23 Oct 2020

HELLO! 1

¿Dónde encontrar a Dios? es la pregunta del hombre agobiado y de la mujer desesperada; del joven inquieto y del apasionado por la ciencia; de los que quieren dar gracias y de los que no están satisfechos con lo efímero; de quien llora en el funeral y de quien está convencido que la muerte no es el final. Este es uno de tantos testimonios que agradezco a Dios por conocer.

Buscando una respuesta, recuerdo una tradicional jaculatoria a rezar después de exponer el Santísimo Sacramento: “En los cielos y en la tierra sea por siempre alabado”. En otro lugar está escrito: “En la liturgia de la misa expresamos nuestra fe en la presencia real de Cristo bajo las especies de pan y de vino… (CIC No. 1378). Estamos llamados a reunirnos en la Eucaristía para encontrarnos con Cristo y dar testimonio de él.

¡Pero tengo más preguntas! ¿Cómo encontrar a Dios después del molesto sonido del despertador? Me cuestiono si en la aglomeración del transporte urbano está Dios. El contemplativo me dirá que en medio del tráfico se puede hablar con Dios, pero cómo hacerlo cuando el diálogo interno es con el estrés, con el agobio del jefe o con los ánimos del lunes por la mañana. El ama de casa busca a Dios, pero lo encuentra lejano cuando las clases de los hijos son en casa, cuando el esposo trabaja desde la recamara, y su privacidad matinal se desvanece al igual que los planes del verano.

El enfermo y su familia buscan a Dios en la impotencia ante un diagnóstico desalentador; más bien parece que Dios se ha puesto en cuarentena. El joven se cuestiona si es el fin del mundo, pregunta porqué Dios no ordena las cosas, o al menos una parte de su vida.¡Pero tengo una certeza! ¡Por medio del amor encontraremos a Dios en lo cotidiano!

En un acto libre y confiado a Dios, al final del día es posible reflexionar el motor de nuestras acciones, el consuelo obtenido y lo que esperamos para la siguiente jornada. Existe una poderosa fuerza que apaga el despertador, nos levanta de la cama y nos conduce llenos de confianza a las labores cotidianas. ¡Es una fuerza que viene de Dios!

Hay una poderosa capacidad de transformar la mirada para ver en los conflictos familiares una oportunidad para crecer en la unidad, fidelidad y amor. Una acción es capaz de transformar la debilidad en fortaleza cuando la enfermedad parece haber llegado para quedarse. Y una decisión se convierte en la luz que ilumina nuestras incertidumbres más profundas.¡Esta fuerza, capacidad, acción y decisión es el amor! ¡Y en el amor está Dios, porque Dios es amor! (1 Jn 4,16).

El amor por la familia, por el prójimo, por uno mismo y por Dios hace posible regenerar nuestra percepción de la vida; nos da esperanza para darnos cuenta que Dios mora en nuestro interior y la fe siembra semillas de certeza ante lo que desconocemos.

Pero ¿cómo generar amor para encontrar a Dios en lo cotidiano? Eso ya está solucionado por el mismo Señor: “En esto está el amor: no es que nosotros hayamos amado a Dios, sino que Él nos amó primero” (1 Jn 4,10). Así compruebo nuevamente qué, de muchas maneras, Dios se adelanta poniendo los medios para que el amor sea la chispa que encienda el fuego de su presencia, providencia, renovación y acción.

Sean mis oraciones ante sus necesidades un sincero gesto de amor, con la certeza de que Él ya se ha adelantado en ello, pues “Él nos ha amado primero” (1 Jn 4,10).

Angel Salvador Martínez Chávez
2° Filosofía.

16 Oct 2020

HELLO! 1

Santa Teresita del Niño Jesús, es una santa que me ha enseñado el valor de la contemplación, porque su manera de dirigirse a Jesús, aunque para muchos pareciere que es de modo un poco infantil, es profundamente trascendental. Su lenguaje ante Dios es realmente sencillo, sin portentosos discursos, lleno de pequeñez, de ternura, de detalles, de miradas, de silencio, simplemente vivir el cielo aquí en la tierra.

