23 Jul 2021

HELLO! 1

Después de casi 11 años en el Seminario, lo sé, es mucho tiempo; puedo dar testimonio del proceso que la iglesia lleva con los que están por terminar su formación como alumnos en el Seminario de Monterrey.

Es un proceso interesante y lleno de emoción, en mi caso resuena el sueño y anhelo que tenía cuando ingresé a esta institución. En aquel tiempo solo me tocaba conocer a los futuros ordenados por la publicación que se hacía de ellos en los anuarios o en los murales de corcho en los salones y en cada casa. No los conocía personalmente, a algunos solo de vista. Conforme fue pasando el tiempo y yo avanzaba en este camino, las caras de quienes solicitaban ser admitidos al orden sagrado eran más conocidas, coincidía con ellos en misiones, visitas a colegios, colectas en parroquias incluso en apostolados. Aprendía de ellos y llegábamos a ser amigos.

La alegría que sentía iba creciendo cuanto más los conocía, aquél con quien me sentaba en el descanso de la escuela, los que se sentaban conmigo en el comedor, con quienes compartía una taza de café en la tarde estaban llegando a ese tiempo tan especial y que cada vez comprendía mejor.

Y,  ¿cómo es este proceso tan especial? El alumno del Seminario de Monterrey, una vez ingresado al instituto de Teología, se prepara para estos momentos. El primer paso es cuando cursamos el segundo año de Teología, se abre un tiempo para que el joven haga su solicitud para ser aceptado como candidato a las órdenes sagradas y a la administración de los ministerios laicales: lector y acólito. Termina este año escolar e inicia el siguiente.

A mitad del próximo año (tercero de Teología) se abre el tiempo de solicitud de órdenes sagradas (diaconado y presbiterado), así los que están en tercero y cuarto pueden hacer la solicitud del orden correspondiente. Ojo. No siempre es así. Es decir, no todos hacen la solicitud a su debido tiempo y no la hacen por algún motivo personal, por alguna decisión del equipo formador al mandarlos a algún servicio en especial, o simplemente por esperar algún tiempo más. Y esto no tiene nada de malo, los jóvenes nos hacemos muchas preguntas ante la gran responsabilidad y compromiso del sacerdocio de Cristo.

Luego de la solicitud viene un «tiempo de discernimiento», los formadores investigan y evalúan al alumno, sin embargo, esto no lo hacen solos, lo hacen con la comunidad. A algunos compañeros de quien solicitó se le dan unas evaluaciones para que las llene a la luz de la verdad con lo que sabe y conoce de quien solicitó; asimismo, se mandan estas evaluaciones al apostolado donde sirve el seminarista para que algunas personas que lo conozcan hagan también su evaluación, de igual manera se envían éstas a la comunidad parroquial de la que el joven seminarista pertenece. Una vez reunida toda esta información los padres del Seminario se reúnen a realizar los «escrutinios» para determinar si el joven que solicitó algún ministerio es idóneo o no para recibirlo. Posteriormente le corresponde al Arzobispo dar a los jóvenes la respuesta de las evaluaciones y admitir a los jóvenes al orden sagrado.

Ahora me toca estar de ese lado, y vaya que se siente muy distinto, aunque ya haya sido admitido como candidato a las órdenes y ya haya pasado por una etapa de escrutinios, esto es distinto, ya que uno se encuentra de cara a unos ministerios que dan una gracia que desborda la misma naturaleza humana y que conllevan una gran responsabilidad y compromiso. Sin embargo por otro lado se siente la emoción de decir “por fin, estoy llegando”. Entre todas las emociones que pueda sentir en estos momentos de una cosa estoy completamente seguro: Jesús, una vez que nos ha llamado nos invita a seguir caminando con él y nos pone a la Iglesia misma como receptora y al mismo tiempo intercesora para ser en un futuro los ministros que ella misma necesita y merece.

 

Erick Alfonso Rivera Ortíz | 1ero de Teología

Revista San Teófimo No.154

16 Jul 2021

HELLO! 1

Llegó a donde estaba el hombre herido y, al verlo, se conmovió profundamente  (Lc 10, 33).

