde ubicar el origen de la expresión: “La familia iglesia doméstica”? Tenemos que responder que hay dos posibles respuestas, el encuentro de occidente con oriente; y el segundo, que es sobre el cual profundizaremos, “el despertar del laicado en la iglesia”, de su papel, de su actividad, de su competencia en el mundo. Será precisamente el Vaticano II quien re-coloca la categoría de “Pueblo de Dios” como un eje de una nueva eclesiología y con una categoría de “pueblo” recupera la del “laico”. Fue entonces, en este contexto de reflexión sobre el laicado donde re-aparece la inquietud de llamar a la familia “pequeña Iglesia”, donde los padres adquieren la grandísima responsabilidad de ser los primeros maestros de la fe (Lumen Gentium 11; Apostolicam Actuositatem 11).

En la Sagrada Escritura tenemos ejemplos de “Iglesia doméstica”, en las cuales se manifiesta que el paso de la sinagoga judía a la comunidad cristiana (mientras aparecieron los templos públicos), se dio en las “casas”. Pablo da testimonio de cómo consiguió en cada localidad la conversión de una familia, la cual le brindó una casa adecuada como plataforma misionera y localización de la comunidad cristiana. (Rom 16,4-5; 1Cor 16,19; Fil 2; Hch 11,14; Tit 1,11; II Tim 1,16; 4,19).

El mismo San Juan Crisóstomo recomendaba: “Haz de tu casa una Iglesia” y con ello expresaba el calificativo de “Iglesia doméstica” dado a la familia cristiana, el papel del padre de familia dentro de la “Iglesia doméstica” y la oración en familia. Esta expresión, haz de tu casa una Iglesia (Iglesia doméstica) no se trata, por tanto, de un lugar donde vivan un grupo de cristianos, más bien, de un dinamismo de transformación, de construir la comunidad cristiana.

Así, la “Iglesia doméstica” manifiesta el valor cristiano fundamental: la existencia, como estructura base de la Iglesia, de comunidad humana en la cual sean posibles las relaciones interpersonales, la comunión de la fe y la participación efectiva de sus miembros. (Cfr. Familiaris Consortio No. 21, 38, 48, 49).

Aunque el Papa Francisco no trata de manera exclusiva “Iglesia doméstica” en Amoris Laetitia; si hacemos una revisión profunda de su contenido, es muy fácil palpar que todo lo expresado por Vaticano II, está presente en dicha Exhortación Apostólica Postsinodal. Y en su viaje a Ecuador (julio 2015), hizo alusión a la importancia actual de la “Iglesia doméstica” para bien la fe: “La Iglesia doméstica se forja en el hogar, cuando la fe se mezcla con la leche materna, entonces experimentado el amor de los padres, se siente más cercano el amor de Dios.” Así, la familia “Iglesia doméstica” se convierte en el hospital más cercano, en la primera escuela de formación humana y de catecismo para los niños, el grupo de referencia imprescindible para los jóvenes, en el mejor asilo para los ancianos y el lugar donde se descubre el llamado de Dios. La familia constituye la gran riqueza social que otras instituciones no pueden sustituir.

Para nuestra época de secularización, de desinstitucionalización, valorizar la familia cristiana en sus elementos humanos y mistéricos es una intuición que ya conoce y ha vivido la Iglesia primitiva. Podemos concluir diciendo, que también la Iglesia debe experimentar la kenosis, con el fin de propiciar la salvación de las células de la “grande Iglesia”, que son las “Iglesias domésticas”.

Mons. Oscar E. Tamez Villarreal
Obispo Auxiliar de Monterrey
Revista San Teófimo No. 142

16 Nov 2018

HELLO! 1

Justo después de la solemnidad de Cristo Rey estaremos viviendo la última semana del tiempo ordinario y con ello el fin del año litúrgico.

El tiempo ordinario se divide en dos partes, el primer periodo ordinario se da entre Navidad y Cuaresma, y el segundo entre Pascua y Adviento. En total suelen ser treinta tres o treinta y cuatro semanas en las cuales no se celebra ningún aspecto particular del misterio de Cristo como lo hacemos en los demás tiempos litúrgicos. Se dice que, precisamente por no celebrarse ningún misterio concreto de Cristo en el tiempo ordinario, se celebra en él, todo el misterio cristiano. Al comenzar inmediatamente después del Bautismo del Señor, permite iniciar el ministerio de la vida pública desde el comienzo, siguiendo la narración evangélica mostrando la vida de Jesús en todo su dinamismo y la presentación de su persona y de su imagen con los mismos métodos catequéticos que usó la primitiva comunidad.

