11 Oct 2016

HELLO! 1

Por: Hugo Enrique Garza Navarro, seminarista. (Tercero de Teología)

Comienzo mi día con un horario estructurado y fluido: con la bendición de tener una capilla a tan solo unos pasos de mi dormitorio… Una de las primeras experiencias que tengo al amanecer es la espiritualidad centrada en la comunión y la Eucaristía; es decir rezamos en comunidad la liturgia de las horas y concluimos ese momento con la santa Misa. ¡Qué mejor manera de comenzar el día!, ¡Que afortunados somos! Qué bendición tener la oportunidad de darle la prioridad a tan fructífera actividad.

Egoístamente me cuestiono: ¿Por qué los demás, es decir todo mundo, no comienza así su día? Y caigo en cuenta del egoísmo de mi pregunta al ser mi formación la clave: soy seminarista, estudio para ser sacerdote, para llevar el alimento Eucarístico a los demás, para poder hacer realidad la promesa de Jesús de estar presente en el Santísimo Sacramento del altar, que ilógico sería no tener esta oportunidad de alimentarme todos los días tan temprano, pero yo aparte de esto no trabajo, vivo de lleno para esto…

La realidad es más que obvia. Aunque mi fervor sea mucho, debo ser objetivo: Fuera del seminario, el mundo gira de una manera acelerada: La vida en la ciudad comienza temprano, muy temprano. Las prioridades de la mayoría de mujeres y hombres son el trabajo, la escuela; y la necesidad de trasladarse a cada uno de dichas instalaciones. Los trayectos son largos y las jornadas parecieran irse como agua.

Siendo realista, mi referencia al comparar es un tanto egoísta. Yo vivo para formarme con Jesús. El resto del mundo no puede llevar el mismo horario que yo.

Es cuando comienza mi reflexión: ¿Cómo puedo impregnar de ese fervor a todo el mundo? ¡Muy sencillo! El testimonio de laicos que día a día, a pesar de tener largas jornadas de trabajo o de estudio, se alimentan de la Palabra de Dios. Profesionistas, estudiantes, amas de casa, que desde su vocación mueven al mundo. Son ellos que están insertados en el ritmo de la sociedad y sin embargo se acercan a la Iglesia. Se alimentan de la Palabra de Dios, y muchos de ellos sirven en diferentes actividades parroquiales.

Hablar de esto me emociona. Cuando llego a la comunidad donde me toca servir el fin de semana, lo primero que encuentro son personas tratando de acercar a los demás a Dios. Veo en catequistas, integrantes de grupos, encargados de liturgia; personas convencidas al igual que yo de que Jesús está presente con nosotros en la Sagrada Eucaristía. Que se fortalecen en una vida sacramental ¡Y que compartimos la misma experiencia de amor al estar frente al altar!

Su testimonio me da optimismo: Sí se puede tener una vivencia espiritual en el mundo actual. Mi aspiración impregnada de egoísmo tal vez es muy idealista, pero no hay pretexto para no asistir a misa. Uno de los mandamientos de la Iglesia es asistir los domingos a misa y yo lo refuerzo con una invitación. Acércate a esta fiesta donde Jesús toca tu corazón, donde el Señor quita el velo de tus ojos para que te des cuenta que Él está frente a ti tendiéndote la mano, esperando que contemples que en cada celebración quiere que experimentes la pertenencia a una Iglesia que camina unida en la oración. Dice el salmo: Haz la prueba, verás que bueno es el Señor… Acércate a Dios, acércate a la Iglesia, reconcíliate con Jesús y consume su cuerpo que ha sido entregado por nosotros y verás que tu vida tomará sentido. ¡Vive la fiesta que celebramos como cristianos, Él está con nosotros!

06 Oct 2016

HELLO! 1

Por: André Alejandro Múzquiz Salazar, seminarista.

La Virgen María es Madre y modelo de toda vocación, pero de manera muy especial lo es para nosotros que sentimos un llamado al sacerdocio.