Ella me mostrado que el camino del discípulo, más allá de la escucha atenta al Maestro (cfr. Mc 3, 13-19), es necesario vivir momento a momento, porque cada día tiene sus propios afanes (cfr. Mt 6, 34). “Él solo pide abandono y agradecimiento” es una de las frases que ella exclamaba constantemente cuando compartía el amor de Jesús con sus hermanas carmelitas, y sin duda, es algo que adopté desde los primeros años y lo he ido haciendo vida en mi respuesta vocacional.

Santa Teresita de Lisieux, principalmente contempla cuando ama, por eso ella siempre quería amar muchísimo, siempre le sobraban ganas de recurrir constantemente a la oración, de ahí su popular frase: “vivir de amor” y ¿qué locura no? ¡Sólo Jesús le devuelve más amor a tu amor!

Concretamente, me enseña a vivir el valor de la contemplación en la liturgia, a estar atento a los mensajes y acciones de Jesús en el Evangelio, a tener ansia de apostolado, a observar las cualidades del Buen Pastor y a tener una entrega generosa con mis hermanos.

Ella es mi gran amiga, la pequeña Teresita, mi compañera de camino, la gran patrona que el Señor me otorgó; es mi ejemplo para amar a Jesús y con ella comparto cada día mi llamado y vocación. Santa Teresita de Lisieux me ha enseñado esa forma auténtica y total de vivir de amor por Él y por los demás. «Confianza y abandono» es el caminito que me ha mostrado, en esta infancia espiritual. Darle al corazón divino todo, porque a Él le gusta la ternura, y exclamo junto con ella: ¡quiero pasar mi cielo aquí en la tierra! ¡Santa Teresita del Niño Jesús, ruega por nosotros!

José Isabel Hernández Salazar
1ero. de Teología

09 Oct 2020

HELLO! 1

La oración de contemplación es una de las distintas maneras en las que podemos estar en la presencia de Dios, es una oportunidad para poder sentir el amor misericordioso de Dios.

Y ¿por qué es importante orar? La oración es importante y también necesaria, ya que responde a todos los deseos del hombre hacia Dios, aquello que necesita, que quiere agradecer o que simplemente quiere compartir. De manera general, orar es un don de Dios, un diálogo con quien sabemos nos ama.

Y en el caso de la oración contemplativa, es “mirar al Señor” y escucharlo, vaciarnos de todo bastando una mirada. Hemos escuchado quizá, en algún momento, una forma muy particular de definir este método: «yo lo miro, Él me mira». En este mirar al Señor descubrimos aquello que hemos hablado en la oración. Esto se descubre con disposición del corazón, y el momento en el cual podemos realizar este ejercicio es cuando descubrimos que hablamos mucho, pero no hemos dejado que Dios nos hable. Esto sucede de forma inesperada; hay ocasiones en las que nos quedamos sin palabras al ver al Señor de manera sacramental o al descubrirlo a través de la creación o de un gesto dentro de nuestro día a día. San Buenaventura tiene un pensamiento muy interesante: “Que busquemos al Señor cada día, pero que lo encontremos primero en el propio corazón”. No podemos buscar a Dios afuera, si primero no lo hemos encontrado dentro de nosotros. Entonces, descubrir la voz de Dios en todos estos acontecimientos es contemplar.

Conocer esta manera de orar nos ayuda a no hacer de nuestro diálogo con Dios algo cualquiera, sino un momento especial en el que requerimos paciencia para escuchar. Podemos pensar que el Señor nos pedirá muchas cosas, algo que esté fuera de nuestro alcance; pero lo que realmente espera es que estemos con Él y que hagamos memoria de todo lo bueno que nos ha dado. Cuando no encontremos un punto de partida, acudamos a la Palabra de Dios, que es lámpara que ilumina nuestros pasos.

La oración no consiste en hacer discursos bonitos, frases motivacionales o consoladoras. Oración es, a veces, dirigir una mirada al Señor. Yo los quiero invitar a que busquemos en este método una herramienta más para seguir con nuestro camino de configuración con Jesús Buen Pastor, tomando en cuenta que esto no se da de la noche a la mañana, pero iniciarlo es un gran avance. No nos dejemos vencer por aquellos impedimentos que nos hacen alejarnos de Dios, y pidamos la luz de su gracia para poder escuchar y atender con un espíritu dócil aquello que Él quiere para nosotros.

