12 Mar 2021

HELLO! 1

Estamos en la mitad de esta escalada cuaresmal, caminando con Jesús hacia Jerusalén, más específicamente hacia el Golgota; cabe hacer una pequeña pausa en el camino para ver y reflexionar qué es lo que pasa a nuestro alrededor.

Ningún tiempo de Cuaresma es igual, son únicas en su tiempo y en su estilo. Sin embargo, en este año sí que nos ha tocado partir al desierto y permanecer ahí; algunos, con un sentimiento de soledad y abandono en el que pareciera ser que Dios está cada vez más lejos; para otros, todo lo contrario; con un sentimiento de confianza y con la creatividad necesaria para acercarse a Dios desde el distanciamiento social y desde la cuarentena en casa. Ahora sí que nos tocó vivir como el Pueblo de Israel en el desierto cuando salieron de Egipto rumbo a la tierra prometida, qué mejor manera de vivir la Cuaresma, poniéndonos en los zapatos de los israelitas.

Es aquí donde quiero colocar mi reflexión, por experiencia sabemos que, siempre hay una luz después de un camino obscuro, que hay felicidad después de la tristeza, que después de una tormenta siempre viene la calma con ese aroma que a todos nos gusta. El pueblo de Israel supo esto en varias ocasiones, que después del desierto estaba la tierra prometida, después del destierro se encontraba la libertad, después de la destrucción de su ciudad amada, se encontró con una reconstrucción espléndida. Y lo mejor de todo es que leyendo éstas historias, vemos cómo la mano de Dios nunca se alejó de ellos. Aún más, llegada la plenitud de los tiempos entregó a su propio Hijo para la salvación de los hombres.

Nosotros como cristianos, creemos en esto: en la resurrección. La resurrección es para nosotros, más que la tierra prometida para los israelitas. ¡Nuestro desierto lo estamos viviendo con Jesús! Por lo tanto debemos confiar en Él y creerle a Él.

Aceptar caminar con Jesús, es querer ir con Él al desierto, recibir injurias por Él, poder ser apedreados, incluso ser corridos del templo hasta el punto de tener en cuenta que su camino es también subir con Él a la cruz. El tiempo de Cuaresma es más sobrio, reflexivo y con un ambiente más recogedor; pero sabemos que viene la Pascua, la resurrección y la vida. Y una vez más, Dios nos demuestra que no nos aparta de su mano, que siempre ha estado con el hombre y que no se cansa de llevarnos a pastar a los mejores campos.

Que éste tiempo de Cuaresma nos ayude como cristianos a crecer en nuestra capacidad de reflexión y en nuestra confianza en Dios. La Cuaresma es un tiempo de desierto, pero no se queda ahí, se camina hacia una realidad mucho mejor: la Resurrección.

 

Alexis de Jesús Hernández Fuentes

Seminarista

3ero de Teología

26 Feb 2021

HELLO! 1

A lo largo de mi vida he experimentado mucho la presencia del Dios amoroso, un Dios que se preocupa por mi bienestar y por mi felicidad. Dios nos llama conociendo nuestras cualidades y defectos, nuestros gustos y pecados, y en mi caso, no fui la excepción.

Desde una edad temprana sentí el llamado de una forma peculiar: de la nada. Según me comenta mi mamá, tenía aproximadamente 5 años cuando de la nada me empezó a llamar la atención el sacerdocio. Mi mamá puso mucha atención en ese punto, y se dedicó al igual que con mis hermanas a hablarnos sobre Dios. Con el paso del tiempo me di cuenta del gran amor que le estaba agarrando a Dios, recuerdo que hasta una vez en mi ingenuidad le dejé un mazapán de regalo y obvio, no se lo comió jajajaj. En fin, Dios poco a poco me fue cautivando con su amor, y yo estaba consciente de ello.

Conforme el paso del tiempo fui dejando a un lado a Dios en mi camino, gracias a las distracciones de la vida, algo que es muy común en la edad que tenía. Me distraje tanto, que olvidé esa pequeña y humilde invitación de Dios hacia mi persona en mi niñez.