En su rol de Madre, María formó y cuidó de Jesús,  Sumo y Eterno Sacerdote. De manera similar, María nos forma y cuida a nosotros, que nos sentimos llamados por Jesús a participar de su Sacerdocio.

María nos enseña a descubrir el llamado de Dios y a responderle con generosidad, ella es nuestra maestra en la oración, (sobre todo al acompañarnos a meditar la vida de su Hijo en el Santo Rosario) y siempre nos motiva a tener un celo apostólico de llevar a Cristo a los demás como ella lo hizo.

En las dificultades y en las tentaciones, María siempre está ahí para auxiliarnos, y cuando caemos es ella quien nos levanta y nos anima a seguir. Nuestra Madre no deja de interceder por nosotros.

Nuestra vocación exige de nosotros ser otros Cristos, y María es, como lo dice San Agustín, “el molde de Dios” en el cual nos podemos formar  a imagen de Cristo. Por esta razón, como seminaristas estamos consagrados a  María; de hecho, la banda azul que portamos representa que le pertenecemos a ella y que queremos dejarnos formar por ella: sabemos que su ayuda y amor maternal nos es indispensable.

Te pido que me acompañes haciendo esta oración:

“Espíritu Santo te pido que me des una gran devoción a María, ayúdame a siempre confiar en su amor maternal, para que por ella puedas formar en mí a Jesucristo. Te pido por todos los seminaristas y sacerdotes, dales a todos ellos amor a la Iglesia, a la Eucaristía y fidelidad. Hazlos santos como Tú eres santo, Señor. Amén.”

Dios te salve María Reina y Madre de mi vocación.

04 Oct 2016

HELLO! 1

Por: Antonio de Jesús Peña Díaz, seminarista.

Muchos de nosotros hemos experimentado en nuestra vida algunos sentimientos como la angustia, el desánimo, el temor, la tristeza, la impaciencia, la desesperación entre otros. En el discernimiento vocacional, dentro del seminario, cuando se presenta uno o varios de estos sentimientos, comúnmente, le llamamos “estado de crisis”. Algunos hemos sobrevivido, otros no. ¿Qué ocasiona la crisis en un seminarista? Sin duda, la única respuesta que se me viene a la mente es, alejarse de Jesús.

Cuando nos alejamos de Aquél que nos llamó es evidente nuestra tristeza. Lejos de Jesús ninguno tiene fuerzas para seguirle, responder y continuar entregándose por el Evangelio para el Pueblo de Dios. Alejado de Él muchos no perseveran en su respuesta al llamado. ¿Queda algo por hacer en estas circunstancias? La oración.

La oración es fundamental en una situación como esta. Tantas cosas nos distraen de la voz de Dios, aun aquí dentro del Seminario. San Antonio de Padua maldecía al demonio cuando se sentía tentado dentro del monasterio de Coímbra en el que inició su formación sacerdotal. Aquí no es distinto. Pero hay esperanza: la oración.

Jesús pudo iniciar su ministerio después de vencer las tentaciones, gracias a la profunda relación que tenía con su Padre. Jesús pudo concluir su obra redentora también por la oración. Aquel que es nuestro modelo sacerdotal nos enseña a responder y a cumplir la voluntad del Padre. Él nos enseña a decir “Hágase tu voluntad en el cielo como en la tierra” (Mt 6, 10). Pero ¿quién enseñó a orar a Jesús así?

La primera referencia que me viene a la mente es la pequeña familia de Nazaret. Jesús fue formado en la silenciosa responsabilidad de José y la definitiva respuesta de María. Jesús aprendió a decir “hágase” de los labios de María. Por eso el testimonio de Jesús es el método más seguro y eficaz para responder y defender nuestra vocación y nuestro futuro ministerio sacerdotal.