 

¿Puedes imaginar un modo mejor de ser cristiano? Afortunadamente en torno a nosotros hay algunos que sí, son esos hombres y mujeres que están transformando las cosas alrededor, aquellos que mantienen la llama de la esperanza en los corazones. Si quieres descubrirlos no los encontrarás “dándose la gran vida” sino dando su vida grandemente al servicio de los demás, ¿por qué lo hacen? Ellos experimentan la tranquilidad de ser poseedores de una alegría que no se acaba, pues su fuente es el inagotable amor de Dios y su panorama el horizonte fascinante del Evangelio.

Al leer estas líneas, te invito a que recuerdes los relatos que te han contado sobre el día de tu bautismo, las fotos en donde apareces tú junto con familiares, padrinos y amigos, date cuenta que tu vida ha sido tocada por Dios, que Él ha pronunciado tu nombre, te ha hecho su hijo o hija muy amada, ha salido a tu encuentro.

Y no hace falta que pienses ni en el bien que has hecho, ni en el mal cometido, basta que te abras a la presencia de Dios que lo abarca todo y percibas como hay una luz interior que resplandece en ti cuando reconoces su presencia.

Responder a Dios en la vida es una gracia maravillosa, pues nos permite ser salvados, esto es importante, ya que solo por medio de la amistad con el Señor, como lo dice el Papa Francisco: “somos rescatados de nuestra conciencia aislada y de la autorreferencialidad; llegamos a ser plenamente humanos cuando somos más que humanos, cuando le permitimos a Dios que nos lleve más allá de nosotros mismos para alcanzar nuestro ser más verdadero” (Evangelii Gaudium, 8). 

Aceptar la llamada de Cristo es emprender un camino hacia una humanidad plena, pues el ser humano solo con la gracia es que puede realizar actos de amor extraordinarios, al igual que transformar las obras sencillas en portentosas.

No podemos ser ingenuos en pensar que delante de este proyecto de Dios para nosotros no habrá obstáculos. Todos los relatos iniciales de los cuatro Evangelios nos narran, de un modo u otro, como la presencia de Cristo en este mundo es incómoda tanto para personajes poderosos como Herodes, que le persiguieron sin importar sacrificar vidas inocentes, como para la gente común que no le brinda alojo donde nacer “Vino a su propia casa, y los suyos no lo recibieron” (Jn, 11). Sin duda, todos ellos instigados en lo más profundo por el Enemigo, pues sabe que el Señor, así como sus discípulos, harán que los demonios se sujeten en su nombre y a él lo verán caer del cielo como un rayo (Cfr. Lc 10, 8).

De esto modo podemos palpar lo crucial del compromiso que tenemos como cristianos y la relevancia de la obra evangelizadora; nuestra misión no es el anuncio de palabras dulces o ideas bellas, sino la participación en un proyecto de instauración del Reino de Dios en cada una de las personas, es una lucha contra el poder de las tinieblas que si bien ya vencido por Cristo, continúa astutamente arremetiendo contra nosotros.

Las problemáticas de salud, económicas, sociales, ecológicas y espirituales en las que nos encontramos, son una oportunidad para despertar del sueño, de una vida que se nos ha vendido como dedicada al propio contento, entendiendo este como el pasarlo bien o disfrutar del momento. Este tiempo es momento para hombres y mujeres valientes que, con la cruz de Cristo en cuello, apuesten por una vida significativa y virtuosa, esa que por el bien de sus hermanos es capaz de sacrificar lo propio y darse a sí mismo por una causa más alta, la causa del Reino.

Es tiempo de cristianos: laicos, religiosos y sacerdotes, que con responsabilidad y prudencia reformen y no simplemente destruyan o exploten las estructuras que dan identidad y cohesión a las diversas instituciones y la sociedad. Es ocasión de revalorar y defender las raíces que han forjado nuestro semblante como creyentes y como nación, de hacer memoria histórica, de recuperar el concepto de verdad, de cuidar los pequeños, de favorecer un diálogo cara a cara entre amigos y contrarios, del cultivo de la sabiduría, de rescatar el sentido del bello, de lo sublime, es tiempo de orar y de hacer realidad todo esto amando como el Señor nos ha amado.