Constantemente me preguntaba sobre qué iba a estudiar, había olvidado por completo mi primer llamado, aunque aún seguía mi corazón marcado; ya estaba en prepa y no sabía qué hacer con mi vida. Me sentía inútil, no sentía encajar en alguna profesión. Miraba a mis “amigos” y notaba que ellos no veían al futuro; no soñaban, no oraban, no buscaban crecer, eso me desesperaba, y al final del día, terminé cayendo en su estilo de vida totalmente alejado de Dios. Hasta que una noche todo cambió, mis papás hablaron conmigo debido a mis malas amistades y mis malos actos, y en esos días me puse a pensar aún más en mi y en quien soy, hasta que en un punto, estallé.

Le dije a mi mamá que no sabía qué hacer con mi vida. Recuerdo estar llorando, estaba demasiado dramático, mi corazón iba a estallar, era algo muy inusual. Le dije a mi mamá que me sentía inútil, que no me hallaba en ningún lado, en ninguna vocación. Entre mis lágrimas escuché a mi mamá decirme:  -tu ya sabes lo que quieres ser, ya lo sabes solo que te haces el loco-, en ese momento recordé y me vino un choque de emociones, reí y lloré a la vez.

Sentí un alivio y un cansancio tremendo, y ahí mi mamá dijo: -¿y si eres sacerdote?- y yo seguí llore y llore, y la abracé. Podría seguir contando todo lo que Dios hizo por mí, pero no acabaría. Dios siempre buscó y busca lo mejor para mí, y para ti. Él nos ama y sin duda es muy importante conocernos y escuchar lo que nuestra luz interior, que es Dios, nos llama a ser.

 

Víctor Hugo Lozano Castro
Seminarista | 1er.  Año de Curso Propedéutico

 

19 Feb 2021

HELLO! 1

“Vivir intensamente los años de preparación en el Seminario” (Benedicto XVI)

Sin duda alguna, esta frase simboliza lo que ha sido la vida formativa en mi persona y en la de muchos jóvenes que han respondido al llamado de Dios. A lo largo de mi formación he intentado vivir intensamente este tiempo de gracia y de amistad con Jesús; soy consciente de que al igual que a los apóstoles, Cristo nos llama para que estemos con Él (Mc 3,14). A partir de la vivencia diaria del amor de Dios y de nuestra experiencia cercana a Jesús es que podemos comprender la voluntad de Dios.

A lo largo de mi formación, Jesús ha tocado mi corazón con pequeños momentos. El estudio, sin duda, me ha permitido aprender más de Dios, intentar conocer desde mi sencillez sus grandes misterios. En muchas ocasiones no comprendía cómo es que Dios, el Ser perfecto, lograba entrar en el cuerpo imperfecto del ser humano; sin embargo, la profundización y la oración me ayudaron a comprender que dicho acto fue uno de amor pleno, y que era muy necesario, dirían los Padres Capadocios, que Dios se hiciera carne, ya que sólo Él es quien podía librarnos de la culpa del pecado para poder elevarnos al cielo y poder gozar así de nuestra antigua dignidad perdida por el pecado de nuestros primeros padres.

Junto al estudio, la oración, el apostolado y la relación interpersonal, junto a mis compañeros y hermanos de camino, he vivido hermosas experiencias que han marcado mi proceso vocacional; una de las más significativas se dio el 16 de febrero del 2016 en la visita del S.S. Francisco a nuestra querida nación, pues encontré respuestas que había estado buscando con insistencia, por ejemplo, el tema de la oración era algo que me preocupaba, yo anhelaba tener oraciones mentales y que fueran más profundas, y no mentiré, a pesar de que tenía poco tiempo de haber recibido mi sotana, me sentía desolado, me sentía vacío, y aunque pensaba que con el signo de la sotana se volvería a reavivar la llama en mi corazón, no fue así. Por este motivo es que aquel 16 de febrero marcó mi corazón.

