17 Feb 2023

HELLO! 1

Estando en el ombligo del mes de febrero, estando todavía en el Mes del Seminario, los seminaristas de las distintas casas de formación nos hemos dado a la tarea de visitar las Zonas Pastorales de la Arquidiócesis, teniendo presencia en las parroquias y comunidades para compartir la alegría de la propia vocación, pero principalmente, vamos por una sola razón: AGRADECER.

En las diversas comunidades que he visitado, he sido testigo de que los fieles cristianos de nuestras parroquias oran, ya sea en comunión o individualmente, por el seminario y los seminaristas. Oran a Dios Nuestro Señor para que dé pastores a su Pueblo, y para que los que están en formación nos asista con su gracia en la respuesta que le damos a Él. Los fieles laicos no escatiman sus oraciones por pedir por nosotros y en muchas ocasiones nos lo hacen saber con mucho entusiasmo y alegría: Seminarista ¡Yo oro por ustedes! ¡Siempre están en mis oraciones!

Esto es lo que alegra y anima la propia vocación, y pienso, es lo que mueve al seminarista a corresponder y tener siempre en los labios un GRACIAS a toda comunidad a la que va a Colecta del Seminario.

Y aunque los recursos materiales en sí mismos son un medio, nunca un fin, siempre agradecemos anticipadamente a las comunidades por su apoyo generoso para con el Seminario, en el sostenimiento de la casa y los estudios de los seminaristas, los futuros sacerdotes del Pueblo de nuestro Señor.

A toda la comunidad en general, nos seguimos encomendando a sus oraciones, ya que, en este Mes del Seminario, los seminaristas celebramos que hemos sido llamados a esta vocación específica y con su gracia hemos dado una respuesta generosa. Y, por último, a nombre de mis hermanos seminarista les decimos ¡Gracias por su oración! ¡Gracias por su generosidad! ¡GRACIAS!

Luis Miguel Éxiga López

2do. de Teología

03 Feb 2023

HELLO! 1

El mes de febrero es un tiempo muy especial para nosotros los seminaristas, es el «Mes del Seminario» y mes de celebrar y agradecer por nuestras vidas y nuestro llamado. Cabe recordar que esto no es nuevo, es una fiesta que ha estado en nuestra institución y en la Iglesia que peregrina en Monterrey desde hace años, y éste no es la excepción.

El Seminario de Monterrey acude al Pueblo de Dios, a las parroquias, a que le ayuden a celebrar este acontecimiento con acciones muy concretas: pidiendo que se unan en oración por el aumento de vocaciones y solicitando ayuda económica para sostener nuestras casas de formación.

Estos días de preparación del día del seminario, sirven para motivar a la gente a orar durante toda la semana por las vocaciones sacerdotales y estar preparados para celebrar este gran día, que en este año lo festejaremos en todo el mes de febrero y en cada fin de semana se harán visitas a diversas zonas de la Arquidiócesis. 

Bien sabemos todos nosotros que nuestro pueblo atraviesa algunas situaciones difíciles que afectan a nuestra población y principalmente a nuestras familias.  También somos conscientes de la pérdida de valores morales y cristianos, consecuencia de una vida llevada por el egocentrismo y materialismo. Por otro lado, tenemos en nuestra Iglesia la escasez de sacerdotes, ¡No nos damos abasto! Ciertamente somos muchos los ciudadanos y muy pocos los que velan por el pueblo de Dios.

En mi experiencia esto se debe a la falta de escucha de nuestro pueblo, nuestra ciudad, cómo vamos a pedir que los jóvenes escuchen la voz de Dios si a su alrededor hay muchas otras voces que les dicen ¡ven! Y los distraen de lo verdaderamente importante ¡hacer la voluntad de Dios!

Es cierto que no todos son llamados al sacerdocio. Es aquí donde necesitamos su ayuda en la oración, dice Jesús: pidan obreros a su mies, ya que es mucha y los trabajadores pocos (Lc 10, 2) y en otra parte dice que el Señor va a dar lo que necesitan si no se cansan de pedir (cfr. Lc 11, 5-13), por esto pidamos al Señor arduamente por los jóvenes inquietos para que sepan escuchar, por nosotros los seminaristas para seguir perseverando y por los sacerdotes para que el Señor haga fecundo su apostolado.

¡Feliz día del seminario!

Alexis de Jesús Hernández Fuentes, diácono.

09 Dic 2022

HELLO! 1

Así inicia la historia de nuestro Seminario

El Seminario de Monterrey nació el 19 de diciembre de 1792 por decreto de don Andrés Ambrosio de Llanos y Valdés, tercer obispo de Monterrey, así inicia la aventura de formar pastores al servicio del pueblo de Dios. 

La primera ubicación de nuestro Seminario fue una casa rentada que hacía esquina entre Ocampo y Dr. Coss. Su primer rector fue el Pbro. Br. Don Domingo Ugarte y Burgoa.

El Seminario durante la persecución religiosa

En 1914 las tropas carrancistas ocuparon el Seminario, por lo que los treinta alumnos con que contaba la institución se refugiaron en sus casas en espera de la próxima reapertura.

Ya desde 1910, tras el estallido de la Revolución, la formación eclesiástica de los seminaristas no era tan fácil. Los conflictos político-religiosos de la época ponían en peligro la existencia de los Seminarios. Ante esta necesidad apremiante, el Episcopado Mexicano funda en Castroville, Texas, el Seminario Nacional Mexicano. Tres seminaristas regiomontanos continúan sus estudios en este Seminario; otros tantos se preparaban de manera oculta en la ciudad.

