24 Nov 2023

HELLO! 1

¡Queridos amigos del Seminario Arquidiocesano de Monterrey! Hoy nos adentramos en una búsqueda profunda, un anhelo compartido por muchos: ¿cómo acrecentar nuestra fe, testimoniarla y defenderla en nuestra vida cotidiana? La respuesta, queridos hermanos, reside en el ejemplo imperecedero de los mártires cristianos.

¿Te has preguntado alguna vez qué significa ser mártir en el contexto de la vida ordinaria? Muchos asocian el martirio con hazañas heroicas en situaciones extremas, pero ser mártir, en esencia, es mucho más que eso. Es una llamada a vivir con autenticidad, a amar como Jesús amó, incluso en los detalles más pequeños de nuestra existencia diaria.

El martirio en la cotidianidad

Imaginemos por un momento la vida de esos santos mártires que, lejos de la grandiosidad de escenarios épicos, encontraron su martirio en los detalles cotidianos. Su amor por Jesús los llevó a dar testimonio incluso en las acciones más simples, convirtiendo cada momento en una oportunidad para reflejar la luz divina.

Haciendo del amor una praxis diaria

Los mártires no solo amaban en grandes gestos, sino que su amor se manifestaba en las pequeñas cosas: en una sonrisa, en un gesto amable, en la paciencia ante las adversidades. En nuestra vida ordinaria, cada uno de nosotros puede aprender a amar de esta manera, convirtiendo cada acción en un testimonio de nuestra fe.

La defensa de la fe en el mundo cotidiano

Defender nuestra fe no siempre implica discusiones teológicas elaboradas o debates intelectuales. A veces, la defensa más efectiva ocurre en la forma en que vivimos. Al imitar a los mártires, nos convertimos en defensores intrépidos de nuestra fe, no con palabras grandilocuentes, sino con acciones concretas y amorosas.

El poder transformador del testimonio silencioso

Imaginen el impacto que podríamos tener si, al enfrentar los desafíos diarios, respondemos con amor y paciencia en lugar de con irritación y enojo. Nuestro testimonio silencioso puede hablar más fuerte que cualquier discurso. Ser mártir todos los días significa encarnar la fe de manera tan vívida que inspire a los demás a buscar la verdad que nos guía.

El valor de aceptar la gracia

Aceptar la gracia de ser testigos hasta el final implica vencer el miedo y confiar en la fuerza del Espíritu Santo. La gracia nos impulsa a no temer a las adversidades, a las críticas o a las dificultades. Nos capacita para perseverar en nuestra fe, aún cuando enfrentamos desafíos aparentemente insuperables.

El mundo necesita de ti

En respuesta a las preguntas iniciales, descubrimos que el mundo necesita de santos de todos los días, de mártires que testimonien la fe en la vida ordinaria. La invitación es clara: sé testigo, sé mártir en cada acción de tu día a día. La Iglesia avanza con la contribución de cada uno, con la coherencia y valentía de quienes, desde la cotidianidad, demuestran que Jesús está vivo.

En este llamado a ser santos en la vida ordinaria, recordemos que cada pequeño gesto de amor, cada acto de servicio contribuye a la construcción del Reino de Dios en la tierra. Que la llama ardiente de la fe en Jesús, que inspiró a los mártires, siga iluminando nuestro corazón y dirigiendo cada paso en nuestro diario caminar hacia la senda de la santidad.

Carlos Alberto Ramírez Sánchez

Tercer año de la Etapa Configuradora

22 Nov 2023

HELLO! 1

Cuando se hace referencia a los inicios del cristianismo, en no pocas ocasiones se menciona el fenómeno de las persecuciones como una nota característica que acompañó a diversas comunidades cristianas primitivas. Sin embargo, se sabe por las fuentes históricas que las persecuciones no fueron generalizadas en todas las regiones del Imperio, ni tampoco se llevaron a cabo continuamente a lo largo de los primeros siglos.

¿Cuáles son las fuentes con las que contamos?

Las persecuciones a los cristianos del período antiguo se conocen por la existencia de varias fuentes, por ejemplo: existen narraciones de historiadores no cristianos como Tácito o Plinio que revelan la hostilidad bajo la cual vivían los cristianos que habitaban en Roma; también existen informes judiciales (actas y pasiones de los mártires) que contienen datos valiosos de los procesos que condujeron a algunos cristianos al martirio. Por otra parte, también se cuenta con relatos de testigos oculares como en el caso de los mártires de Lyon (177 d.C.) que narran lo que sucedió en el momento del martirio; y sobre todo, a partir del año 313, después del edicto que permitió el ejercicio libre del cristianismo en el Imperio Romano, nacieron múltiples narraciones que buscaban enaltecer la figura de los mártires de los primeros siglos, entre ellas tenemos la obra de Eusebio de Cesarea; el cual, en su “Historia Eclesiástica”, comenta cronológicamente las principales persecuciones que padecieron algunas de las comunidades cristianas de los primeros siglos.