Al final, el cristiano en lo cotidiano está llamado a ser como el buen samaritano, que después de hacer el bien “se fue” sin esperar reconocimientos ni gratitudes. La entrega al servicio era la gran satisfacción frente a su Dios y a su vida, y por eso, un deber. Todos tenemos responsabilidad sobre el herido que es el pueblo mismo y todos los pueblos de la tierra. Cuidemos la fragilidad de cada hombre, de cada mujer, de cada niño y de cada anciano, con esa actitud solidaria y atenta, la actitud de proximidad del buen samaritano”( Fratelli Tutti, 70).

Todos tenemos un momento en que la puerta a esa vida radical se nos abre y depende de nosotros entrar, todos recibimos esa invitación, pero no siempre se tiene la valentía.  Pero la puerta sigue ahí, esperando y la voz de Dios firmemente llamando, ¿y si te atreves a entrar?

 

Pbro. José Francisco Gallardo Viera.

02 Jul 2021

HELLO! 1

El cristiano llena a Dios de preguntas y busca muchas respuestas; por su parte, Dios llena al cristiano de invitaciones y solo espera una respuesta: Sí.

Recuerdo que en el Episodio 4 de la Temporada 1 de la serie “The Chosen” hay una escena que representa el llamado que Jesús le hace a Pedro cuando afrontaba una dificultad para pescar. Pedro, después de darse cuenta que los rumores eran ciertos acerca de Jesús, y ver que realmente Él es el Mesías, cae de rodillas a sus pies y le pide que se aleje porque es un pecador, se presenta como tal; le dice: no sabes quién soy y las cosas que he hecho. Pide perdón por su falta de fe y le pregunta: ¿Qué quieres de mí? Lo que quieras, lo que me pidas, lo haré. Pedro anteriormente había pedido tanto de Dios, se había decepcionado y desconfiado de Él, le exigía tantas cosas; pero Jesús, sin juzgarlo por todo aquello que Pedro dice, únicamente le hace una invitación (una petición): «sígueme». Pedro dice: Lo haré (No pone ningún “pero”).

Esa sencillez de Jesús es tanta que rompe nuestros esquemas, nuestras dudas, nuestros planes tan elaborados y meticulosos, nuestras expectativas, nuestros anhelos, nuestro estilo de vida; Una invitación tan simple y tan llena de sorpresas, emprender un camino con Él, atreverse a vivir una nueva vida. Así es como cada día al despertar nos invita a levantarnos y nos vuelve a decir: ¡sígueme! Y las respuestas solo pueden ser: sí o no.

Es el llamado de alguien por quien generaciones esperaban, por quien oraban y pedían que llegara a salvarlos, que generaciones han proclamado, que generaciones se han atrevido a seguir, por quien muchos han cuestionado, por quien muchos esperamos. Mañana, al despertar, y al siguiente día, y al siguiente… ¿cuál será tu respuesta a la única petición (tan llena de sentido) que Jesús te hace? Sígueme: Sí/No.

 

Oscar Valdez Huerta | 2do. de Filosofía

Revista San Teófimo No. 154

19 Feb 2021

HELLO! 1

“Vivir intensamente los años de preparación en el Seminario” (Benedicto XVI)

Sin duda alguna, esta frase simboliza lo que ha sido la vida formativa en mi persona y en la de muchos jóvenes que han respondido al llamado de Dios. A lo largo de mi formación he intentado vivir intensamente este tiempo de gracia y de amistad con Jesús; soy consciente de que al igual que a los apóstoles, Cristo nos llama para que estemos con Él (Mc 3,14). A partir de la vivencia diaria del amor de Dios y de nuestra experiencia cercana a Jesús es que podemos comprender la voluntad de Dios.