El 1o. de septiembre de 1917, el Seminario reabre sus puertas en el edificio anexo al Templo de Nuestra Señora del Roble, donde permanecerá hasta 1926. Es su rector de 1917 a 1919 el P Juan José Hinojosa. El 11 de junio de 1919 es nuevamente nombrado rector el P. Juan José Treviño. Para 1922 es Prefecto de disciplina y de estudio el Padre Pablo Cervantes, Director Espiritual el Padre Juan José Hinojosa, y entre los profesores se encuentra el Padre Fortino Gómez; en ese momento hay en el Seminario un total de 43 alumnos.

En agosto de 1926 se cierran los templos y anexos, por lo que los seminaristas andarán de casa en casa hasta 1935; ocupando las instalaciones anexas al templo de San Luis Gonzaga, viviendo en la incertidumbre y a veces en persecución.

Don Juan José de Jesús Herrera y Piña, quinto Arzobispo de Monterrey, consigue en Roma, para nuestro Seminario, los restos de un santo mártir. En 1925 llegan los restos de San Teófimo a la ciudad de Monterrey, y en 1931, alumnos y formadores piden al entonces Sr. Arzobispo Don José Guadalupe Ortiz (exalumno de nuestro Seminario), les conceda tener como Patrono titular del Seminario a San Teófimo Mártir.

El Seminario en la casa de San Pedro, Garza García

Para 1954 las instalaciones del anexo al Templo de San Luis Gonzaga resultaban insuficientes para albergar a poco más de 150 seminaristas. Así el 19 de diciembre de 1959 se inauguran los nuevos edificios del Seminario Menor en San Pedro, construidos bajo la dirección y diseño del Octavo Arzobispo de Monterrey Don Alfonso Espino y Silva. Los edificios del Seminario Mayor se inauguran en mayo de 1964.

En los planes del Sr. Espino y Silva al construir el nuevo Seminario, era que dicha institución fungiera como Seminario interdiocesano, en el que las diócesis dependientes a Monterrey pudieran enviar a sus seminaristas, pero el responsable directo de la formación de los seminaristas, así como de lo económico sería el Arzobispado de Monterrey; distinto de un Seminario regional, en el que los obispos de la región comprendida son en colegio los responsables. No es, sino hasta 1972 cuando ingresan al Seminario de Monterrey alumnos de las diócesis de la región noreste.

En agosto de 1973 se ponen al servicio los edificios del Curso Introductorio en Allende, N.L., gracias al apoyo de Dn. José de Jesús Tirado y Pedraza, Noveno Arzobispo de Monterrey.

El Seminario en la casa de Juárez

Las instalaciones del Seminario ubicadas en San Pedro Garza García resultaron insuficientes al aumentar el número de jóvenes seminaristas, llevando a la necesidad de construir un nuevo Seminario, más grande, Es así como el 20 de abril de 1994, da inicio la construcción del Seminario Mayor en el municipio de Juárez. 

Tantas son las personas que hace falta mencionar y que, sin embargo, han escrito con su vida la historia de nuestro Seminario, que faltarían hojas para poder compartir una historia íntegra.

Ya se suman 230 años formando sacerdotes, y con la ayuda de Dios y todo el Pueblo de Dios que sostiene con su oración y su apoyo económico al Seminario de Monterrey, seguirá formando los sacerdotes que la Iglesia de Jesucristo necesita, para los tiempos venideros.

Luis Miguel Éxiga López 

2do. de Teología 

02 Dic 2022

HELLO! 1

Siempre me ha llamado la atención la frase que dice: “De la familia nace la vocación”, ya que he visto reflejada esta frase en la corta vida que tengo.

Durante mi infancia, mis padres no eran católicos practicantes, solamente para el sacramento del matrimonio se acercaron un tiempo a la iglesia y eso bastó para que se alejaran.

Soy el segundo y último hijo de mis padres. Durante mis primeros años de infancia vivíamos en la casa de un familiar en las faldas del Cerro del Topo Chico perteneciente a la parroquia Reina de México en Monterrey.

Aunque mis padres tenían los sacramentos de la iglesia, después de su boda no eran muy apegados a la iglesia, incluso mi madre compartía otra religión; pero Dios siempre coloca a las personas correctas en los momentos correctos.

Un día, mi madre estaba con el quehacer de la casa cuando llegaron a tocar a la puerta de la casa unas personas que venían de la iglesia católica, estaban compartiendo la Palabra del Señor casa por casa, y cuando llegaron a la nuestra se toparon con una madre que compartía otra religión y que tenía miedo de recibir a católicos en su casa, pero conforme fueron pasando los días, aquellas personas iban constantemente a la casa a seguir evangelizando a mi familia, hasta que mi mama volvió a la iglesia católica, formando parte de un grupo de catequesis. A su vez mi papá y mi hermana también se integraron al servicio parroquial ¡quién diría!, las vueltas que dan la vida por gracia de Dios.

Al pasar unos años más, terminando el kínder, me integre al grupo de monaguillos con la ayuda de mi hermana, pero sin duda lo que más me impactó en mis 6 o 7 años de monaguillo fue la evangelización que había en mi comunidad parroquial, esa evangelización que fue la responsable de guiarnos al camino correcto a mi familia y a mí. Sin duda el trabajo pastoral en la parroquia fue algo que encendió en mí, la llama de seguir al señor. Agradezco a Dios haber puesto en mi camino a estos sacerdotes que guiaban el camino de evangelización en la parroquia, le agradezco al Padre Mario Escalera su labor evangelizadora y por haber puesto mi corazón más inquieto por seguir al Señor por medio del sacerdocio.

Seamos una iglesia en salida, que procure llevar a Jesucristo a las personas que no lo conocen, porque no sabemos, tal vez seamos los iniciadores de un milagro de conversión dentro de familias que no conocen al señor, mi familia y un servidor somos la prueba de que Jesús siempre llega a los que no lo conocen.