Iván Ezequiel Martínez González
2 de Filosofía.

25 Sep 2020

HELLO! 1

¿En nuestra vida diaria se puede vivir La Palabra de Dios? La Palabra de Dios es viva, y cuando recordamos y dedicamos un momento de nuestra jornada a leerla y reflexionarla, nuestra vida tiene un cambio, ya que tenemos un encuentro íntimo con el Señor, y pensando en ello, quiero compartirles una pequeña reflexión partiendo de las bienaventuranzas (Mt 5,1-16).

Las bienaventuranzas son pistas muy claras que nos ayudan a trazar y definir nuestro camino a la santidad, nos hablan de la grandeza del amor de Dios y de la promesa que nos espera si vivimos con el corazón. (Mt 5,1-16).

El reino de Dios ha llegado ahora (cf. Mt 4,17); y Jesús realiza la profecía de Isaías (Is 61, 1-3) al anunciar la Buena Noticia: La felicidad no está en la riqueza y en el poder, sino en la pobreza, ya que aquellos despreciados por el mundo son “dichosos” porque su misma indigencia les permite abrirse y acoger el don de Dios: Jesús mismo es manso y humilde de corazón.

Con las bienaventuranzas Jesús nos invita a tener una mente y un corazón despejado y feliz. Esto es justo lo contrario a las ofertas de felicidad que nos hace el mundo, pues en lugar de ofrecernos cosas y elementos superficiales, lo que nos proponen es el crecimiento interior y llenar nuestra vida de unos valores que no fallan en el camino de la felicidad.

Las bienaventuranzas son un camino para encontrar la santidad y sobre todo para ser felices en la gracia de Dios. En un mundo marcado por la desigualdad y el egoísmo, donde todo lo que no da placer o poder es mal visto, es necesario implantar el espíritu de las bienaventuranzas. Cuando se vive el evangelio con autenticidad y sin miedo, entonces la felicidad comienza a florecer y se tiene autoridad y credibilidad para mostrar el rostro de Jesús a los hombres y mujeres de hoy.

Por lo tanto, quien quiera ser feliz puede y está invitado a vivir estas bienaventuranzas que son muy importantes para el crecimiento espiritual de los hombres.

La Palabra de Dios nos debe impulsar a tener un cambio en nuestra vida, nos ayuda a que seamos auténticos, humildes y serviciales. Por ello, que nunca se nos olvide que la Sagrada Escritura es un elemento muy importante en nuestra vida de fe que nos enseña y dispone a escuchar la voz de Dios en el mundo.

Mario Alberto Alvarado Maldonado
2do. de Filosofía

18 Sep 2020

HELLO! 1

Así lo tenía planeado, cuando el ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, hijo de David, no temas tomar tomar contigo a María tu mujer, porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo al que pondrás por nombre Jesús” (Mt. 1,20).

Bien sabemos que san José es patrono de la Iglesia Universal, es patrono de la vida de contemplación y también de los seminarios. Y lo es por un motivo, siendo el padre de Jesús aquí en la tierra; contempló de cerca la Verdad, la Justicia, la Misericordia. Lo tomó en sus brazos y calló. Ya no supimos más de él. Guardó silencio.

En mi historia personal, he ido aprendiendo más de este santo. Me he dado cuenta que no es un santo con el que yo pueda empatizar debido a sus obras o carismas, es un santo con el que, al verlo, solo me toca callar y contemplar. Es un santo de misterio, pero no un misterio que deje a uno incapaz de descubrirlo; sino que invita a contemplar el misterio. A guardar silencio y a saber escuchar.