El último número de la Exhortación Apostólica Postsinodal Pastores Dabo Vobis de san Juan Pablo II, sobre la formación sacerdotal, deja claro lo anterior diciendo: “María es madre y educadora de nuestro sacerdocio. Ella es quien mejor ha respondido a la voluntad de Dios desde su pura y fecundísima humanidad. Ella es la pedagoga de la donación en la aspiración a la cruz de Jesús. Ella es la cátedra en el estudio de la Palabra Divina. Ella es la causa de nuestra alegría pues su “Hágase” nos trajo a Jesús: Amor misericordioso del Padre”. (PDV 82).

Por eso cada seminarista que medita junto con María la vida de Jesús el Buen Pastor que deseamos ser, está encarnando ya al Sacerdote que Dios quiere dar a su Pueblo según su corazón (Jr 3, 15). Inclusive María nos enseña a orar por el Pueblo de Dios que en un futuro, con la gracia de Dios, nos será confiado. Es María quien nos deja claro que el sacerdocio es don y misterio. Quienes aspiramos al sacerdocio estamos llamados a crecer en una sólida y tierna devoción a la Virgen María. María es experta en moldear corazones sacerdotales a imagen de Jesús. Entre muchas devociones marianas la Corona de Rosas es la mejor. El Santo Rosario es el arma más eficaz para el cuidado de nuestra vocación y por ende el método eficaz para recibir de Dios la santidad.

El hábito constante del rezo del Santo Rosario en la formación sacerdotal nos ayuda a contemplar la Palabra de Dios y nos fortalece ante las tentaciones. Es el cimiento de una provechosa vida sacramental y por ende método seguro de discernimiento vocacional.

Hemos sido llamados y hemos respondido para ser sacerdotes a imagen de Cristo, Buen Pastor. Jesús nos entrega en la Cruz a María como herencia de amor. Cuando la acogemos y forma parte de nuestra formación sacerdotal ella diligentemente nos acompaña y anima en nuestra perseverancia y fidelidad. Ella nos enseña desde ahora cómo agradecer al Señor por un futuro ministerio sacerdotal: “Alaba mi alma la grandeza del Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador, porque ha puesto los ojos en la pequeñez de su siervo. Desde ahora, todas las generaciones me llamarán bienaventurado por que ha hecho en mi favor cosas grandes el Poderoso”.(Cfr. Lc 1, 46-48).

30 Sep 2016

HELLO! 1

Por: Jesús Pablo Saldívar Castillón, seminarista (T2)

Su Santidad Benedicto XVI en su exhortación apostólica Verbum Domini, sobre la Palabra de Dios en la vida y misión de la Iglesia, nos invitaba a escuchar, estudiar y meditar con atención la Sagrada Escritura, pues Cristo se encuentra “realmente presente en ella” (Cfr. VD.56). Así pues, la Palabra de Dios, como “alma de la teología” es indispensable para la vida de los seminaristas, pero no solo por la obligación académica de su estudio, o porque la vivencia de la Eucaristía diaria nos pone en contacto cotidiano con ella, sino porque  “quienes han vivido realmente la Palabra de Dios son los santos” (cfr. VD .48), y nosotros, como cualquier cristiano, estamos llamados a la santidad.

Es por ello que en torno a la memoria de San Jerónimo, los seminaristas organizamos una “Semana Bíblica”, donde lo que se pretende es provocar de manera más profunda y sensible el contacto con la Sagrada Escritura, pues ésta no es sólo una herramienta de trabajo, o algo que se lleva bajo el brazo o en la mochila a todos lados, la Palabra de Dios es nuestra norma de vida, es la regula fidei que ilumina nuestro caminar; y si queremos ser como Jesús, el Buen Pastor, es necesario conocerla, porque bien dice san Jerónimo “desconocer las Escrituras es desconocer a Cristo”.