Eran las 2:00 a.m. en Morelia, la hora de levantarse y prepararse para aquel gran momento. Salí a las 2:33 a.m. del lugar donde nos hospedábamos; ya era media hora tarde y en mi corazón sentía preocupación de no poder estar en un buen lugar de la gran fila para el ingreso al estadio donde nos encontraríamos con el Papa. Llegué a la fila unos minutos después y me encontré allí al grupo de diáconos y algunos seminaristas de teología de nuestro seminario que amablemente me permitieron ingresar a la fila y cortar camino (ya me confesé por haberme metido jejeje); la distancia hasta el estadio era bastante corta, pero por cuestiones protocolarias el trascurso fue de casi 8 horas. Ingresé al estadio a las 10:02 a.m. y ya había iniciado el evento.

El Papa Francisco llegó un poco después y al hacer el recorrido previo a la misa, me llevé una gran sorpresa: Francisco, el sucesor de san Pedro, pasó a unos cuantos metros de mi persona. Ver al Papa tan cerquita significó una llamarada intensa en mi ser, contemplar su figura y saber que en él recae una Iglesia que surge desde Jesucristo, son de las mejores cosas que he vivido. El momento culmen de esta experiencia sucedió con la Acción de gracias, con la Santa Misa. En ella, al escuchar al Papa con su grato acento argentino, hice consciencia de que estaba escuchando a Francisco fuera de Roma, y eso volvió a emocionar mi corazón.

Después, cuando llego el momento de la homilía, el Papa tocó el tema de la oración, sí, aquel tema que tanto me preocupaba. Habló de los seminaristas recién ingresados, y allí sentí que me estaba hablando a mí directamente (pues yo tenía entonces sólo unos meses de haber iniciado mi camino en el Seminario) y fue en esta bonita homilía que encontré la gran respuesta que hasta hoy me sigue acompañando: el Papa nos dijo: “sigue rezando como te enseñaron en tu casa y después, poco a poco tu oración irá creciendo como tu vida fue creciendo. A rezar se aprende como en la vida”. Estas sencillas palabras del Papa Francisco resonaron en mi corazón y allí comprendí que poco a poco iba a ir mejorando en mi diálogo con Jesús y que lo más importante era rezar como me habían enseñado en mi casa, de un modo sencillo y lleno de agradecimiento a Dios por todo lo que siempre nos da.

Esta y muchas otras experiencias han marcado mi vida formativa. Sin duda alguna me faltarían líneas para poder compartirte tantas diversiones, emociones, momentos complicados y, sobre todo, mi experiencia de fe; pero estas dos son las que han marcado más mi vida formativa y proceso vocacional, y por ello he querido compartírtelas. Te pido que nunca dejes de rezar por los seminaristas, siendo consciente de que un día ellos serán el puente entre Dios y los hombres.

 

Jesús Humberto Vega Reyes
Seminarista | 1ero. De Teología

12 Feb 2021

HELLO! 1

Febrero del 2021, ha pasado un  año desde que la pandemia por Covid-19 comenzó en la historia de nuestro país. Sin duda alguna, este ha sido un evento muy difícil que trajo consigo tristeza; porque miles de personas ya no están para contarlo; miedo, porque uno no se puede sentir tranquilo ni siquiera en su hogar; pobreza y sueños rotos, pues ya no se pudieron mantener con firmeza algunos negocios o instituciones, y también trajo una revolución en la Iglesia y en los seminarios de formación sacerdotal, porque nos vimos obligados a continuar nuestra formación desde casa… ¡un total desastre!

Un intruso invisible vino a sacar lo peor y lo mejor de la gente. Hemos visto en los noticieros una incontable cantidad de injusticias en la sociedad, pero a la vez una igual cantidad de obras de misericordia. Y al decir sociedad me refiero a TODOS: padres de familia, maestros, empresarios, doctores, servidores públicos, personal de limpieza, sacerdotes, ¡todos!