¿Por qué perseguían a los cristianos?

Podemos agrupar las causas, que fueron múltiples, en dos grandes grupos; primero, las causas que tenían que ver con la fidelidad de los cristianos que rechazaban de manera radical cualquier otro tipo de culto, por lo cual iban en contra de la cultura religiosa romana que más bien aceptaba múltiples prácticas religiosas y que obligaba rendir culto a los dioses del Estado. Y segundo, las causas que tenían que ver con la resistencia de los cristianos a cumplir con algunas obligaciones civiles como la de venerar al César, o la de realizar el servicio militar, por implicar éste el uso de la violencia y la aceptación de aniquilar vidas si así se lo ordenaran.

¿Cuáles fueron las principales persecuciones?

La persecución de Nerón (64 d.C.), fue consecuencia del incendio de Roma, en ella, Nerón culpó a los cristianos de la Iglesia de Roma y los hizo sufrir castigos hasta llevar a algunos al martirio. San Pedro y San Pablo fueron víctimas del martirio en esta persecución.

Después de algunas persecuciones circunscritas, siguieron dos de las más grandes: la persecución del emperador Decio (249-251 d.C.), en la que muchos cristianos se mantuvieron firmes a su fe rechazando la obligación de sacrificar a los dioses del Imperio.  Y la persecución del emperador Valeriano (257-260 d.C.) quien tomó medidas adversas contra el clero cristiano, prohibió el culto a Cristo y las reuniones religiosas en los cementerios. En el 258 d.C. martirizó a quienes se habían rehusado a sacrificar a los dioses del Imperio.

Después, Valeriano, quien se encontraba en guerra contra los persas, fue capturado y murió. Su sucesor, el emperador Galieno emitió un edicto de tolerancia hacia los cristianos (261 d.C.) que permitió vivir un período de cuarenta años de paz, en el cual la Iglesia creció y se fortaleció.

Finalmente llegó la última persecución de la antigüedad, una de las más grandes y generalizadas, la del emperador Diocleciano (303-311 d.C.). A partir de febrero del 303 d.C. se sucedieron una serie de edictos restrictivos para quienes se declararan cristianos, en ellos se ordenaba la destrucción de libros sagrados, deshabilitación de lugares de culto, obligatoriedad de sacrificar a los dioses y hasta la condena a muerte. Dicha persecución, aunque tuvo sus particularidades regionales tanto en intensidad como en duración, se extendió por todo el imperio y vio su fin hasta que Constantino firmó un acuerdo con Licinio en Milán (313 d.C.) en el que se les concedió libertad religiosa a los cristianos.

El año 313 d.C. significó para el cristianismo el comienzo de la era de la Iglesia constantiniana, la cual se caracterizó por una relación vinculante entre el Imperio y la Iglesia.

A partir de esta época y en adelante, el recuerdo de quienes sufrieron con valentía las persecuciones anteriores forma parte de la herencia espiritual que poseemos los fieles cristianos.

Pbro. Dr. Jesús Treviño Guajardo

Coordinador de la espiritualidad del Seminario de Monterrey

10 Nov 2023

HELLO! 1

Cuando nosotros hablamos de martirio no podemos pensar en algo excepto al cristianismo. A lo largo de la historia de la Iglesia siempre hemos vivido persecuciones; de hecho, la Iglesia en sus años nacientes es perseguida (Hch 8, 1b). La misión y persecución en muchas veces van de la mano y la Iglesia tiene un llamado misionero por parte del mismo Hijo de Dios.

Pero, habría que preguntarnos ¿Por qué existen personas que derraman su vida por el Hijo de Dios? ¿Por qué aguantar tanto sufrimiento y cuestiones complicadas por permanecer firmes en la fe?

Quizás para el mundo de hoy las preguntas hechas son contestadas con cierta ridiculización; pero, para un verdadero cristiano el defender la fe es algo esencial, aún y cuando en ocasiones termina de manera trágica.