¿Y por qué hacer una Semana Bíblica en torno a San Jerónimo? ¡Muy sencillo! San Jerónimo (347-420) fue un estudioso de las Escrituras. Sorprendió por su inteligencia y habilidad para el latín y otros idiomas a los obispos y Papa de su tiempo: san Dámaso (de quien fue secretario y consejero), mismo que le encomendó la difícil y ardua tarea de traducir la Biblia (que estaba escrita en griego, hebreo y algunas partes en arameo), al latín; y no solo la tradujo, sino que también escribió muchos comentarios y reflexiones, que incluso hoy en día nos ayudan e iluminan para entender mejor las Sagradas Escrituras.

San Jerónimo ocupó la mayor parte de su vida en el estudio, pero también en la lectura y meditación con detenimiento de la Palabra de Dios, y era ella misma la que le interpelaba, lo cuestionaba, y lo empujaba a vivir de tal manera que su vida se convirtió en la misma Palabra. San Jerónimo supo leer la Escritura con esmero y conciencia, por lo que sus escritos y comentarios, así como sus cartas, están empapadas de una sabiduría que solamente puede inspirar el Espíritu Santo, por eso es reconocido como “Santo Padre y Doctor de la Iglesia”. Defendió la fe, promovió la santidad de vida y sobre todo amó a Cristo en su Palabra.

Si bien, como cristianos de misa dominical (o diaria), tenemos un cierto contacto con la Palabra de Dios, y a pesar de que la liturgia es el lugar privilegiado para la escucha de la Palabra, san Jerónimo nos sigue invitando hasta el día de hoy a ir más allá de ello. No es la Biblia un libro que simplemente hay que leer, ¡en lo absoluto!, la Escritura es un libro que merece ser leído, y releído con detenimiento, para dejarle entrar al corazón; es más bien experimentar lo que en ella dice, dejarle calar en lo profundo de uno mismo, y permitirle resonar en el interior, de tal manera que, sabiendo y reconociendo que es Cristo mismo, quien tan cercano como un amigo, habla a la conciencia y al corazón, podamos cada día acercarnos más a Él, “pues, viva es la palabra de Dios y eficaz”(Heb 4,12). San Jerónimo sigue invitando hoy a los cristianos sencillos (al vulgo) a permanecer en contacto con la Palabra Divina.

Así pues, los seminaristas habremos entonces también de buscar “actualizar la Palabra en nuestra vida y hacerla presente entre nosotros” (Benedicto XVI), de tal manera que nuestro actuar y proceder, es decir, nuestro testimonio, sea para quien nos vea, un primer contacto con la Palabra de Dios.

27 Sep 2016

HELLO! 1

– Un acercamiento a la Palabra de Dios por medio de la Lectio Divina –

Por: Eduardo Alberto Mata Ortiz, seminarista.

A lo largo de toda la Sagrada Escritura podemos constatar que Dios quiere establecer una relación personal con el hombre. Él llama, incansablemente por amor, a cada uno de nosotros. Es Dios quien, tomando siempre la iniciativa, mueve los corazones para que vayamos a su encuentro.

Este encuentro, ciertamente, puede darse de múltiples formas y en diversos lugares. Dios nos ha querido hablar por medio de la creación, de los acontecimientos, de los hermanos, especialmente por medio de los más pobres, etc. Sin embargo, Dios nos ha querido hablar de una forma muy especial por medio de su Palabra escrita.

La Iglesia, a lo largo de los siglos, siempre ha tenido a la Sagrada Escritura en un lugar privilegiado. Esto lo podemos constatar en el Concilio Vaticano II, cuando la Constitución Dogmática, Dei Verbum (sobre la Divina Revelación), señaló que la Iglesia siempre ha venerado las Sagradas Escrituras al igual que el mismo Cuerpo de Cristo (n. 21).

Pero, ¿cómo podemos acercarnos a la Sagrada Escritura en nuestro diario vivir? ¿cómo debo leer los textos bíblicos para obtener una mayor riqueza? La Iglesia ha propuesto a lo largo de la historia diferentes caminos, todos ellos con la única intención de provocar un encuentro con el Dios vivo que nos habla.