A lo largo de mi formación, Jesús ha tocado mi corazón con pequeños momentos. El estudio, sin duda, me ha permitido aprender más de Dios, intentar conocer desde mi sencillez sus grandes misterios. En muchas ocasiones no comprendía cómo es que Dios, el Ser perfecto, lograba entrar en el cuerpo imperfecto del ser humano; sin embargo, la profundización y la oración me ayudaron a comprender que dicho acto fue uno de amor pleno, y que era muy necesario, dirían los Padres Capadocios, que Dios se hiciera carne, ya que sólo Él es quien podía librarnos de la culpa del pecado para poder elevarnos al cielo y poder gozar así de nuestra antigua dignidad perdida por el pecado de nuestros primeros padres.

Junto al estudio, la oración, el apostolado y la relación interpersonal, junto a mis compañeros y hermanos de camino, he vivido hermosas experiencias que han marcado mi proceso vocacional; una de las más significativas se dio el 16 de febrero del 2016 en la visita del S.S. Francisco a nuestra querida nación, pues encontré respuestas que había estado buscando con insistencia, por ejemplo, el tema de la oración era algo que me preocupaba, yo anhelaba tener oraciones mentales y que fueran más profundas, y no mentiré, a pesar de que tenía poco tiempo de haber recibido mi sotana, me sentía desolado, me sentía vacío, y aunque pensaba que con el signo de la sotana se volvería a reavivar la llama en mi corazón, no fue así. Por este motivo es que aquel 16 de febrero marcó mi corazón.

Eran las 2:00 a.m. en Morelia, la hora de levantarse y prepararse para aquel gran momento. Salí a las 2:33 a.m. del lugar donde nos hospedábamos; ya era media hora tarde y en mi corazón sentía preocupación de no poder estar en un buen lugar de la gran fila para el ingreso al estadio donde nos encontraríamos con el Papa. Llegué a la fila unos minutos después y me encontré allí al grupo de diáconos y algunos seminaristas de teología de nuestro seminario que amablemente me permitieron ingresar a la fila y cortar camino (ya me confesé por haberme metido jejeje); la distancia hasta el estadio era bastante corta, pero por cuestiones protocolarias el trascurso fue de casi 8 horas. Ingresé al estadio a las 10:02 a.m. y ya había iniciado el evento.

El Papa Francisco llegó un poco después y al hacer el recorrido previo a la misa, me llevé una gran sorpresa: Francisco, el sucesor de san Pedro, pasó a unos cuantos metros de mi persona. Ver al Papa tan cerquita significó una llamarada intensa en mi ser, contemplar su figura y saber que en él recae una Iglesia que surge desde Jesucristo, son de las mejores cosas que he vivido. El momento culmen de esta experiencia sucedió con la Acción de gracias, con la Santa Misa. En ella, al escuchar al Papa con su grato acento argentino, hice consciencia de que estaba escuchando a Francisco fuera de Roma, y eso volvió a emocionar mi corazón.

Después, cuando llego el momento de la homilía, el Papa tocó el tema de la oración, sí, aquel tema que tanto me preocupaba. Habló de los seminaristas recién ingresados, y allí sentí que me estaba hablando a mí directamente (pues yo tenía entonces sólo unos meses de haber iniciado mi camino en el Seminario) y fue en esta bonita homilía que encontré la gran respuesta que hasta hoy me sigue acompañando: el Papa nos dijo: “sigue rezando como te enseñaron en tu casa y después, poco a poco tu oración irá creciendo como tu vida fue creciendo. A rezar se aprende como en la vida”. Estas sencillas palabras del Papa Francisco resonaron en mi corazón y allí comprendí que poco a poco iba a ir mejorando en mi diálogo con Jesús y que lo más importante era rezar como me habían enseñado en mi casa, de un modo sencillo y lleno de agradecimiento a Dios por todo lo que siempre nos da.