De allí la importancia de saber que el fundamento del martirio es el Misterio Pascual de Cristo. Ya que en la pasión del Señor el mártir encuentra el ejemplo de parte del Maestro para poder soportar la prueba tan grande que se le esta presentando. El mismo Cristo acude a su Padre para que le ayude en la entrega que esta a punto de hacer (Mt 26, 39c). De modo espiritual, el cristiano jamás ha de dudar que el Padre, que es uno amoroso, se encuentra siempre cercano a nosotros y que, a pesar de la complicación que se vive, la cual trasciende nuestra capacidad; el mártir y todo cristiano esta llamado a velar en los momentos de Pasión que uno vive.

La Cruz del Señor es el momento de la perfección humana para el mártir, es el momento en el que el cristiano ha decidido tomar su cruz, cargarla y en ese momento; morir por el Señor, derramar la sangre antes que pecar, dar su vida en lugar de negar a Jesús, el Camino Verdad y Vida (Jn 14, 6b). La Cruz del Señor es el modelo a seguir y es la vida que el mártir ha decidido tomar; es, por lo tanto, la excelencia alcanzada en nuestro mundo al hacer vida los padecimientos de Jesús y entregar la vida como el mismo Hijo de Dios lo hizo.

Pero, falta un punto fundamental, el mártir es consciente que, después del derramamiento de su sangre, la misericordia mira a su corazón por su sacrificio (2 Mac 7, 29). Pero, este fundamento se sustenta en la Resurrección de Jesús, como bien dirá Pablo, si Jesús no resucitaba nuestra fe sería vana (1 Cor 15, 14); sin la Resurrección de Cristo no se daría el intercambio salvífico del que hablan los Padres Capadocios en el s. IV. Por eso, el mártir al entregar su vida viviendo los padecimientos de Cristo, tomando su cruz a tal grado de dar la vida como el Maestro, merece la corona, pues ya que todo aquel que sea perseguido por el Señor tendrá un gran premio en el Cielo (Mt 5, 11-12).

El Misterio Pascual del Hijo de Dios es el fundamento del martirio y de la defensa de nuestra fe. A lo mejor en nuestra época actual, en nuestra nación, los católicos no somos perseguidos a tal grado de derramar nuestra sangre y dar la vida por Jesús (algo que si sucedió hace casi 100 años). Sin embargo, si estamos llamados a defender nuestros principios doctrinales, llamado a defender la Verdad dada en al Revelación que encuentra su plenitud en Jesús el Hijo de Dios. Aún y cuando -humanamente- le demos gracias a Dios porque no se viva una persecución; debemos de ser conscientes que debemos de confesar nuestra fe.

El confesor es aquel que decide seguir a Jesús, es el que ha decidido defender los mandatos del Señor aún hasta derramar la sangre. La diferencia entre confesor y el mártir es la distinción en que uno ha derramado la sangre y el otro no. En este sentido, nuestra fe ha de ser siempre defendida conscientes que la recompensa está en el Cielo.

Uno ha de tener en cuenta que todo mártir y todo confesor llega a tal plenitud en la fe ya que tiene una relación personal con Cristo. Por eso, sería bueno preguntarnos: ¿Qué tan profunda es mi relación con el Hijo de Dios? ¿Realmente mi espiritualidad me ayuda a defender mi fe a pesar de las consecuencias? El llamado a formarse es para todos, un llamado principalmente enraizado en tener una íntima relación con Jesús, que nos ha llamado para estar con Él  (Mc 3, 14).

Que Jesús nos siga ayudando para poder defender nuestra fe, que Él nos ayude a seguir encontrando en su Pasión el fundamento para soportar las pruebas y persecuciones; que nos ayude a encontrar en su Cruz el árbol de la Vida, madero que me permite saber que he seguido las huellas del Maestro; y, sobre todo, que nos ayude a comprender que la corona de la Salvación se puede dar al defender nuestra fe, al ponerlo siempre a Él por encima de todo.

Jesús Humberto Vega Reyes

3ero. de Teología

06 Nov 2023

HELLO! 1

Lista oficial de ganadores del sorteo de madrugadores del BONO POR LAS VOCACIONES, celegbrado el 5 de noviembre de 2023.