Oscar Rubén González Ramírez

3ero de Preparatoria 

21 Oct 2022

HELLO! 1

Desde los orígenes de la Iglesia, esta no ha dejado de lado su misión, cada día celebra y administra los sacramentos, anuncia la palabra de vida, y se compromete a favor de la justicia y la caridad. Y esa evangelización produce frutos: da luz y alegría, da el sentido de la vida a muchas personas.

Sin embargo, desde hace ya algunas décadas, nuestra sociedad ha experimentado diversos cambios, de todo tipo; por ejemplo, han ido variando las modas, la manera de pensar, la música, los estudios, la ciencia ha hecho nuevos descubrimientos, hemos crecido en la tecnología y las ciudades han crecido a paso prolongado. En fin, nuestro mundo ha vivido un cambio, y a la par de todo esto, nuestra Iglesia vive también un proceso de cambio, esto lo vemos más claramente a mediados del siglo pasado, cuando el Papa Juan XXIII concibe la idea de convocar un concilio, para poner a la Iglesia en sintonía con los nuevos retos que afrontaba la humanidad.  A propósito de esto, el santo concilio dirá:

“Corresponde a la Iglesia el deber permanente de escrutar a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, de manera acomodada a cada generación, pueda responder a los perennes interrogatorios de los hombres sobre el sentido de la vida presente y futura y sobre la relación mutua entre ambas. Es necesario conocer y comprender el mundo en el que vivimos, sus expectativas, sus aspiraciones y su índole muchas veces dramática” (GS, 4)[1]

La esencia de la Iglesia es ser misionera, y con la enseñanza que nos deja el Concilio Vaticano II, debe encarnarse en diferentes culturas y pueblos. Es tarea de la propia Iglesia el analizar si realmente el Evangelio está llegando hoy al mundo y al hombre que sigue necesitado de salvación.

Dirá el Papa Pablo VI algunos años después, que la evangelización es transformar a cada hombre  a través de la novedad del bautismo y de la vida según el Evangelio (EN, 41)[2] y esta evangelización consiste en anunciar el Amor del Padre revelado por Cristo en el Espíritu.

Este reto que ha asumido la Iglesia, tiene que ir de acuerdo a los nuevos retos que presenta la sociedad, es aquí donde surge el título “Nueva Evangelización”, que será usado institucionalmente por primera vez por el Papa Juan Pablo II en 1983, decía a los miembros de la XIX Asamblea del CELAM en Haití que el compromiso de los obispos, junto con los presbíteros y los fieles era no la re-evangelización, sino la evangelización nueva. Nueva en su ardor, métodos y expresión.

Aquí la idea central del Papa Juan Pablo era que la Iglesia tuviera el mismo ardor misionero que la distingue, y este la ayudase a no quedarse anclada en el pasado.

Esta evangelización tenía que ser nueva en el impulso interior de los evangelizadores, pues pedía el Santo Padre estuvieran siempre abiertos a la acción del Espíritu Renovador; nueva, porque busca modalidades que sean adecuadas a los tiempos y situaciones, y al mismo tiempo; nueva, porque ha de tener lugar en naciones que hace siglos han recibido el anuncio de la Buena Nueva.

La nueva evangelización no se hace porque la anterior haya estado mal o no haya funcionado; no cambia el evangelio ni lo esencial del Kerigma, mucho menos se trata de una reduplicación de la primera, se trata más bien de atreverse a caminar por nuevos senderos frente a nuevas condiciones en las cuales la Iglesia está llamada a vivir hoy el anuncio del Evangelio. [3] Más tarde, los obispos reunidos en Santo Domingo para la celebración del Descubrimiento de América afirmarán que la nueva evangelización consiste en promover la civilización del amor y de la vida.

Con la nueva evangelización, la Iglesia está llamada a hacer un esfuerzo de renovación para estar a la altura de los desafíos que el contexto socio-cultural pone a la fe, a su anuncio y a su testimonio. Juan Pablo II entendía que la Iglesia no debía cerrarse a sí misma, sino tenía que promover una obra de revitalización, poniendo como centro a Jesucristo, renovando las energías para una misión a través de nuevos caminos capaces de hablar a culturas contemporáneas. [4]

Berzosa hará un resumen sobre el contenido y fin de la nueva evangelización, recordando que esta implica una profunda renovación de la Iglesia; en su síntesis dirá los siguiente:

“Los fines de la nueva evangelización se resumen en éste: redescubrimiento de Jesucristo, del Dios Vivo de la revelación y, desde aquí, promover y hacer realidad la civilización de amor y de la vida, redescubriendo el sentido de la historia y de la humanidad: caminar hacia la realización y consumación del Reinado de Dios.”[5]

Años más tarde, el Papa Benedicto XVI convocó a un Sínodo, cuyo tema principal era tratar la nueva evangelización para la transmisión de la Fe. Afirmará el mismo Papa que evangelizar es un arte, pues muestra el arte de vivir que es llevar a Cristo que es el Camino y la Felicidad. Asumirá también la preocupación de sus predecesores, deseaba también que la Iglesia se dejara regenerar por el Espíritu, para presentarse al mundo con un nuevo impulso misionero que promueva la nueva evangelización.(US,6) [6]

La nueva evangelización no busca que se nos escuche como si fuéramos una empresa o traigamos algún tipo de propaganda, pues no pretendemos el poder ni mucho menos extendernos, sino que queremos servir al bien de las personas dándoles a Aquél que es la Vida.