Esta y muchas otras experiencias han marcado mi vida formativa. Sin duda alguna me faltarían líneas para poder compartirte tantas diversiones, emociones, momentos complicados y, sobre todo, mi experiencia de fe; pero estas dos son las que han marcado más mi vida formativa y proceso vocacional, y por ello he querido compartírtelas. Te pido que nunca dejes de rezar por los seminaristas, siendo consciente de que un día ellos serán el puente entre Dios y los hombres.

 

Jesús Humberto Vega Reyes
Seminarista | 1ero. De Teología

12 Feb 2021

HELLO! 1

Febrero del 2021, ha pasado un  año desde que la pandemia por Covid-19 comenzó en la historia de nuestro país. Sin duda alguna, este ha sido un evento muy difícil que trajo consigo tristeza; porque miles de personas ya no están para contarlo; miedo, porque uno no se puede sentir tranquilo ni siquiera en su hogar; pobreza y sueños rotos, pues ya no se pudieron mantener con firmeza algunos negocios o instituciones, y también trajo una revolución en la Iglesia y en los seminarios de formación sacerdotal, porque nos vimos obligados a continuar nuestra formación desde casa… ¡un total desastre!

Un intruso invisible vino a sacar lo peor y lo mejor de la gente. Hemos visto en los noticieros una incontable cantidad de injusticias en la sociedad, pero a la vez una igual cantidad de obras de misericordia. Y al decir sociedad me refiero a TODOS: padres de familia, maestros, empresarios, doctores, servidores públicos, personal de limpieza, sacerdotes, ¡todos!

Me he encontrado con el testimonio de sacerdotes que, aterrados por la pandemia, han preferido hacer todo de “lejitos” y tienen a su rebaño más enfermo y descuidado que si hubiera sido atacado por el virus del Covid, y me da mucha tristeza porque el sacerdote es instituido servidor para sus hermanos y para el bien de sus almas y, por egoísmo y falta de esperanza en Dios, los han dejado a la suerte. Obviamente esto no es lo que espero para nuestro futuro, queridos hermanos seminaristas y fieles laicos, pero me parece importante mostrar la realidad que ya todos conocemos.

Por otra parte, también he visto que otros sacerdotes en verdad tomaron en cuenta la necesidad de sus comunidades y se pusieron a trabajar. Comenzaron, con sus proyectos digitales, a evangelizar con la Palabra de Dios, dar formación en diferentes pastorales, ofrecer la oportunidad de ver y vivir la misa a distancia, visitar a los enfermos en los hospitales, prestar el servicio funerario para miles de personas que lo han requerido, impartir los sacramentos de manera creativa y eficaz, brindar mensajes de esperanza por medio de cartas, videos o canciones, y defender la verdad ante ideologías que han confundido al pueblo. Es así como yo identifiqué que debía y quería ser, en una palabra: GENEROSO, porque ¿de qué le sirve al sacerdote guardarse lo que le fue confiado para el pueblo? o ¿de qué le sirve al pueblo un sacerdote que no es capaz de dar la vida?

Simplemente no comprendo que haya sacerdotes que riñan ante una situación como esta o ante cualquier situación que se llegue a presentar en la historia del hombre, pues Jesús tenía para los demás cien toneladas de cariño para calmar los miedos e incertidumbres de los corazones. Comprendo que un sacerdote, si tiene miedo o es vulnerable al contagio, tenga derecho a cuidarse o protegerse, pero no creo que lo mejor sea esconderse cuando sus fieles están frente al batallón de sus vidas.

Estoy seguro que la generosidad nunca pasará de moda y es un valor que, en nuestra formación sacerdotal y el futuro ministerio, siempre tendrá un lugar muy importante porque a través de ella nos entregamos a ejemplo de Cristo en la cruz.

Para el futuro, yo espero sacerdotes con ganas de darse a sí mismos sin medida, espero sacerdotes con los que me pueda identificar, espero sacerdotes que atiendan cualquier necesidad de la gente, que no sean ciegos ante los pobres ni ante la verdad y, sobre todo, espero sacerdotes que conserven su humanidad pero se sientan motivados y confiados en que han sido elegidos por Dios en favor de las almas. Y cuando esta misión se haga muy pesada y difícil, siempre será bueno recordar que Dios es capaz de hacerla posible.