El tiempo ordinario, es el periodo más largo dentro del año litúrgico, también se puede definir como “el tiempo en que Cristo se hace presente y guía a su Iglesia por los caminos del mundo”, tiempo en el cual la Iglesia es llamada a profundizar en el misterio pascual y a disponerse a vivirlo en el transcurrir de la vida diaria, podríamos decir que es un tiempo de preparación para encontrar a Dios en los acontecimientos diarios.

Una particularidad del tiempo ordinario es el color verde, el cual significa la esperanza, cuando todo florece, reverdece y se renueva, por eso es común que el sacerdote use la casulla de color verde en la Misa sobre todo los domingos, a excepción de los días festivos o en los que celebramos la memoria de los mártires.

En el tiempo ordinario nos encontramos con un Cristo ya preparado para la misión que le encomendó Dios Padre, le vemos crecer en edad, sabiduría y gracia delante de Dios y de los hombres (cfr. Lc. 2, 52.) de modo que también nosotros busquemos crecer y madurar en nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra caridad en medio de la comunidad en la que vivimos y servimos.

El tiempo ordinario desarrolla el misterio pascual con una gran claridad. La temática tan concreta propia de los tiempos especiales, es más abierta que en el tiempo ordinario, esto permite a nuestros pastores ahondar en la presentación y ampliación del misterio de Jesucristo, y a los fieles profundizar en su fe, especialmente en aquellos aspectos que más afectan a su vida concreta.

Francisco Gerardo González Rivera
Segundo de Filosofía

09 Oct 2018

HELLO! 1

¿Cómo puedo descubrir mi vocación? “Se puede hallar de muchas formas, pero toda vocación ya sea al matrimonio, al sacerdocio o a la vida consagrada, comienza con un encuentro personal con Jesús, que nos llena de inmensa alegría.”

Es normal hacerte la pregunta ¿a qué estoy llamado? en una etapa en la cual sientes la necesidad de una mayor entrega a Dios, es aquí donde se hace aún más consciente el discernimiento espiritual en nuestras vidas.
Y ¿qué es discernir? Es una palabra que define la acción y el efecto de distinguir bien las cosas utilizando la razón, es una capacidad que Dios nos ha dado a los humanos y es indispensable utilizarla en la opción vocacional. Pero en esta búsqueda ¿qué es lo que hay que discernir o que debemos distinguir? Hay que discernir de entre todas las voces ¿cuál es la voz del Señor?

“El discernimiento espiritual es la brújula que nos permite reconocer la acción del Espíritu Santo en nuestra vida, en nuestras comunidades y en el mundo. Hoy como ayer Dios continúa actuando y acompañando a su Iglesia, pero muchas veces no recocemos su voz”.

Oír, cualquiera lo hace y no requiere esfuerzo; “escuchar”, implica poner atención y es crucial para el éxito dentro de un diálogo. Dado que la vocación es la llamada proveniente de Dios que nos propone un estilo de vida en el cual podemos realizar al máximo nuestro ser, la respuesta que queramos dar debería estar fundada en una escucha que supo percibir con atención cada palabra proveniente del Señor.

La voz de Dios no es tan evidente como todo el ruido que aparece en nuestra vida cotidiana. Es necesario hacer un silencio interior para escucharle y así descubrirlo a través de su misma Palabra, por medio de otras personas, de la realidad social, contemplando y orando, e incluso a través de la voz interior que quiere ser atendida, y que es fácil callar con inseguridades, miedos, limitaciones, viejos estilos de vida.

Algo muy importante que considero para lograr una búsqueda sincera, es el ser totalmente abiertos con el Señor. Él nos conoce completamente, en nuestros triunfos y fracasos nos ha acompañado durante toda la vida y quiere mostrarnos un nuevo camino, no tengamos miedo de ofrecerle nuestras fortalezas y debilidades. Pregúntale con fe y disposición a Dios: Señor, ¿Me llamas a la vida sacerdotal? ¿Me llamas a vivir la vida matrimonial? ¿Me llamas a la vida religiosa? Este consejo me lo dio un acompañante durante el proceso vocacional, me decía: “Tú pregunta, Dios te responderá”.

Escuchemos la voz de Dios que sigue llamando, para ser continuadores de su misión de amor viviendo con alegría la vocación. Abramos nuestro corazón a la acción del Espíritu Santo y dejémonos sorprender.

Seminarista Ernesto Padilla López
Curso Introductorio

22 Nov 2016

HELLO! 1

Por: José Luis Morán Becerra, seminarista (T1)

“Maestro de la fe, (…) de los senderos que conducen a la unión con Dios, teólogo y místico, poeta y artista”. Esta es la noble descripción que San Juan Pablo II hizo en su visita a España, en 1982, al santo sacerdote carmelita. El día de hoy, como Iglesia celebramos su memoria, recordando su ejemplo de vida y santidad, y su sabia respuesta ante las distintas tribulaciones que enfrento en carne propia.