En los últimos años, sin embargo, la Iglesia ha invitado a sus fieles a recuperen un antiguo método de acercamiento a la Palabra. Es un camino que busca llevar al creyente  a tener un contacto directo con el texto bíblico mediante la llamada Lectio Divina o Lectura orante de la Palabra, sea esta individual o grupal. Es una llamado que se nos hace para nutrirnos y regir nuestra vida con esa Palabra (Dei Verbum 21).

Esta lectura, podemos decir, debe tener ciertas características. Ha de ser una lectura inteligente, atenta a la dimensión histórica del texto; debe ser, a su vez, una lectura creyente, siendo conscientes de que la Biblia es Palabra de Dios; y, finalmente, debe ser una lectura actualizada, recordando que estamos ante una Palabra viva capaz de transformar nuestra realidad (cfr. JUNCO, C., La Biblia, libro sagrado, Biblioteca Bíblica Básica, p. 403).

La Lectio Divina o la lectura orante de la Palabra, ordinariamente tiene cuatro pasos:

  • El primero paso, la lectura del texto bíblico, consiste en leer y releer con atención respondiendo a la pregunta ¿qué dice el texto bíblico?
  • El segundo paso, la meditación, consiste en dejarse interpelar por el texto. Este momento debe ayudarte para contestar a la pregunta ¿qué me dice el texto?
  • El tercer paso, la oración, nos pone en diálogo directo con Dios. Es un momento en el que, basado en el texto bíblico que leímos, nos preguntamos ¿qué le digo yo al Señor?
  • El cuarto paso, la contemplación, nos debe llevar a mirar con nuevos ojos a Dios y a los hermanos, así como a nosotros mismo y al mundo que nos rodea. Es, sin duda, un momento que nos ha de invitar a la acción concreta y al compromiso de vida.

Como lo pudimos ver, la Lectio Divina es un camino que debe llevar al creyente a un encuentro con Dios y con Jesucristo que se hace presente en su Palabra. Es una invitación a escuchar con atención, pero también a responder y vivir con auténtico compromiso cristiano. Ten ánimo y hagamos juntos este ejercicio que es alimento para nuestra vida.

26 Sep 2016

HELLO! 1

Por: Hugo Eduardo Lara, seminarista (Experiencia Eclesial)

La participación que tuvimos hace unos días, feligreses, seminaristas y sacerdotes en la Asamblea Eclesial Diocesana 2016, fue muy especial e importante para nuestra Arquidiócesis de Monterrey. Les comparto que lo sobresaliente de nuestra asamblea fue la reflexión que hicimos sobre la vida del cristiano y su participación en la Iglesia, bajo la luz del evangelio de San Juan, sobre todo, profundizamos en cómo los servidores necesitamos seguir manifestando la misericordia de Dios en todos los ámbitos de nuestras comunidades parroquiales.

Desde inicios de su pontificado, el Santo Padre continuamente nos ha insistido en el importante papel que como Iglesia tenemos en el mundo. La invitación es muy clara: que seamos “una Iglesia en salida”, yendo a los más alejados de nuestra sociedad, teniendo además “las puertas abiertas”, es decir, siendo “hospitales de misericordia” para todos los que deseen la gracia de Dios.

Una característica esencial en todo cristiano es la alegría que brota del encuentro con Cristo. Por ello, como Iglesia necesitamos ir a tal encuentro, para que así sigamos alegres, dando testimonio de nuestro ser “sal de la tierra y luz del mundo”, ante las adversidades, como la indiferencia e individualismo, que se presentan en el mundo actual. Estamos llamados (sacerdotes, seminaristas, secretarias, catequistas, etc.) a una misión de amor universal, participando en todas las pastorales y dimensiones de la vida parroquial.