A manera de conclusión, quisiera citar las palabras de Ring Fisichella, que resumen el quehacer de la Iglesia para poder llevar a cabo la nueva evangelización y continuar con esta tarea dada por el mismo Jesucristo:

“El evangelio es el anuncio siempre nuevo de la salvación obrada por Cristo para hacer a la humanidad partícipe del misterio de Dios y de su vida de amor y abrirla a un futuro de esperanza fiable y fuerte (…) Como puede verse, la nueva evangelización exige la capacidad de dar razón de la propia fe, mostrando a Jesucristo el Hijo de Dios, único salvador de la humanidad. En la medida en que seamos capaces de hacerlo, podremos ofrecer al hombre contemporáneo la respuesta que espera o que debemos provocar.”[7]

Esta es la tarea de la nueva evangelización, que hoy también como Iglesia a la luz del sínodo de la sinodalidad seguimos trabajando. Mientras la Iglesia no se abra a los nuevos tiempos, esta nueva evangelización no podrá llevarse a cabo. La Iglesia que camina con sus hijos, con los hijos de este tiempo contemporánea, aquella que acompaña, acoge, enseña y recibe, es la que está llevando a la vida el evangelio mismo.

Jesús Emmanuel Garza Torres

1ero. de Teología

Fuentes consultadas

  • Berzosa, R. (2012). Hablemos de nueva evangelización, para que sea nueva y evangelizadora. (G. Galetto, Ed.). Desclée de Brouwer, S.A.
  • Fisichella, R. (2012). La nueva evangelización. Sal Terrae.
  • Blázquez, R. (2013). Del Vaticano II a la nueva evangelización. Sal Terrae.
  • Benedicto XVI, Carta Apostólica “Ubicumque et Semper” (2010)
  • Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual (1965)
  • Pablo VI. Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi (1975)
  • SÍNODO DE LOS OBISPOS (XIII ASAMBLEA GENERAL), La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana, Lineamenta, Ciudad del Vaticano (2011).

[1] Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual (1965)

[2] Pablo VI. Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi (1975)

[3] Berzosa, R. (2012) p.18

[4] SÍNODO DE LOS OBISPOS (XIII ASAMBLEA GENERAL), La nueva evangelización para la

transmisión de la fe cristiana, Lineamenta, Ciudad del Vaticano 2011, p. 11.

[5] Berzosa, R. (2012) p.21.

[6] Benedicto XVI, Carta Apostólica “Ubicumque et Semper” 2010

[7] Fisichella, R. (2012) p. 96

07 Oct 2022

HELLO! 1

“La sinodalidad designa ante todo el estilo peculiar que califica la vida y la misión de la Iglesia expresando su naturaleza, como el caminar juntos y el reunirse en asamblea del Pueblo de Dios convocado por el Señor Jesús en la fuerza del Espíritu Santo para anunciar el Evangelio. Debe expresarse en el modo ordinario de vivir y obrar de la Iglesia. En este sentido, la sinodalidad permite a todo el Pueblo de Dios caminar juntos, en escucha del Espíritu Santo y de la Palabra de Dios, para participar en la misión de la Iglesia en la comunión que Cristo establece entre nosotros. En definitiva, el caminar juntos es la forma más eficaz de manifestar y poner en práctica la naturaleza de la Iglesia como Pueblo de Dios “peregrino y misionero”. Con estas palabras definía el Vademecum la sinodalidad y sería éste mismo documento el que nos orientaría en la consulta sinodal en su etapa diocesana.

Al iniciar la Consulta Sinodal en nuestra Arquidiócesis (octubre del 2022), encomendada a la Vicaría Episcopal de Pastoral, se convocó un equipo sinodal diocesano que llevaría a cabo este proyecto donde se quiso escuchar a la Iglesia que peregrina en Monterrey. Quisimos que la Consulta Sinodal también fuera pensada para nuestro proceso pastoral y que tuviera como horizonte la planeación pastoral diocesana, de esta manera se diseñó una estrategia operativa que partiera del proceso de consulta sinodal, pero que también nos sirviera para nuestro caminar diocesano.

Pensamos en varios encuentros, pues no solo quería ser un ejercicio estadístico sino un verdadero momento de discernimiento pastoral.  De estos encuentros presenciales hubo dos modalidades, una con agentes de pastoral y otra con la sociedad civil, cada una de éstas con sus propios instrumentos de trabajo. En general los encuentros se desarrollaron en un ambiente festivo y con la alegría de volvernos a encontrar en estos espacios que habían sido suspendidos por las medidas sanitarias debido a la Pandemia del COVID.

La base metodológica con la que se realizó la consulta, fue utilizando algunos elementos del programa de reconstrucción del tejido social de CIAS por la Paz, aplicándose la herramienta de “Círculos de diálogo” y los indicadores determinantes comunitarios del tejido social: Identidad, Vínculos y Acuerdos, que nos ayudaron a diagnosticar el “tejido eclesial”. En estos tres términos encontramos una concordancia con el vocabulario del Sínodo, relacionando identidad con misión, vínculos con comunión y acuerdos con participación. Los encuentros con la sociedad civil, políticos, académicos y empresarios fueron pensadas y ejecutadas con una metodología distinta. Estos encuentros fueron organizados por el Centro Pastoral de Investigación (CPI).

Todo lo compartido en los círculos de diálogo fue plasmado, transcrito y sistematizado de manera electrónica en una base de datos. Se estableció una comisión de análisis para clasificar los aportes de cada encuentro, se categorizaron y cuantificaron las categorías, posteriormente el equipo de análisis dedicó varios días de tiempo completo a leer los aportes para discernir qué nos dicen los participantes y qué nos pide el Espíritu Santo, de este discernimiento se obtuvieron los elementos clave para responder a la pregunta fundamental que nos plantea el Sínodo ¿Cómo estamos caminando juntos? y redacción de la síntesis que se envió a Roma. Además, también se obtuvieron unas líneas pastorales que nos van guiando en la construcción de nuestro próximo plan de pastoral diocesano.