Juan de Yepes nació en 1942 en Fontiveros (Avila), España. Ingresó al Orden del Carmen en 1563; ordenado sacerdote en 1567, le pidió a Dios la gracia de soportar con valor y paciencia toda clase de sufrimientos. Tiempo más tarde tuvo un encuentro con Santa Teresa de Jesús, quien lo convenció de que observará la Orden de Carmelitos Descalzos. Formador y maestro de gran inteligencia y sabiduría, enseñaba la doctrina de la fe. Trabajando arduamente y con gran celo apostólico, teniendo siempre su fuerza y confianza en Dios, logró enfrentar una gran “sequedad espiritual”, que le impedía tener una devoción sensible al rezar o meditar, y a toda clase de calumnias e injurias que hacían en contra él.

A pesar de haber sido encarcelado injustamente, padeció con paciencia cada ultraje, creciendo de este modo en santidad. Este tiempo de sufrimiento le permitió a San Juan crear una de las grandes obras titulada “La noche oscura del alma”, que le permite reconocerlo como Doctor de la Iglesia. Muere en 1591.

El santo sacerdote carmelita es un hombre ejemplar, que con sus escritos y enseñanzas enriquecen la vida del creyente, el cual busca constantemente el rostro de Dios. Para nosotros que estamos de formación nos ayuda a apreciar el celo por contemplar el misterio de amor de Dios, sobre todo, en la adoración eucarística cada jueves durante la Hora Santa, como también en esos momentos de “crisis vocacional”, en donde nos vemos sedientos de saber la voluntad de Dios en nuestras vidas.

Te invito a que hagamos esta oración, pensado en aquellos sacerdotes que están pasando por alguna tribulación en su ministerio, para que San Juan de la Cruz sea su intercesor, y ellos puedan recibir de Dios la gracia y fortaleza que necesitan para continuar en su servicio humilde con amor y alegría a la Iglesia.

«Señor, Dios nuestro, que hiciste a tu presbítero San Juan de la Cruz modelo perfecto de negación de sí mismo y de amor a la cruz; ayúdanos a imitar su vida en la tierra para llegar a gozar de tu gloria en el cielo. Amén».

 

04 Nov 2016

HELLO! 1

Por: Orlando García Duarte, seminarista (Segundo de Teología)

El Señor, nuestro Dios, me ha permitido crecer en el seno de una familia católica. La integran mi padre, el señor Eduardo García y mi madre, la señora Norma Angélica Duarte, que aún gozan de vida y salud gracias a Dios; además, mi hermano mayor, Karim, casado y padre de familia, y mis dos hermanas menores Estefanía y Carolina.

A mis 16 años nunca le había platicado a mi familia sobre alguna inquietud vocacional-sacerdotal, ni siquiera me había pasado por la mente. Mi proceso de discernimiento lo llevé, la mayor parte, con mi párroco, el Pbro. Alejandro Leal, pero también asistí a los últimos retiros del Proceso Vocacional.

Cuando llegó el momento de decirles a mis papás que había tomado la decisión de entrar al seminario (a los 18 años), la primera vez que lo hice, estábamos cenando y viendo la tele, por lo que el tema se diluyó rápidamente.

Para la segunda vez, al enterar a mis padres que ya faltaba un mes para entrar al seminario, tocamos el tema en su dormitorio.

No olvido lo que me dijo mi papá: “¿Estás seguro de querer ser sacerdote? Porque si vas a entrar, le tienes que echar muchas ganas. Prefiero un buen cristiano a un mal sacerdote”. Yo le respondí: “Sí, pa, te prometo que le echaré ganas hasta llegar a ser Papa” (obviamente no sabía lo que decía). Esta expresión mantuvo a mis papás con el pendiente, ya que pensaban que mi vocación era una “llamarada de petate”.

Mi papá y mis hermanos lo asimilaron más rápido que mi mamá. Casi todos los domingos del primer semestre de mi etapa en el Seminario Menor, cuando me dejaban en el seminario, a ella se le salían las lágrimas al despedirse. Creo que algo que nos ha ayudado mucho para asimilar este proceso y para no olvidar que en Dios la familia estamos juntos, es despedirnos con una bendición. Tal práctica no la realizábamos antes, pero desde que ingresé al Seminario lo seguimos haciendo hasta la fecha.

Con el tiempo fui dándome cuenta cuán importante es la familia en la formación sacerdotal: cuando en mi familia había algún conflicto o problema de cualquier tipo, “se me bajaban las pilas” y, por lo contrario, cuando mi familia estaba feliz, yo también lo estaba y era una experiencia que me mantenía con energía toda la semana.