Me he encontrado con el testimonio de sacerdotes que, aterrados por la pandemia, han preferido hacer todo de “lejitos” y tienen a su rebaño más enfermo y descuidado que si hubiera sido atacado por el virus del Covid, y me da mucha tristeza porque el sacerdote es instituido servidor para sus hermanos y para el bien de sus almas y, por egoísmo y falta de esperanza en Dios, los han dejado a la suerte. Obviamente esto no es lo que espero para nuestro futuro, queridos hermanos seminaristas y fieles laicos, pero me parece importante mostrar la realidad que ya todos conocemos.

Por otra parte, también he visto que otros sacerdotes en verdad tomaron en cuenta la necesidad de sus comunidades y se pusieron a trabajar. Comenzaron, con sus proyectos digitales, a evangelizar con la Palabra de Dios, dar formación en diferentes pastorales, ofrecer la oportunidad de ver y vivir la misa a distancia, visitar a los enfermos en los hospitales, prestar el servicio funerario para miles de personas que lo han requerido, impartir los sacramentos de manera creativa y eficaz, brindar mensajes de esperanza por medio de cartas, videos o canciones, y defender la verdad ante ideologías que han confundido al pueblo. Es así como yo identifiqué que debía y quería ser, en una palabra: GENEROSO, porque ¿de qué le sirve al sacerdote guardarse lo que le fue confiado para el pueblo? o ¿de qué le sirve al pueblo un sacerdote que no es capaz de dar la vida?

Simplemente no comprendo que haya sacerdotes que riñan ante una situación como esta o ante cualquier situación que se llegue a presentar en la historia del hombre, pues Jesús tenía para los demás cien toneladas de cariño para calmar los miedos e incertidumbres de los corazones. Comprendo que un sacerdote, si tiene miedo o es vulnerable al contagio, tenga derecho a cuidarse o protegerse, pero no creo que lo mejor sea esconderse cuando sus fieles están frente al batallón de sus vidas.

Estoy seguro que la generosidad nunca pasará de moda y es un valor que, en nuestra formación sacerdotal y el futuro ministerio, siempre tendrá un lugar muy importante porque a través de ella nos entregamos a ejemplo de Cristo en la cruz.

Para el futuro, yo espero sacerdotes con ganas de darse a sí mismos sin medida, espero sacerdotes con los que me pueda identificar, espero sacerdotes que atiendan cualquier necesidad de la gente, que no sean ciegos ante los pobres ni ante la verdad y, sobre todo, espero sacerdotes que conserven su humanidad pero se sientan motivados y confiados en que han sido elegidos por Dios en favor de las almas. Y cuando esta misión se haga muy pesada y difícil, siempre será bueno recordar que Dios es capaz de hacerla posible.

 

Santiago Cárdenas Murillo

Seminarista | 2do. de Filosofía

05 Feb 2021

HELLO! 1

“Dios sigue derramando en la humanidad semillas de bien”.   (Papa Francisco, 2020)

Aún en estos tiempos tan difíciles de pandemia, donde todo se ha vuelto caótico, es increíble que Dios sigue llamando trabajadores a sus mies, y, aún más sorprendente es el hecho de que hombres valientes se deciden a adentrarse en la aventura de la fe, respondiendo de manera positiva al llamado que nos hace El dueño de las mies. En medio de esta crisis que estamos viviendo como sociedad, sigue habiendo jóvenes y hombres valientes que deciden renunciar a las seducciones del mundo para formarse y transfigurarse con Cristo, con Áquel que los ha llamado; hacen a un lado a su familia, sus pertenencias, sus metas y aceptan llevar a buen término el plan que Dios ha designado para ellos. Aceptan ese sacrificio por amor a los hombres y a su Creador.