El proceso sinodal vivido como Arquidiócesis ha sido un momento de gracia, ya que, hemos sido testigos de sueños y esperanza, nos hemos dado cuenta de las heridas que vamos reconociendo en el camino, pero también de la buena disposición para sanarlas. Destaca la seriedad y profundidad de los aportes, la participación, el ambiente fraterno durante el proceso; la alegría del encuentro y el deseo de conocernos. Probablemente el fruto más importante del ejercicio fue el ejercicio en sí mismo, es decir, el hecho de encontrarnos como Iglesia, escucharnos y juntos escuchar a Dios que nos llama siempre a cosas nuevas.

Las líneas pastorales que nos acompañan hacia la elaboración de nuestro próximo plan de pastoral y que obtuvimos de esta consulta son:

  1. Reactivarnos y vivir una CONVERSIÓN personal y comunitaria, en perspectiva SINODAL-MISIONERA.
  2. Fomentar ENCUENTROS sencillos de diálogo y escucha fraterna.
  3. Buscar canales adecuados para hacer más efectivo el flujo de información y facilitar la COMUNICACIÓN.
  4. Dar respuesta a los anhelos profundos de INTEGRACIÓN de todas las instancias, a través de una RED pastoral y fraterna que facilite la comunión y participación.
  5. Tener reuniones de trabajo bien organizadas, para una mejor PLANEACIÓN CONJUNTA con todas las instancias y estructuras.
  6. Instalar en las reuniones NUEVAS PRÁCTICAS SINODALES, ayudados de herramientas, que faciliten el diálogo y la escucha.
  7. Fomentar que las ZONAS y DECANATOS, sean espacios de fraternidad, encuentro y colaboración, incluyendo la participación y presencia de los laicos y la vida consagrada.

Mons. Juan Carlos Arcq Guzmán

Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de Monterrey

02 Sep 2022

HELLO! 1

El reloj registra las 23:56 hrs. En algún lugar del mundo, el padre godínez ha dejado la oficina; el operario marca su hora de salida mientras distingue al que registra la entrada; la cansada madre de familia apagó la luz de la cocina; la madre soltera se dispone a engañar al maestro de su hijo haciendo su tarea, o reproducir con su pequeña princesa un mundo imaginario de compras, cocina y veterinaria; el estudiante experimenta la adrenalina de enviar su tarea con 3 minutos de anticipación al horario límite; el conductor siente en su rostro el aire fresco de la carretera, anhelando llegar a la meta; la pareja enamorada rehúsa concluir la conversación; el adolescente que llega a casa es reprendido sin posibilidad de disimular los efectos del alcohol; y el joven misionero rememora su día apostólico, profundizando su experiencia de encuentro con Dios. Pero en todos los casos, en todos los lugares del mundo, la conciencia se sienta a solas con Dios, escuchando su voz en el recinto más profundo de su corazón (GS 16). 

En su caso, el misionero escribe, registra la voz de Aquel que le llama durante el día. Rememora un día caliente, las puertas que toca y las personas que salen; las puertas que se quedan cerradas y los perros que ladran con rabia. Recuerda a quienes le hacen pasar a la sala, y quienes se niegan a atenderlo. Cuestiona a Dios aquellos casos de indiferencia, pero se regocija por las personas que consoló y reanimó a causa de sus palabras y testimonio. No puede olvidar la tierna figura de la abuelita que le sirvió un vaso de agua fresca con tanto cariño; pero aún le duele la ofensiva mentada de aquel anciano malhumorado. 

Le conmueve la mirada de la anciana postrada en la cama, que le advierte su partida al encuentro con sus padres y hermanos ya fallecidos. Le brota una lágrima al recordar la sonrisa de aquel niño desahuciado a causa de su leucemia en etapa terminal. Recordar a los padres del pequeño, tomados de la mano con una sonrisa falsa, tan falsa como la esperanza de sobrevivir, hace que el joven misionero quiebre en un amargo llanto a causa de tristeza e impotencia.

Pero en su corazón escucha la voz de Aquel que puede compadecerse de nuestras flaquezas, de quien ha sido probado en todo como nosotros, menos en la impureza (Hb 4,15). De esta manera, el misionero recurre a la fe para mirar los acontecimientos desde el punto de vista de Jesús, es decir, repasa su día desde los ojos de Jesús (LF 18). Así la fe se convierte en el punto de partida para discernir el llamado de Dios. 

Pero, ¿Por qué la misión se convierte para el joven en un espacio para escuchar lo que Dios quiere de su vida? Los que conocen de la vocación dirán que Dios ha puesto en el corazón de cada joven la necesidad de responder a la alegría del amor. Solo de este modo su existencia podrá dar frutos. Yo me pregunto si el padre godínez, el operario, la madre de familia, el estudiante, el conductor, la pareja de enamorados, el adolescente reprendido, entre otros tantos, tienen la necesidad de dar frutos para encontrar sentido a su existencia. Pero dejemos en libertad a cada uno de ellos para que emitan una respuesta propia.

Volviendo al diario del joven misionero, este enfrenta el reto de reconocer la forma concreta en que Dios le llama a vivir la alegría del amor. En este sentido, la reflexión de la experiencia misionera se convierte en un espacio de discernimiento vocacional. Esto consiste en un proceso de diálogo con el Señor para elegir su estado de vida. Se comprende como un caminar en el cual Dios da luces para la elección de una vocación totalmente personal: matrimonio, vida religiosa, orden sacerdotal, por mencionar tres estados elementales. 

¿Cuál es el proceso del joven que enfrenta la misión buscando descubrir el estado de vida al que Dios le invita? ¿Cuál es la experiencia en el corazón de quien ha descubierto la vocación que Dios le invita y vive la misión desde ese estado de vida? ¿Cuál es tu pensamiento y sentimiento al llevar a cabo una misión desde la realidad en que Dios te ha puesto? 