Ahora comprendo el por qué los grandes santos de la Iglesia tenían a san José como patrono. Y es que él nos interpela a dejar de hablar, de rogar, de pedir. Él no pidió nada, no leemos en los Evangelios que le pida a Dios una explicación, ni que los proteja en su camino hacia Egipto o que guarde a él y a su familia en su regreso a Nazaret. Al contrario, él solo escucha, calla, obedece y confía. Los santos que se encomendaron al santo patriarca vieron sus obras crecer, pongamos de ejemplo a santa Teresa de Ávila, que en medio de sus dificultades nunca dudó en poner a la obra del Carmelo bajo la protección del Carpintero de Nazareth.

Así, la figura de San José cada vez ha ido tomando mayor importancia en mi vida. Ya que de él puedo aprender que antes de cuestionar debo escuchar y que antes de decir algo debo solo contemplar.

Hace unos cuatro años, el Papa Francisco en una de sus audiencias compartió su devoción a una imagen de san José (el sueño de san José) también me hice de una imagen. Desde ese día le he guardado más cariño al santo, no le ruego que interceda por algún proyecto mío; sino que lo miro dormido con un sueño tranquilo, confiado, y trato de aprender de él a serenarme y solo escuchar, pues la oración muchas veces se trata solo de escuchar y no tanto de pronunciar palabras. Ya que ahí, en la serenidad, en la escucha, se puede descubrir la voluntad de Dios. Y esta imagen en particular, me ha ayudado a saber, que la voluntad de Dios no es algo que inquieta o que violente; viendo a san José dormido, soñando tranquilo, descubro que la voluntad del Señor siempre trae paz y serenidad al saber que Dios nunca pedirá algo que no podamos cumplir.

“Dichosa el alma que en el silencio posible percibe las notas del susurro divino, repitiendo frecuentemente aquello de Samuel: habla Señor que tu siervo escucha”
San Bernardo.

Alexis de Jesús Hernández Fuentes
Tercero de Teología

10 Sep 2020

HELLO! 1

Dar un buen consejo es entrar en la dinámica de Dios Espíritu Santo
quien continuamente nos llama a crecer en el amor, manifestación del Padre.
Dar un buen consejo nos pide estar atentos al momento oportuno
para compartirlo, con sabiduría y con bien
para no lamentarnos no haberlo dicho o decirlo
en medio de una situación de tensión o de disgusto.
Dar un buen consejo acrecienta la unidad
entre quien lo da y quien lo recibe.
Dar un buen consejo que sea propositivo,
para ayudar a crecer o madurar.
Dar un buen consejo manifiesta nuestro amor
a la persona a quien se lo damos porque deseamos sea mejor.
Dar un buen consejo debe ser con sencillez y claridad.
Dar un buen consejo que nazca de la oración al Señor,
de la Palabra meditada, de la experiencia viva.
Dar un buen consejo se fortalece con el ejemplo.
De otra forma será una manera de criticar
o señalar defectos sin desear el bien.

Recibir un consejo, nos pide tener una actitud de apertura,
para crecer con aquello que recibimos,
sin detenernos en juzgar a quien nos lo da.
Recibir un consejo es una invitación a crecer, superando mi egoísmo.
Recibir un consejo es descubrir que alguien me ama
y se preocupa para que crezca cada día.
Recibir un consejo es abrir mi corazón a la humildad, y a la escucha del otro.

Salidos de la mano de Dios, llamados a ser felices y en plenitud,
tarea inmensa que llevamos con nuestras debilidades,
aun deseando ser perfectos, nos fallan nuestros propósitos de serlo.
Por eso Dios ha puesto junto a cada uno alguien que con su consejo
nos ayuda a ser mejores: nuestros padres, nuestros hermanos, la esposa,
el esposo, un amigo, un sacerdote.

Pbro. Gerardo Charles García
Auxiliar de Espiritualidad y Prefecto de Pastoral

05 Sep 2020

HELLO! 1

Si un árbol se cae en un bosque donde no hay quien lo escuche, ¿hace ruido? Independientemente de la respuesta, lo seguro es que, en aquella situación no importa si lo hace o no, ya que el ruido, suceda o no, no tiene significado porque nadie le ha escuchado. De este modo, sería lo mismo si el árbol cayera en un lugar donde hubiera alguien que percibiera el ruido, pero no le diera importancia. Y sería semejante, a si alguien hablara con otros que no dieran importancia a lo que él desea expresar. Entonces, ¿qué diferencia tendrían un árbol que cae, un hombre hablando por teléfono o una mujer enferma pidiendo auxilio si nadie les escuchara? ¿Qué importa lo que suceda si no hay quien escuche?