Pero, en realidad, ¿Vale la pena ser sacerdote? La respuesta es Sí, no vale solamente la pena, vale la vida, vale renunciar a todo por ser partícipe del sacerdocio ministerial de Cristo, vale la vida entregarse en su totalidad a la iglesia, que hoy en día está tan fracturada y herida, que necesita de ese espíritu libre de los que se sienten invitados a esta maravillosa vocación, que necesita de personas que se desvivan por la “edificación del cuerpo de Cristo, que exige funciones diversas y nuevas adaptaciones, principalmente en estos tiempos”. (San Juan Pablo II, 1992).

En estos tiempos en importantísimo que estemos dispuestos a aceptar los cambios y adaptarnos a la nueva realidad que nos toca vivir, hay que buscar nuevas alternativas para seguir con la tarea de la edificación de la iglesia. Hoy mientras se cierran los templos y se limita la convivencia física, se han abiertos miles de templos en cada uno de los hogares católicos, se acrecentó la fe y la confianza en Dios.  También, hemos descubierto nuevas formas de estar relacionados mediante las redes sociales, mediante el internet,  hay que ser cyber-apóstoles y valernos de esta herramienta para continuar con esta labor de compartir la Buena Nueva y construir el Reino de los cielos desde aquí.

El mundo hoy más que nunca necesita pastores que sosieguen el rebaño que El Buen Pastor les ha encomendado, que acarreen a las ovejas por la senda de vida, hoy, en estos días que la humanidad sufre de inestabilidad, soledad, preocupaciones, crisis, y es por eso que día a día nos seguimos entregando a la voluntad del Señor porque el mundo nos necesita. Necesita de ese amor que nosotros queremos ofrecerle, necesita personas que se hagan prójimas a sus necesidades, a sus aflicciones, ofreciendo su vida como lo hizo Jesús en el suplicio de la cruz. Cuando alguien se siente amado por Dios, siente la necesidad de compartir ese amor con los demás y más aún, vivir ese amor. Y es por eso que nosotros entregamos nuestras vidas para servir a la Iglesia que se nos ha sido conferida.

 

Ramsés Gpe.Ortiz Zamarrón

Seminarista | 2do de preparatoria

REFERENCIAS

FRANCISCO. (2020). Fratelli Tutti. Ciudad del Vaticano: Buena Prensa.

JUAN PABLO. II (1992). Pastores Dabo Vobis. Cuidad del Vaticano: Buena Prensa.

 

 

29 Ene 2021

HELLO! 1

La Iglesia ha sido constituida por Cristo; para apacentar y santificar a su Pueblo, ella tiene la misión de ir y anunciar a todos los pueblos y naciones; que Jesús es el Señor, para que así todos los hombres y mujeres de buena voluntad; crean, se salven y tengan vida en abundancia. En palabras de San Pablo VI, en su encíclica Evangelii Nuntiandi (el anuncio del Evangelio), nos recuerda que la esencia de la Iglesia es la evangelización, esto es; predicar a toda criatura el Evangelio que es el mismo Cristo.

La tarea de la evangelización, compete a todos los bautizados; a todos los que formamos parte de la Iglesia, esta es una tarea fundamental para la plena vivencia de nuestra dignidad bautismal. Así mismo, la Iglesia tiene la misión de santificar a sus hijos, para que sea sacramento de salvación y signo de la presencia de Cristo en medio del mundo, por esta razón: la Iglesia tiene el poder de salvar a los hombres, no en virtud propia, sino en virtud de Aquel que nos ha salvado a todos.

Por eso, la Iglesia tiene su mirada en el cielo, pero su acción está en la tierra y fue instaurada por el Señor, para que todos nos salvemos y lleguemos a conocer la Verdad. Por este motivo, la Iglesia que es Madre y Maestra, conduce a sus hijos hacia el cielo, ilumina nuestro camino, no con luz propia, sino con la luz de su Esposo y Maestro.

Jesucristo ha instituido los sacramentos, los cuales ha encargado que la Iglesia sea quien los dispense para que todos participemos de esa gracia santificante. Con los sacramentos; se nos da en adelanto la vida eterna, ósea la vida del cielo, por esta razón la Iglesia es una casa para todos los hombres y mujeres, dentro de esta casa existe una gran ventana; que nos hace mirar y participar de la vida celestial.