Premio 1°: $25,000.00

Número de Boleto:  01376

Nombre del Ganador:  Jesús

Premio 2°: $10,000.00

Número de Boleto:  01736

Nombre del Ganador: José Luis

Premio 3°: $10,000.00

Número de  Boleto: 06951

Nombre del Ganador: Samantha

Premio 4°: $10,000.00

Número de  Boleto: 07271

Nombre del Ganador: José

Premio 5°: $10,000.00

Número de  Boleto: 00749

Nombre del Ganador: Rosa María

Premio 6°: $5,000.00

Número de  Boleto: 01238

Nombre del Ganador: Roberto

Premio 7°: $5,000.00

Número de  Boleto: 04584

Nombre del Ganador: María del Refugio

Premio 8°: $5,000.00

Número de  Boleto: 00821

Nombre del Ganador: Lilia Lizeth

Premio 9°: $5,000.00

Número de  Boleto: 06175

Nombre del Ganador: Juan Manuel

Premio 10°: $5,000.00

Número de  Boleto: 07931

Nombre del Ganador: Gabriela

27 Oct 2023

HELLO! 1

Es interesante conocer sobre este nuevo sínodo que ya ha iniciado dentro de la Iglesia que ha convocado el Papa Francisco, que si bien, no termina ahora, sería bueno ver qué nos está aportando, desde lo que ya se había anunciado antes del sínodo como tal; es decir, las consultas que se hicieron a nivel Iglesia para hacer lo que se propone, escuchar a todos, que en sí mismo, ya manda un mensaje muy fuerte y claro a lo que se quiere obtener; así aunado a lo que ya se ha tratado en esta primera sesión que comenzó a principios de octubre.

Si queremos conocer el “para qué” de este sínodo sería bueno preguntarnos a “quién” se invita, ya que lo que se quiere alcanzar es a partir de sus “destinatarios”. El Papa Francisco invita a todos los bautizados a participar de este proceso, ya que somos los bautizados la voz del pueblo de Dios, es decir; con esto se puede traer una visión diferente, porque si veíamos un sínodo como algo lejano que sólo le correspondía a unos cuantos, ahora en lugar de eso, nos compromete a actuar y ser parte de…

Teniendo en cuenta quienes son los involucrados dentro de este proceso, es que podemos ir resolviendo la pregunta ¿para qué?, para poder hacer verdaderamente una reflexión sinodal no sólo por ahora, sino que se haga como un camino que se siga recorriendo a lo largo del tiempo. Esto es lo primordial, que no sólo sea mientras duren las sesiones, sino que se tome como algo propio, es decir, de la misma naturaleza de la Iglesia para que pueda perseverar un “caminar juntos” de aquí en adelante. Es un sueño a soñar, aunque parezca redundancia, aspira a conseguir la Iglesia que se está llamada a ser, es decir una Iglesia en comunión y en misión, como lo expresa el Manual oficial para la escucha y el discernimiento en las iglesias locales.

Ahora bien, para poder alcanzar este sueño de la Iglesia, es necesario tener en cuenta algunas actitudes que se proponen para lograr una buena participación del proceso sinodal, a saber, dedicar tiempo para compartir, que es sinónimo de ser sinodal; tener una apertura a la conversión y al cambio, no dar lugar a prejuicios. Y qué decir de la esperanza que tiene un lugar importantísimo, no basta sólo con tenerla, sino que hay que hacer nacer esta virtud, y tener una gran humildad al momento de escuchar en consonancia a la valentía en el hablar, una actitud de discernimiento, ir más allá dejando atrás las ideologías, estando abiertos al diálogo, todo esto ya que debemos de considerarnos signos de una Iglesia que escucha y que también está en camino, y sobre todo, no olvidar que el Espíritu Santo es el protagonista de este proceso[1].

Aún y cuando el Sínodo de la Sinodalidad concluye el próximo año, el reto es grande para la Iglesia, sin embargo no es imposible, y a pesar de ser un proceso eclesial, el cambio tiene que comenzar desde la propia vivencia de cada uno de los que conformamos la Iglesia, y este giro debe entenderse no como algo meramente superficial; sino todo lo contrario, tiene que evocar en la persona una verdadera conversión de sí hacia la comunión y la misión de llevar a todos el mensaje de Cristo, donde verdaderamente, impulsados por el Espíritu Santo, se pueda decir y testimoniar que caminamos juntos como Iglesia, para llegar a tener entre nosotros los mismos sentimientos de Cristo (Flp 2,5) y alcanzar la salvación.

Jesús Osvaldo Valdés Ayala

3ero de Teología


[1] Cf. https://www.synod.va/es/que-es-el-sinodo-21-24/para-quien-es-el-sinodo.html.