 

Santiago Cárdenas Murillo

Seminarista | 2do. de Filosofía

20 Ene 2021

HELLO! 1

Nací en el núcleo de una familia católica que siempre ha buscado tener a Dios en su centro para resolver las dificultades con espíritu de fe y para disfrutar las alegrías con amor. Allí, mis padres me enseñaron desde pequeño la importancia de acercarme a Dios no sólo para pedirle por mis necesidades, sino también para agradecerle por todos los dones y beneficios que llegan a mi vida día tras día.

Cuando llegué a los quince años, descubrí que en mi corazón tenía una necesidad muy grande de compartir mi vida con los demás y de ayudar a quienes más lo necesitaban. La experiencia de misiones de evangelización en comunidades rurales fue la que me llevó precisamente a comprobar que en la vida vale la pena seguir a Jesús y entregar la vida por Él.

Descubrí que Dios me invitaba a ser plenamente feliz a través de esta labor que tanto me iba llenando año tras año: la evangelización. Sumado a esto, vivir en una sociedad tan golpeada y lastimada por desafortunadas situaciones que denigran a las personas y atentan contra el gran amor de Dios, fue algo que poco a poco me ayudó a confirmar que el mundo necesita de Dios, y Él a su vez necesita de personas que estén dispuestas a entregar su vida por el Evangelio, que estén dispuestas a ayudarle en esta labor que busca la conversión de las almas. Y entonces me pregunté: si yo puedo gozar del conocer a Dios y amarlo de la manera en que lo hago, ¿por qué tantas personas no pueden gozar de esto también?

Más tarde comencé a estudiar la carrera de arquitectura y al mismo tiempo seguí con mi labor apostólica en mi parroquia, pues era indispensable para mi vida. Llegó de repente un día en el que la duda por ser sacerdote entró a mi corazón y poco a poco, a través de mi diálogo con Dios y de mi cercanía a los sacramentos, en especial a la Eucaristía, esta idea fue abarcando todo mi ser. Dios me llamaba a seguirlo en el seminario, para formarme y un día ser su sacerdote.

Eso es lo que hago desde que terminé mi carrera y decidí entrar al seminario: despierto cada día diciéndole “Sí” al Señor y a la invitación que me hace de seguirlo y ser su instrumento, para de esta manera, ser completamente feliz.

 

Escrito por: Patricio Rico Villarreal

29 años / Seminarista de 1ero de Teología del Seminario de Monterrey / Arquitecto.

Previo al Seminario: Coordinador del grupo MSJ: Misiones San Jerónimo en Monterrey / Ministro Extraordinario de la Comunión / Miembro del Coro Emaús/ Misión en Kenia, África.

¡Apoya a los jóvenes que han recibido el llamado de Dios, para anunciar su Palabra y entregar su vida al servicio de los demás!

02 Ago 2019

HELLO! 1

Hablar acerca de la familia es traer a la memoria múltiples beneficios de nuestra historia personal, si bien es cierto que no todos hemos podido disfrutar de una familia perfecta, es un espacio donde nos sentimos acogidos, seguros, amados. La familia constituye toda una referencia, algo ineludible a la hora de entender un rostro, de descifrar una herida o por qué no, de agradecer una vocación.

Es la familia el lugar donde hemos compartido la vida, decir familia es decir amor, acogida, incondicionalidad, es decir, don de Dios. Atesoramos en el corazón muchísimos momentos donde, desde la sencillez y simpleza de la vida, encontrábamos refugio seguro, pero también referencias.