Nunca dejemos de mirar hacia arriba, hacia lo alto, todos tenemos esta capacidad de escuchar a Dios y relacionarnos con Él y con nuestros hermanos; la Iglesia nos ayuda y nos muestra el camino que nos lleva al encuentro con nuestro Padre y Dios. ¡Dejémonos guiar por nuestra Madre la Iglesia!

Héctor Elías Morales Montes
3ero de Teología

22 Ene 2021

HELLO! 1

Cuando en el apostolado tengo la oportunidad de compartir con los niños algún tema del catecismo suelo preguntarles si dentro de sus deseos se encuentra el de ir al cielo, y me llena de gusto que con mucha alegría levanten su mano y digan: ¡sí, profe, yo quiero ir al cielo! Qué digno de admiración es su deseo por alcanzar un día aquello que tanto se les ha dado a conocer como el lugar en el que se está con Dios y se es feliz. ¡Qué grande es su esperanza!

En mi formación como seminarista he aprendido (aunque poco) y tomado gusto por la música y, para explicar de una forma un poco más sencilla nuestro “ser esperanza” para los demás, me atreveré a hacer una analogía entre una pieza musical y nuestra labor como agentes que animan y llevan a los demás un mensaje de esperanza en Dios en tiempos difíciles.

Para que la pieza musical logre hacer sentir en el corazón de las personas lo que el autor en su creación quiso expresar, es necesario que todos y cada uno de los elementos que con detalle la conforman, así como su ejecución, se lleven a cabo en tiempo y forma. Si durante su ejecución, el número de instrumentos no se encuentra balanceado o alguno de ellos está desafinado, quien lo toca no lo hace de acuerdo con la partitura o se escucha ruido entre el público, no será posible apreciar en su totalidad lo que busca trasmitir.

Pensémonos como aquellos músicos que están por ejecutar esa bella pieza. Para hacerlo requieren de una previa e intensa preparación, de un deseo por dar a conocer a través de su trabajo lo que la obra quiere decir, de demostrar que; aunque en los ensayos se equivocaron una y otra vez y que en su vida ordinaria hubo situaciones que los desanimaban para seguir adelante, se encuentran ahí de pie, listos y firmes para su ejecución. Pensemos en la necesidad que tiene el mundo, que hoy se encuentra en una situación muy difícil, de que llevemos esperanza, de que sepa que a pesar de las muertes que hay, de las situaciones de pobreza, las enfermedades, el sufrimiento, la perdición, Dios permanece siempre a su lado.

Todos formamos parte de esta obra maestra que ha hecho Dios con nosotros, pero porque lo conocemos tenemos la responsabilidad de llevar la promesa que nos ha hecho de permanecer junto a nosotros a todos aquellos que hoy lo necesitan más que nunca, así como de prepararnos humana y espiritualmente para ello. La obra musical no se escuchará igual si falta el más pequeño de sus elementos, la obra de Dios necesita de ti. Hagamos un gran esfuerzo para que este concierto que llamamos vida suene como una melodía creada y dirigida por Dios.

 

Luis Carlos Solís Garza

3ero de Filosofía

20 Ene 2021

HELLO! 1

Nací en el núcleo de una familia católica que siempre ha buscado tener a Dios en su centro para resolver las dificultades con espíritu de fe y para disfrutar las alegrías con amor. Allí, mis padres me enseñaron desde pequeño la importancia de acercarme a Dios no sólo para pedirle por mis necesidades, sino también para agradecerle por todos los dones y beneficios que llegan a mi vida día tras día.

Cuando llegué a los quince años, descubrí que en mi corazón tenía una necesidad muy grande de compartir mi vida con los demás y de ayudar a quienes más lo necesitaban. La experiencia de misiones de evangelización en comunidades rurales fue la que me llevó precisamente a comprobar que en la vida vale la pena seguir a Jesús y entregar la vida por Él.