Dios me ha ayudado a entender que no existe una familia “perfecta” en la tierra, que siempre podrá existir una situación que nos mueva el interior, y que, sobretodo, Él está conmigo y con mi familia. No estamos solos en lo que vivimos. Cada situación y experiencia con mi familia, buena o no tan buena, me han ayudado a crecer de uno u otro modo.

El Señor no se equivocó al regalarme la familia que hoy tengo. Por medio de ella, principalmente, me ha dado las herramientas que necesito, la fe y el amor, para responder con alegría en este llamado que Él me ha hecho. No podría separarla de mi formación; siempre ha sido un gran regalo, una gran bendición.

04 Ago 2016

HELLO! 1

Por: Adrián Alejandro Garza Morales, seminarista.

¿Tienen mucho tiempo libre? ¿No se aburren? ¿Para qué se forman tantos años? ¿Se la pasan rezando?

Estas son algunas de las preguntas que cualquier seminarista ha tenido que enfrentar debido a que se generan distintos estereotipos en torno a la formación sacerdotal y que en muchas ocasiones se suele creer equivocadamente lo que hace un seminarista en formación. Son muchos los años de formación, de estudio y de disciplina que llevan la formación, porque ésta implica vivir diversas experiencias que lleguen a lo profundo del joven para que pueda formar un corazón siempre teniendo como ejemplo y modelo a Jesús buen Pastor.

¿Qué tanto hacen en el seminario?

A veces, el pensar que vivimos en el seminario la mayor parte del tiempo puede parecer que nos aburrimos pero la formación en el seminario es muy variada y rica en forma. De lunes a viernes tenemos nuestras actividades propias en el seminario, nuestra espiritualidad como la Misa, la reflexión o la Liturgia de las horas, el estudio, aseos, deporte, la convivencia con nuestros hermanos, alguna junta, entre otras cosas. La vida en el seminario nos enseña a tener tiempo para todo, a no solo encerrarnos en las cosas que nos gustan.

¿Cuántas misas tienen al día?

Este puede ser el estereotipo más fuerte que puede existir en torno a la formación sacerdotal, el pensar que sólo nos la pasamos en la capilla, y lamento desilusionarlos pero no es así. Tenemos nuestra Eucaristía o misa diaria, es el alimento indispensable en nuestra formación, es un encuentro privilegiado con Cristo, pero no podemos encerrarnos en esto solamente. El sacerdote o diácono al final de la Misa nos exhorta a salir del templo y a compartir con nuestros hermanos lo que hemos celebrado. La espiritualidad no es algo que se dé sólo en el templo, se da en la convivencia con los demás, en el deporte, en el estudio, en el apostolado, pero claro que esto no le quita la importancia a la oración personal o comunitaria, solo es cuestión de aprender a formar una espiritualidad que englobe toda nuestra vida y eso es algo que aprendemos en la formación en el seminario.

¿Es fácil vivir en comunidad?

Cuando me hacen esta pregunta normalmente contesto con otra, les digo: Imagínense entre 50 y 70 hombres viviendo juntos, estudiando juntos, comiendo juntos, haciendo tareas en equipo juntos o haciendo limpieza juntos, todos los días. ¿Cree que sea fácil? Al vivir con varias personas que piensan distinto, que tienen hábitos distintos puede llegar a ser algo complicado. Los roces son algo que se da en cualquier convivencia sana (si no se dieran, algo estaría mal). No es fácil vivir en comunidad pero si es una experiencia muy enriquecedora que te permite aprender a entender al otro antes de juzgarlo, que te ayuda a salir en busca del que está cansado o fatigado. Además las discusiones nos ayudan a madurar, a saber que el mundo no es solo lo que uno puede pensar. Vivir en comunidad es una experiencia que te ayuda a madurar porque te enseña a vivir junto a los demás.

¿Para qué tanto estudio?

Esta es una pregunta un tanto curiosa porque puedo decir que muchos seminaristas (incluyéndome) podemos llegar a ver el estudio como algo demasiado largo y tedioso y llegando a ver algunas materias un poco innecesarias. Pero el estudio en el seminario no se trata solo de acumular información, el principio es aprender a comunicar la buena nueva que Cristo nos trae consigo, se trata de desarrollar nuestra conciencia para ayudar a formar la conciencia de quienes se acerquen a nosotros. Como dice el adagio popular, un ciego no puede guiar a otro ciego. El estudio es una herramienta que nos permite comunicarnos con todo aquel que busque la verdad, de forma que lo podamos ayudar a encontrarse con Aquel que es la verdad.