Tras haber recorrido tres días consecutivos, orando y reflexionando sobre el modo que se requiere para impregnar la misericordia de Dios en nuestras realidades parroquiales, se llegaron a estas propuestas:

Por una parte, que los laicos, desde nuestra vida familiar, busquemos construir una sociedad más humanizada y cristificada, poniendo como base los valores del Evangelio (amor, verdad, paz y unidad). Que prevalezca la unidad entre los servidores, buscando siempre la reconciliación, de modo que lleguen a ser auxilio para las demás familias, las cuales pueden necesitar ayuda. Que no seamos “rubricistas”, es decir, tan rígidos y apegados a la norma, sino por el contrario, que nos mantengamos disponibles a los que buscan algún servicio en nuestra parroquia.

Y por otra parte, que los sacerdotes se mantengan siempre atentos a las necesidades de su comunidad (sacramentos, catequesis, celebraciones, etc). Que no cierren la “puerta de la misericordia” cuando alguien se acerca a reconciliarse con Dios a través de la confesión, sin poner límites de tiempo ni restringiendo tal sacramento. Que reciban a sus fieles en una actitud de servicialidad, sobre todo, cuando alguna persona necesite una palabra de aliento o de fe. Que en toda actividad y a todas horas, den un testimonio misericordioso.

Al termino de nuestra asamblea diocesana, la propuesta e invitación que se nos hizo a trabajar como comunidad eclesial de Monterrey, fue el tener siempre una mirada contemplativa y misericordiosa en todo lo que hagamos en nuestra vida cristiana, desde la oración personal hasta las relaciones interpersonales que tenemos con nuestros semejantes diariamente.

19 Sep 2016

HELLO! 1

Por: José Luis Morán Becerra, seminarista (T1)

El 15 de septiembre es una fecha importante para todo mexicano, pues sin importar el lugar en donde se encuentre, ya sea dentro del país o en el extranjero, si se vive en alguna colonia de la ciudad, o se encuentra dentro de los espacios espirituales y religiosos de un Seminario (como en el caso de nosotros, seminaristas y sacerdotes), es una fiesta que no puede pasar sin celebrar. Han pasado ya 216 años de ser un pueblo independiente y tenaz, y eso es digno de recordar y celebrar. La memoria histórica nos invita a tomar lo que el pasado nos dejó de enseñanza, para construir un mejor futuro.

Esta fiesta no pasa en lo absoluto desapercibida, pues los colores, verde, blanco y rojo, se hacen notar desde que inicia el llamado mes patrio. Al ir caminando por las calles, viajando en camión, o transitando en tu automóvil, rumbo a la escuela o trabajo, fácilmente notas al vendedor que, en algunos puntos de la ciudad, con banderas, sombreros y cornetas, invitan con espíritu patriótico, a celebrar esta fecha.

La Independencia de México es toda una celebración vivida intensamente sin importar el lugar, y precisamente en nuestro Seminario, también celebramos esta fecha importante para nuestro país. Tal vez te preguntarás, y ¿cómo celebran este día ahí en el Seminario? Permíteme compartirte lo que sucedió en nuestro Seminario Mayor de Monterrey este día.

Comenzamos con un acto cívico en el que presentamos los debidos honores a nuestro lábaro patrio, y recitamos a una sola voz el juramento a la bandera. Luego entonamos con orgullo el Himno Nacional Mexicano, parte de la comunidad del Instituto de Filosofía y Teología. Concluido tales honores, siguió el momento esperado por todos: la Cena Mexicana. Entre adornos y música mexicana disfrutamos de los antojitos mexicanos preparados por el equipo de cocina. Se preparó una dinámica, como un momento de convivencia y esparcimiento entre los seminaristas y sacerdotes. Y cerramos con broche de oro, pues uno de los sacerdotes del equipo formador, en conmemoración de lo ocurrido en 1810 en el pueblo de Dolores, dió el grito de Independencia al que orgullosos y contentos todos gritamos: ¡Viva México!

No te extrañe todos estos detalles y preparativos, pues somos seminaristas, y somos mexicanos, orgullosos de la tierra que produjo la tilma donde la Madre de Guadalupe decidió plasmarse. Como ciudadanos responsables en formación hacia el sacerdocio, somos conscientes del gran valor que tienen las tradiciones de nuestro país, sobre todo, este acontecimiento histórico. Somos seminaristas mexicanos, tenemos orgullo en expresarlo. Porque Dios ha obrado maravillas en nuestra tierra, y “no ha hecho cosa igual con nación alguna”.