Descubrí que Dios me invitaba a ser plenamente feliz a través de esta labor que tanto me iba llenando año tras año: la evangelización. Sumado a esto, vivir en una sociedad tan golpeada y lastimada por desafortunadas situaciones que denigran a las personas y atentan contra el gran amor de Dios, fue algo que poco a poco me ayudó a confirmar que el mundo necesita de Dios, y Él a su vez necesita de personas que estén dispuestas a entregar su vida por el Evangelio, que estén dispuestas a ayudarle en esta labor que busca la conversión de las almas. Y entonces me pregunté: si yo puedo gozar del conocer a Dios y amarlo de la manera en que lo hago, ¿por qué tantas personas no pueden gozar de esto también?

Más tarde comencé a estudiar la carrera de arquitectura y al mismo tiempo seguí con mi labor apostólica en mi parroquia, pues era indispensable para mi vida. Llegó de repente un día en el que la duda por ser sacerdote entró a mi corazón y poco a poco, a través de mi diálogo con Dios y de mi cercanía a los sacramentos, en especial a la Eucaristía, esta idea fue abarcando todo mi ser. Dios me llamaba a seguirlo en el seminario, para formarme y un día ser su sacerdote.

Eso es lo que hago desde que terminé mi carrera y decidí entrar al seminario: despierto cada día diciéndole “Sí” al Señor y a la invitación que me hace de seguirlo y ser su instrumento, para de esta manera, ser completamente feliz.

 

Escrito por: Patricio Rico Villarreal

29 años / Seminarista de 1ero de Teología del Seminario de Monterrey / Arquitecto.

Previo al Seminario: Coordinador del grupo MSJ: Misiones San Jerónimo en Monterrey / Ministro Extraordinario de la Comunión / Miembro del Coro Emaús/ Misión en Kenia, África.

¡Apoya a los jóvenes que han recibido el llamado de Dios, para anunciar su Palabra y entregar su vida al servicio de los demás!

20 Ene 2021

HELLO! 1

Como en el hogar de una gran familia, el Seminario de Monterrey utiliza las aportaciones de sus bienhechores en el mantenimientos de las casas de formación, en el pago de servicios y sueldos de empleados, alimentación, formación académica y humana de los seminaristas, así como en la atención médica de los mismos.

 

Con tu apoyo, podemos seguir con nuestra misión.

¡Con tu ayuda seremos más y mejores sacerdotes!

20 Ene 2021

HELLO! 1

Somos una comunidad educativa de discípulos misioneros, que abiertos a la acción del Espíritu Santo, cultiva, discierne y acompaña eclesialmente el don de la vocación presbiteral.

 

En el Seminario de Monterrey…

FORMAMOS A LOS FUTUROS SACERDOTES

Por medio de una preparación integral, humana, espiritual, intelectual y pastoral, preparamos a los futuros pastores del Pueblo de Dios, fomentando la caridad, el servicio y el amor a los más necesitados.

 

SERVIMOS EN PARROQUIAS Y EN MISIONES 

Para acompañar en la fe y llevar una palabra de consuelo y esperanza a aquellos que atraviesan situaciones de vida difíciles en los centros penitenciarios, hospitales, asilos, orfanatos, además de ayudar en la formación catequética y pastoral, en las parroquias de nuestra Arquidiócesis.

 

INVITAMOS A MÁS JÓVENES A SEGUIR A JESÚS

Por medio del Centro Vocacional, motivamos y acompañamos a los jóvenes,  a discernir su vocación, para ayudarlos a descubrir y responder al llamado que Dios les hace, en particular a una de las tres vocaciones específicas: laical, consagrada o sacerdotal.

Gracias a tu oración y ayuda económica, podemos cultivar  y acompañar eclesialmente el don de la vocación presbiteral para formar sacerdotes configurados con Cristo Buen Pastor dispuestos a servir a su Pueblo.