Porque la realidad supera la idea, toda misión exige un diálogo entre la idea y la realidad. Por lo tanto, la idea se elabora, pero la realidad es (EG 231). La realidad iluminada por el razonamiento (EG 232) es la ventana para buscar atender la voluntad de Dios en cualquier estado de vida; en cualquier oficio que se desempeña para llevar el pan a la mesa; o en cualquier misión apostólica. 

De este modo, solo una misión contenida en el amor y atención al prójimo; así como las tareas más cotidianas orientadas al cuidado de quienes amamos, se convierten en el medio para escuchar el llamado de Dios que conduce a la alegría del corazón humano. 

Angel Salvador Martínez Chávez

Seminarista | 1ero. de Teología

19 Ago 2022

HELLO! 1

¿Cómo son los jóvenes hoy en día? Una pregunta que nos hace mirar a la íntegra existencia y manifestaciones de la juventud. ¿Hay alguna diferencia entre la etapa juvenil del siglo XXI a la realidad de las décadas anteriores?, ¿a qué hechos tienen que responder los chavos de hoy?, ¿qué es lo que le apasiona o le mueve al joven de la actualidad? Diversas respuestas pudiéramos encontrar o decir ante estas cuestiones, lo que parece un hecho es el poder observar que la juventud sigue manifestando esas pinceladas únicas y peculiares que a lo largo del tiempo la han caracterizado. 

Cuando una persona tiene la oportunidad de compartir o convivir con un joven, puede contemplar una serie de propiedades que distinguen a la persona en esa etapa de jovialidad. Y es que este momento en la vida manifiesta un tiempo trascendental en la historia de cada persona. Se llega a ser joven después de la infancia (para muchas personas una fase de alegría e inocencia). En la antesala de la juventud se experimenta la adolescencia, que es, de modo ordinario, el torbellino de las emociones y de los cambios corporales, para llegar así, al momento donde se busca forjar de un modo delicado y a la vez firme la propia personalidad, es decir: la juventud.

En la actualidad se dice que los jóvenes están expuestos a muchos fenómenos socioculturales que van “modificando” la vida, el corazón, la perspectiva de cada uno. Si observamos los retos a los cuales están expuestos, podemos decir que la juventud se encuentra ante un bombardeo de situaciones hedonistas, cambiantes, dinámicas y retadoras ante las cuales tienen que aprender a responder con eficacia y valentía. 

Por lo cual, se pudiera decir que los jóvenes contemporáneos son apasionados, gentiles, preocupados por su entorno y las problemáticas globales, se involucran y son agentes de cambios. Generan propuestas y son ruidosos al hacer notar sus opiniones. Son y están creando el futuro en el presente del hoy. 

Así mismo, la juventud actual se enfrenta a diferentes retos que en épocas anteriores, ni siquiera se podrían imaginar las generaciones previas. Desde pandemias, guerras, cambios sociales y tecnológicos, siendo estos últimos los que han radicalizado la forma de interactuar entre todos, permitiendo abrir las fronteras, inmersos en la globalización que ha generado que ellos mismos lleguen a relacionarse con jóvenes de otras culturas y naciones. 

La apertura a otros contextos, escenarios e ideologías también ha generado fenómenos, los cuales se traducen en padecimientos que se han visto reflejados en la salud mental de los jóvenes. Organizaciones como la OMS han analizado dicha realidad con diversos especialistas, brindando estadísticas como las arrojadas en el año 2020. Estos estudios señalan que: la depresión es la primera causa de incapacidad en la juventud mundial, y el suicidio es la segunda causa de muerte entre los jóvenes de 15 a 29 años. 

Números crudos que nos hacen voltear hacia la importancia de la sensibilización de los retos que se enfrentan los jóvenes en el día a día. Entornos laborales y estudiantiles llenos de estrés, violencia y poca seguridad que, al acercarse a esta realidad, uno pudiera caer en el pesimismo de las cifras, donde las enfermedades psicológicas (tal vez cada vez más ordinarias o cercanas en nuestro lenguaje), las crisis existenciales y las dificultades de la vida parecen apreciarse en el diario vivir. Ante estos fenómenos, es reconfortante escuchar las palabras de nuestro Maestro: Joven, a ti te lo digo, ¡Levántate! (Lc 7, 14).

En el ámbito eclesial, esta revolución de circunstancias ha llevado de algún modo también a una “crisis vocacional”, la cual hemos venido padeciendo como Iglesia desde hace algunas décadas. Ante estas realidades, siguen existiendo jóvenes que con audacia y docilidad escuchan la voz de Dios en medio de los ruidos del mundo y son capaces de responder con generosidad al proyecto de Dios, ese plan de salvación que es el verdadero camino de la felicidad.

De igual modo, la resiliencia presente en el joven actual es admirable, su constante búsqueda de alternativas para crear un mejor mundo, su deseo de avanzar, de crecer, de ser mejor cada día demuestra su pasión, interés y motivación para continuar desarrollándose y lograr sus objetivos en la vida. Por lo que un aspecto importante que nunca debemos olvidar como personas, mucho menos como hijos de Dios, es recordar y experimentar que la juventud es sinónimo de fortaleza, dinamismo, alegría, amistad, ímpetu, entre otros adjetivos que pueden describir la realidad de los jóvenes.  

El Papa Francisco nos recordaba hace poco que “la verdadera juventud es tener un corazón capaz de amar.” (CV 13) Sin duda, una de las características fundamentales en el joven es el corazón inquieto que busca amar y sentirse amado buscando en la convivencia el sentirte perteneciente a un grupo o a un círculo de amistad, amistad entre las personas, siendo amigo en el amigo, en Dios. 