Sabiendo que Él siempre está con nosotros, y alegres por estas fiestas patrias, todos a una voz digamos: ¡Viva México!

09 Sep 2016

HELLO! 1

Por: Santos Cristóbal Meléndez, seminarista (F3)

La madre Teresa de Calcuta es oficialmente santa, aquella mujer misionera que con gran humildad, demostraba a la humanidad que no era necesario llenarse de lujos para alcanzar la felicidad. Fue una mujer que bastaba con sólo verla, y te contagiaba esa alegría que sentía al seguir a Jesús, siempre con un corazón humilde y desprendido.

Se distinguió por ser una mujer abandonada en los brazos de Dios, llena de amor, entregada a los más pobres, enfermos y moribundos. Además es reconocida, a nivel mundial, por haber sido una gran defensora de la vida humana.

El día de su canonización, el Papa Francisco hizo una descripción del alcance que tuvo, no sólo en nuestra Iglesia, sino también en la sociedad, diciendo que: “la Madre Teresa hizo sentir su voz ante los poderosos de la tierra para que reconocieran sus culpas ante los crímenes de la pobreza creada por ellos  mismos”.

Sin duda, Santa Teresa de Calcuta vino a enseñarnos a todo ser humano que cuando hay amor en nuestras vidas, el sacrificio no cuesta, que la vida de las personas no está hecha para dar amor medias, sino “hasta que duela”; esto es, en hacer una entrega generosa y un amor desinteresado a los demás, sobre todo, a los más desahuciados y discriminados por la sociedad.

07 Sep 2016

HELLO! 1

Por: Juan Yosimar Moreno Saucedo, seminarista (T3)

Esta semana seguimos meditando los acontecimientos, de los cuales hemos sido partícipes, como Seminario y como familia de la Iglesia Arquidiocesana de Monterrey. El pasado 3 de septiembre del 2016, vivimos con gran alegría la consagración diaconal de 9 de nuestros hermanos de cuarto de teología. Dentro de la meditación de estas ordenaciones, brotan algunas preguntas al respecto. Primero, ¿qué es un diácono?, y segundo, ¿cuál es su papel en la Iglesia? Las respuestas a estas interrogantes nos ayudarán a comprender lo vivido.

Pues bien, respondiendo a la primera cuestión, encontramos que un diácono «es aquel hombre que ha recibido el primer grado del sacramento del Orden Sagrado». Como parte del rito de la consagración, se le imponen las manos, como signo de la asistencia que harán a su Obispo y sacerdotes en la predicación de la Palabra de Dios, en la distribución de la comunión y en las obras de la caridad, siendo así el servicio lo más específico de su ministerio. Aunque si bien, además de las diversas y nuevas encomiendas que recibe (como ver por los pobres, bautizar, bendecir, entre otras), el diácono debe ser un reflejo vivo de Jesucristo, quien no vino a ser servido, sino a servir.

Y como respuesta a la segunda pregunta, el Señor Arzobispo nos manifestó a toda la comunidad congregada en torno a la celebración, dirigiéndose especialmente a los nuevos diáconos, sobre el papel que asumiría en su ministerio: “les encomendamos a los pobres de Monterrey, pongan su corazón en servirles; en ser testigos del amor de Cristo. El diaconado es servicio, es entrega. Tenemos un gran número de indigentes que necesitan todo nuestro cariño y nuestra caridad”.  La encomienda es muy clara: un continuo desvivirse por amor, amor al pueblo de Dios, con especial servicio y atención a los pobres de nuestra Iglesia Regiomontana.