El filósofo alemán, Martin Heidegger, consideró fundamental en la existencia humana el “comprender”, formado en parte por el “escuchar”, pues escuchando, el hombre puede manifestarse abierto a la realidad. Por otro lado, la habladuría o verborrea determina el conocimiento y hace pensar que ya se sabe todo, sin dar posibilidad al aprendizaje y al crecimiento. Dejar de escuchar para solamente hablar, es cerrarse a las posibilidades más extraordinarias que tenemos como personas.

Comprendemos que la escucha se extiende más allá de la habilidad fisiológica de la percepción auditiva, y es más bien una facultad interna que da sentido y significado a nuestras percepciones. Así, cuando diálogo con alguien, más que oír sonidos emitidos por la boca del otro, lo que escucho es su interior. El otro nos muestra algo de lo que piensa, de lo que siente, de lo que él es. Y si esa persona habla, es para ser escuchada, su intención es encontrarse conmigo y a la vez espera que responda, es decir, que le comparta parte de mi interior.

Escuchar, entonces, no solo permite relacionarnos con la realidad externa, como con los objetos a nuestro alrededor, o los bellos paisajes naturales; sino que también descubre el interior del corazón, en las emociones y sentimientos o en las voces de la conciencia. Y, aunque no podemos responder sobre la diferencia entre lo que es parte de nosotros y lo que no, la escucha lo abarca todo, y le da sentido a todo. El que escucha es capaz de conocer, percibir y trascender sobre aquello que percibe.

Aquella trascendencia se efectúa al experimentar la belleza que rodea lo externo, con el criterio interno, con nuestro subjetivo gusto estético. Así, lo más excelso y bello se nos aparece en la unión entre lo mío y lo otro, entre lo que soy y lo que no: una melodía melancólica en un día lluvioso, una bebida caliente durante un día frío o la lectura de un poema que trastoque mis emociones. Todas ellas son realidades externas, que al ser escuchadas, se asimilan en experiencias muy humanas y profundas.

Así, cuando escuchamos entendemos algo nuevo, sin importar que se oiga lo mismo. Ello se debe a que el lenguaje humano es ilimitado, es decir, puede extenderse indefinidamente. El arquetipo se da cuando participamos en una celebración litúrgica- como la Eucaristía- donde oímos lo mismo, las mismas palabras, los mimos ritos, las mismas posturas, etc. pero en cada celebración se entiende algo nuevo del misterio de Dios. Así también un joven que descubre su misión de vida formando una familia, comprende esta desde el comienzo, pero la renueva con cada día, con cada experiencia al lado de su pareja, con sus hijos, con sus problemas y alegrías ordinarias y extraordinarias. El hombre le da sentido a las cosas que le rodean solo si es capaz de escuchar.

No podemos concluir sin mencionar que al escuchar y dar sentido a todo, es inevitable caer en cuenta que hay un sentido primario, un significado que da sentido a todas las cosas. Es el significado que da significado, lo que escuchamos que nos escucha, dando orden y sentido a todo: Dios como la realidad última que nos muestra el sentido de todo. Escuchando a Dios, entendemos lo oculto, y se hacen nuevas todas las cosas, especialmente en el misterio de la cruz. Solo hace falta prestar atención y escuchar.

Sergio Mendoza González
3ero. de Filosofía

26 Ago 2020

HELLO! 1

“Evoco el recuerdo de la fe sincera que tú tienes, fe que arraigó primero en tu abuela Loida y en tu madre Eunice, y sé que también ha arraigado en ti.”
2 Timoteo 1, 5

En torno a la celebración anual del día de los abuelos y de los hermanos mayores, tenemos que recordar una realidad dentro de nuestra fe. La fe es trasmitida por la familia, en mi experiencia a través de la fe de mi abuela.