“Ser joven, más que una edad es un estado del corazón. De ahí que una institución tan antigua como la Iglesia pueda renovarse y volver a ser joven en diversas etapas de su larguísima historia. En realidad, en sus momentos más trágicos siente el llamado a volver a lo esencial del primer amor”. (CV 34). Es por ello mismo, que el Papa Francisco nos convoca a que “miremos a los jóvenes siempre con una sonrisa; ellos llevarán adelante lo que hemos sembrado”.  

Nunca olvidemos que, al mirar a Jesús el eternamente joven, Él quiere regalarnos un corazón siempre joven. La Palabra de Dios nos pide: «Eliminen la levadura vieja para ser masa joven» (1 Co 5,7). La juventud ha sido, es y será un reflejo del dinamismo de la vida, la pasión que nos mueve a disfrutar cada momento del latir del corazón, la alegría de actuar con fortaleza que renueva el sentido de vivir.

Al mismo tiempo, Cristo nos invita a despojarnos del «hombre viejo» para revestirnos del hombre «joven» (cfr. Col 3,9-10) “Necesitamos soñar, también como Iglesia, ¡necesitamos el entusiasmo y el ardor de los jóvenes para ser testigos de Dios, que es siempre joven!” nos recuerda el Papa Francisco con insistencia. Pidamos a nuestro Buen Pastor que nos conceda la gracia de tener un corazón que se deje renovar por su gracia, para poder ser siempre, en medio del mundo un signo de la novedad del Dios de la vida que nos llama a la alegría.

Pbro. Ángel Josué Loredo García 

Auxiliar de Pastoral Juvenil de la Arquidiócesis de Monterrey

29 Jul 2022

HELLO! 1

El inicio del evangelio de San Juan es muy peculiar, no solo por el hecho que comienza con un prólogo creado como un himno a la Palabra eterna del Padre: el Hijo, sino además porque continúa con una narración distribuida a lo largo de una semana en donde el evangelista va narrando, poco a poco, la formación de la fe de los discípulos y la creación de la Iglesia. De esta manera, la misma narración evangélica va encaminando al lector a descubrirse parte de esta nueva creación, parte de los nuevos discípulos del Señor.

Es propiamente en el tercer día (cf. Jn 1,29.35) cuando ocurre lo que se puede denominar la creación del discipulado, el llamado de los primeros tres discípulos del Maestro. Y es aquí donde me gustaría centrar la atención, en la escena de este primer encuentro, el momento fundante que cambia la vida y el destino de estos dos (o tres) hombres a partir de su decisión por seguir a Jesús.

El relato del evangelio dice: “Al día siguiente estaban allí de nuevo Juan [el Bautista] y dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dijo: «Éste es el Cordero de Dios». Los dos discípulos, al oírle hablar así, siguieron a Jesús. Se volvió Jesús y, viendo que le seguían, les preguntó: «¿Qué buscan?». Ellos le dijeron: «Rabbí -que significa: Maestro-, ¿dónde vives?». Les respondió: «Vengan y lo verán». Fueron y vieron dónde vivía, y se quedaron con él aquel día. Era más o menos la hora décima” (Jn 1,35-39). La escena continúa con el momento en que estos dos nuevos discípulos del Señor llaman, a su vez, al hermano de uno de ellos (Pedro) para que se convierta, también él, en discípulo.

En esta escena podemos centrarnos a reflexionar en muchos aspectos ya que es muy rica en narrativa y detalles. Sin embargo, me gustaría centrarme en tres pinceladas particulares sobre los que considero, este relato del llamado discipular, hace un énfasis particular y peculiar.

  1. La escucha a la invitación que hace Juan el Bautista. El tercer día de la semana inicial joánica comienza con una profesión de fe de parte del Bautista: “Este es el Cordero de Dios”. Juan el Bautista ya había tenido una experiencia cercana con Jesús al ver descender el Espíritu Santo sobre Él y había dado testimonio sobre ello un día anterior (Jn 1,29-34). Esta experiencia de fe seguramente cambió el corazón del Bautista para siempre y por ello se convirtió en testigo de la Luz, pues esta Luz lo había iluminado y le había otorgado el don de la fe.

A partir de ese momento Juan el Bautista se convirtió en la voz por medio de la cual la Palabra transmitía su mensaje. Y es así como, al inicio de este tercer día, por medio de la voz (Juan el Bautista), se deja escuchar el llamado de la Palabra (Jesús): “Éste es el Cordero de Dios”. Había ahí, escuchando atentamente, dos discípulos del Bautista. Estos dos discípulos no solo oyeron lo que Juan afirmó como profesión de fe, sino que además, captaron el mensaje detrás de esas palabras. El Cordero de Dios es el único que puede salvar, es el único que puede proporcionar la salvación contra el ángel exterminador (Ex 12,5-13).

Los discípulos escucharon lo que su maestro, Juan el Bautista, proclamaba; escucharon que el único que podía salvarlos, del que proviene la vida, era Aquél que señalaba su hasta entonces maestro. Y por ello, decidieron dejarlo atrás. Escucharon la verdad sobre aquel hombre hasta ahora desconocido para ellos y decidieron aventurarse para conocerlo… todo comenzó con una profesión de fe, una declaración de intenciones, y ellos decidieron escucharla.

  • La valentía de querer seguir a Jesús. El relato continúa inmediatamente con el movimiento de los discípulos. El evangelista deja en claro que la importancia no radica en el Bautista sino en aquellos dos hombres que lo han escuchado. Y porque oyeron lo que su maestro les decía por eso pudieron reconocer en Jesús su nuevo Maestro. Nada dice la narración evangélica sobre el pensamiento de los discípulos, sobre sus dudas, ni siquiera sobre una despedida de Juan. La atención se centra en su seguimiento. Y es que en el seguimiento de Jesús hay muchos detalles, muchas situaciones que pasan desapercibidas porque el centro se convierte en el Señor. Todo lo demás es accesorio.