23 Oct 2023

HELLO! 1

Es importante recordar en primera instancia el aspecto general de los sínodos, para enseguida tomar partida en el que está reflexionando nuestra Iglesia Católica. Los sínodos fueron creados por el Papá Pablo VI en el marco del Concilio Vaticano II con el motu proprio Apostólica Sollicitudo de 1965 para pedir la participación de los obispos de todo el mundo en asuntos de interés para la Iglesia universal y con la intención de mantener vivo el espíritu de colegialidad que nació tras el concilio. Estos sínodos son presididos por el Papa personalmente o por otros medios, en donde se toman decisiones sobre un determinado tema que haya seleccionado el mismo Papa de aquellos que fueron propuestos por la colegialidad de los obispos. En el caso concreto de este Sínodo que se está llevando actualmente el tema elegido es: “Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión”. Que corresponde a las características propias de universal, actual, de urgencia, con relevancia pastoral y sólida base doctrinal que lleve a la ejecutividad.

El Intrumentum Laboris o documento de trabajo de este sínodo, que no es un borrador de las conclusiones finales, sino un texto provisional para focalizar la discusión durante la asamblea, nos comparte en su número cuatro que hay ciertas particularidades que vive la Iglesia en diferentes regiones, tales como: las guerras, que exigen una construcción de una paz justa; el cambio climático, que tiene prioridad en el cuidado de la casa común; los sistemas económicos que producen desigualdad y explotación; la experiencia de sufrir persecución hasta el martirio; el creciente pluralismo cultural que lleva a un secularización mas intensa. Situaciones que no dejan de tener sed de la Buena Nueva del Evangelio, y que hace evidente la urgencia misionera. Siendo conscientes que lo que se encuentra en juego en nuestra época es la capacidad de anunciar el Evangelio caminando junto a los hombres y mujeres en el lugar en donde se encuentren.   

El Papa Francisco en su discurso de inicio del proceso sinodal, publicado en octubre del año pasado, nos recordó que un sínodo es un sondeo de las opiniones, un momento eclesial, en donde el protagonista es el Espíritu Santo, que ha llevado a reflexionar en aquello mencionado por el Evangelista san Juan, “que todos seamos uno” (Cfr. Jn 17, 21). Estamos llamados a la unidad, a la comunión, a la fraternidad que nace del sentirse abrazados por el amor de Dios; lo que no hace caminar juntos en un único Pueblo de Dios, haciendo experiencia de una Iglesia que recibe y vive la unidad, abriéndose a la voz del Espíritu Santo.

El Papa Francisco ha querido que en este sínodo se reflexione de modo especial en la comunión, la participación y la misión, siendo conscientes que el primer y tercer término nos recuerdan las expresiones teológicas que designan el misterio de la Iglesia. La comunión expresa la naturaleza de la Iglesia, que ya había precisado el Concilio Vaticano II, pero también nos recuerda que ha recibido la misión de anunciar el reino de Dios. De igual manera, ambos términos unidos buscan que se contemple y se busque imitar la vida de la Santísima Trinidad.

Con respecto a la participación, el Papa recuerda que en la Iglesia se debe expresar la sinodalidad de una manera concreta en el caminar y en el obrar, en donde se implique realmente a todos, pues la comunión y misión corren peligro de quedarse como términos abstractos sino es de tal forma. La participación es una exigencia de la fe recibida en el bautismo que hace a todos partícipes de la vida y misión de la Iglesia. Que, aunque se ha avanzado en este aspecto aun cuesta trabajo y obliga a voltear a ver a quienes aún continúan quedando al margen.

Este sínodo es una gran oportunidad para una conversión pastoral en clave misionera y ecuménica, pues se busca una Iglesia sinodal, es decir, un lugar abierto, donde todos se sientan en casa y puedan participar, además de ir acercándose al ideal de una Iglesia de la escucha hacia los hermanos y hermanas acerca de las esperanzas que poseen, las crisis de fe, las urgencias de renovación pastoral; pero también de escuchar el Espíritu en la adoración y la oración. Es la oportunidad de ser una Iglesia cercana con actitudes de compasión y ternura, que es propio de la Iglesia del Señor, aquella que se hace cargo de las fragilidades y las pobrezas del tiempo, curando heridas y sanando corazones.

Hermanos “que este Sínodo sea un tiempo habitado por el Espíritu”, Papa Francisco.

Marco Antonio Torres Zavala | 3ero de Teología

13 Oct 2023

HELLO! 1

Pablo VI inició un modelo de atención a la Iglesia conocido como el Sínodo de los Obispos. En el presente, el Papa Francisco tuvo la iniciativa de convocar un Sínodo de la Sinodalidad que, de hecho, se está desarrollando en este tiempo. Se pueden decir muchas cosas del Sínodo, como su origen, su sentido, las esperanzas que albergan las preguntas que ha suscitado y las respuestas que se pretenden dar. En esta sección solamente abordaremos la estructura en la que este Sínodo se está realizando y, aunque sea un tema más técnico que reflexivo, comprender el modo cómo se está desarrollando el Sínodo permite a su vez descubrir su valor para nuestra Iglesia.