Cuando era niño, mi abuela me enseñó las primeras oraciones como el Padre Nuestro, Ave María; mis padres la oración del ángel de la guarda y a persignarme. De esta realidad de devoción familiar es cómo surge una primera experiencia de Dios con mi abuela y mis padres.

Mi abuela también me inculcó la devoción del rezo del santo rosario, ya que ella tenía una especial devoción a la Santísima Virgen de Guadalupe, anualmente rezaba el novenario de la Virgen y el día 12 de diciembre, con la ayuda de vecinas y algunas actividades de recaudación económica, llevaba una danza de matachines y al finalizar se compartían tamales. Algunas veces participé como danzante, y mi abuela me mandó hacer el traje para que participara con la danza en veneración a la Virgen.

Terminado el novenario de la Virgen de Guadalupe inmediatamente daba inicio a otro momento fuerte de fe: las posadas. Se realizaba el novenario en distintas casas, mi abuela tenía el misterio de “María embarazada y José buscando posada”, lo ponían encima de unas andas, lo adornaban con guirnaldas de colores y paxtle. A mí me vestía en algunas ocasiones del señor San José y a alguna niña de la cuadra la vestían de la Virgen María.

Estas dos experiencias que aún recuerdo con gran alegría, fueron un pilar importante para mi vida religiosa, sobre todo en la línea de la «devoción popular», sin darme cuenta, y sin tener los elementos de discernimiento ni de conocimiento teológico, estas formas de religiosidad encaminaban desde mi infancia al llamado que Dios me haría para la vocación sacerdotal.

Por gracia de Dios he sido ordenado sacerdote el pasado 13 de junio, día de San Antonio de Padua. Aunque en medio de la pandemia, y con un grupo reducido de familia y amigos, mi abuela estuvo presente en la ordenación, y no pude evitar dirigir una palabra de agradecimiento y de reconocer la presencia amorosa de Dios en mi vida de la fe que me había dado mi abuela. Aún recuerdo esa expresión con la voz quebrada y con algunas lágrimas diciendo: Mi abuela me enseñó a rezar el rosario, es decir mi abuela ha sido una catequista, ha sido quien me acercó a María para ir hacia Jesús. Es el mayor regalo que pudo haberme compartido en mi vida.

Pbro. Edgar A. del Río Reyna

25 Ago 2020

HELLO! 1

Cada año, nuestro Seminario se viste de gala para celebrar la gracia que Dios nos concede, a todo su pueblo, a través del don del sacerdocio conferido a sus últimos diáconos ordenados, hoy conocidos como “neosacerdotes” (nuevos sacerdotes) de nuestra Arquidiócesis de Monterrey. Esta celebración es parte de una tradición muy especial que vivimos en el Seminario: la de esperar con alegría el momento de compartir con éstos hermanos nuestros la experiencia del amor de Dios que se encarna en ellos, servidores suyos, para vivir en comunidad la celebración de su Cantamisa (primera misa celebrada por un sacerdote ordenado).

Este año, pese las circunstancias que hoy vivimos en la sociedad, hemos podido ser testigos de esta celebración que verdaderamente llena de esperanza los pasillos de nuestro Seminario. ¡Dios hace vida la oración de su Pueblo! Podemos ver, en la persona de cada uno de nuestros hermanos ya ordenados, cómo se cristaliza la promesa del Señor de permanecer siempre en medio de nosotros (Mt. 28, 20), y quienes aún nos encontramos en formación para un día llegar a ese mismo momento, descubrimos cuán bueno es realmente Dios con cada uno de nosotros, y cuán grande es su gracia que incansablemente se nos manifiesta para abrazar nuestras limitaciones humanas. En esta ocasión, Edgar, Pablo, Jorge y Daniel, compartieron con nosotros el banquete eucarístico, mostrando su infinita gratitud con el Señor por ser hoy portadores del inmerecido don del sacerdocio.