En lo personal, un momento emotivo y lleno de luz, fue cuando se les confió su destino de ejercicio ministerial, que aunque ellos tenían algunos fines de semana asistiendo a tales comunidades, el expresarlo públicamente fue algo conmovedor, pues acompañaba una expresión de confianza  y compromiso: “les encomendamos a los pobres y desprotegidos de la comunidad…”.

Ser servidor de los demás y, más aún, de alguien a quien no te lo puede retribuir, es un mandato evangélico y una invitación a dar más de nosotros. Estamos seguros que estos hermanos nuestros, tendrán que dar más de sí en este ministerio que les ha sido encomendado, mismo que algún día queremos y esperamos con fe, ser partícipes el resto de seminaristas que seguimos en la formación.

02 Sep 2016

HELLO! 1

El Proceso Vocacional es un tiempo para conocer las distintas vocaciones que hay en la Iglesia y descubrir a cuál de ellas nuestro Padre Dios nos ha llamado. Y habiendo recibido orientación y apoyo, podemos responder en el seguimiento de Jesús que no vino sino a servir y a dar su vida para la salvación de muchos.

 Al escuchar la palabra vocación podríamos entender varias cosas, como una profesión, algo para lo que eres bueno, lo que te gusta hacer, tu proyecto de vida, etc. Pero en la Iglesia entendemos vocación como un llamado de Dios, como una invitación a seguirlo de una forma particular. Es tarea de nosotros dar una respuesta generosa a este llamado y conocer cuál es la Misión a la que nos invita Dios para entregar la vida.

Dios nos hace diferentes llamados en diferentes momentos de nuestra historia:

  1. Vocación a la Vida: ¡Somos llamados a la existencia como personas!
  2. Vocación a la Vida Cristiana: Dios nos llama a formar parte de su familia que es la Iglesia y llevar una vida de santidad.
  3. Vocación Cristiana Específica: el llamado es a dar la vida dentro de la Iglesia viviendo como laico, religioso, religiosa o sacerdote.

Estas tres dimensiones de la vocación en nuestra fe, nos invitan cada vez a profundizar más en el misterio del llamado de Dios en nuestras vidas, el cual se va revelando a lo largo de los años, apoyándonos en herramientas que la Iglesia nos ofrece.

La Iglesia de Monterrey, con el fin de brindar a los y las jóvenes los recursos necesarios para discernir su vocación, ha estructurado un proceso vocacional de acompañamiento que inicia anualmente en el mes de septiembre con la Marcha Juvenil Vocacional, y concluye en el mes de mayo con el Retiro de la Opción.  Durante el ciclo, como parte del Proceso Vocacional, se organizan retiros cada 15 días donde aprendemos, convivimos y nos fortalecemos espiritualmente. También se realizan Fines de Semana Vocacionales, que son momentos especiales de encuentro con Cristo y con otros jóvenes con la misma inquietud. En la Semana Santa vamos de Misiones a comunidades rurales y urbanas donde compartimos nuestra fe con nuestros hermanos, y convivimos con sacerdotes, y seminaristas, religiosos, religiosas, para poder conocerlos más de cerca. Además, contamos con entrevistas personales con sacerdotes y religiosas, que escuchan tu inquietud y te ayudan a clarificar las dudas y fortalecer así la respuesta al llamado.

 Asimismo, lo único que se necesita para iniciar un Proceso Vocacional es tener muchas ganas de servir a Dios y a los hermanos, teniendo la inquietud de buscar una respuesta a la pregunta: ¿De qué forma puedo seguir a Jesús y así ser feliz y hacer feliz a los que me rodean?

Ayúdanos, si conoces a alguien que busca orientación en su vida vocacional o mejor aún si eres tu quien aún no has iniciado a discernir tu vocación, y quisieras emprender este misterioso y atrayente camino de felicidad de la mano de Dios, acércate al Centro Vocacional de Monterrey, donde te ayudaremos. No hay que tener miedo, hay que dar un salto de fe.

 
Informes Centro Vocacional: (81) 1158-2838
Facebook: Centro Vocacional de Monterrey

 

Fechas de Proceso Vocacional:

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