En primer lugar, el Sínodo de la Sinodalidad se inauguró en el Vaticano el 9 de octubre de 2021, con un fin de semana de trabajo. El itinerario básico consiste en una serie de fases de consulta y diálogo, a saber, la fase diocesana (octubre 2021-agosto 2022), la fase continental (octubre 2022- marzo 2023) y la fase universal, en la que estamos actualmente del 4 al 29 de octubre del presente año, así como una segunda etapa en octubre del 2024.

La primera fase, la diocesana, consiste en el trabajo de las iglesias locales con un documento preparatorio desarrollado por Roma para atender y escuchar a todos los fieles. Para lograr el objetivo de escuchar a todos, cada obispo designó a un responsable para desarrollar la consulta sinodal y posteriormente, al concluir, mandar los resultados en el tiempo indicado a la Conferencia Episcopal correspondiente (la nuestra es la Conferencia Episcopal Mexicana). Ellos, a su vez, hacen una síntesis de las aportaciones diocesanas que mandan posteriormente a Roma.

Las contribuciones de las Conferencias confluyeron en un nuevo documento, pero esta vez para la preparación de la etapa continental. Con esto se inicia la segunda fase del Sínodo. El objetivo era muy simple: dialogar sobre las aportaciones de la fase anterior. Lo hicieron agrupándose en las siete Reuniones Internacionales, cada una con un responsable; al mismo tiempo se desarrollaron asambleas internaciones de especialistas que sacaron conclusiones propias. La síntesis de este trabajo llega a Roma, en donde la Secretaría General Permanente del Sínodo elaboraría el Instrumentum Laboris, con el que se trabajaría la última de las fases del Sínodo.

Por último, la fase universal del Sínodo se tiene lugar en la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos que se realiza en dos partes a saber, en octubre de 2023 y el próximo año en octubre 2024. Nos situamos en el clímax de esta propuesta sinodal para la Iglesia y es conveniente tener presente los signos de los tiempos que nos mueven a vivir la comunión entre todos. Recemos para que el resultado de este ejercicio sinodal produzca los frutos del Espíritu que nuestra Iglesia necesita.

Sergio Mendoza González | Coadjutor | Seminario Menor

06 Oct 2023

HELLO! 1

Debe entenderse el sínodo como una asamblea convocada y presidida por el Santo Padre que tiene como finalidad la consulta, revisión y el profundo análisis de algunos asuntos que conciernen a nuestra Iglesia en un tiempo determinado. No es un acontecimiento improvisado ni pensado solo para la elaboración de un documento que pueda publicarse tiempo después y ya, sino de

Sinodalidad significa «caminar juntos». Cuando somos pequeños necesitamos el apoyo de nuestros padres para aprender a caminar; su mano junto a la nuestra nos hacía sentir seguros y confiados en que los pasos que dábamos eran firmes y que por ningún motivo nos harían caer. No podemos decir que a la Iglesia apenas se le ha ocurrido aprender a caminar ni mucho menos, pero cuando se trata de cumplir poco a poco la invitación de Jesús de predicar -y vivir- el Evangelio se requiere salir de la propia zona de confort, del esfuerzo, el amor, la constante dedicación de todos sus miembros, de un arduo trabajo en equipo, pero sobre todo de la confianza en que Aquel que nos ha enviado nos acompaña y nos indica el camino a seguir.

¿Cuál fue, pues, la intención del Santo Padre de convocar este sínodo dos años atrás? Su deseo es que volteemos a ver a quien se encuentra a nuestro lado, escuchemos con amor lo que quiere y necesita decir, tejer con él una relación fraterna y fortalecerla, y caminar a su lado hacia el camino de la santidad.

El Instrumentum laboris, documento de estudio elaborado luego de la convocación hecha por el Papa que traza por primera vez el camino que se ha de recorrer durante el proceso sinodal, nos remite a las palabras del apóstol san Pablo dichas a la comunidad de Roma: «Que el Dios de la constancia y del consuelo les conceda tener, conforme a Cristo Jesús, los mismos sentimientos unos con otros, para que unánimes, a una voz, glorifiquen a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo» (Rm 15, 1-6). Estas palabras suceden a su invitación de acompañar en el camino de la fe a quien lo necesite, así como de buscar su bien y su edificación (Cfr. Rm 15, 1-2). Tener los mismos sentimientos que Cristo, implica hacer a un lado el satisfacer nuestros propios intereses y hacer todo lo que está en nuestras manos para que el otro crezca y se fortalezca, implica atender, vendar sus heridas y acompañarlo en su crecimiento humano y en su vida de fe.