Sus rostros, llenos de alegría, me invitaban a reflexionar cómo es que Dios se hace tan presente en un momento de la historia en el que sentimos tanta incertidumbre, frustración y cansancio. Pensaba en que Dios no se olvida de nosotros, que se nos sigue apareciendo en lo ordinario y sencillo para recordarnos que no estamos solos y que vamos a estar bien; que nos muestra caminos de esperanza y nos colma de su amor a manos llenas: ¡hoy tenemos 4 nuevos sacerdotes en Monterrey! Sin duda alguna, éste es un acontecimiento que marca nuestra vocación y motiva nuestro caminar formativo; que impulsa nuestra entrega y alimenta nuestro espíritu. Los nuevos sacerdotes son ya un signo visible de Cristo que vive por y para su pueblo; son nuevos puentes que se abren para que todos podamos acceder al Reino de los Cielos con mayor facilidad; son prueba viva y palpable de la generosidad de Dios ante la oración de su pueblo que ora incesantemente: ¡Señor, danos muchos y muy santo sacerdotes!

Patricio Rico Villarreal
1º de Teología

29 Jul 2020

HELLO! 1

Recuerdo los primeros días de mi ingreso al Seminario; todo era nuevo, el lugar donde vivía, las personas que estaban a mi alrededor y las actividades que realizaba. En mi mente ha quedado muy marcada la primera noche, en la que ya acostado en mi cama, en una gran habitación, junto a otros que me eran casi desconocidos, me pregunté: ¿Qué hago aquí?, ¿Quiénes son todos ellos? Y cuando parecía que el miedo se iba apoderar de mi corazón, se apoderó la voz de Dios que me decía: ¡Ten fe y confía en mí!

Ahora entiendo que aquella noche estaba allí porque el Señor me invitaba a formar parte de una gran comunidad de discípulos que día con día se esfuerzan en seguir sus pasos. Comprendí que Jesús me invitaba a subir con Él a la barca y que esa barca era el Seminario. No pasó mucho tiempo, cuando ya amaba aquel lugar, pues en él comencé a vivir momentos que para siempre quedarán guardados en mi corazón; orar, estudiar, trabajar, jugar y muchos otros. En pocas palabras consideré el Seminario no solo un espacio de formación, sino el lugar donde me sentía feliz encontrándome con Aquel que me había invitado a seguirle.

Así, el Seminario se convirtió para mí en un lugar de encuentro, principalmente con Jesús de quien día con día me enamoraba más y más. Aprendí a amar y aceptar a mis hermanos seminaristas a quienes Jesús, también había invitado a subir a la barca. De esta manera pude comprender que el camino vocacional no se recorre en la soledad. La vocación me ha regalado compañeros que se han convertido en mis amigos y hermanos. Ellos siempre serán signo de la presencia de Jesús en mi vida.

Debido a la pandemia que el mundo enfrenta, hace unos meses tuvimos que abandonar el Seminario. Aunque al principio fue muy duro tener que dejarlo todo, supe que el camino vocacional no nos pertenece, no nos atribuimos un llamado, es Cristo quien nos llama. Es Él quien toma la iniciativa de invitarnos a este camino, no para seguirnos a nosotros mismos, sino para seguirlo a Él. Por eso, a pesar de no estar en el Seminario, sabía que debía tener fe y confiar como el primer día, pues es Jesús quien conduce esta barca. Y aunque estaría lejos de mis hermanos seminaristas, en mi corazón residía la certeza de que, lo que nos une, no es el vivir en un mismo lugar, sino el haber sido llamados por Jesús.

Hogar es aquel lugar donde descubrimos que somos felices y donde sabemos que nos aman. Por tanto, el Seminario es para nosotros eso: ¡un hogar! Después de casi 5 meses de no estar en el Seminario, mi corazón se llena de inmensa alegría al saber que retorno a casa. Aunque no abandonamos la barca, sino que permanecimos de modo nuevo a bordo de ella, ahora sé que Jesús la vuelve conducir a puerto seguro en medio de esta tempestad que pronto pasará. Regresar al Seminario nos llena de gozo, porque continuamos con nuestro “Sí” a Dios, un “Sí” que se prolonga todos los días y a cada instante. Un “Sí” que transforma la propia vida. Un “Sí” que nos dona totalmente a Aquel que nos ha invitado a morar en su casa.

Erick Alfonso Rivera Ortiz
3ero de Filosofía