La familia hay que decirlo bien, es el espacio que Dios tenía destinado para nosotros como proyecto previo, a la acogida de un don tan alto como lo es la vocación sacerdotal. En mi caso, en mi familia encontré el modelo de una madre que, antes de dormir oraba a Dios y que me decía: “Hijo, junta tus manos, da gracias a Dios y descansa”. Fue con mi familia que yo emprendía esas aventuras llamadas “peregrinaciones” o fue en el contexto familiar, que yo aprendí valores que hoy me han hecho grande como persona: el trabajo, la responsabilidad, la libertad, pero sobre todo la generosidad y el amor, claves básicas a la hora de entender la llamada y la respuesta de una vocación.

La familia es madre porque acoge, porque corrige, porque ama. Es madre porque consuela, porque protege. Y sobre todo, es madre porque vela por nosotros, porque ahí en la familia, Dios quiso poner en el corazón de muchos jóvenes el don de la vocación. Es nuestra familia quien en las horas más bajas ha servido de aliento, quien en los momentos más grises ha sabido llenar de color la existencia. ¿Cómo no agradecer a Dios el habernos dado una familia?

Y ahora pienso en la familia de Jesús, el único sacerdote. María, con ese perfil que traza de ella el Evangelio, como la mujer amorosa, tierna, la mujer que supo cumplir con creces su misión de madre. Pienso en José, desde el silencio. ¡Qué ejemplo le dio José al niño, para que al momento de hablarnos de Dios, Jesús recurriera a la imagen del Abba! ¡En Nazaret se respiraba amor!

La familia ha sido pensada por Dios para llevar a cabo también nuestro proyecto de salvación. Es indispensable en el desarrollo histórico de una vocación echar un vistazo a esa experiencia de familia que hemos tenido. La familia que es consciente de su papel y misión en el mundo no tiene miedo de cultivar la vocación en sus hijos. El mundo les reclama. Dios les invita. Don de Dios, la familia y la vocación.

Carlos Alberto Ramírez Sánchez.
Tercero de Filosofía.
Revista San Teófimo No. 142

13 Jun 2019

HELLO! 1

Me gusta imaginar cómo María y José, con dudas, preocupaciones y siendo conscientes de que el camino de Jesús, además de gracias y bendiciones, tendría también dificultades; depositaron totalmente su confianza en el Padre, quien los incluyó en el plan de salvación, aceptando con mucho amor y entrega su voluntad, sabiendo que la obra de aquel niño, que luego crecería hasta convertirse en un hombre de bien, daría al mundo frutos abundantes.

Cuando a los 19 años escuché el llamado de Dios a la vocación sacerdotal, una de mis más grandes preocupaciones era lo que pensarían mis padres y mis hermanos. Junto con ellos había platicado anteriormente sobre los planes que tenía de estudiar una carrera, trabajar, formar una familia, entre tantas cosas; además se trataba de algo que jamás había pasado por mi mente, mucho menos por la de ellos. En un principio imaginé que no estarían de acuerdo con mi inquietud y la decisión que tomaría en un futuro; sin embargo, con el paso del tiempo y la ayuda de Dios, fueron descubriendo que Él también los había llamado a formar parte de esta historia de servicio y amor.

El hecho de que ya no pasáramos tanto tiempo juntos, tal y como lo hacíamos con bastante frecuencia, representó para toda mi familia una dificultad que poco a poco supimos sobrellevar. Esta fue transformándose gradualmente en una motivación para salir adelante, teniendo como meta principal la permanencia de Jesús en nuestra vida.

Hoy puedo decir que el papel que ha jugado mi familia en esta historia vocacional ha sido fundamental, en Dios y en ellos he encontrado la fortaleza para perseverar en las dificultades que en ocasiones se presentan en mi vida. Quién mejor que ellos, quienes dedicaron su vida entera a mi cuidado y me entregaron su amor incondicionalmente, para actuar como soporte y acompañarme en aquello que me hace feliz, servir a Dios.

Familia, no tengamos miedo de dar juntos el “Sí” a Dios, y sepamos que Él, junto con María Santísima, nos guiará por esta bella historia de amor que ha ido construyendo en nuestra vida.

Luis Carlos Solís Garza
1o. de Filosofía
Revista San Teófimo No.142

07 Jun 2019

HELLO! 1

Si te preguntaran qué es lo primero que te viene a la mente cuando escuchas la palabra familia ¿qué contestarías?