El «Sínodo de la Sinodalidad» es, entonces, una serie de momentos oportunos para fortalecer la unión de los miembros de la Iglesia, propiciar su participación aceptando su capacidad de aconsejar, analizar y vivir la fe recibida por Cristo, y de comprometerse a ser testimonio en todas las realidades que conciernen su existencia.

El Espíritu Santo es quien guía la Iglesia y es con su auxilio que podemos dar pasos seguros con mucha paciencia en el camino de la configuración con Jesucristo Nuestro Señor.

Luis Carlos Solís Garza / 2do. de Teología

22 Sep 2023

HELLO! 1

«Bendito sea el Señor ahora y para siempre. Bendito sea el Señor, alábenlo sus siervos.» (Sal 112).

Estimados hermanos sacerdotes, diáconos, religiosos, matrimonios y laicos, apreciada familia del Seminario de Monterrey.

Hay muchos sentimientos que estoy experimentando, pero el que más puedo resaltar en este momento es el de la alegría que inunda todo mi corazón. Durante la ordenación, el Señor Jesús me demostró aún más su amor a través de la imposición de manos y la plegaria de ordenación de nuestro arzobispo. Con este gesto antiquísimo y estas palabras sublimes, después de nueve años, dejaba de ser seminarista e ingresaba a la Iglesia diocesana como diácono, para ser colaborador del Obispo y los presbíteros (cf. San Hipólito Romano, Traditio apostolica 8; CIC 519; AG 16; SC 35).

Y esta es la tarea y la misión de los diáconos en la Iglesia; el servicio, a pesar de ello, no es un servicio cualquiera. Es un servicio que tiene como ejemplo a Jesús, quien se ha hecho servidor de todos, entregando su vida para salvarnos de la muerte. Cristo es el modelo que debemos contemplar para entender este ministerio diaconal, porque él no ha venido “a ser servido, sino a servir” (cf. Mc 10,45; Lc 22,27; San Policarpo de Esmirna, Epístola a los Filipenses 5, 25,2).

A lo largo de la ordenación, Jesús, —como lo hizo en la última cena—, me lavó los pies y me llama a imitarlo en la entrega generosa y en el amor recíproco hacia mis hermanos. Ciertamente, los diáconos son «Icona vivens Christi servi in Ecclesia», es decir, el “ícono viviente de Cristo siervo en la Iglesia“. Por lo tanto, estoy llamado a servir en las tres mesas: la mesa de la Palabra, la mesa del Pan y, la más importante, la mesa de los Pobres (cf. LG 29; CIC 1009).

En esta línea, —como decía nuestro arzobispo en la homilía de la ordenación—, mi responsabilidad principal es “sacramentalizar la caridad, hacer presente a Cristo”, porque “los pobres necesitan ser bendecidos y tratados con cariño y respeto”. Me encomiendo a su oración para seguir cultivando el corazón y atender con diligencia, compasión y dignidad a todos, especialmente mis hermanos seminaristas, a quienes la Iglesia me llama a servir.

Que Jesucristo diácono, María la esclava del Señor y san José, el humilde carpintero, me asistan en este ministerio.

Diácono José Isabel Hernández Salazar 

Coadjutor | Curso Propedéutico

08 Sep 2023

HELLO! 1

Y el Verbo se hizo carne… (Jn 1, 14)

Hablar de comunicación es hablar de Jesús, el Verbo encarnado, quien, haciéndose hombre, compartió la vida con nosotros para comunicarnos el verdadero rostro de Dios, su Padre:

“El Logos, que está junto a Dios, el Logos que es Dios, el Creador del mundo (cf. Jn 1, 1), por quien fueron creadas todas las cosas (cf. 1, 3), que ha acompañado y acompaña a los hombres en la historia con su luz (cf. 1, 4-5; 1, 9), se hace uno entre los demás, establece su morada en medio de nosotros, se hace uno de nosotros (cf. 1, 14). El Concilio Ecuménico Vaticano II afirma: «El Hijo de Dios… trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros excepto en el pecado».  (Const. Gaudium et spes, 22).” (Benedicto XVI, 2013).