La narración es muy lacónica en la decisión de estos dos hombres. No explicita cuanto tiempo estuvieron detrás de Jesús, siguiéndolo. Solo expresa el hecho que habían realizado una elección de vida. Toda su realidad se había transformado por haberse dado la oportunidad de ir detrás de un hombre del cual les habían dicho era “el Cordero de Dios” el que podría salvarlos de las garras de muerte del ángel exterminador. Por eso, la importancia radica en la valentía de estos dos hombres que dejaron lo que estaban haciendo ese día para seguir a Jesús. Y a partir de ese momento nada en su vida volvería ser igual.

  • El quedarse a vivir un tiempo en donde vive el Maestro. La atención, a partir de este momento, se centrará en Jesús: él propicia el diálogo y las acciones de sus nuevos discípulos. Ciertamente no sabemos cuánto tiempo estuvieron estos dos hombres, hasta ahora desconocidos para el lector, siguiendo a Jesús. Pero, en un determinado momento, el Maestro toma la iniciativa y les pregunta sobre su actuar: “¿Qué buscan?”. Lejos de sorprenderse por el cuestionamiento de Jesús, aquellos hombres parecen determinados en lo que desean: por un lado, reconocen en Jesús su autoridad y por eso lo llaman Maestro; por otro, se descubre su decisión firme de seguimiento, pues quieren conocer el lugar donde habita Jesús.

Saber dónde vive una persona es conocer una parte fundamental e íntima en ella. En el deseo de querer conocer dónde vive Jesús, estos dos hombres no hacen sino afirmar su deseo de querer convertirse en discípulos. La experiencia en el lugar donde vive el Maestro transforma a estos dos hombres y los hace discípulos porque descubren realmente quién es ese hombre al que, por la mañana, han estado siguiendo. Lo acontecido después de ese momento: “Vengan y lo verán”, nadie lo sabe. De este suceso solo queda el recuerdo de la hora. Solo conocemos dos cosas: se quedaron con Jesús y eso los transformó en verdaderos discípulos del Señor.

La experiencia del llamado solo puede reconocerse con la experiencia de la respuesta. Solamente quién es llamado podrá responder a esta intuición cuando vive una experiencia cercana con el Maestro. Es a través de la vivencia con el Señor donde las dudas y las inquietudes se resuelven. Estos dos discípulos siguieron a Jesús y fueron a vivir un día con Él. Pero el cambio que generó en su vida fue interminable, pues a partir de ese momento nada fue igual para ellos. Esa es la experiencia de un discípulo y esa es la experiencia a la cual también a nosotros nos invita el Señor. Solo yendo y viendo donde vive el Maestro podremos descubrir por qué nuestro corazón arde dentro de nosotros cuando vamos de camino y nos explican las Escrituras y parten para nosotros el pan (cf. Lc 24,30.32).

Pbro. Lic. Jaime Jesús Garza Morales

Colegio Mexicano en Roma

30 May 2022

El apostolado es parte fundamental en la formación sacerdotal, ya que este implica la práctica de lo que se ha aprendido dentro de las aulas, así como también de la expresión de la fe por medio del amor al prójimo y el servicio. Es el medio por el que se puede servir a los demás, el cual permite tomar experiencia para un futuro ministerio en las parroquias.

Este año tuve la oportunidad de hacer apostolado en la parroquia de San Juan Bautista en el centro de Cadereyta Jiménez, junto con otros compañeros seminaristas y en conjunto con los padres que ahí se encuentran dando su ministerio. Puedo decir en primer lugar que fue una experiencia muy grata volver a las parroquias de manera presencial, especialmente porque la pandemia nos había quitado esta experiencia el año pasado.

Al principio comenzamos solo yendo algunos de los que formábamos el equipo, esto como medida de precaución ante la pandemia. Por eso algunas actividades las tuvimos que realizar de manera virtual. Así sucedió durante un semestre. De esto pude aprender a utilizar mejor los medios de comunicación, pues era necesario para poder estar en contacto con la comunidad. Sin embargo, sentía que era necesario ya estar en contacto de manera presencial con las personas, para compartir mejor las experiencias y las actividades.

Una de las actividades que más disfruté fueron las celebraciones litúrgicas, sirviendo en los bautismos y eucaristías. Debo decir también que disfruté mucho la convivencia, gracias a la buena relación que llevo con mis compañeros seminaristas, como con los padres y las personas cercanas a la parroquia.

Fue hasta el segundo semestre, luego de unas merecidas vacaciones de Navidad, que volvía de nuevo a la parroquia pero ahora con todos mis compañeros, ya que la situación de la pandemia nos permitía más apertura. Ahora tocaba tener mayor participación en la vida parroquial.

Las actividades que realizamos en la parroquia eran el acompañamiento en los grupos de catecismo, compartir algún tema con los jóvenes y ayudar en las celebraciones litúrgicas, como bautismos, bodas, quinceañeras y misa dominical.

Considero que este año el apostolado me permitió conocer las circunstancias exteriores y cómo enfrentarlas, de cómo ante ello se persevera y se resiste con fortaleza y por amor. Fue también el conocer a las ovejas y a los pastores, su relación entre ellos y con Dios. Agradezco mucho a esta comunidad por su calidez, por su amor a la Iglesia, por su ejemplo y servicialidad, porque pude aprender de su generosidad y esfuerzo para hacer las cosas bien para la gloria de Dios. Puedo decir que fue un aprendizaje para servir, y fue un encuentro con Dios en las personas que sirven. Me quedo con la experiencia y la enseñanza de este apostolado, y espero que me sirva para los próximos y para un futuro ministerio.

Jesús Alfredo López Díaz | 1º de Teología