En lo personal cuando yo escucho la palabra familia pienso en mis padres, hermanos, cuñadas, sobrinos, como un todo. Como ese regalo que Dios me ha dado, pues es ahí en donde he crecido en lo humano y en lo espiritual. Y ahora desde hace siete años que comencé la formación sacerdotal, tengo una nueva familia espiritual: mis hermanos seminaristas y padres formadores con los cuales comparto el día a día de nuestra vocación.
Nosotros como cristianos tenemos un modelo de familia de la cual podemos aprender de sus valores e imitar en sus virtudes, me refiero a la Sagrada Familia integrada por Jesús, José y María.

De las primeras imágenes que tengo en mi memoria de la Sagrada Familia, es cuando de niño, mis papás me llevaban junto con mis hermanos a rezarle al niño Dios en la Navidad, y me llamaba la atención las figuras de cerámica de José y María por su tamaño, considerablemente grande y que contrastaba con la pequeñez del niño Dios (Jesús). A mi parecer esos padres de cerámica, por su tamaño grande e imponente, eran capaces de cuidar y proteger a ese recién nacido. Esos pensamientos infantiles no estaban muy distantes de la realidad, pues en los evangelios se narra cómo José protege a Jesús, huyendo a Egipto junto con María para librar al niño de la muerte a manos de Herodes (cfr. Mt 2, 3-15).

En la actualidad es preocupante la baja el número de cristianos que optan por unir sus vidas a través del sacramento del matrimonio. Tal vez exista un temor al compromiso a largo tiempo o es probable que hayamos sido testigos del fracaso de algunos matrimonios. Como Iglesia, necesitamos alentar a los jóvenes a que unan sus vidas mediante el sacramento del matrimonio, que su unión forme familias santas y sagradas como la familia de Nazaret.

Todos necesitamos de una familia, de su cobijo, de su amor, pidamos a Dios por intercesión de la Sagrada Familia, que libre a las nuestras del descalabro moral y humano. Y que como Iglesia, podamos ofrecer espacios de acompañamiento y asesoramiento sobre cuestiones relacionadas con el crecimiento del amor y la superación de los conflictos. (cfr. Amoris Laetitia cap. 2)

Miguel Ángel Colchado
2do. de Teología
Revista San Teófimo No. 142

26 Abr 2019

HELLO! 1

El anuncio de la resurrección es el núcleo de nuestra fe, es por ella que miles de hombre y mujeres han fijado su mirada a Cristo.

Jesús con su muerte se vuelve el mejor ejemplo de entrega por los demás, y el mensaje de Cristo no concluye en la cruz; sino, que se desborda con un acontecimiento divino que llena de alegría y esperanza a toda la tierra, ¡CRISTO HA RESUCITADO! y no podemos esconder este hecho.

Jesús una vez resucitado se aparece a sus apóstoles y les dice: “Vayan por todo el mundo proclamando la Buena Noticia a toda la humanidad” (Mc 16,15). Es Él la Buena Noticia, Él es nuestra alegría porque con su sacrificio nos ha demostrado, cuánto Dios ama al hombre y cuánto desea y anhela que estemos con Él. En la actualidad se sigue escuchando el grito de todos los discípulos de Cristo que anuncia con entusiasmo la Buena Nueva, que entregan su vida a diario por Jesucristo, nuestra esperanza.

Los seminaristas, estamos convencidos que este anuncio es de suma importancia para todos, que existen personas que ignoran o desconocen cómo Dios nos ha amado, y esa es nuestra misión. Proclamar que, Él es el camino que anunciamos, y que queremos ser imagen de Cristo en esta sociedad que cada vez trata de separarse más de Dios.
Salgamos a predicar con nuestras palabras y acciones que Cristo ha resucitado y que Él es nuestra alegría.

¡Contamos contigo!

Alfredo Cantú Leal
Curso Propedéutico
Revista San Teófimo No. 141