Hablar de Jesús, es hablar de la Buena Noticia que nos trae de parte de su Padre: “Dios quiere que todo el mundo se salve, y llegue al conocimiento de la verdad” (1, Tm 2, 4); esta buena noticia que comienza desde la promesa, se confirma en la encarnación y se va expresando en la vivencia de la fe de la Iglesia; toma como presupuesto el anuncio claro y gozoso de la persona de Jesús. Él mismo, anunció la salvación con palabras, gestos y acciones, comunicándonos la verdad desde su propia existencia. 

Jesús confirma con sus acciones las palabras que proclama, el verdadero sentido de la comunicación es la construcción de la comunión, y la realización de la comunión comienza por la liberación y salud de sus miembros que lo conforman. Por la vivencia del buen decir, de las palabras correctas y las acciones claras que confirman la obra salvífica de Jesús; pues Él perdona los pecados, pero también levanta de la camilla al enfermo. La salud construye la comunidad, y donde hay fragilidad, las palabras y acciones correctas son necesarias. La Buena Noticia entonces necesita de la comunicación para la comunión. 

“Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio” (Mc 16, 15)

En la vida sacerdotal el anuncio gozoso de la persona de Jesús no es una opción, es una realidad, un deber y una necesidad. El Verbo se hizo carne, sigue siendo “Emmanuel”; es decir, Dios con nosotros en sus apóstoles. El envío de sus discípulos incluye la proclamación, el anuncio gozoso, pues el Verbo está presente en su Iglesia por la efusión del Espíritu Santo que se comunica a todos sus fieles que desean seguirlo en Espíritu y en Verdad (Jn 4, 24).

Así entonces, “La Iglesia no crece por proselitismo sino «por atracción»” (Francisco, Evangelii Gaudium, 2013), no se pretende “abarcar” sino crear comunión y dicha experiencia de la Iglesia sólo puede entenderse como la vivencia de los que han conocido a Jesús y no pueden callar (Cf. Hch 4, 13, 21). 

La Buena Noticia se abre paso a través de los tiempos, y por ende necesita encajarse en el contexto del aquí y del ahora, para que tanto el emisor como el receptor comprendan lo que se quiere transmitir. Para ello creo que es necesario una doble dimensión, el carisma y la estructura. El Papa Francisco dirá en su mensaje para la 57° Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales: 

“Sueño una comunicación eclesial que sepa dejarse guiar por el Espíritu Santo, amable y, al mismo tiempo, profética; que sepa encontrar nuevas formas y modalidades para el maravilloso anuncio que está llamada a dar en el tercer milenio. Una comunicación que ponga en el centro la relación con Dios y con el prójimo, especialmente con el más necesitado, y que sepa encender el fuego de la fe en vez de preservar las cenizas de una identidad autorreferencial. Una comunicación cuyas bases sean la humildad en el escuchar y la parresia en el hablar; que no separe nunca la verdad de la caridad.” (Francisco, 2023).

Dentro de la formación inicial que brinda el Seminario a los futuros sacerdotes, este carisma y estructura se van moldeando. Por un lado, la vida comunitaria va formando la posibilidad de la comunión en la comunidad, allí donde el adolescente y el joven entra en diálogo con el otro, saliendo de sí mismo para trascender su propia verdad y entrar en la verdad del que está frente a él; de esta experiencia comunitaria se desprende la amabilidad, la relación sana con el otro que los lleva a Jesús, y la siempre necesaria humildad en el escuchar.

Así mismo, la formación sacerdotal dispone al seminarista a profesionalizarse en la comunicación eclesial profética, capaz de anunciar esta llamada en el tercer milenio. El apostolado y la misión lo disponen a estructurar el carisma para tener parresia (decir todo con valentía) en el hablar. Y así, junto a Jesús y junto a la Iglesia consolidar una opción por el anuncio gozoso de la buena noticia. 

Concluyo con una reflexión personal: seminaristas y sacerdotes, sonriamos. No hay nada más creíble y certero de la Buena Noticia de Jesús, nada más carismático y estructurado en la vida de la Iglesia que sonreír. Porque Evangelio es alegría, es salud, es comunicación, comunión. Pero todo comienza allí, en el gesto que me hace ser empático con el otro, haciendo que podamos hablar con el corazón confirmando con nuestra comunicación efectiva que Cristo vive y nos quiere vivos, sanos, felices y en comunión, siempre. 

Pbro. Darío Fco. Torres Rodríguez

Coordinador del Departamento de Comunicación

del Seminario Arquidiocesano de Monterrey